Archivo mensual: junio 2010

Chimpancés belicosos

La existencia de las “guerras de chimpancés” supusieron un “schock “para la comunidad científica, más tarde llevado a la literatura por William Boyd en su famosa novela “Brazzaville beach“. Desde entonces, las pruebas sobre esta conducta han ido acumulándose y ya nadie en su sano juicio podría negarla (negacionista hay siempre, claro).  Lo más terrorífico es la “actitud deliberada” de los chimpancés cuando inician un raid: caminando en fila india, en silencio, deteniéndose de vez en cuando. Resulta muy difícil pensar que los chimpancés no sepan a lo que van, aunque lo hagan a su manera no verbal. La idea de intencionalidad me parece irrestible aquí.

El estilo de lucha suele ser bastante cobarde y, característicamente, esta actividad está limitada casi exclusivamente a los machos. Un vez iniciado el raid, los asaltantes atacan preferentemente a individuos aislados, sobre todo si son jóvenes, o a grupos muy inferiores numéricamente. Cuando las cosas están equilibradas, es frecuente que el ataque se aborte. Este estilo también es característico de las guerras entre cazadores-recolectores, donde las “batallas” son algo bastante más infrecuente que las simples emboscadas. Lo que no estaba demasiado claro hasta ahora era la motivación de estos ataques ¿Qué pretenden conseguir los atacantes, hembras o territorio?

Un artículo reciente publicado en Current Biology parece inclinar la cuestión hacia esto último. Los investigadores realizaron un meticuloso seguimiento de un grupo de chimpancés en el  Parque Nacional Kibale (Uganda) durante casi 10 años. Comprobaron, que los machos atacaban ferozmente a las hembras que se encontraban en su camino y que las supervivientes nunca se integraron en el grupo vencedor ni se aparearon con ellos. Además, la mayoría de los incidentes se produjeron en una zona “fronteriza” entre dos grupos. De manera que la motivación parece más inmobiliaria que sexual. Sin embargo, al aumentar su territorio y sus recursos alimenticios, es esperable que los machos vencedores atraigan más hembras y se reproduzcan más.

Los datos también indican que los chimpancés son incluso más belicosos que las tribus humanas más belicosas, a juzgar por la frecuencia de asesinatos. El equipo de Mitani encontró una frecuencia de homicidios un 50% superior a la encontrada en sociedades agrícolas pre-estatales, y unas 17 veces superior que las típicas de los cazadores-recolectores. Aunque no conviene generalizar. Es posible que el grupo de Kibale sean equivalentes a los jíbaros entre los chimpancés.

Está claro que la guerra en los humanos tiene profundas raíces biológicas. Eso no quiere decir que sea algo aceptable ni inevitable, pero sí que el condicionamiento de la conducta tiene que trabajarse a tope para mantenernos en un estado de relativo pacifismo.

El artículo: mitani_2010

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Un vídeo de una partida de guerra

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El árbol de la vida

La imagen muestra el primer árbol filogenético de la Historia, garabateado por el propio Darwin en su cuaderno. La idea del ‘árbol de la vida’ es una de las grandes aportaciones de Darwin a la Biología y tiene una base intuitiva cuando consideramos, por ejemplo, que los caballos se parecen más a los burros que a las ballenas, y evidentemente, es posible clasificar a los seres vivos en grupos atendiendo a sus similitudes. En la actualidad puede parecer obvio que esta idea nos lleva a pensar que todos los seres vivos, desde los rodaballos a los presidentes de gobierno, deben descender de un antecesor común. En cambio, los naturalistas de aquella época no pensaban de esta manera. Reconocían, eso sí, que los seres vivos podían agruparse por características morfológicas y a este empeño dedicaron bastantes esfuerzos, pero no interpretaban que el grado de similitud entre dos especies se debiera a un origen común, o más exactamente, al mayor o menor tiempo transcurrido desde que se produjo la divergencia evolutiva entre ambas especies. Hoy día estamos tan acostumbrados a ver los diagramas ‘en forma de árbol’ que representan la historia evolutiva que nos resulta difícil imaginarnos cómo podía pensarse de otra forma, pero  la idea no era ni mucho menos evidente en aquella época.

