Archivo mensual: enero 2009

Retratos de familia

Hadar, Etiopía, 3.4 millones de años antes del presente.

Esta joven hembra de Australopithecus afarensis lleva varias horas perdida. Aunque no parece haber ningún peligro inmediato, escudriña afanosamente la sabana. Sin la ayuda de los suyos, constituye una presa fácil para los numerosos depredadores. Tampoco hay muchos sitios donde refugiarse en caso de peligro. Su supervivencia pasa por encontrarlos.

Foto: The Last Humans. G.J.Sawyer and V. Deak. 2007. Yale University Press.

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Árboles abolidos

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Un trabajo publicado en Science nos informa de que los bosques del oeste de Estados Unidos y Canadá están en apuros (el trabajo aquí). Al parecer, la tasa de mortalidad de los árboles ha pasado del 1% al 2% en apenas dos décadas. Una diferencia así puede parecer pequeña, pero piensen en términos financieros; si uno tiene mucho dinero, no es lo mismo que rente un 1% que un 2%. A largo plazo, la diferencia es enorme.

El aumento de mortalidad se correlaciona con el aumento de la temperatura en la zona. Correlación es correlación, ni más ni menos. Es posible que en zonas áridas el problema radique en el estrés hídrico que se produce en verano. En zonas húmedas, otros factores pueden entrar en juego; por ejemplo, si las temperaturas invernales son muy suaves, determinadas plagas o enfermedades de los árboles pueden verse favorecidas. Los científicos reconocen que existen muchos elementos desconocidos en este asunto.

Una vez más, la razón de fondo parece ser el calentamiento global; una vez más, es muy difícil hacer predicciones acerca de las causas concretas y la intensidad del fenómeno.

Me complace ver que en esta ocasión, existe en España una iniciativa similar para vigilar los daños que se producen en nuestros bosques (Red de daños).

Pido la paz y la palabra

“Árboles abolidos,
volveréis a brillar
al sol. Olmos sonoros, altos
álamos, lentas encinas,
olivo
en paz,
árboles de una patria árida y triste,
entrad
a pie desnudo en el arroyo claro,
fuente serena de la libertad”
(Blas de Otero)

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Las arañas ancestrales no hacían telas

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Se encontraba un día  encontraba el psicolingüista Steven Pinker visitando una exposición sobre Arañas en el Museo de Ciencias Naturales de Washington, cuando al admirar la elegancia y funcionalidad de las telas pensó: “cómo puede haber alguien que vea esto y no crea en la selección natural”. Prácticamente en el mismo instante, una mujer que se encontraba cerca admirando las mismas telas exclamó: “cómo puede haber alguien que vea esto y no crea en Dios”.

Curiosamente, como todas las adaptaciones complejas, las telas de araña plantean un dilema evolutivo. Para tejer la tela, el animal tiene que sintetizar unas proteínas muy especiales, que constituyen la “seda” y guardarlas en unas glándulas ad hoc. Estas proteínas salen a presión y adquieren la configuración tridimensional que proporciona a la tela sus propiedades mecánicas, y para ello la araña utiliza unos apéndices especiales denominados “hileras”. Al mismo tiempo, la araña necesita unos patrones psicomotrices innatos para tejer la tela (aunque éstos se refinan con la práctica). Si alguno de estos elementos no estuviera presente, la trampa no funcionaría y la araña se moriría de hambre. Por otra parte, es muy difícil que todos estos elementos surjan de repente por azar (recordemos que la araña tiene que comer, si no todos los días, por lo menos de vez en cuando).

Lo más probable es que algunos de estos elementos existieran antes y es muy posible que tuvieran otra función. Este parece ser el caso; según un trabajo recientemente publicado en PNAS, los antepasados de las arañas producían seda pero no tejían telas ya que no poseían “hileras”. Se basan en un fósil de proto-araña, clasificado como Attercopus fimbriunguis y fue hallado en Nueva York en los años 90; sencillamente, los paleontólogos han tardado bastante en interpretarlo. Al no tener hileras, Attercopus debía poseer un control muy imperfecto sobre la seda. Es posible que utilizase la seda para envolver los huevos (se han sugerido otras posibilidades), cosa que hacen algunas arañas actuales.

Otro hallazgo curioso en este fósil es que poseía una pequeña cola, a diferencia de las arañas modernas.

En resumen, los antepasados de las arañas podían fabricar seda pero su función era distinta a la de las actuales. En algún momento debieron aparecer hileras rudimentarias y la seda debió adquirir una nueva función. Al descomponerse en una serie de pasos independientes y adaptativos, y al disponer de mucho, mucho tiempo, los sucesos improbables dejan de serlo.


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Bio-humor

jsin381l

Bueno, haz lo que puedas.

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Bacterias gorronas

bacteria

Esta semana ha aparecido una noticia acerca de mis amigas las bacterias que no quiero dejar de comentar, y tiene que ver con la “vida social” de estos seres. El concepto puede parecer un poco raro (¿cómo es posible que las bacterias tengan vida social y yo no?). Y sin embargo existe. Aunque las células bacterianas individuales compiten fieramente por los nutrientes en momentos de abundancia, para sobrevivir en condiciones duras (que son las más frecuentes) suelen depender de la cooperación entre ellas.

