Archivo mensual: diciembre 2008

Feliz 2009

cuenya

Cuenya, Asturias

2008 ha sido un buen año para este blog, aunque quizá no tanto para el mundo en general y para un servidor, en particular. En cualquier caso, agradezco de corazón a todas las personas que han contribuido a este blog con sus comentarios o, meramente, con su visita.

El año que viene, seguiremos intentándolo.

¡Feliz 2009!

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Buller contra Pinker (supuestas falacias de la Psicología Evolucionista)

Acabo de leer en el magnífico blog de Eduardo Robredo una referencia al artículo publicado en Scientific American del filósofo David J. Buller, en el que arremete contra la Psicología Evolucionista, y me ha parecido pertinente escribir un comentario.

El artículo en cuestión: Evolution of the Mind: 4 Fallacies of Psychology.

Es importante señalar que Buller no se opone a la interpretación de la conducta humana en un marco evolutivo, ni siquiera al campo de la Psicología Evolucionista en general, sino que sus críticas tienen una diana mucho más restringida: lo que el denomina Pop EP (Popular Evolutionary Psychology) y señala directamente a David Buss y Steven Pinker. La crítica fundamental no es que el planteamiento general sea erróneo, sino que estos autores llevan sus conclusiones más lejos de los que permite la evidencia experimental (sin duda, una acusación seria para un científico). El tono agresivo de su crítica (el hecho de aplicar el término “Pop”, sin ir más lejos) podría hacer pensar en un desacuerdo profundo. Si leemos con atención, el desacuerdo se refiere al grado de confianza con que se presentan las hipótesis con respecto al grado de evidencia experimental disponible. En esencia, Buller no dice que el marco conceptual sea erróneo, ni que las ideas de la Pop EP no sean plausibles, sino que éstas son indemostrables. Pero vayamos por partes.

Según la falacia 1, la Pop EP afirma que el análisis de los problemas adaptativos durante el Pleistoceno puede arrojar luz sobre la forma en que la mente “está diseñada”. Buller contrapone que no sabemos nada sobre las condiciones prevalentes/presiones selectivas que tuvieron lugar en esa época. Si lo que quiere decir es que no tenemos una máquina del tiempo, estamos de acuerdo. No obstante, creo que aquí es Buller el que va demasiado lejos. La Paleontología proporciona (o puede proporcionar) datos sobre los hábitats que ocuparon nuestros antecesores, qué tamaño tenían los grupos, si existían relaciones comerciales/guerras, cuál eran sus fuentes de alimento etc… Además, el estudio de los cazadores-recolectores modernos proporciona una guía. Es cierto, que estas culturas exhiben una variabilidad considerable, pero no es menos cierto que el modo de vida “cazador-recolector” impone una serie de restricciones y condiciones comunes. En definitiva, nuestro Escenario Evolutivo Ancestral puede ser reconstruido con cierto grado de confianza, aunque desde luego no del 100%.

En la falacia 2, Buller niega que se pueda llegar a saber cómo evolucionaron los rasgos específicamente humanos. El principal argumento en que se basa es que todas las otras especies del género Homo, así como los australopitecinos se han extinguido y “los muertos no cuentan historias sobre su evolución”. De nuevo, creo que el argumento va demasiado lejos. Las especies extinguidas han dejado restos arqueológicos, de los que se puede deducir muchas cosas acerca de su morfología, del ambiente en que se desenvolvían, de sus capacidades como cazadores y constructores de herramientas. El genoma del neanderthal ya puede emplearse en muchos estudios, así como los genomas de nuestros parientes más próximos (Gorilla, Pan, Pongo). No puede descartarse que en un futuro se pueda estudiar el material genético de otras especies, como erectus (aunque tampoco puede darse por hecho). Buller cita el caso de la anemia falciforme y la resistencia a malaria; es posible que estudios parecidos puedan realizarse comparando los genomas del neanderthal y del sapiens moderno en relación a sus respectivos hábitats, aunque naturalmente estas comparaciones tendrán un grado de incertidumbre mayor que en el caso citado.

En la Falacia 3, la Pop EP explicaría la mente humana ciñéndose exclusivamente a nuestro pasado como cazadores recolectores durante el Pleistoceno. Buller está de acuerdo en que algunas de nuestras características psicológicas debieron desarrollarse en esta época, pero aduce que otras son anteriores o posteriores. Sin embargo, no creo que ni Pinker ni Buss estén en desacuerdo con esto. De hecho, Pinker afirma explícitamente que “nuestros órganos mentales, o bien estaban presentes en nuestros antecesores primates o han evolucionado a partir de éstos” (How the Mind Works, p. 40). La segunda parte –que algunas características hayan evolucionado en los últimos 10.000- tampoco supone ningún problema conceptual. Estos casos de “evolución reciente”, tales como la aparición de la tolerancia a la lactosa han sido reportados también muy recientemente. Seguramente serán incorporados en el cuerpo general de la EP, aunque su apoyo empírico tendrá también que ser evaluado. Algunos de estos casos, como la “selección de genes relacionados con la inteligencia” en poblaciones judías durante la Edad Media son bastante controvertidos. Honestamente, creo que la falacia 3 es un invento de Buller.