Aunque la idea del antecesor común de todos los seres vivos en uno de los pilares de la Teoría Evolutiva, ha habido algunas especulaciones recientes (sobre todo entre los microbiólogos) sobre hipótesis alternativas. Dado que los microorganismos intercambian genes con relativa facilidad, es posible que entre las primeras formas de vida se hubiera dado este intercambio. En tal caso, no tendría exactamente un antecesor común, sino un cierto número de ellos. Esta hipótesis ha sido contrastada de forma rigurosa por métodos computacionales por Douglas Theobald, en un artículo publicado en Nature el pasado 13 de mayo.

Theobald comparó las secuencias de 23 proteínas en 12 especies, que incluían bacterias, arqueas y eucariotas, y analizó los árboles filogenéticos resultantes con diferentes métodos estadísticos. Todos los modelos indicaron que la hipótesis del antecesor único era mucho más probable que la de diversos antecesores. El estudio sugiere que aunque la vida pudo originarse en la Tierra muchas veces, sólo uno de estos eventos primordiales resultó ser el antecesor común de todos los organismos vivos que conocemos. No es imposible, sin embargo, que algún día se encuentre un microorganismo que se salga de esta pauta y que sería descendiente de otra “célula primordial”.

Theobald, D. L. 2010. A formal test of the theory of universal common ancestry. Nature 465 (May 13): 219-223

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Gripe A: la conjura de los necios

En las últimas semanas hemos asistido al linchamiento moral de la Organización Mundial de la Salud  (y otras instituciones) por su recomendación a los gobiernos de adquirir suficientes dosis de vacunas con el único objetivo (supuestamente) de favorecer los intereses de algunas compañías farmacéuticas. La cuestión se ha comentado en todos los medios de comunicación y está empezando a adquirir un tinte “conspiracionista” preocupante. En concreto, se afirman dos cosas, que deben analizarse separadamente:

A) Que algunos expertos exageraron los riesgos de la gripe A y que esto benefició económicamente a algunas compañías.

B) Que los mismos expertos habían recibido dinero (de forma directa o indirecta) de esas mismas compañías.

La afirmación A es falsa. La decisión de declarar la pandemia y recomendar la vacuna era la única racional. La gripe es un asunto serio; en un año normal causa una mortalidad considerable y la pandemia de 1918 ha sido la peor de la historia en número de muertos. Los datos en abril de 2009 sugerían que el virus de la gripe A tenía una tasa de mortalidad elevada. Además, no se puede predecir la evolución de un virus a los seis meses, que es lo que se tarda en producir una vacuna. Por otro lado, las vacunas constituyen un método terapéutico generalmente seguro (aunque no totalmente exento de riesgos).

Más aun, la gripe A no ha sido tan leve como se suele pensar. De acuerdo con un trabajo publicado recientemente el PloS, si nos fijamos en el número de años de vida perdidos y no sólo en el número de muertos (véase el gráfico), la pandemia de 2009 fue mucho peor que un año de gripe estacional severa, incluso peor que la gripe de 1968. Ello es debido a que la edad media de los fallecidos en 2009 ha sido de 37 años, mientras que en la gripe estacional la media es de 76. El trabajo aquí.

No obstante, es perfectamente posible que la afirmación B sea cierta. A la vista del cariz que estaban tomando las cosas no es raro que las compañías quisieran sacar tajada o al menos asegurarse una porción. Por lo que es  posible (e incluso hay indicios serios) de que se hayan producido casos de conducta poco apropiada. Esto es lamentable se debería tratar de evitar en el futuro. No voy a discutir los detalles porque el punto clave, en mi opinión es que de la afirmación B no se desprende directamente la validez de A.  Si el virus hubiera evolucionado hacia mayor virulencia y no se hubieran tomado medidas, habría que oír  las críticas furibundas, tal vez de los mismos que ahora critican las medidas contrarias.

Además, las acusaciones de haber recibido dinero deben ponerse en perspectiva. No es lo mismo un pago directo que el hecho de que una compañía financie una investigación. En algún caso, las acusaciones se basaban en que algunos expertos habían participado en conferencias (y cobrado por ello) financiadas por las compañías farmacéuticas. Hay que decir que la inmensa mayoría de los congresos en Biomedicina son hoy por hoy financiados en parte por éstas.

Es muy probable que el debate que se está llevando a cabo en los medios esté llegando a conclusiones totalmente erróneas. El problema no es que se emplease dinero público en producir unas vacunas que no llegaron a utilizarse. Eso es exactamente lo que ocurre la mayoría de las veces que contratamos un seguro. El problema es que no disponemos de métodos de producción de vacunas a gran escala que sean lo suficientemente rápidos para responder a la aparición de nuevas cepas.