Por ejemplo, tienen que “ponerse de acuerdo” para formar “biofilms”: una especie de estructura pluricelular que les permite fijarse a superficies sólidas. También tienen que “ponerse de acuerdo” para efectuar un movimiento de migración en masa denominado “swarmming”.Para este tipo de acciones, las bacterias tienen que comunicarse, y no en un sentido metafórico sino literal, así que le podemos quitar las comillas al ponerse de acuerdo. La comunicación se produce frecuentemente a través de unas sustancias (homoserín-lactonas) que son producidas y excretadas por las células bacterianas. Al mismo tiempo, las bacterias perciben la concentración de homoserín-lactonas que hay a su alrededor, con lo que adquieren una información precisa sobre la densidad de congéneres en el espacio circundante. No es extraño que estos sistemas se hayan denominado “quorum sensing”. Si, efectivamente, hay quórum, las bacterias desencadenan una respuesta adecuada.

¡Qué bonito! Las bacterias hablan entre ellas y cooperan. Lo malo es que este sistema sale caro en términos de energía: hay que sintetizar estas moléculas y enviarlas al exterior. Y de aquí surge el problema de toda actividad cooperativa en cualquier sociedad (humana o no): el problema de los gorrones. ¿Qué pasa si una bacteria individual se ahorra el esfuerzo pero se aprovecha de las ventajas? Pues que se reproduce más deprisa que las bacterias decentes, lo que resta eficacia al conjunto. En el caso de una bacteria patógena, el resultado bien puede ser una menor capacidad para producir enfermedad en el hospedador.

En este trabajo, presentado por Stuart West en un meeting de la Royal Society of London, los científicos encontraron que al co-infectar a hospedadores (ratones) con una mezcla de dos cepas de Pseudomonas aeruginosa (una decente y otra gorrona) la infección era mucho más leve que al infectar sólo con bacterias cooperativas ¿Podrían emplearse estas bacterias tramposas para combatir enfermedades?

Este tipo de fenómenos sugiere que antes de que surgieran los seres pluricelulares propiamente dichos, los antecesores de las bacterias llevaban mucho tiempo “ensayando” diversos tipos de estructuras cooperativas. Un animal pluricelular puede considerarse un caso extremo de cooperación celular.

Natura non facit saltum

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Polimorfismo genético asociado a la aversión al riesgo

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A pesar de los comentarios críticos que han recorrido últimamente la blogosfera especializada (más sobre el tema aquí), lo cierto es quela idea de interpretar la conducta humana a la luz de la Biología y, concretamente, de la Biología Evolutiva, no deja de ganar fuerza. No quiere esto decir que los aspectos “ambientales” que tradicionalmente han dominado en las ciencias sociales carezcan de importancia. Y tampoco quiere decir que las conclusiones de los psicólogos evolucionistas individuales sean siempre correctas (a menudo no lo son).

La Evolución proporciona un marco conceptual; llenarlo de contenido requiere integrar resultados de disciplinas muy distintas. La Genética del comportamiento constituye seguramente una de las puntas de lanza. Al identificar genes (más correctamente alelos) asociados a determinadas tendencias de comportamiento,  se abre la veda para que otros especialistas puedan entrar en el juego. Los neurobiólogos podrán buscar relaciones entre los genes y determinadas propiedades del cerebro (estructuras morfológicas, abundancia de determinadas moléculas, mayor o menor actividad en zonas concretas). Los psicólogos podrán refinar este trabajo, contrastando si las asociaciones encontradas son sólidas. Los biólogos evolutivos compararán las secuencias de los genes procedentes de distitintos individuos, poblaciones o especies relacionadas y, tal vez, podrán decir algo acerca de su origen y grado de selección por el que han pasado. Los genetistas podrán emplear algunos modelos animales para contrastar estos resultados, por ejemplo, modificando un gen en particular en el ratón y estudiando cómo se comporta el animal. Finalmente, los filósofos tratarán de entenderlo todo en conjunto. La integración con la Biología no arrinconará a las Ciencias Sociales, las hará mucho más interesantes.

Tal vez piensen que todo esto es ciencia ficción o, al menos, “wishful thinking”, pero no. Los resultados están llegando. A pasos cortos y con algunas vacilaciones e incluso meteduras de pata. Esa es la forma normal de avanzar. Y mostrar estos avances constituye el principal objetivo de este blog.

El “pasito” de esta entrada tiene un protagonista ya conocido: el gen DRD4 (tratado aquí), el cual está relacionado con la mayor o menor aversión que manifiestan diferentes individuos a asumir riesgos. No cabe duda de que las “preferencias de riesgo” constituyen un elemento central en cualquier modelo de “toma de decisiones” en humanos (y en el resto de las especies). Numerosos trabajos han mostrado que existe una considerable variabilidad individual en este aspecto. Sorprendetemente, variables tales como edad, raza, sexo, religión, nivel educativo y estatus socio-económico, explican tan sólo un porcentaje pequeño de esta variabilidad. En cambio, los estudios de gemelos idénticos señalan que aproximadamente el 25% de la varianza es heredable.

