Archivo mensual: octubre 2009

Homeopatía

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Para un escéptico profesional, resulta difícil entender la fe ciega que ponen algunas personas en teorías que no se tienen en pie ni dos minutos, cuando se examinan con un mínimo de rigor. En un lugar destacado de esa lista se encuentra una de las teorías más extrañas y sorprendentes de los últimos tiempos: la homeopatía.

Esta pintoresca “escuela” médica la inventó un tal Samuel Hahnemann a finales del siglo XVIII. La idea central (literalmente inventada por este sujeto) es que si uno puede encontrar una sustancia que induzca los síntomas de una enfermedad a altas dosis, dicha sustancia cura la enfermedad  a bajas dosis. Al parecer, Hahnemann llegó a esta conclusión tras ponerse hasta arriba de extracto de quinina (Cinchona officinalis), lo que le produjo síntomas parecidos (según él) a los de la malaria.

Armado con esta simple teoría (semejante cura semejante),  Hahnemann abordó la importante cuestión de cómo de baja tenía que ser la dosis para ser realmente eficaz; y aquí realizó un descubrimiento clave: cuanto más baja era la dosis mayor era su poder terapéutico. La homeopatía actual emplea “medicamentos” a dosis tales como 30C, lo que significa que la sustancia original ha sido diluida en proporción 1:100 durante 30 veces sucesivas.  O sea, por cada molécula de la sustancia original tendríamos 100.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 moléculas de agua. Es decir, lo que contiene el “medicamento” es agua pura ¡En algunos casos, se emplean diluciones 50C!

La cosa va todavía más lejos. Los homeópatas reconocen que el “medicamento” puede no contener ninguna molécula de la sustancia original; no obstante, su poder curativo radica en la particular manera en que éste se prepara, mediante una técnica llamada “sucusión”. Ésta consiste en que cada vez que se realiza una ronda de dilución, la mezcla debe ser golpeada firmemente 10 veces sobre una superficie de cuero (pom pom pom pom pom pom pom pom pom pom ) de esta forma, la sustancia deja una “marca sugestiva” en el agua, la cual se incorpora a la soución gracias a la “memoria del agua”. No hace falta decir que todo esto es una bobada. El medicamento no contiene nada más que el diluyente, el agua no tiene memoria y la sucusión no tiene ningún efecto a parte de garantizar una buena agitación de la mezcla.

Hay más. Con frecuencia, el medicamento acaba siendo una píldora ¿cómo transmite entonces el agua esa “marca sugestiva” al azúcar (o lo que contenga la píldora)? Por increíble que parezca, todo esto no me lo estoy inventando: lo dicen los propios “profesionales” de la homeopatía en sus páginas web.

“El mecanismo no está claro, pero funciona” es un argumento frecuentemente esgrimido. Y es cierto. Se ha comprobado muchas veces que las píldoras homeopáticas (o de cualquier otro tipo) tienen cierto efecto terapéutico siempre que el paciente crea que está tomando un medicamento. El efecto placebo ha sido comprobado experimentalmente muchas veces, aunque -en mi opinión- no se ha estudiado con la debida profundidad. La técnica del meta-análisis ha puesto de manifiesto que los efectos de la homeopatía son indistinguibles del placebo. Aquí el trabajo clásico publicado en Lancet Shang et al. (2005).

Los homeópatas suelen tener una actitud muy defensiva frente a la “medicina convencional” y la ciencia en general. Se equivocan. Nadie dice que a priori que los métodos homeopáticos no funcionen. Sencillamente, lo profesionales de la homeopatía deberían someter sus métodos a las contrastación experimental mediante ensayos clínicos randomizados y con doble ciego (y publicar los estudios en revistas normales y no sólo en revistas de ideología homeopática). Exactamente igual que hacen los medicamentos convencionales ¿Sabían ustedes que para vender un medicamento nuevo hay que demostrar mediante ensayos clínicos que  realmente funciona, pero que los “homeopáticos” pueden venderse en la farmacia sin haber pasado estas pruebas? Tan sólo tienen que estar etiquetados como tales.

Sin duda, en el siglo XVIII la comparación entre medicina convencional y homeopática hubiera resultado bastante más favorable para la segunda. Entonces la medicina convencional tampoco tenía prácticamente ninguna base empírica y los tratamientos tradicionales eran con frecuencia dañinos. Al diluir insólitamente las moléculas “terapeúticas” se garantizaba que -al menos- no podían ser perjudiciales como una “sangría” excesiva. Sin embargo, la medicina convencional ha evolucionado bastante, sobre todo en los últimos 100 años, hasta convertirse en una disciplina basada en la evidencia (al menos, en buena parte).

