Archivo mensual: marzo 2009

Bio-humor

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Genes y Memes

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Aunque pueda parecer lo contrario, una de las motivaciones principales de este blog es refutar la dicotomía Naturaleza vs Crianza. En el momento en el que nos tragamos este cuento y empezamos a argumentar a favor o en contra de alguna de las dos posturas la hemos fastidiado irremediablemente. Es cierto que me han acusado de biologicista algunas veces y ninguna de ambientalista; pero también es cierto que nadie entre los primeros niega la influencia de la educación y bastantes entre los segundos niegan la influencia genética (afortunadamente, cada vez son menos).

Pero el objetivo no es llegar a un conciliador “empate y todos contentos”, sino identificar los genes implicados, los mecanismos bioquímicos y neurológicos que están detrás de esos genes y (más importante) qué cosas pueden cambiarse y cuáles son las estrategias óptimas de aprendizaje. El primer paso consiste en abandonar para siempre el maniqueísmo genes/educación. Los siguientes pasos requieren ir a los detalles…

La imagen adjunta es un mapa de la “calidad del cableado” de un cerebro, esto es, una medida de la cantidad de conexiones en distintas partes del mismo (1, lóbulo parietal; 2, cuerpos callosos, 3, lóbulo frontal; 4, lóbulo temporal; y 5, corteza visual) empleando una técnica denominada HARDI. Se trata de una variante de la Resonancia Magnética, capaz de mostrar la cantidad de agua que difunde a través de la materia blanca; esta medida está relacionada con la integridad de las vainas de mielina y esto a su vez con la rapidez del impulso nervioso. La imagen puede considerarse, pues, como un mapa de la velocidad mental.

Cuando Paul Thomson y sus colegas de la Universidad de California aplicaron esta técnica a un conjunto de gemelos idénticos y no-idénticos pudieron comprobar que esta característica tenía un importante componente genético (el trabajo aquí).


Estos investigadores estimaron la importancia del componente genético en el 85,100,65,45 y 76% respectivamente para las áreas 1-5. Por otro lado, la integridad de la mielina en esas áreas está correlacionada con las puntuaciones en los test de inteligencia.

Pero el que esta característica se herede genéticamente no significa que no pueda cambiarse; de hecho, los científicos creen que la integridad de la mielina es una diana susceptible de manipulación, al contrario que otras, como la cantidad de materia gris. El identificar los genes responsables y estudiarlos a nivel bioquímico tal vez permita desarrollar nuevas terapias frente a enfermedades como el autismo o la esclerosis múltiple, o simplemente, mejorar la capacidad cognitiva de las personas (podemos preguntarnos si esto último es o no deseable). En todo caso, todavía estamos bastante lejos de cualquier aplicación práctica de este tipo.

En otro trabajo parecido, publicado esta semana en Science, un grupo de la Universidad de Aachen (Alemania) empleó la resonancia magnética funcional (fMRI) para estudiar cómo diferentes individuos emplean distintas estrategias mentales cuando son confrontados con tareas complejas. De nuevo, al estudiar gemelos idénticos y fraternos observaron que la tendencia a emplear una estrategia determinada tenía una heredabilidad el 60-90%.


En el otro lado de la (falsa) polémica, tenemos este artículo publicado en el Journal of Neuroscience.


Para este trabajo se seleccionó (aleatoriamente) a un grupo de 15 colegiales de 6 años de edad y se los “sometió” a un entrenamiento musical moderado (consistente en lecciones semanales de teclado). Al cabo de tan sólo 15 meses, los investigadores comprobaron mediante escáner que se habían producido cambios estructurales en el cerebro de los chicos musicalmente entrenados, y no en el grupo de control. Adicionalmente, este entrenamiento estaba correlacionado con mejoras cognitivas en tareas relacionadas (capacidad de recocer melodías y coordinación manual) pero no en actividades no relacionadas, como la aritmética.

No todo el mundo puede ser un Mozart, pero incluso los genios tienen que practicar.

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Estoy planeando tirarte piedras

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Se llama Santino, tiene 30 años y odia a las personas.

Tal vez no lo falte razón. Santino es un chimpancé del zoo de Furuvik (Suecia) y a pesar de que las instalaciones en las que habita son de primera, es posible que su vida sea muuuuy abuuuurrida. Luego están esos tipos mirándole como si no tuviesen otra cosa que hacer. Santino los detesta y empezó a tirarles piedras cuando era un chimpancé adolescente.