Finalmente, en la falacia 4 Buller entra en el meollo de la cuestión, esto es, analizar si la evidencia experimental disponible apoya o no (o en qué medida) las afirmaciones de la EP. Para ello tiene que entrar (por primera vez en el artículo) a analizar casos concretos. En particular, analiza la hipótesis de Buss según la cual los “celos” evolucionaron como una “señal de alarma emocional que señaliza las potenciales infidelidades de la pareja y cuya función sería minimizar la pérdidas en la inversión reproductiva realizada”. Según Buss, la infidelidad tiene consecuencias diferentes en los dos sexos; para los hombres el riesgo consiste en invertir recursos en una descendencia que no es suya, para las mujeres el riesgo está en la pérdida de recursos que aporta su pareja. Buss afirma haber encontrado pruebas de que los hombres son más sensibles a la infidelidad sexual mientras que las mujeres lo son más a la infidelidad afectiva. Buller aduce que la metodología empleada no permite llegar a tal conclusión. Aunque creo que llegar hasta el fondo de esta polémica particular sería demasiado largo, encuentro que este tipo de debates sobre cuestiones concretas son absolutamente pertinentes. No sólo Buller, sino cualquier persona interesada tiene derecho a ejercer la crítica de esta forma, aunque para ello no hay necesidad de montar un frente anti-EP. Buss podría estar equivocado en este punto concreto y tal vez no estarlo otros temas que también ha investigado.

Mi principal crítica a la crítica de Buller es que se mueve en un delicado equilibrio entre las cuestiones generales y las particulares. En mi opinión, la Pop EP establece un marco conceptual, una especie de programa de trabajo. Para ir más allá es necesario centrarse en cuestiones concretas y examinar la evidencia disponible (como en el caso mencionado de la infidelidad). En un momento dado se podrá hacer un recuento de la evidencia aportada y de la interpretación de la misma (aunque creo que es demasiado pronto). Sin duda, en el momento actual la evidencia es escurridiza y es posible que algunas cuestiones no puedan aclarase nunca. También hay razones para ser optimista. La genética de la conducta está identificando alelos relacionados con determinadas características psicológicas y los estudios en modelos animales proporcionan frecuentemente un apoyo y una vía de investigación complementaria. La identificación de estos genes “candidatos” abrirá la puerta a nuevos estudios orientados a explicar la variabilidad entre individuos o poblaciones. No es descartable que estas investigaciones puedan ampliarse a especies extinguidas, como el neanderthal (por ejemplo, sabemos que los neanderthales tenían una copia de FOXP2 similar a la de los humanos modernos). Al mismo tiempo, los estudios en cazadores-recolectores y los estudios trans-culturales nos proporcionan una ventana para escudriñar estos fenómenos. Sobre  la existencia de módulos mentales para tareas específicas, será la Neurobiología la que tendrá que pronunciarse (hay investigaciones en marcha). En principio, los módulos mentales son susceptibles de investigación experimental y, si su existencia queda plenamente demostrada, es posible que se pueda relacionar tales módulos con determinados genes y, eventualmente, aplicar los métodos de la Evolución Molecular para investigar si estos genes han sido objeto de selección. El camino será largo e incierto, pero no es un camino cerrado a priori.

Seguramente quedarán preguntas sin contestar, pero creo que Buller no es razonable en su planteamiento de “o evidencia incontrovertible o nada” y también creo que su negación de que pueda aprenderse algo del marco conceptual de la EP es excesiva. El filósofo Auguste Compte negó una vez que se pudiera conocer la composición química de las estrellas… y mira.

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A mala idea duele más

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Supongamos que alguien le pisa un pie en el Metro, con tan mala suerte que le “lamina” un juanete. El dolor es insoportable y a éste se añade una sospecha ¿lo habrá hecho a propósito el muy cabrito? La cuestión filosófico-psicológica es si el mismo pisotón duele más cuando percibimos una clara intención de hacernos daño. En teoría no debería ser así. La presión sobre nuestro desgraciado juanete es la misma. Sin embargo, hay datos que sugieren que el cerebro no procesa de la misma manera el mismo estímulo, dependiendo de la percepción de intencionalidad.

Esta pregunta está relacionada con la de un post anterior “Ojos que no ven…” acerca de si los alimentos saben mejor cuando “creemos” que son de buena calidad. En el caso que estamos considerando hoy se trataría, de alguna forma, de lo contrario. Podríamos hablar de “efecto nocebo”.

El sentido común no tiene muy difícil aceptar la idea de que “a mala idea duela más”, sin embargo, para poder abordar la cuestión empíricamente necesitamos realizar experimentos en condiciones controladas. Hay que estar seguros de que administramos exactamente el mismo pisotón en condiciones neutras e intencionales, y esto requiere un cierto dispositivo experimental.