La paradoja consiste en que la homeopatía es claramente un timo… y sin embargo funciona, en la medida en que el efecto placebo funciona. Para muchas personas esto puede ser razón suficiente para quedarse con ella. Por otra parte, la medicina alternativa está explotando un hueco clamoroso de la medicina convencional. Lo normal es que los médicos puedan dedicar muy poco tiempo a sus pacientes; además, suelen hacer énfasis en el aspecto más farmacológico del proceso (el médico receta y el fármaco cura). Es razonable pensar que un sistema que escuche más al paciente y le dé una atención personalizada podría utilizar el efecto placebo en toda su extensión.

La solución más pragmática consistiría en acudir al médico convencional y además (si uno se lo cree y le sobra el dinero) en ir al homeópata. Usted decide.

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Cómo aterrorizar a un bebé (manual conductista)

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Hace unas semanas recibí un comentario indignado y cuajado de insultos, acerca de un post mío sobre el ominoso periodo en el que los conductistas dominaban la Psicología (el post aquí). Puedo entender que a los  irreductibles les moleste que su particular credo haya perdido relevancia, lo que me resulta difícil de entender es que una persona que dice dedicarse a la Psicología tenga tan poco auto-control.

Conste que yo no afirmo que todos los experimentos de la Psicología conductista sean irrelevantes, sólo que los “cabecillas” de este movimiento (sobre todo Watson y Skinner) tenían la irritante costumbre de llevar sus conclusiones mucho más lejos de lo que permitía la evidencia experimental. Esto es un pecado grave para un científico y corresponde a otros científicos señalarlo (aunque éstos trabajen en campos totalmente diferentes). Peor aun, estos trabajos traslucen una notable falta de empatía entre los investigadores y los sujetos de la investigación, fueran éstos ratas, palomas o humanos.

Espoleado por el insultante mensaje (que naturalmente borré), vaya este post también dedicado al siniestro J.B. Watson  ¿Querías caldo…?

El “pequeño Albert” (en la imagen) era un hermoso bebé de algo más de un año. Aunque sabemos poco de este personaje, debió ser un bebé relativamente feliz y, en palabras del propio Watson “extremadamente flemático”. Al parecer, nada asustaba al pequeño Albert, ni una rata, ni un perro…nada. De hecho, Albert era hijo de una empleada de la prestigiosa Universidad John Hopkins, a la que pertenecía Watson. Por razones que ahora resultan difíciles de entender, éste decidió que la confiada actitud ante el mundo del bebé constituía un interesante objeto de estudio psicológico. Ni corto ni perezoso (y sin informar a su madre), el profesor Watson y su joven ayudante iniciaron un experimento cuyo objetivo era enseñar a Albert a tener miedo a las ratas.

El dispositivo experimental era simple (estímulo…respuesta…estímulo…respuesta). “Mira a la rata, Albert” decía la ayudante. Y en ese momento BAAAAAMMMM, Watson producía un ruido ensordecedor con un martillo. Tras una cuantas sesiones, los científicos observaron con satisfacción que el pequeño Albert lloraba ante la mera visión de la rata, sin necesidad del ruido. Un pequeño problema.Albert no sólo lloraba con la rata sino con otros muchos objetos que antes sólo le producían curiosidad. Lo que Watson y Rayner habían conseguido en realidad era aterrorizar al bebé.

Llegado a este punto, la idea era revertir el miedo a la rata inducido por lo psicólogos. Para ello, Watson tenía pensado ofrecerle caramelos a la vez que veía al animal. Si esto no funcionaba, el plan B consistía en “estimular sus zonas erógenas, incluso los genitales si fuera necesario” (¿se imaginan el pollo que se montaría en estos tiempos ante una cosa así?). Sin embargo, no se llegó a esta fase del experimento. La madre de Albert sospechó algó y se lo llevó, poniendo buen cuidado en que nadie supiera su dirección. Nadie ha vuelto a saber del pequeño Albert.

No cabe duda de que el experimento era éticamente cuestionable y científicamente dudoso (¿qué pretendían averiguar realmente?). Pero no desconecten, que ahora es cuando la historia se pone realmente interesante. Un tiempo después de este extraño episodio, la señora Watson descubrió que su marido estaba liado con su ayudante, Rayner, razón por la cual pidió y obtuvo el divorcio. Hasta ahora nada que se salga de lo normal, sin embargo, la historia es un pelín más escabrosa. Al parecer, Watson no sólo se acostaba con Rayner, sino que también la empleaba como sujeto de sus investigaciones, en asuntos tales como medir su pulso cardiaco durante el sexo. Según los rumores, lo que descubrió la señora Watson fue ¡el cuaderno de laboratorio secreto de su marido! Tal vez fue por esa razón por la que fue expulsado de la Universidad y cayó en desgracia ante la comunidad científica. Esta historia llegó a ser un objeto de un artículo de investigación en 2007, según el cual no hay evidencia sólida para confirmar o descartar los rumores.