Se sabe desde hace tiempo que D4DR, un gen que codifica un receptor de dopamina, está relacionado con el control de las “conductas de riesgo”. En concreto, una parte de dicha proteína formada por siete repeticiones (denominada 7R) está implicada en la unión del receptor con la dopamina; en los individuos 7R+ es necesaria una mayor concentración de esta sustancia para producir una respuesta equivalente. Al mismo tiempo, se ha observado que la variación alélica en esta región también está asociada con una mayor tendencia a la “búsqueda de novedad”. En concreto, 7R se ha asociado a alcoholismo, conducta desinhibida, impulsividad, ludopatía e hiperactividad. Por supuesto, se trata de una asociación estadística, no quiere decir que cualquier individuo portador de este alelo manifieste inevitablemente estos rasgos.

Lo que han encontrado los autores de un trabajo (que se publicará próximamente en Evolution and Human Behaviour) es que 7R también está asociado a la tendencia a asumir riesgos financieros. Para obtener este resultado, los investigadores estudiaron a un conjunto de 24 individuos7R+ y 70 7R-, a los que sometieron a un juego que les permitía medir estas tendencias. Su conclusión: el polimorfismo 7R parece explicar tan sólo un 5% de la parte heredable de la variación.

Se trata de un pequeño efecto y de un pequeño paso

El trabajo aquí

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Reseña: Los cazafantasmas

Me encontré con este libro el pasado verano, en unas “rebajas” en la librería de la Universidad de Madison. Un rápido vistazo al interior (y su atractivo precio) me convencieron de inmediato. 48 horas más tarde leía la última página y lo guardaba en la estantería. Fascinante.

La trama transcurre a mediados del siglo XIX. Un grupo variopinto de científicos e intelectuales inician una investigación que pronto se convertirá en una obsesión personal para muchos de ellos, hasta el punto de poner en peligro sus carreras profesionales y sus vidas privadas. Liderados por el filósofo/psicólogo William James (uno de los padres fundadores de la Psicología) y por Russel Wallace (co-autor con Darwin de la Teoría de la Evolución), nuestros aventureros tratarán de contrastar empíricamente la existencia de fantasmas, espíritus y otros fenómenos psíquicos. Reconozco que no pude evitar identificarme con este puñado de aventureros intelectuales. Irónicamente, en su búsqueda de la “verdad” se encontraron con dos enemigos mortales: la Iglesia y los demás científicos.

Tal como dijo explícitamente uno de ellos, al intentar constrastar la existencia de fantasmas (la moda del espiritismo arrasaba en aquellos días), estaban al mismo tiempo poniendo en tela de juicio algunas ideas muy importantes. Si no encontraban evidencias del “más allá” tendrían que concluir que no hay nada después de la muerte. De aquí la lógica animadversión de la Iglesia. Pero ¿y si encontraban algo? Tendrían que admitir la existencia de una realidad “espiritual”. De aquí la actitud hostil de los científicos.

Sin embargo, estrictamente hablando, el punto de partida de James y los suyos era estrictamente científico. Si todo el mundo habla de los fenómenos paranormales ¿por qué no investigarlos con rigor?

No les contaré lo que encontraron, o no encontraron para no estropearles el libro. Iker jiménez debería dedicarles un programa.

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Bio-humor

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“Bien, bien -otro cabello rubio… ¿Qué, has estado haciendo “experimentos” con esa fresca de Jane Goodall?”

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Bacteria feminista contra mosquito transmisor

mosquito

Supongo que todos odiamos a los mosquitos, no sólo por las molestas picaduras sino también por su “aterrador” zumbido en las noches de verano. Sin embargo, para los habitantes de los países mediterráneos, estos animales son solamente una molestia.  Una situación muy distinta de la de numerosas países más cálidos, donde los mosquitos, además de picar, transmiten enfermedades como la malaria o el dengue.

Por tanto, la lucha contra estos insectos es algo bastante serio. Recordemos que la malaria es una de las enfermedades infecciosas más importantes a nivel planetario. En el pasado, las campañas de erradicación se basaban en uso masivo de insecticidas; un método que aunque pueda ser localmente eficaz tiene considerables inconvenientes para el medio ambiente.

Otras estrategias han sido consideradas -aunque ninguna se ha llevado a la práctica- tales como el suelta masiva de mosquitos transgénicos que no pueden ser portadores de malaria. En un artículo aparecido este mes en la revista Science, describen otro sistema que puede resultar muy prometedor.

