Archivo mensual: enero 2010

Bioquímica del estatus

A mediados de los años setenta, McGuire y Raleigh[1] comenzaron una fructífera línea de investigación sobre las relaciones entre dominancia y química cerebral. Estos investigadores demostraron que en una especie de macaco, los cambios en el nivel de serotonina estaban relacionados con cambios en el estatus del animal. En una serie de fascinantes experimentos, encontraron que si se separaba un animal de bajo rango y se le trataba con el fármaco Prozac, el cual eleva la serotonina, se observa que el animal tratado subía de rango al reintegrarse al grupo, en algunos casos hasta convertirse en el líder o macho alfa. Este resultado es particularmente interesante porque nos indica que una propiedad bioquímica del cerebro puede ser el resultado de la interacción con el ambiente y, al mismo tiempo, la modificación de esta propiedad por métodos farmacológicos puede cambiar el tipo de interacción entre un individuo y el resto. Ambiente y cerebro son una carretera de doble vía.

En estos experimentos, los macacos dominantes mostraban una conducta ‘mesurada’ y ‘auto-controlada’; en cambio, los individuos subordinadas tendían a sobresaltarse y su conducta parecía estar gobernada por estímulos externos, más que internos. En estos individuos, se observó una conducta impulsiva e incluso una tendencia a la agresión compulsiva contra otros individuos. Los etólogos interpretan que en individuos de bajo rango, los bajos niveles de serotonina resultan beneficiosos ya que inhiben su actividad motora, permitiéndoles ahorrar energía y evitar confrontaciones con individuos de alto rango. La conducta impulsiva observada en estos individuos resulta, a primera vista, paradójica; sin embargo, la relación entre baja serotonina y conducta agresiva e impulsiva ha sido demostrada en muchas especies. Es posible que esta tendencia impulsiva en individuos de bajo rango también tenga un valor adaptativo. Recordemos que encontrarse al fondo de la escala de dominancia es una situación bastante mala desde el punto de vista reproductivo. Cabe pensar que un individuo que se encuentre en esta situación se enfrente a la ‘muerte darwiniana’, esto es a no dejar descendientes. En esas circunstancias, una conducta impetuosa, como arrebatar la comida a un individuo de mayor rango, puede resultar beneficiosa. No olvidemos que la incapacidad crónica para controlar la agresividad puede determinar que un individuo pierda su integración en el grupo. En la mayoría de los casos, esto tiene un coste reproductivo para dicho individuo, pero si éste se encuentra cerca del ‘fondo’ de la escala su salida del grupo puede resultar indiferente, o incluso beneficiosa en términos reproductivos mediante estrategias sociales alternativas (tales como copulaciones clandestinas o la búsqueda de un nuevo grupo).  A veces, una situación desesperada requiere una solución desesperada.


[1] Raleigh, M.J., McGuire, M.T., Brammer, G.L., Pollack, D.B., and Yuwiler, A. (1991) “Setoninergic mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet monkeys”  Brain Res. 559:181-190

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Infinitas maneras de ser importante

Ha llegado el momento de plantear la pregunta inevitable ¿somos los humanos una especie jerárquica? La respuesta es ‘probablemente, sí’. Reconozco que esta pregunta puede causar cierto resquemor y resultar, una vez más, políticamente incorrecta. No cabe duda de que la cuestión del estatus en nuestra especie constituye un tabú. Resulta muy sospechosa la escasez de estudios realizados sobre la materia. La mayoría de los textos de Psicología no dicen explícitamente que el deseo de estatus constituya una motivación importante en nuestra especie, a pesar de los muchos indicios que tenemos al respecto. Parece como si hubiéramos decidido tácitamente dejar de lado esta cuestión. Si miramos hacia otro lado, tal vez consigamos creer que la bestia no existe.

Pero la bestia existe. El deseo de estatus es universal. Lo encontramos en todas las sociedades que han sido estudiadas; eso sí, con gran variaciones sobre el tipo de cosas  que confiere estatus a los individuos. De hecho, la Antropología constituye una fuente de información sobre este tema mucho más valiosa que la Psicología. Veamos algunos ejemplos. Entre los kwakiult, un pueblo de la costa Oeste de Norteamérica, hoy desaparecido, los individuos de alto estatus se veían obligados a organizar monstruosas fiestas, llamadas potlatch, si querían mantenerlo. Las fiestas duraban varios días y se organizaban por las razones más diversas, como nacimientos, bodas o el ingreso en sociedades secretas. Otras veces se organizaban por motivos triviales, ya que el verdadero objeto de estas fiestas era mostrar la riqueza de los organizadores, a través del consumo exagerado de todo tipo de comida, así como el reparto de regalos fabulosos entre los invitados. En algunos casos, los anfitriones terminaban la fiesta quemando la casa para mostrar públicamente su generosidad y desprendimiento. Aunque esta costumbre nos pueda parecer chocante, los jefes tribales que la protagonizaban estaban actuando de forma egoísta, ya que cuanto mayor fuera el dispendio realizado mayor sería su prestigio dentro de esta sociedad. Evidentemente, nuestras ‘bodas’, ‘bautizos’ y ‘comuniones’ tienen algún elemento en común con los potlatch.