Kurt Gray y Daniel Wegner, de la prestigiosa Universidad de Harvard, han ideado un método y no los cuentan en un artículo publicado en Psychological Science. Para ello emplearon a un grupo de voluntarios y les pidieron que evaluaran el grado de dolor que les producía un shock eléctrico, equivalente al pisotón con la diferencia de que podía reproducirse de forma exacta. El punto crucial estaba en que el mismo estímulo era evaluado en dos situaciones distintas: en la primera se decía al sujeto que el hecho de recibir el shock había sido decidido por uno de sus “compañeros” que se encontraba en una habituación contigua. En la segunda, la descarga se presentaba como accidental.

Cuando se percibía intencionalidad, el mismo estímulo fue calificado de 3.6 en una escala arbitraria (cuanto más alto el número, más doloroso), mientras que en condiciones de no-intencionalidad la evaluación fue de 3.0. La diferencia resultó significativa estadísticamente, pero la magnitud de la diferencia es de alrededor del 20%. Estos resultados sugieren que el efecto existe, pero no la diferencia no es enorme.

Imagino que los sujetos habrían experimentado una sensación bastante agradable si hubieran podido darle una bofetada al causante de la descarga.


“Intentional Pain” K. Gray and D. Wegner


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Día de Inocentes

Esta mañana me ha asaltado la tentación de inventarme una monumental bola y publicarla como si se tratara de un tremendo descubrimiento reciente. En segunda opción, lo he pensado mejor. Al fin y al cabo se trata de una costumbre un tanto cutre y siempre puede molestar a alguien.

A cambio, he decidido publicar un relato sobre un viaje a Escocia que hice hace años.

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Desastres naturales y Percepción del riesgo

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Siempre me ha parecida curiosa la fascinación que tenemos los humanos con las grandes catástrofes. Me explico: se cae un avión en Barajas y los periódicos se pasan meses hablando de ello. Sin embargo, se produce un número equivalente de víctimas en las carreteras españolas en aproximadamente 20 días. Y nadie habla de ello.

No le estoy echando la culpa a los periodistas, ni mucho menos. Cualquier noticia que se repite de forma habitual deja de ser noticia. Es posible que los humanos tengamos un “sesgo innato” en este sentido (aunque no he leído ningún estudio serio). Sea como sea, el resultado es que la exposición a determinadas imágenes catastróficas en los medios de comunicación puede sesgar nuestra percepción del riesgo hacia las grandes catástrofes. Si de verdad queremos evaluar el riesgo de distintos factores es mejor echarle una fría mirada a los datos.

Y eso es lo que han hecho los autores de este interesante artículo publicado en el International Journal of Health Geographics: contar pacientemente el número de muertos en desastres naturales desde 1970 a 2004. El trabajo contiene datos exclusivamente de USA (una pena que no dispongamos de datos similares en Europa). Pues bien, ¿qué tipo de desastre natural dirían que conlleva más riesgo? ¿Los terremotos de California? ¿Los huracanes del Caribe?

Negativo. El mayor “asesino” es el calor (responsable del 19% de las víctimas) y el siguiente el frío (con un 18%); en tercer lugar estarían los rayos (11%). En cambio, las víctimas combinadas de terremotos, huracanes e incendios apenan llegan al 5%. El truco probablemente radica en que en los tres primeros casos se producen eventos muy frecuentes con pocas víctimas y en los tres últimos ocurre lo contrario.

Un estudio complementario consistiría en contar el impacto que tienen estos tipos de desastres naturales en los medios de comunicación. Probablemente no coincida con las estadísticas de víctimas.

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Bio-humor

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Los soldados listos mueren antes

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En un post reciente (“cerebro y pelotas”) comentaba la correlación encontrada entre el cociente de inteligencia (IQ en ingés) y la calidad del semen. Algunos comentaron (algo airados) que correlación no implica causalidad… y tienen toda la razón. No obstante, hay que reconocer que algunas veces existe una relación causal entre dos variables correlacionadas, por lo que el identificar estos casos no deja de tener interés, siempre que se mantenga la debida cautela. Podríamos decir que las correlaciones son potencialmente interesantes.

Hoy quiero comentar un artículo donde encuentran otra correlación entre el IQ y otra variable, aun más surrealista (si se quiere) que la del post mencionado. En este artículo, también en la revista Intelligence descubren que entre los soldados escoceses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, los que tenían un IQ más alto sobrevivieron con menor frecuencia que sus compañeros menos aventajados.

El estudio en sí es bastante sencillo, aunque su interpretación no lo sea tanto. Había datos disponibles del IQ (a los 11 años) de varios miles de soldados escoceses, de los cuales murieron 491. El IQ medio global era de 97.4, pero entre los muertos la media era de 100.8. Los soldados listos cayeron en mayor proporción.

A primera vista puede parecer un poco raro. Podemos suponer que cualquier soldado está interesado en resolver el problema de sobrevivir y se supone que la inteligencia consiste en resolver bien los problemas (por supuesto, la relación entre IQ e inteligencia es fuente de eternas discusiones). Seguramente las cosas son más complicadas.