El método se basa en una curiosa bacteria del género Wolbachia, que infecta  numerosas especies de artrópodos. Wolbachia es un endoparásito, esto es, habita normalmente en el interior de las células del insecto y se transmite exclusivamente por vía materna, como la mitocondrias. No es extraño que esta bacteria haya desarrollado diversos mecanismos para distorsionar el ratio entre machos y hembras, de manera que éstas últimas estén super-representadas en la población, lo que favorece enormemente la dispersión de la bacteria. Uno de estos mecanismos  es la incompatibilidad citoplásmica, en la cual las hembras no-infectadas que se aparean con machos infectados no producen descendencia. En otros casos se produce el aborto selectivo de los embriones machos. Si añadimos la circunstancia de que la infección bacteriana no produce efectos graves en el insecto, tenemos al perfecto patógeno feminista: mantiene en mínimos el número de macho sin causar demasiado daño a las hembras.

La pena es que Wolbachia no es un patógeno natural de los mosquitos que transmiten la malaria o el dengue en humanos. La buena noticia es que las infecciones artificiales que se han realizado en laboratorio parecen funcionar bastante bien, lo que abre la posibilidad de emplear esta estrategia en la lucha contra las mencionadas enfermedades.

Bien. Supongamos que podemos introducir Wolbachia en el mosquito ¿qué hacemos ahora? La idea de los investigadores es bastante sutil. En vez de tratar de matar al hospedador, el objetivo ha sido buscar una cepa de la bacteria que acorta la vida del mosquito, porque este factor el clave para la transmisión de las enfermedades en humanos. Se necesita un tiempo relativamente largo para que el virus (dengue) o el Plasmodium se desarrollen dentro del insecto, lo que significa que sólo los mosquitos de “avanzada edad” (unas dos semanas aproximadamente) son potencialmente infectivos.

En resumen, la infección de Wolbachia podría extenderse en las poblaciones de mosquito gracias a la incompatbilidad citoplásmica y esto no acabaría con los insectos; pero al acortar su periodo de vida serían incapaces de trasmitir las enfermedades. De modo que esta estrategia no libraría a los humanos de las molestas picaduras ni del aterrador zumbido, sino solamente de las consecuencias realmente graves: malaria y dengue Por otro lado, las poblaciones de mosquitos no desaparecerían, para regocijo de aves insectívoras, murciélagos y otros seres vivientes.

No puede descartarse que este método genere presiones selectivas en los patógenos para desarrollarse en un tiempo menor. Pero se ha señalado que dichas presiones ya deben existir en las actualidad, por lo que los patógenos de desarrollo precoz deben tener también menor fitness. De modo que si los patógenos lograran saltarse esta barrera, al menos serían (probablemente) menor virulentos.

Supongo que los puristas se opondrán a que se utilice un método de este tipo, invocando la posibilidad de efectos imprevistos. Por otro lado, muchas personas mueren todos los años (en países pobres) por causa de estas enfermedades (de forma absolutamente previsible). Tampoco puede garantizarse que vaya a funcionar. La cosa es: ¿debe intentarse?

El trabajo aquí

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Bio-humor

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“Primero tienes que encontrar dos esquimales…”

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Autobuses ateos

La historia de los autobuses ateos de Barcelona y (pronto) otras ciudades lleva ya varias semanas rodando por la blogosfera (incluso ya se han enterado los periódicos), así que tal vez es un poco tarde para comentarla. Supongo que debo hacerlo, no obstante, ya que el ateísmo (no militante) es parte de la filosofía fundacional de este blog.

En primer lugar, no puedo estar en contra de que haya autobuses con una afirmación tan poco arriesgada como “Dios posiblemente no existe…”. Los mensajes de contenido religioso no son infrecuentes (aunque normalmente no en los autobuses). Recuerdo una campaña en el Metro hace unos meses con el chocante eslogan “ningún cristiano usa preservativo…”. Es evidente que los ateos tienen el mismo de derecho a expresar sus (no) creencias que los creyentes las suyas.

En segundo lugar, algunas de las reacciones a esta campaña han sido bastante “casposas”. El Vaticano la ha calificado de “idea ridícula y estúpida”. En cambio, la Iglesia anglicana ha reaccionado con mucha más deportividad (como buenos ingleses).

Así que, sin estar en contra de la campaña, no puedo dejar de hacer un par de observaciones. La primera, no entiendo muy bien lo de “deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Yo no veo que los creyentes se preocupen más o disfruten menos (evidencia anecdótica, es cierto). Es posible que el lema tenga más sentido en un contexto “protestante”.

Pero el punto crucial, para mí, es otro. El ateísmo no es una religión y no se debe comportar como tal. Personalmente no tengo ningún interés en ganar “adeptos” y mantengo excelentes relaciones con muchos creyentes (como casi todo el mundo) sin que la cuestión religiosa haya sido un problema hasta ahora. En mi opinión, discutir sobre la existencia de Dios tiene poco sentido. Si uno es creyente, no necesita pruebas y si no lo es, la hipótesis de Dios se cae en el acto. En cuanto elegimos unas reglas del juego (evidencia empírica o revelación) el juego se acaba instantáneamente ¿para qué discutir?