Lo que no suelen comentar los periódicos en que en Europa Occidental la responsabilidad de producir vacunas recae exclusivamente en compañías privadas. De modo que inevitablemente tendrá que derivarse un beneficio económico del hecho de acometer la producción de estos fármacos porque, nos guste o no, las compañías privadas necesitan tener algún beneficio por lo que hacen. Esto no tiene por qué ser así necesariamente. Los gobiernos podrían crear y financiar instituciones que tuvieran los medios y la capacidad de ocuparse de este tipo de tareas. Eso eliminaría la sospecha permanente del “beneficio económico” en una situación de emergencia y daría mayor margen de maniobra a los gobiernos a la hora de manejar estas crisis. Lo que no está garantizado es que fueran más eficaces y menos costosas que las compañías privadas.

La pandemia de gripe A de 2009 resultó más leve de lo que al principio parecía y debemos alegrarnos por ello. Sin embargo, sería un error pensar que la próxima nueva cepa de virus que surja va a ser también relativamente benigna. Puede que lo sea o puede que no.

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Diversas formas de ser ignorante

Leí el otro día este artículo en El País (aquí), donde el autor hace (medio en broma) un panegírico de lo que podríamos llamar “intuición pueblerina” frente a formas de pensamiento más sofisticadas, como es el razonamiento estadístico. En esencia, lo que dice Trueba es que los estudios científicos no valen para nada y están mayoritariamente manipulados. En contrapartida, siempre podemos fiarnos del “sentido común” para andar por la vida.

El caso es que esta línea de pensamiento ‘post-moderno’ es bastante frecuente. Implícitamente, afirma que la ciencia es una ‘realidad construida socialmente’ y que por tanto, los avances no tienen una validez objetiva, ya que se trata simplemente de cambios en la ‘moda’ (de ‘paradigma’ utilizando la terminología de Kuhn) que favorecen unas u otras teorías. Este tipo de argumentación resulta muy poco convincente. Es cierto que la verdad absoluta no existe y que los resultados de la ciencia son a veces erróneos, frecuentemente incompletos y siempre revisables; no sólo eso, sino que el proceso de investigación está sesgado por los intereses de los propios investigadores, las prioridades de las administraciones que los financian, los avances tecnológicos y un sinfín de factores adicionales. Pero esto no quiere decir que el avance en la investigación sea imposible. De hecho, es vertiginoso. Las pruebas del avance de la ciencia están alrededor nuestro en forma de nuevas tecnologías que, para bien y para mal, están por todas partes.

Si la ciencia no tiene ninguna ‘validez objetiva’ por qué tomamos medicinas cuando estamos enfermos, cómo es que la mortalidad infantil ha disminuido enormemente, cómo es posible que un porcentaje mínimo de la población sea capaz de producir alimentos suficientes para el resto, por qué  razón viajar el otro extremo del mundo resulta tan sencillo, etc.…Evidentemente, estas ventajas no son accesibles a todos lo habitantes del planeta y tienen sus contrapartidas, pero el hecho de que la tecnología ‘funcione’ indica que las teorías científicas subyacentes deben estar ‘conectadas’ con la realidad.

Naturalmente, hay algunos estudios científicos queestán equivocados, bien porque se han producido errores, o porque las conclusiones se hayan manipulado con algún fin. No obstante, vista la cosa en conjunto, es evidente que los científicos mienten muchísimo menos que (digamos) los políticos, los publicistas o incluso los periodistas. Y no porque los científicos sean mejores personas, sino porque lo escrito queda en las bases de datos y otros pueden comprobar que no es cierto y desdecir al autor. Para un científico, meter la gamba tiene un coste considerable.

Una persona que quiera considerarse “culta” en estos tiempos tiene que manejar la información de primera mano que proporciona la ciencia sobre muchísimos asuntos que afectan a nuestras vidas. Esto es difícil ya que la evidencia suele ser escurridiza. Pero el decidir a priori que “yo no me creo nada por principio” es una  tontería como una casa.

Habría que ir pensando en quitarse la boina.

Nota: El término “boina” alude a ciertas actitudes mentales y no tiene nada que ver con el hecho de llevar o no “boina física”.

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