RATBOX

Watson, J.B. & Rayner R. (1920) J. Exp. Pshychol. 3:1-14.

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¡Al fin libres!

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Me parece evidente que los humanos tomamos decisiones a diario y, de vez en cuando, tomamos decisiones realmente importantes para nuestra vida (y esas decisiones son, al menos en parte, conscientes) ¿Debería comprar un piso ahora? ¿Me cambio de trabajo? Con frecuencia este proceso es bastante penoso y torturado. Simulamos una y otra vez las posibles consecuencias de cada posible modo de acción. Sin duda, nuestro pasado, nuestro carácter, y la opinión de personas cercanas constituyen condicionantes fuertes, pero también es evidente que decidimos y ¡ay de aquel que no tome decisiones!

Curiosamente, los filósofos nos han dado la vara con el “problema del libre albedrío” durante siglos ¿existe?¿no existe?¿somos libres? Lo del libre albedrío puedo entenderlo en un contexto cristiano. Si Dios nos ha creado y es infinitamente sabio, Él sabe que (algunos) vamos a pecar y a condenarnos; dado que es  moralmente discutible crear criaturas para que vayan directamente al infierno ¿cómo puede ser Él al mismo tiempo infinitamente bondadoso? Entiendo que Tomás de Aquino se comiera el tarro ante una contradicción así. Los no-creyentes no tenemos ese problema.

Pero en los últimos 30 años han surgido unos extraños defensores del determinismo, que no son filósofos cristianos sino ¡neurobiólogos ateos! La cosa tiene su origen en un experimento realizado por Benjamin  Libet en 1983. El experimento transcurrió más o menos así: a un sujeto experimental (típicamente (¡ay!) un estudiante universitario) lo sentaron en una silla con el cráneo repleto de electrodos y le dijeron que moviera el dedo en el momento que él quisiera. El punto clave es que unas décimas antes de que el movimiento se produjera, los aparatos detectaban una señal. Puesto que la señal precedía a la decisión, Libet y sus colaboradores concluyeron que la propia decisión de mover el dedo no podía tomarla la consciencia, sino alguna parte del inconsciente.

Sin duda, el experimento es interesante ya que sabemos muy poco del proceso neurológico subyacente a la toma de decisiones. Pero lo que ha generado mucha controversia, y con razón, es su conclusión: la libertad no existe. Para empezar, no hay ninguna evidencia de que la señal que  precedía al movimiento (denominada RP) representara la decisión propiamente dicha. Podría ser una simple pre-alerta; para que mi cerebro tome una decisión tiene que “encenderse” alguna parte del mismo y al “encenderse” emite una señal, que es la que captaba Libet y colaboradores.

Sin embargo, disponemos ahora de nueva evidencia experimental que parece contradecir la interpretación de Libet. Jeff Miller y Judy Trevena, de la Universidad de Otago (Dunedin, Nueva Zelanda) decidieron repetir el experimento, pero añadiendo un pequeño matiz. Colocaron los electrodos en el cráneo del sujeto de experimentación y le pidieron que moviera un dedo; pero esta vez le dijeron que no tomara la decisión hasta oir un pitido. Si la interpretación de Libet era correcta, la señal debería ser mayor cuando se produjera la decisión del movimiento. En cambio, estos investigadores, encontraron que la RP era exactamente igual, independientemente de que hubiera movimiento o no. Miller y Trevena interpretan esta RP como una mera señal de que el cerebro está poniendo atención y no como un reflejo del acto mismo de tomar una decisión (Consciousness and Cognition, DOI:10.1016/j concog.2009.08.006).

Naturalmente, no todo el mundo está de acuerdo con esta nueva interpretación.Y hay bastantes más experimentos cuyos datos señalan en una u otra dirección, dependiendo de quién los interprete. Me temo que habrá polémica para rato.

Debo señalar que la cuestión que aquí se comenta no es exactamente una discusión puramente científica, desde el momento en que junta un experimento en neurobiología (Brain, vol 106. p623) con un concepto filosófico (libertad/libre albedrí0), el cual requeriría una definición más precisa para poderlo contrastar experimentalmente. Desde mi punto de vista, el hecho de que un agente (cualquiera de nosotros) sea capaz de anunciar a priori que va a realizar una acción (mover un dedo) y sea posible comprobar a posteriori que la acción se realiza (efectivamente, he movido el dedo), debería ser suficiente para garantizar el libre albedrío. Para mí esta es, de hecho, una buena definición de “libertad”.