Para mí, la cuestión clave es el “laicismo”, esto es,  la convivencia pacífica de creyentes diversos y no creyentes en la misma sociedad. Para ello, los creyentes tienen que asumir que la religión tiene que ser algo estrictamente personal y esto obliga a admitir una versión “light” del concepto tradicional de religión. No olvidemos que las religiones son algo más que un sistema de conocimiento; constituyen un kit completo: valores, código ético, rituales, sentido de la vida, consuelo espiritual frente a la muerte y otras desgracias, cohesión social e incluso una vía de relacionarse con los demás. No es extraño que este kit haya tenido tanto éxito en el pasado. Y lo sigue teniendo, aunque el fenómeno religioso tiende a languidecer en Europa Occidental, eso no ocurre en el resto del planeta.

Para avanzar hacia una sociedad civil y tolerante hay que convencer a los creyentes de que las creencias religiosas constituyen una forma “especial” de conocimiento. Normalmente no creemos en cosas a través de un acto de fe, sino que exigimos algún tipo de evidencia. Por tanto, es totalmente razonable pedir que las creencias se queden en el ámbito privado y no se utilicen en debates que atañen a todo el mundo.

Me explico. Los creyentes tienen derecho a creer que el alma existe pero no a argumentar que la investigación con células madre o embriones debe prohibirse porque equivale a asesinar a seres humanos. Si alguien creyera (literalmente) en Santa Claus podría exigir que los aviones no volaran el 24 de diciembre, no vayan a chocar con su trineo ¿no? Evidentemente, la existencia del alma no se apoya en bases más firmes que la de Santa Claus.

La cosa es que ateos y creyentes de religiones diversas disfruten de sus vidas en paz ¿va a contribuir a ello la campaña de los autobuses?

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Martirio chino

He visto en Natura medio ambiental este espeluznante video.

Las palabras sobran

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Vegetarianismo y sostenibilidad ambiental

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La mayoría de los vegetarianos evita comer carne por razones éticas. Según ellos no es aceptable quitarle la vida a un animal para alimentarse existiendo otras alternativas. Personalmente, no acabo de compartir este punto de vista (pese a mi admiración por Peter Singer). Los animales domésticos son muy diferentes de sus antecesores salvajes y, en general, no pueden sobrevivir fuera de su asociación con los humanos. Tampoco tendría sentido criarlos como mascotas. Y la extinción no me parece un destino demasiado bueno. Otra cosa es la forma en que éstos sean tratados. En este sentido, creo que los animales importan y que hay muchas cosas que mejorar. No obstante, el hecho de “cambiar” los recursos del animal (incluso su vida) por alimento, cuidado y un trato aceptable me parece un buen “deal”, aunque imagino que puede ser difícil ponerse de acuerdo en definir “trato aceptable”.

Pero no son razones éticas las que me llevan a revisar este tema sino de otro tipo. El hecho es que una retirada “juiciosa” en la producción y consumo de carne podría tener efectos beneficiosos (y de gran magnitud) en el medio ambiente, en el problema del Hambre y en la salud de los humanos. Por el contrario, el mantener las cosas como están acabará incrementando estos problemas. Vayamos a los hechos.

El primer punto de mi razonamiento se basa enteramente en un informe publicado por la FAO, “La larga sombra de la ganadería: cuestiones medioambientales y opciones”. Supongo que la mayoría de ustedes no querrá leerse sus más de 500 páginas, pero no cuesta demasiado echarle un vistazo a las conclusiones. En todo caso, considero a la FAO una institución seria y una fuente de información fiable (aunque lamentablemente no ha conseguido acabar con el Hambre en el mundo).

Las conclusiones del informe son demoledoras. La ganadería extensiva es responsable de un 18% de los gases implicados en el calentamiento global y una de las causas principales de erosión, eutrofización y contaminación microbiológica. Más aun, también es una de las principales amenazas a la bio-diversidad ya que requiere alrededor del 30% de las tierras cultivables para la producción de alimentos para el ganado. La ganadería intensiva no le va a la zaga (aunque su impacto en el calentamiento global es menor), aun así, los productos agrícolas empleados en la producción de piensos (cereales y leguminosas, principalmente) compiten con las calorías y proteínas necesarias para la alimentación humana. No olvidemos que es muchísimo más eficaz el empleo directo de alimentos vegetales que dárselos de comer al ganado. En definitiva, la ganadería es uno de los grandes problemas ambientales y como la población sigue creciendo y la tendencia a consumir productos cárnicos también sigue en aumento, lo más probable es que el problema empeore.

La segunda parte de mi razonamiento se basa en los libros de texto de nutrición (p.e.). En los países ricos el consumo de productos animales es nutricionalmente incorrecto y una de las causas principales de enfermedades no-transmisibles (obesidad, diabetes, enfermedades cardio-vasculares, gota, ciertos tipos de cáncer). Contrariamente a lo que se suele pensar, una dieta vegetariana (si está bien pensada) puede suministrar todos los nutrientes y vitaminas necesarios, sin grasas saturadas ni colesterol. Así mismo, existen fuentes de proteína vegetal que pueden sustituir sin problemas a las de origen animal. No quiero decir con esto que cualquier dieta vegetariana sea beneficiosa y, de hecho el vegetarianismo estricto se enfrenta a algunos problemas (subsanables) como la dificultad de obtener vitamina B12.