Admitiendo que los datos sean correctos (y no hay razón para dudarlo) la interpretación es un campo legítimo de especulación. Los autores del trabajo sugieren que las armas y las tácticas de la Segunda Guerra Mundial requirieron (acaso por primera vez) que los combatientes tuvieran una mayor capacidad cognitiva que en otros conflictos. Por lo tanto, los individuos con mayor IQ tendían a ser destinados al frente mientras que los de menor IQ tenían mayor probabilidad de quedarse limpiando las letrinas.

Otra posibilidad es que los individuos con mayor IQ también tuvieran una mayor capacidad de liderazgo, lo que podía llevarles a situaciones más peligrosas.

¿Alguna teoría favorita?

El trabajo aquí

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Ojos que no ven…

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Hace unos meses me regalaron una botella de Vega Sicilia del 81. Cuando se acabó pensé que era una pena tirar el envase y decidí hacer un pequeño experimento: la volví a llenar con un Pesquera reserva del 93 (10 veces más barato) y traté de dar el pego a mis invitados. Aparentemente funcionó. Mis amigos estuvieron alabando el vino hasta que confesé mi pequeña fechoría. Acabaron reconociendo que el vino “sabía mejor” si la etiqueta tenía un nombre de prestigio. La conversación se fue por derroteros francamente filosóficos ¿realmente saben mejor los alimentos si estamos convencidos de que son de excelente calidad? ¿Existe un efecto placebo para la degustación? Ignoro si el tema ha sido abordado experimentalmente, pero el consenso esa noche era claramente afirmativo.

Supongamos que la “imagen” de un alimento tenga un efecto en la percepción subjetiva de la calidad. Esta “imagen” está frecuentemente asociada al empleo de técnicas tradicionales en su preparación, así como al uso de la palabra “natural”. Al menos en Europa, las imágenes que suelen emplearse para un anuncio de vino suelen ser campos verdes e idílicos, barricas de madera, vendimia manual, etc… Nada da tecnología del siglo XXI a ser posible. La paradoja es que la tecnología moderna ha demostrado ser utilísima para lograr vinos con unas características organolépticas apreciadas y predecibles. Prensas mecánicas, cubas de fermentación de acero inoxidable, control automatizado de los parámetros de vinificación… son elementos imprescindibles para hacer un buen vino, esto es, un vino que alcance una valor alto en el mercado.

De manera que la tecnología moderna es buena para el producto pero mala para su imagen. La solución utilitarista a este problema consistiría en emplear la tecnología (siempre que funcione y sea segura) y después aparentar por todos los medios que no se ha empleado dicha tecnología, con lo que se maximiza la felicidad de los consumidores y los productores. Y… bueno, eso es lo que hacen en general los fabricantes. Después de todo, la vinificación es un proceso químico –aunque bastante complejo- a pesar de que nos gusta pensar que existe una elusiva fuerza vital vinificadora que sólo funciona si el proceso tiene lugar en determinadas circunstancias.

Pues parece que este divorcio conceptual entre venta y producción está a punto de aumentar considerablemente, si se confirman los resultados de un equipo de investigadores de la Universidad del Sur de China en Guangzhou. Lo que ha descubierto Xi An Zeng y sus colaboradores es que es posible acelerar mucho el proceso de envejecimiento del vino sometiéndolo a la acción de un intenso campo eléctrico.

Como todo el mundo sabe, el vino demasiado joven es un caldo intragable. Son necesarios al menos seis meses para poder dar salida al vino más joven y en algunos casos hasta veinte años. Durante esta fase de maduración, el etanol reacciona con los diversos ácidos orgánicos originando multitud de compuestos químicos volátiles (sobre todo ésteres) que son responsables en buena parte del olor característico. Al mismo tiempo, el pH aumenta y otros compuestos químicos precipitan, mejorando con ello el sabor.

Al parecer, este lento y romántico envejecer en barrica de roble puede sustituirse por unos minutos en una cuba con electrodos de titanio a alto voltaje, obteniéndose un caldo “armonioso y equilibrado” con un buen bouquet. El vino así tratado logró engañar a un panel de catadores profesionales. O al menos, eso dicen en el artículo publicado en Innovative Food Science and Emerging Technologies, vol 9, pág. 463.

La próxima que tenga invitados tal vez compre el vino en un “todo a cien”.

Ojos que no ven…

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Bio-humor

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-¿Cómo llamáis a esas insignificantes criaturas?

- Blogueros

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La obesidad está en el cerebro

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Como todo el mundo sabe, en la sociedad en que vivimos, estar gordo es fatal. El exceso de peso no sólo es malo para la salud, sino sobre todo, es malo para la autoestima y la vida social. En teoría, disminuir el peso es facilísimo: basta ingerir menos calorías de las que se queman. Pero por debajo de esta aparente simplicidad se esconde un proceso bioquímico enormemente complejo, el cual influye poderosamente en nuestra conducta alimentaria e indirectamente en nuestro peso. De hecho, más del 90% de las personas que inician una dieta de adelgazamiento fallan miserablemente (es decir, no mantienen los kilos perdidos 5 años después). Justo esa es la definición de algo difícil: una cosa que el 90% de los que lo intentan no lo consiguen.