Para los yanomami, las formas de conseguir prestigio son bien distintas. Esta tribu habita en selvas ecuatoriales en las orillas del río Orinoco, entre Venezuela y Ecuador. En la actualidad se estima que deben quedar menos de 10.000 habitantes y se encuentran continuamente amenazados por las actividades de mineros  –garimpeiros- que penetran ilegalmente en sus tierras. La subsistencia de este pueblo se basa en una agricultura semi-nomádica de ‘corta y quema’. Esta cultura, que se caracteriza por una extrema agresividad, ha sido muy estudiada por los antropólogos[1] [2]. Para un joven yanomami el camino hacia el éxito social pasa por emboscar y matar a muchos hombres de poblados vecinos y violar a muchas mujeres. Dentro de un mismo grupo, las peleas y el maltrato de los hombres hacia las mujeres no son nada infrecuentes. Cabe esperar que incluso los partidarios acérrimos del relativismo cultural califiquen estas prácticas de ‘dudosas’.

Entre los ¡Kung del desierto del Kalahari, los criterios de estatus son bastante más pacíficos. Este pueblo mantiene (o lo hacía hasta hace poco) un modo de vida nómada basado en la recolección y la caza. Los ¡Kung forman pequeños grupos sin líder aparente y, en general, constituyen una sociedad pacífica, sin clases sociales claramente definidas. La desigualdad económica es virtualmente imposible en su modo de vida, ya que no tienen forma de acumular riqueza, y las piezas cobradas son frecuentemente compartidas entre los miembros de la tribu. A pesar de su aparente igualitarismo, los estudios antropológicos revelan la existencia de una jerarquía laxa basada en la experiencia y la habilidad de un individuo como cazador. Al parecer, los individuos de alto ‘rango’ ejercen el liderazgo de forma suave, influyendo sobre las decisiones del grupo pero sin imponer su voluntad. Por otro lado, la sociedad valora la modestia del cazador habilidoso y las normas de educación exigen que éste no alardee de su capacidad como tal.

De acuerdo. Para los cazadores-recolectores el estatus es importante, pero ¿nos afecta eso a nosotros, los occidentales del siglo XXI? Obviamente sí, incluso en mayor medida que a las sociedades antes mencionadas. Después de todo. Los cazadores-recolectores son relativamente igualitarios, ya que resulta casi imposible acumular riqueza en esas condiciones. Resulta evidente que la lucha por el estatus individual constituye uno de los factores esenciales para explicar muchas de las conductas que observamos de forma cotidiana en nuestra sociedad, hasta el punto de que no creo necesario aportar pruebas o argumentar al respecto.


[1] Changnon, N. “Yanomamo: the fierce people” Holt, Rinchart and Winston, Inc. 1997.

[2] Eibe-Eibesfeldt, I. “El Hombre Preprogramado”. Alianza Editorial, Madrid 1977.

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Charla-coloquio sobre Evolución del cerebro

Alberto Ferrús es profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto Cajal. Su experiencia profesional incluye los mecanimos celulares y moleculares de la percepción sensorial, el aprendizaje y la memoria en animales de experimentación. Fué galardonado con el Premio Demuth concedido por la International Brain Research Organization. Es miembro de la Alianza Dana para la promoción y difusión de los estudios sobre el cerebro y participa habitualmente en programas de divulgación científica. Su Curriculum: http://www.ferrus-flysynapse.es/pdfs/cvferrusesp.pdfla
Nos hablará de la evolución del cerebro y la aparición gradual de propiedades cognitivas, en especial el lenguaje.
En palabras de Álvaro, que moderará la tertulia:
He tenido el privilegio de haberle escuchado en dos conferencias, en la Fundación Juan March http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.asp?id=1549 , y en la que ofreció en la cátedra CTR del ICAI, http://www.upcomillas.es/webcorporativo/Centros/catedras/ctr/Documentos/FERRUSdOCMARCOComillasABRIL2006.pdf. Vivir en Madrid le da a uno  la oportunidad de contactar con personajes relevantes de la ciencia (cultura). La cercanía e interés mostrados desde el principio por Alberto Ferrús lo considero merecedor de compartirlo con vosotros y seguir aprendiendo por qué somos como somos, de dónde surgen nuestras emociones y cómo percibimos nuestra realidad. En definitiva, un digno, humilde y merecidísimo homenaje a Charles Darwin

MUY IMPORTANTE: Para empezar a las 21:00 en punto es requisito indispensable que todos hayamos pagado a Rali, la camarera. Os pedimos que tan pronto como lleguéis os dirijáis a la barra para obtener los dos tickets que dan derecho a las dos consumiciones.
Se ruega colaboración

Os esperamos a las 20:15. La charla empezará a las 21:00 en punto y acabaremos a eso de las 23:00.