Sin embargo, no estoy propugnando una eliminación completa e inmediata de la ganadería. Medidas de este tipo también ocasionarían graves problemas. Para empezar, muchas personas en los países pobres se beneficiarían si tuvieran mayor acceso a algunos productos animales (especialmente, muchos niños tendrían que beber más leche). Además, la ganadería constituye el sustento de un numero altísimo de ganaderos pobres (unos 1000 millones, nada menos) y ciertas formas de ganadería están tan imbricadas en la cultura que su abandono podría tener consecuencias catastróficas.

Por el contrario, un abandono (paulatino y parcial) de los productos cárnicos en países ricos tendría un efecto positivo sobre la salud de la población, sobre el medio ambiente y sobre la demanda de cereales y leguminosas, lo que ayudaría a bajar los precios de los alimentos básicos. Sin duda, también se generarían problemas en el ajuste.

Como muchas otras personas, estoy convencido de que vivimos en un mundo insostenible. La solución es –desde luego- difícil pero pasa por evaluar con cuidado los efectos de nuestro modo de vida y pensar alternativas que tengan sentido.

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La verdad sobre Cenicienta

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Es un hecho conocido y bastante generalizado que los padres se preocupan por el bienestar de sus hijos y que están normalmente dispuestos a hacer grandes sacrificios en este sentido. Es un hecho también que se trata de una relación asimétrica donde, en general los padres dan y los hijos reciben. No quiero decir que los hijos no quieran a los padres, sobre todo cuando son pequeños, sino que las acciones beneficiosas se producen predominantemente en una dirección. A los padres les cuesta poco ser generosos y comprensivos con su descendencia.

Es posible que esto le parezca simplemente algo natural y que no requiere de más explicación. Por supuesto que se trata de algo natural, pero este término no nos proporciona una explicación suficiente. Ya hemos visto que los cuidados parentales son corrientes en aves y mamíferos, pero bastante raros en el resto de los animales. Por ejemplo, la mayoría de los reptiles se limita a poner sus huevos en un lugar a apropiado y ‘desearle suerte’ a su descendencia ¿Por qué nos resulta tan fácil querer a nuestros hijos?

La hipótesis más plausible es que esta conducta está pre-programada en el cerebro humano. El hecho de que el cariño y la preocupación por los hijos sea un hecho universal y ocurra en todas las culturas conocidas sugiere que tiene una fuerte base biológica. Tal vez si nuestro antecesor directo fuese una especie de reptil pensáramos de otra manera.

En todo caso, una predicción razonable a partir de la Biología Evolutiva es que los padres se preocupan más por sus hijos biológicos que por los hijos de su pareja. Esta hipótesis puede contrastarse empíricamente y eso es lo que han intentado los psicólogos canadienses Martin Daly y Margo Wilson. Estos investigadores razonaron que si existía un mecanismo innato de preferencia hacia los hijos biológicos, los casos de maltrato se darían con menor frecuencia en esta circunstancia, por tanto su hipótesis podía contrastarse empleando las estadísticas existentes sobre maltrato infantil. Sus resultados fueron concluyentes.

El maltrato infantil en las sociedades estudiadas (USA y Canadá) es un fenómeno poco frecuente, pero cuando el niño convive con sus padres biológicos es aun más infrecuente. Y no se trata de una diferencia pequeña o poco significativa. El hecho de que un niño conviva con un adulto que no es su padre biológico aumenta entre 70 y 100 veces la probabilidad de que sufra maltrato con consecuencias mortales. En cierto modo, el estudio de Daly y Wilson constituye una confirmación del cuento de Cenicienta (de hecho, estos autores escribieron un libro sobre este tema titulado “The Truth about Cinderella”). Y no hace falta decir que la palabra ‘padrastro’ o ‘madrasta’ tiene una fuerte connotación negativa en castellano. Una vez más, los psicólogos evolucionistas se afanan por probar lo que es de dominio público.

Los resultados de estos investigadores han sido repetidos en países y contextos sociales muy diferentes con resultados similares: los padrastros siempre son mucho más peligrosos para los niños que sus padres biológicos. Por ejemplo, el antropólogo alemán Eckart Voland descubrió que la mortalidad infantil en este país durante la Edad Media aumentaba si el niño era criado por sólo uno de sus progenitores, pero la mortalidad aumentaba aun más, y esto es realmente significativo, si este progenitor volvía a casarse. Entre los cazadores-recolectores Ache de Paraguay, el 19 % de los niños criados por sus padres biológicos muere antes de cumplir los 15 años; sin embargo, este porcentaje se eleva al 43% cuando son criados por su madre y un padrastro. Otro estudio realizado en Finlandia puso de manifiesto que un 3.7% de las niñas que habían convivido con un padre no-biológico manifestaron haber sufrido abusos sexuales de éste, frente al 0.2% en el caso del padre biológico.

El mensaje claro y simple que arrojan estos estudios es que criar a los hijos supone una carga muy importante para cualquier adulto. Por lo tanto, tiene sentido que la selección natural haya perfilado nuestras motivaciones psicológicas de manera que los cuidados parentales no sean asignados arbitrariamente a cualquier niño, sino de forma discriminada, de manera que se maximice el beneficio reproductivo de quien realiza la inversión. Estos mecanismos constituirían la base biológica del amor de los padres hacia sus hijos, un fenómeno que se observa en prácticamente todas las sociedades.