Pero ¿por qué están gordos los gordos? ¿son los genes?¿son los hábitos de alimentación? Ustedes ya saben que este tipo de dicotomías suelen tener truco. Y lo tienen. Por un lado, los estudios de gemelos idénticos nos dicen que la heredabilidad del peso corporal es alta: tienen que ser los genes. Por otro lado, en las últimas décadas estamos viviendo (sobre todo en USA y otros países ricos) una verdadera epidemia de obesidad, y el “pool” genético no ha variado sustancialmente en tan poco tiempo: tienen que ser los hábitos.

Naturalmente, son las dos cosas. Cójase a un grupo de gente y sométanlos a una vida disciplinada: ejercicio físico frecuente y alimento racionado. Todos estarán delgados. Ahora, tomemos al mismo grupo y dejemos que ellos decidan libremente qué y cuánto comen. Ocurrirá que algunos se mantendrán delgados y otros se pondrán como focas. Esta propensión a engordar está fuertemente influida por los genes. Tampoco es imposible que un individuo con propensión a engordar se mantenga delgado gracias a una enorme fuerza de voluntad. Sólo que esto es estadísticamente infrecuente.

Así que los genes influyen, pero ¿cuáles? El 2008 nos ha traído una cosecha excepcional de genes candidatos, posiblemente relacionados con la obesidad. En mayo se identificaron dos: MC4R y FTO. En un estudio publicado recientemente en Nature Genetics se describen ¡seis genes más! En el estudio han participado 90.000 voluntarios y fue realizado por investigadores de 60 instituciones diferentes. En esencia, lo que se hace es buscar cambios puntuales en la secuencia del DNA que estén correlacionadas con un mayor peso corporal de los individuos correspondientes.

La conclusión más llamativa es que la gran mayoría de dichos genes parece estar actuando en el cerebro, y afectando –presumiblemente- al control del apetito. Según esto, los humanos tal vez no seamos muy distintos en cuanto a la eficiencia con la que utilizamos los alimentos. Más bien parece que diferimos en nuestra tendencia a ponernos morados.

Este conjunto de genes candidatos supone una especie de “tesoro” para los científicos, ya que podrán explorar a fondo el mecanismo de acción de los mismos. Con seguridad, obtendremos un conocimiento más detallado de cómo el organismo controla el peso corporal y, tal vez (sólo tal vez), nuevos tratamientos para atajar el problema.

Volviendo al dilema filosófico-moral sobre la responsabilidad que tiene cada individuo sobre su propio peso, me gustaría recalcar que el descubrimiento de genes implicados no significa que los individuos estemos “libres de culpa”, ni que sea imposible mantener un peso corporal adecuado. Sólo significa que algunos individuos tenemos que luchar denodadamente contra los kilos de más, mientras que para otros resulta facilísimo.

La vida es injusta

Willer CJ, Speliotes EK, Loos RJF, Li S. Six new loci associated with body mass index highlight a neuronal influence on body weight regulation. Nature Genetics DOI: 10.1038/ng.287

PS, un tratamiento más amplio del tema en este post

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Bio-humor

conductistas

Dos conductistas después de hacer el amor

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La píldora de la inteligencia

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Si pudiera aumentar su inteligencia tomando una píldora ¿lo haría?

Esta es la interesante pregunta que plantea un equipo de notables científicos en el último número de la revista Nature (“Hacia el uso responsable de medicamentos que mejoran la capacidad cognitiva”). La pregunta no es retórica ni una cuestión de ciencia-ficción, ya que diversas drogas con capacidad de aumentar la capacidad cognitiva (eso sí, de forma modesta) ya están siendo utilizadas, y de forma masiva, en algunos campus universitarios. La píldora de la inteligencia ya está aquí.

Las más empleadas son el modalfinil, el ritalin y el adderall. La primera se emplea para combatir los efectos de problemas tales como la apnea del sueño y la narcolepsia. Las otras dos se utilizan para tratar la hiperactividad, sobre todo en niños y jóvenes. Los autores estiman que en algunas universidades de USA, aproximadamente un 25% de los alumnos las utilizan.

Los firmantes del artículo se refieren a tres cuestiones relacionadas con el uso de dichas sustancias.

La primera es la cuestión de la seguridad. No parece ser un problema muy grave, al menos en el caso de las sustancias mencionadas. Todas han pasado controles exhaustivos y son recetadas con mucha frecuencia (sobre todo las dos últimas). Cierto que no hay demasiados estudios sobre los efectos a largo plazo y cierto también que sus efectos no han sido estudiados en individuos sanos. Pero ninguna de estas objeciones parece demasiado grave.

La segunda es la cuestión de la libertad. Irónicamente, los soldados estadounidenses pueden ser obligados a consumir modalfinil si sus superiores consideran que su trabajo requiere imperiosamente un estado de máxima alerta. Podría darse el caso que directores de algunos colegios, deseosos de que sus alumnos tuvieran buena puntuación en tests estatales les obligaran a tomar esta sustancia antes del examen.