Pero no es el hecho en sí de arrojar piedras a los visitantes lo que le está haciendo famoso, sino más bien el modo de hacerlo (podría decirse que es un verdadero modus operandi). Santino recolecta su munición del foso que rodea la zona. Generalmente por las mañanas, cuando todavía no ha empezado a llegar la gente. Lo más notable, es que mientras se hace con los proyectiles parece estar  completamente calmado y pacífico. Sus movimientos son lentos y deliberados. Ningún asomo de ira o temor en su ánimo (de momento).

Pero cuando llegan los visitantes la cosa cambia. Santino se muestra cada vez más agitado y empieza a lanzar piedras a diestro y siniestro  e incluso -si puede- grandes pedazos de cemento. Los administradores del zoo no están muy tranquilos con esta costumbre y han colocado carteles de advertencia y vallas en algunos lugares.

Las actividades “preparatorias” de Santino han sido grabadas en video en numerosas ocasiones. Resulta muy difícil explicar esta conducta sin admitir que este chimpancé  tiene capacidad de planear la acción y anticipar los acontecimientos. Incluso ha llegado a hacer varios “arsenales” en lugares estratégicos desde los cuales lanza sus ataques.

No es la primera vez que se describe una conducta planeada en el chimpancé, pero hasta ahora se trataba de observaciones esporádicas. El trabajo ha sido publicado recientemente en la revista Current Biology y la comunidad de primatólogos está muy excitada.

No puedo dejar de identificarme con Santino; yo también querría tirarles piedras.

El trabajo aquí.

Proyecto Gran Simio

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Retratos de familia

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Aragai, Kenia, 6 millones de años antes del presente

En una luminosa mañana de abril, este Orrorin tugenensis, acaso el primero de nuestra estirpe en caminar erguido, se adentra en la selva ecuatorial.

The Last Humans. G.J.Sawyer and V. Deak. 2007. Yale University Press.

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Al gimnasio o al transplante

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Muchas personas practican deporte de forma intensa cuando son jóvenes y lo abandonan totalmente a partir de los treinta. Siempre he pensado que este “pattern” es muy poco ventajoso. En primer lugar, el deporte “competitivo” tiene evidentes riesgos de lesiones serias y otros efectos negativos. El deporte de élite no es bueno para la salud y, sin duda, esta no es una de las motivaciones principales de los deportistas famosos (que, lógicamente, deben buscar la fama). Por otro lado, el llevar una vida sedentaria a partir de los 30 es justo lo contrario a lo que le conviene al cuerpo. A medida que envejeces resulta más importante mantener la forma física.

Al deportista maduro y amateur todavía le persigue una cierta sensación de ridículo (“¿a dónde se cree que va éste?”). Por el contrario, el deportista joven y profesional le rodea un aura de gloria, aunque se esté destrozando los ligamentos o provocándose una hipertrofia del corazón. Siempre he mantenido esta idea y siempre he practicado deporte de forma frecuente, moderada y no competitiva. Por eso  me he sentido verdaderamente reivindicado al leer un estudio en la página web del British Medical Journal, según el cual hacer ejercicio moderado a partir de los 50 aumenta de forma significativa la esperanza y la calidad de vida.

El estudio se realizó sobre una muestra de unos 2000 individuos (del sexo masculino), los cuales fueron monitorizados durante más de un década (así que no sabemos si en las mujeres se produce un efecto similar, aunque probablemente sí). Lo primero que sorprende es la magnitud del efecto: hacer ejercicio equivale a dejar de fumar. Lo segundo, es que el efecto favorable se observa entre aquellos que hacen deporte a partir de los 50, independientemente de que lo hayan hecho antes o no. Es decir, el ejercicio físico durante las primeras cinco décadas no se corresponde con un aumento de la esperanza de vida, y a partir de los cincuenta sí.

Una observación: por “ejercicio físico” se entiende al menos tres horas semanales de ejercicio aeróbico. Lo siento, pero acercarse a la nevera por otra cerveza no cuenta.

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Bio-humor

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¿Y a mí…quién me protege?

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De un mal gusto indescriptible. Así se podría calificar la campaña de la Conferencia Episcopal frente al proyecto de modificación de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo. Y de una demagogia incalificable.