POR RESPETO Y PARA EVITAR MALOS HUMOS SE RUEGA NO FUMAR EN LA SALA DE TERTULIAS

Por favor: PUNTUALIDAD

Lugar: Savoy Club
Dirección: c/ Meléndez Valdés, 28
Fecha: Martes 12 de enero de 2010
Comienzo de la tertulia: 21:00
Metros: Quevedo, San Bernardo, Moncloa y Argüelles

Precio: 5 € por dos consumiciones
(Han de ser consumidas el mismo día)

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El hombre que susurraba a las gallinas

Si colocamos a un grupo de gallinas ‘desconocidas’ en un mismo corral, observaremos la siguiente conducta. Al principio, los animales se muestran frecuentemente agresivos unos con otros. Se producen numerosas ‘peleas’ a picotazos, en general poco cruentas. Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo las peleas son menos frecuentes. Lo que se observa es que las gallinas han establecido un ‘rango’ que determina exactamente el orden de dominancia. Si aparece comida, el animal dominante tiene preferencia para picar, luego lo hará el siguiente y luego el siguiente hasta el último. Como es lógico, lo que determina el rango de cada individuo es el resultado de las diferentes confrontaciones en la fase inicial. De alguna forma, cada uno ‘sabe’ las posibilidades que tiene de ganar una pelea, lo que permite que se vaya directamente al resultado, ahorrándose la agresión propiamente dicha. Los experimentos realizados, en los que se sacaba a un animal del grupo y se le volvía a introducir después de un intervalo, indican que éstos recuerdan la jerarquía aproximadamente dos semanas. Se ha comprobado que si se altera artificialmente el orden social, los animales crecen más lentamente y ponen menos huevos.

Este fenómeno, el orden de picoteo en las gallinas, fue descrito por primera vez en 1922 por el científico sueco Thorleif Schjelderup-Ebbe[1]. Resulta curioso que esta conducta pasara desapercibida durante los miles de años anteriores, en los cuales los humanos y las gallinas han tenido una estrecha convivencia. Está claro que el comportamiento de estos animales no suscitó demasiado interés hasta que este investigador comenzó sus experimentos. Al parecer, Schjelderup-Ebbe era un verdadero enamorado de las gallinas desde su más tierna infancia, y cuentan que su madre le hizo construir un gallinero en su casa para que pudiera observarlas a placer.

El orden de picoteo ha sido observado en centenares de especies de aves y mamíferos. Dado que los mamíferos no picotean, los científicos prefieren utilizar el término ‘jerarquía’ para nombrar el fenómeno, del cual existen numerosas formas y variantes, aunque la idea básica es la misma en todos los casos: algunos animales dominan sobre otros. Por ejemplo, entre los machos de rata común (Rattus norvegicus) existen sólo dos clases: los dominantes y los dominados[2]. Los primeros, llamados alfa, son animales de aspecto fuerte y no suelen tener signos de lesiones. Estos machos se comportan de forma más confiada, se mueven libremente sin ser molestados y atacan a los intrusos si penetran en su territorio. No son frecuentes las peleas cruentas entre machos alfa, aunque sí las posturas de amenaza y algunos enfrentamientos. Los machos beta se retiran cuando aparecen los alfa, no atacan a los intrusos y se comportan ‘amigablemente’ entre ellos.

La existencia de sistemas de jerarquía suele ir acompañada de pautas de amenaza y sumisión, los cuales constituyen verdaderos códigos de comunicación entre animales y permiten ahorrarse los verdaderos actos de agresión. El suizo R. Schenkel [3]estudió a mediados del siglo XX los códigos de pelea de los lobos (Canis lupus). Los animales de rango superior tienen una postura de agresión característica, con la cola levantada y las patas tiesas, mientras el animal gruñe y levanta el labio superior descubriendo sus caninos. Los animales subordinados adoptan posturas de sumisión agachando las orejas y llevando ‘el rabo entre las piernas’. No es infrecuente observar estas pautas de comportamiento en los perros domésticos.


[1] Schjeldrup-Ebbe, T. (1922) “ Beiträge zur Social-psychologie des Haushuhns” Z Psicol. 88:226-

[2] Barnett, S.A. “La conducta de los animales y del hombre” Alianza Editorial p.192.1972

[3] Schenkel, R. (1947) “Ausdrucks-studien an Wolfen” Behaviour 1:81-129

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