La tercera es la cuestión de la justicia. Si los exámenes son “competitivos”, p.e. pruebas de acceso en la universidad, o en oposiciones, los que no tomen estas sustancias estarían en inferioridad de condiciones ¿no?

No creo que estas preguntas tengan todavía una respuesta clara. Más bien se trataría de generar un debate en la sociedad para ver si se llega a algún tipo de consenso. Evidentemente, son preguntas que se nos plantean como consecuencia de los avances en Biología y que son completamente nuevas. En cierto modo, este debate está relacionado con el del uso de drogas modificadoras del humor (“¿Más placebo y menos Prozac?”).

En el influyente libro de Francis Fukuyuma (“Our post-human future”, Profile Books, 2003), este autor arremete contra el uso de este tipo de sustancias, alegando que atentan contra el concepto tradicional de “ser humano”. Lo que dice Fukuyuma es que emplear una píldora para mejorar el carácter (prozac) o la inteligencia (modalfinil) es “trampa” y debería estar regulado (léase, prohibido). Los autores del artículo de Nature son menos beligerantes. Más bien piensan que si una píldora puede aumentar nuestra capacidad cognitiva y su uso es razonablemente seguro, ¿por qué no hacerlo? En todo caso, nos lo podríamos plantear.

Me pregunto si en el próximo examen que haga tendré que someter a los alumnos a un control anti-doping.

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Si eres legal comparte

Me sumo a la campaña que están llevando a cabo muchos blogs con respecto a  sobre los “derechos de autor” .

aquí

PS La he visto en el magnífico blog de Anibal,  Sapere Audere.

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Las chicas fértiles son más fáciles

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La noticia no es exactamente nueva. Diversas investigaciones anteriores habían puesto de manifiesto que las mujeres responden de forma distinta a estímulos tales como rostros y voces masculinas, dependiendo del momento del ciclo menstrual en el que se encuentren. Un trabajo relacionado ya había sido comentado en este blog (“Chicas alegres y Psicología Evolucionista”). Puede decirse que el artículo de Nicolas Guéguen, que aparecerá próximamente en la revista Biological Psychology, pone otro granito de evidencia al respecto.

A diferencia de otros estudios, es este caso se decidió estudiar directamente el comportamiento de las mujeres en la vida real y no en el laboratorio. El método experimental empleado puede considerarse un pelín heterodoxo. Primero, un grupo de hombres fue seleccionado por un panel de mujeres en función de su “extraodinario atractivo físico”. Después, en una mañana soleada el “tío bueno” abordaba a una chica en la calle (de manera aleatoria) y con su mejor sonrisa le decía algo así como:

Hola, me llamo Brian; quería decirte que te encuentro irresistible; tengo que irme a trabajar ahora, pero ¿podrías darme tu número de teléfono para tomar algo después?

Inmediatamente después del encuentro (independientemente de cuál hubiera sido la respuesta) una investigadora se acercaba a la chica y, tras ponerla al corriente de los objetivos del estudio, le hacía una detallada encuesta, que incluía preguntas sobre el momento del ciclo menstrual en que se encontraba.

La mayoría de las mujeres abordadas de esta forma estuvieron dispuestas a colaborar en la encuesta. Es interesante saber que, sin embargo, sólo el 8,6% aceptaron dar su teléfono, y eso que los voluntarios “estaban como un queso”. Evidentemente, no es una táctica demasiado sutil para ligar.

Hubiera sido interesante hacer también el experimento contrario: mujeres atractivas pidiendo el teléfono a hombres al azar. ¿Apostarían ustedes a que el porcentaje de síes hubiera sido bastante mayor? De hecho, se han hecho experimentos similares y así es (de eso hablaré otro día).

Pero vamos a los resultados. Lo más interesante es que entre la mujeres que se encontraban en un periodo fértil, un 21.7% dijo que sí, frente 7.8% en el otro caso. Una diferencia notable y estadísticamente significativa. En cambio, entre el grupo de mujeres que estaban usando anticonceptivos orales, el porcentaje de aceptación fue de tan sólo el 5.8%. Aunque en este caso, podría pensarse que una chica que esté tomando la píldora suele tener una vida sexual lo bastante intensa como para no estar interesada por este tipo de propuestas.

Varias mujeres me han asegurado que ellas saben perfectamente que su receptividad sexual se ve afectada por el momento del ciclo y que no necesitan ningún estudio científico para decirles lo que ya saben. De acuerdo, pero aun así, creo que es importante pasar de la evidencia anecdótica a la evidencia experimental.

El trabajo aquí (requiere subscripción).

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Justicia para los perros

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Los científicos ya sabían que algunos primates tienen un agudo sentido de la justicia (“El origen de la justicia”). Recientemente, han averiguado que los perros también pueden sentir envidia y reaccionan negativamente cuando perciben que son peor tratados que otros (lo que los dueños de perros sabían desde hace mucho).