Margo, D, and Wilson, M. “The Truth about Cinderella” Yale University Press, 1999

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El efecto Coolidge

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Los Psicólogos han denominado ‘Efecto Coolidge’ al incremento del interés del macho ante una compañera sexual distinta de la habitual. El nombre viene de una divertida anécdota que no puedo dejar de contar. Al parecer, estaba el Presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolodge, visitando una granja avícola en compañía de su mujer (aunque la visita la hacían por separado). En un momento dado, la Primera Dama preguntó extrañada cómo un solo gallo podía cubrir a tantas gallinas. Los operarios le explicaron con orgullo que el animal ‘cumplía con su deber’ un buen número de veces al día. ‘Deberían comentárselo al Presidente’ dijo ella con ironía. Cuando fue informado, éste preguntó: ‘¿cubre siempre a la misma gallina?’ ‘No, señor; siempre a una gallina distinta’. ‘Deberían informar de esto a la Primera Dama’, repuso el Presidente.


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Bio-humor

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Efectos similares de la cocaína en abejas y humanos

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La Biología Evolutiva suele entrar en conflicto con un punto de vista muy arraigado de entender a los seres vivos, denominado esencialismo. Esta idea, cuyo origen se encuentra en Aristóteles y Platón, consideraba que los seres vivos poseen algunas características esenciales que no pueden ser cambiadas. Veamos un ejemplo. Si pintamos a una cebra de color gris se puede parecer a un burro; sin embargo, no se convierte en burro, ya que ‘por dentro’ es una cebra, de la misma manera que no podemos convertir un pedazo de cobre en oro, simplemente bañándolo en oro. El problema de esta doctrina filosófica es su falta de definición ¿cuáles son las características esenciales que hacen que una cebra sea una cebra? Ni Aristóteles ni Platón podían contestar a esta pregunta

Actualmente sustituimos este punto de vista por otro de tipo poblacional. Lo que en realidad existe son poblaciones de cebras, las cuales poseen características que nos permiten distinguirlas de otras especies, como los burros. Pero al mismo tiempo, las cebras individuales también tienen ciertas características que nos permiten distinguirlas entre ellas. Donde Platón y Aristóteles veían categorías disjuntas y bien delimitadas la Biología actual ve variaciones graduales. Si pudiéramos retroceder en el tiempo, estas diferencias se harían más y más borrosas hasta desaparecer.

Si comparamos a los insectos con los humanos, las diferencias morfológicas y cognitivas son más que evidentes. Sin embargo, una de las sorpresas que nos ha deparado la Biología en los últimos años ha sido comprobar que también tenemos muchos elementos comunes. La mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) y nosotros tenemos aproximadamente un 60% de los genes en común (no son idénticos, pero están claramente relacionados con los nuestros). Muchos genes “maestros” que controlan diferenciación de las células en el desarrollo del embrión están conservados y tienen funciones “equivalentes” en insectos y mamíferos. Las principales rutas bioquímicas son, asimismo, idénticas y, por supuesto, compartimos el mismo código genético. Todas estas semejanzas son fácilmente explicables admitiendo que los insectos y los humanos tuvimos un antecesor común (hará unos 500 millones de años) y son muy difíciles de explicar de otro modo (aparte del consabido deus ex machina).

A pesar de todo esto, reconozco que me ha dejado impresionado el artículo publicado en el Journal of Experimental Biology, según el cual las abejas bajo la influencia de la cocaína tienen cambios en la conducta increíblemente parecidos a los que se observan en humanos cuando consumen esta droga.

En este trabajo, los científicos de la Universidad de Macquarie en Sydney (Australia) se dedicaron a aplicar pequeñas cantidades de cocaína en la espalda de las abejas mientras se encontraban recolectando néctar. Normalmente, estos animales ejecutan una especie de “danza” que informa a sus congéneres sobre la calidad y ubicación del alimento. Observaron que las abejas colocadas se mostraban mucho más comunicativas: sus danzas eran mucho más frecuentes e intensas que las de las abejas en estado normal.

Cuando los científicos interrumpieron el suministro de cocaína, las abejas mostraron síntomas de estar pasando el mono. Por ejemplo, comprobaron que los animales podían aprender a distinguir entre dos estímulos olfativos siempre que tuvieran su dosis. Cuando les faltaba la droga, su capacidad de aprender caía en picado.

Naturalmente, la adicción a esta sustancia es mucho más compleja en humanos, pero no deja de sorprendernos las similitudes encontradas. De hecho, los insectos ya están siendo empleados como animales modelo para estudiar los efectos de las drogas, en particular para entender qué genes son activados o desactivados por efecto de estas sustancias y durante el síndrome de abstinencia.

Nuestro sistema nervioso es muy distinto del de las abejas pero estos resultados nos hablan de un origen común y de importantes similitudes en su funcionamiento básico.