Mi certeza de que podemos decidir algunas cosas (aunque la mayoría sean triviales) no quita que estudiar el fenómeno neurológico de toma de decisiones sea enormemente interesante. No sería raro que dicho proceso fuera en parte inconsciente; cuando uno toma una decisión no tiene ni idea de lo que ocurre dentro de su cabeza, pero de ahí no se deduce que la libertad no exista.Y para demostrarlo, me voy  a tomar ahora mismo un helado de chocolate (que no de vainilla) porque me da la gana.

Más info

PS Agradezco al profesor Francisco Rubia y a Alvaro Cortina y demás miembros de la tertulia Unamuno-Prim por las interesantes discusiones generadas sobre este tema los dos últimos martes

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Un biochip para combatir el cáncer

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Aunque solemos pensar que cada individuo constituye una unidad funcional, nosotros los seres multi-celulares seríamos mejor descritos como “una comunidad de células generalmente bien avenidas”. Para que la cosa funciones los intereses de las células individuales tienen que supeditarse al bien común del organismo entero, lo cual impone algunas restricciones. Obviamente, la multiplicación de las células tiene que estar severamente restringida o anulada en el estado adulto y de aquí surgen los problemas. Algunas veces, un tipo celular se salta los mecanismos de control e insiste en crecer. El resultado es serio: se llama cáncer.

Justamente, este carácter de conflicto interno es lo que hace tan difícil combatir esta enfermedad. En general, el sistema inmune está programado para reconocer y combatir invasiones de organismos externos. Esto no quiere decir que le resulte completamente imposible identificar y destruir los tumores; de hecho los científicos llevan tiempo discutiendo sobre el papel del sistema inmunológico en el desarrollo del cáncer. Pero en lo que están todos de acuerdo en que sería bueno echarle un manita en este aspecto. Y eso es lo que ha conseguido Omar Ali y sus colegas de la Universidad de Harvard: reprogramar al sistema de defensa para que identifique y destruya las células tumorales.

El primer protagonista de esta historia son una células inmunológicas denominas células dendríticas, las cuales tienen la función de “presentar antígenos”. En esencia, estas células cumplen la importante misión de “informar” a otro tipo de células de defensa, los linfocitos T “asesinos” (killer) a quién deben atacar. Una vez informados, los linfocitos asesinos proceden a cargarse a las células invasoras.

Estos científicos se propusieron re-programar a las células dendríticas para que reconocieran a las células tumorales. Para ello empezaron por obtener moléculas específicas de las células tumorales (que no aparezcan en las células normales). Después construyeron un implante de plástico en el cual las células dendríticas son “secuestradas” durante un breve intervalo y expuestas a un cóctel de moléculas.  Pero primero es necesario atraerlas al implante; para ello se empleó una sustancia denominada “factor estimulador de colonias de granulocito-macrófago” la cual tiene normalmente la función de atraer a las dendríticas. Allí quedan atrapadas en los poros del implante y son expuestas al oligonuleótido de citosina y guanosina, el cuales reconocido por las dendríticas como normalmente asociado a la infección. Al mismo tiempo, estas celúlas también están expuestas a las moléculas tumorales. Así se produce la reprogramación de las dendríticas. Cuando estas células son liberadas del implante, desencadenan el proceso que normalmente ocurre cuando se produce una infección. Pero está vez los linfocitos asesinos la emprenderán con el tumor. En teoría, podría funcionar.

Y en la práctica parece que también funciona. En un experimento realizado en ratones con cáncer de piel, el 90% de los individuos con implante sobrevivió y el 100% de los que no lo tenían estaban muertos al cabo de 25 días. Así mismo, se han obtenido resultados esperanzadores en ratones con gliomas  y cáncer de mama, aunque el método parece no ser efectivo frente al cáncer de pulmón. Los primeros ensayos clínicos en humanos están previstos para junio de 2010. El equipo de Harvard ha creado una compañía biotecnológica, InCytu, para explotar comercialmente estas técnicas (lo rudimentario de su página web indica que esta tecnología todavía no está madura). No obstante, hay esperanzas fundadas de que este método ayude a combatir el cáncer en un futuro próximo.

El trabajo aquí

PS, esta página no puede (ni debe) aconsejar sobre tratamientos oncológicos, ni tratamientos médicos de cualquier tipo.

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