En este artículo de la revista PNAS (el artículo aquí, pero requiere suscripción), los investigadores enseñaron a varios perros el viejo truco de extender la pata; y los perros obedecían por el mero hecho de complacer a los humanos, sin que hubiera que darles recompensa alguna. Sin embargo, cuando en una segunda fase los experimentadores empezaron a dar a algunos un trozo de pan o una salchicha, en presencia de un perro al que no habían dado nada, la cosa cambiaba radicalmente. El animal agraviado empezaba a mostrar síntomas de envidia (o si no quieren ir demasiado lejos, a negarse a colaborar en el juego, bostezar y rascarse).

Se ha sugerido que este sentido del “juego limpio” es importante para que se desarrolle algún tipo de cooperatividad en animal sociales y los lobos, antecesores de los perros, son animales francamente sociales y su forma de caza requiere una intensa coordinación de los animales que participan.

Los científicos quieren ahora repetir el experimento con lobos, lo cual es muy razonable desde el punto de vista científico, aunque yo no querría sufrir la ira de un lobo envidioso.

Sólo les falta hablar.

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transgénicos (tercera parte)

A propósito del post anterior, sobre las plantas transgénicas, me escribe Jon este comentario:

A pesar de su representación de sufrido rigor científico ante las hordas de fanáticos ecologistas irracionales, lo único que hacen es repetir como cotorras lo que les han dicho en clase o lo que han leído en alguna parte: “No hay datos suficientes” “no hay evidencias suficientes” “no podemos rechazar una tecnología que podría ayudar a solucionar el problema del hambre”

Llevo tiempo investigando y si hay algo de lo que no hay evidencia alguna es de las supuestas mejoras sociales que dicen que estas “nuevas tecnologías” posibilitan. No he encontrado ningún caso. Sí, en cambio, hay reportados numerosos efectos en sentido contrario, como por ejemplo:

http://crimentales.blogspot.com/2007/02/los-efectos-del-progreso-i.html

¿Tienen una idea de las multimillonarias cantidades que se invierten cada día en el desarrollo de estas “tecnologías”? ¿saben el porcentaje que representan, desde hace más de una década, del total del mercado bursátil? ¿piensan honestamente, sinceramente, que esta vastísima cantidad de recursos no podría encontrar una mejor vía para combatir el problema del hambre?

Es más, ¿acaso se plantean cuál es la causa del hambre, del colapso de la economía alimentaria? ¿por que no se emplean más recursos en analizar seriamente estas causas, no sería el primer paso a seguir en una investigación para combatir el problema?
Tanto el comentario en sí, como el blog al que hace referencia me parece un buen ejemplo de las mentiras, verdades a medias y demagogias que abundan en el discurso “anti-transgénico”, de modo que voy a contestar en forma de post.

Empecemos comentando la descalificación gratuita:

lo único que hacen es repetir como cotorras lo que les han dicho en clase o lo que han leído en alguna parte: “No hay datos suficientes” “no hay evidencias suficientes” “no podemos rechazar una tecnología que podría ayudar a solucionar el problema del hambre”

Lo de “descalificar al que discrepa” está en la primera página del manual de demagogia. En este caso, además, es particularmente falso. Hay muchos datos que indican que las plantas que contienen el gen Bt son seguras, reducen (no anulan) la necesidad de tratamientos fitosanitarios y aumentan el rendimiento (si el taladro del maíz es un problema grave, claro). A modo de ejemplo, y sin tratar de ser exhaustivo, unas cuantas referencias recientes publicadas en Science por equipos de investigadores de distintas universidades y diferentes países. La conclusión también es muy clara: estas variedades aumentan el rendimiento y disminuyen el número de tratamientos fitosanitarios.

Wu et al

Marvier et al.

Quaim and Zilberman

El link hace alusión a los supuestos suicidios cometidos por agricultores indios “por culpa de los transgénicos”. La historia ha circulado últimamente por los medios de comunicación, y parece que todo el mundo la ha dado por cierta sin cotejarla. Sin embargo, este informe sobre los suicidios de agricultores indios publicado por el CGIAR (a través del IFPRI) concluye sin ningún tipo de ambiguedad que el número de suicidios no ha aumentado y que el algodón Bt no es un factor responsable de los mismos. Debo decir que el CGIAR es el organismo internacional más importante en investigación agraria en países en desarrollo.

Tienen una idea de las multimillonarias cantidades que se invierten cada día en el desarrollo de estas “tecnologías”? ¿saben el porcentaje que representan, desde hace más de una década, del total del mercado bursátil? ¿piensan honestamente, sinceramente, que esta vastísima cantidad de recursos no podría encontrar una mejor vía para combatir el problema del hambre?

La cantidad de dinero que se invierte en Biotecnología Agraria es modesta comparada con la investigación en otros campos (p.e. Investigación Biomédica) y lo de que podría emplearse mejor es demagogia pura: lo mismo podría decirse del dinero gastado en turismo, deportes, hostelería y otras muchas actividades no-esenciales.

Es más, ¿acaso se plantean cuál es la causa del hambre, del colapso de la economía alimentaria? ¿por que no se emplean más recursos en analizar seriamente estas causas, no sería el primer paso a seguir en una investigación para combatir el problema?