“Los invertebrados como modelos para estudiar la adicción a drogas”

“Las abejas sucumben a la tentación de la cocaína”

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Solo en la oscuridad

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El caso ha aparecido publicado en la revista Current Biology, y está causando la admiración de los especialistas. No es para menos, se trata de un ciego que puede ver.

No se trata de un juego de palabras ni me estoy quedando con ustedes. El individuo en cuestión es completamente ciego debido a que una serie de hemorragias cerebrales dañaron su “corteza visual primaria”, una zona del cerebro implicada en el procesamiento visual. Sus ojos están perfectamente, pero este paciente (llamado T.N.) no tiene ninguna percepción visual y diversas técnicas pusieron de manifiesto que esa parte del cerebro era completamente inactiva.

Los científicos (procedentes de ocho instituciones diferentes) construyeron una especie de laberinto colocando diversos tipos de obstáculos. Para sorpresa de todos, TN los sorteó sin dificultad y sin ser consciente para nada de que lo estaba haciendo. Cuando culminó su hazaña, los científicos prorrumpieron, asombrados, en un sonoro aplauso.

¿Dónde está el truco? Estos resultados revelan que existe al menos un circuito cerebral paralelo que contribuye a nuestra orientación. Es decir, podemos “ver” cosas y no “saber” que las vemos. Casos parecidos habían sido estudiados en monos, pero es el primero en humanos.

¿Será verdad esa leyenda urbana de que sólo utilizamos el 10 % del cerebro? (es broma)

El trabajo aquí

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Riesgos aceptables (si eres suficientemente viejo)

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¿Recuerdan al personaje del “abuelo” de Little Miss Sunshine, el cual se había hecho (recientemente) adicto a la heroína? En general, este tipo de comportamientos nos resulta chocante, ya que solemos pensar que los jóvenes son más proclives a las actividades de riesgo que las personas mayores. Sin embargo, el razonamiento del “abuelo” era impecable: ¿por qué preocuparse por el largo plazo si no hay largo plazo?

Los biólogos llevan cierto tiempo pensando que esto también podría aplicarse a la conducta de muchos animales. Un individuo joven debe ser cauto porque si muere pierde la posibilidad de reproducirse, en cambio, para uno que esté cerca del fin de su ciclo vital, puede tener sentido el asumir riesgos, ya que no tiene (casi) cada que perder. No quiero decir con esto que los animales vayan a hacer cálculos de ese tipo, sino que esta clase de conducta podría verse favorecida por la selección natural si tuviera un fuerte beneficio reproductivo.

Pero una cosa es que una teoría “suene bien” y otra muy diferente tener datos sólidos que la avalen. Para ello sería necesario obtener datos muy precisos sobre alguna población durante varias generaciones. Un artículo del Journal of Mammalogy nos cuenta que la teoría se cumple, al menos en una especie: el cobo del Nilo (Kobus megaceros). Se trata de una especie de antílope que habita en algunas regiones de Sudán. Dado que está en peligro de extinción, se creó una “reserva” en una especie de Parque Natural para especies salvajes en Escondido (California), que depende del famoso Zoo de San Diego. Sus 36 Ha acogen a diversas especies de ungulados africanos, así como a un buen número de aves.

Durante los últimos 38 años, esta pequeña población de antílopes ha sido minuciosamente estudiada por los zoólogos. Estos animales tienen un sistema de reproducción muy poco igualitario; una manada puede contener hasta 50 hembras y un solo macho (los machos solteros forman a su vez pequeños grupos). Evidentemente, el macho que consiga un harén va a dejar una generosa ración de sus genes para generaciones venideras, sin embargo, sólo un número muy pequeño de machos llegará a reproducirse. Este hecho tiene serias implicaciones para la estrategia evolutiva de las hembras. Para ellas, un descendiente macho supone una inversión de alto riesgo: si llega reproducirse los genes de la madre irán con él pero esto es altamente improbable. En cambio, un descendiente hembra equivale a poner el dinero a plazo fijo: existe una probabilidad razonable de que se reproduzca pero el número de nietos será limitado.

Lo que han observado Fred Bercovich y sus colaboradores es que la probabilidad de que una hembra tenga un hijo macho aumenta notablemente con la edad de la madre (hasta tres veces mayor) ¿Cómo se las arreglan estos animales para manipular el sexo de la descendencia? Todavía no lo sabemos, pero hay muchos casos bien estudiados (en otras especies) en los que ocurre tal cosa.

En definitiva, los datos son congruentes con la hipótesis de mayor riesgo a mayor edad. A mí me parece que esta hipótesis es plausible, pero para tener una evidencia incontestable necesitaría conocer la base genética de esta conducta (y poder estudiar los genes por métodos bioinformáticos), cosa bastante difícil y que tal vez no ocurra nunca. Hoy por hoy no puedo descartar que la causa de este sesgo hacia una mayor frecuencia de machos se deba a alguna particularidad de la fisiología reproductiva de esta especie y no sea, propiamente, una adaptación.

¿El vaso está medio lleno o medio vacío?

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Kobus megaceros

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