En primer lugar, los niños de unos 10 meses de edad, como el de la foto de la campaña, están protegidos por la leyes de este país (como no podría ser de otra manera). En segundo lugar, ¿qué tendrá que ver la protección de la Naturaleza con la cuestión del aborto? Para empezar, al proteger al lince se está conservando todo un ecosistema único, sin el cual el lince no puede sobrevivir; así que no se trata sólo del lince, sino de la liebre, al perdiz roja, el buitre negro, las encinas y muchas más especies de animales y plantas. Se me ocurren muchas razones para desear que el tesoro de biodiversidad que hemos heredado no desaparezca en pocos años.

La campaña no sólo dibuja una ecuación surrealista (protección al feto vs protección a la naturaleza), sino que lo hace en el país europeo que está a la cabeza en el maltrato animal y el único donde la tortura organizada constituye un motivo de diversión (y es difundida por las cadenas públicas de televisión).

Dejando de lado el mal gusto de la campaña publicitaria, vamos al fondo de la cuestión, en cuyo núcleo nos encontramos un problema biológico: el hecho que el desarrollo de un nuevo individuo sea un proceso gradual.  Cierto que el momento de la fecundación y el del nacimiento constituyen hitos del mismo, pero no por ello el proceso deja de ser gradual. El recién nacido es muy parecido al feto un momento antes de nacer.

En general, nuestros conceptos (sobre todo en materia legal) se adaptan mal a este tipo de procesos y preferimos distinciones claras y tajantes. Los problemas vienen cuando tratamos de “imponer” categorías claras y disjuntas sobre procesos que no las tienen.

Es evidente que todo ser humano tiene derecho a la protección de las leyes, y es igualmente evidente, que los padres no tienen derecho sobre la vida de sus hijos, aunque en un momento se la dieran. Ninguna legislación (que yo sepa) admite el infanticidio, aunque en algunas sociedades ha sido relativamente frecuente.

Por otra parte, es también evidente que los humanos (en particular, las mujeres) tienen derecho a decir cuándo y cuántos hijos desean tener. En las condiciones sociales “normales” en Europa, las mujeres tienen muchos menos hijos de los que son biológicamente posibles. Por lo tanto, es muy importante (para la madre, para el hijo y para la sociedad) que la reproducción se produzca cuando la madre considere que las condiciones son favorables para ello. Tener hijos supone un compromiso importante y duradero: es muy importante que salga bien.

Si ninguna mujer puede ser obligada a tener hijos, tendrá que poder decidir en qué punto para el proceso: no teniendo relaciones sexuales, empleando métodos anticonceptivos, interrumpiendo voluntariamente el embarazo ¿dónde acaba el derecho de la madre a decidir? ¿cuándo empieza a tener derechos legales el feto? Se pongan donde se pongan los límites, éstos serán (hasta cierto punto) arbitrarios y el tema es naturalmente opinable y debatible, pero la ley tiene que trazar una raya en algún sitio.

El debate se complica cuando entran en juego las consideraciones religiosas. Al parecer, la Iglesia Católica cree que el alma se crea en el momento de la fecundación, por lo que un zigoto (formado por una sola célula más un núcleo paterno) sería un ser humano de pleno derecho. Esto es problemático porque no hay ninguna evidencia de que el alma exista, en primer lugar, menos aun que se “incorpore” al proceso en el momento de la fecundación. Los católicos tienen derecho a creer en lo que quieran, pero deberían reconocer, al menos, que las creencias basadas puramente en la “Fe” no pueden introducirse en un debate que afecta a todos, católicos y no católicos.

Este es el punto clave. Si no hay evidencia de la existencia del alma, no pueden emplear el argumento. Las creencias religiosas son completamente respetables, pero tienen que quedarse en el ámbito privado. En un post anterior, comentaba que si una religión creyese literalmente en Papá Noel podría exigir que los aviones no volasen el 24 de diciembre, no fueran a chocar contra su trineo de renos. Recibí algún comentario indignado por “equiparar las creencias religiosas a creencias infantiles”. El problema es que si el argumento de la “Fe” se admite para una cosa, puede admitirse para (literalmente) cualquier otra.

En el mundo hay suficiente sufrimiento (padecido por humanos y otros seres sentientes) como para preocuparse demasiado por si el zigoto tiene o no “alma”… creo yo.

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