Pasando por alto la retórica de maestro de escuela, la respuesta es “sí”, he pensado algo sobre las causas del hambre, que evidentemente son complejas. Un ejemplo: Hambre y pobreza: mitos y cifras

Es evidente que los transgénicos no son “la solución” (ningún factor único lo es), pero “podrían contribuir a  resolver el problema del hambre, en conjunción con medidas de tipo económico y social” (la opinión no es mía sino de la FAO)

Pero lo más importante es que, aunque el algodón Bt tuviera consecuencias negativas, eso no sería una razón para estar en contra de esta tecnología sino de este caso concreto.

Jon, si crees que la comunidad científica ( la inmensa mayoría), la FAO y el CGIAR somos todos agentes de Monsanto… creo que tienes un problema

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Otra vez a vueltas con los transgénicos

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Acabo de volver de un Congreso en Tenerife, donde he tenido una “agarrada” con un investigador del CSIC bastante conocido por su condena sin paliativos a los cultivos transgénicos. Naturalmente respondí y la cosa acabó siendo bastante desagradable, aunque anecdótica. En el mundo de la agricultura orgánica, el discrepar sobre este tema te puede convertir instantáneamente en un “fascista defensor de las multinacionales”, lo que no es el caso. Me defino como vagamente de izquierdas y no estoy en la nómina de nadie (excepto de mi Universidad) ¿Alguna vez se han enfrentado a un auditorio hostil (al menos así lo percibía yo)? Es algo más duro de lo que parece.

La cosa es en realidad bastante sencilla. El hecho de introducir un fragmento de DNA en un planta no es, en principio, ni bueno ni malo. Las consecuencias dependen del gen introducido y eso hay que estudiarlo caso por caso. En el caso de las plantas transgénicas, el registro es muchísimo más riguroso que las variedades convencionales, las cuales también pueden tener uno o muchos genes procedentes de otras variedades o especies.

Estoy de acuerdo, no obstante, que el mercado mundial de semillas está dominado por un pequeño número de grandes empresas y esta situación puede provocar problemas. Estaría 100% de acuerdo en exigir cambios en este sentido y, posiblemente, también en las leyes internacionales que permiten patentar genes. Lo que no entiendo es lo de “disparar” contra esta tecnología. Me parece un error grave por 3 razones:

La primera es que se renuncia a una tecnología necesaria para seguir mejorando las plantas cultivadas más allá de las técnicas convencionales (que están dando muestras de agotamiento). La población mundial todavía va a aumentar bastante en los próximos años y las buenas tierras de cultivos son limitadas (si no queremos cargarnos todo vestigio dse vida silvestre). Por cierto, los precios de los cereales han subido mucho en los últimos 2 años (aunque esta tendencia parece que está cambiando con la crisis), comiéndose los avances de los años anteriores en las lucha contra el hambre.

La segunda es que no estoy seguro de que la oposición frontal a los transgénicos perjudique realmente a las grandes compañías. Los enormes costes y dificultades que conlleva el registro de estas variedades (en buena parte exageradas) impiden a las compañías pequeñas entrar en este mercado. Es posible que los ecologistas le estén regalando la tecnología a Monsanto.

La tercera y principal razón es que la campaña mediática contra los cultivos transgénicos está plagada de mentiras y medias verdades. A pesar de su mala fama, esta tecnología es extraordinariamente segura y los riesgos son en gran medida inventados o exagerados. Ninguna persona ha muerto o su salud se ha visto perjudicada por este motivo. Tampoco se ha podido detectar un daño ecológico real, excepto la tautológica “contaminación por transgénicos”.

Personalmente, no acepto que me mientan o me intenten manipular, ni siquiera por una buena causa.

Dicho esto, me apresuro a añadir que los ecologistas tienen razón en el punto esencial de que los problemas medioambientales tienen una importancia extraordinaria.

Seguimos necesitando un ecologismo basado en la evidencia

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Bio-humor

img0841 ¡Estímulo, respuesta!¡Estímulo, respuesta! ¿Es que tú no piensas?

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Cerebro y pelotas

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Si hay algún tema espinoso y políticamente incorrecto, ese es el de la base genética del IQ. De acuerdo, “inteligencia” no es lo mismo que “IQ”, pero este último constituye la mejor aproximación que tenemos para la primera. El tema ha sido tratado (aquí) y me he llevado bastantes broncas (estoy dispuesto a seguir hablando del asunto, pero prefiero no repetirme mucho).

Todavía más incorrecto es afirmar que existe una relación entre el tamaño de la cabeza y el IQ del individuo que la lleva puesta. Reconozco que la idea puede parecer una broma, y sin embargo, la correlación entre una y otra cosa es del 40% y parece ser muy consistente. Además, se ha visto que el IQ está correlacionado con mayor esperanza de vida. Las razones que hay por debajo no están claras. Es posible que los tipos listos tomen decisiones más juiciosas (no fumar, hacer ejercicio, comer mucha fruta), pero también es posible que exista una correlación entre el factor general de inteligencia (llamado g) y la salud general de un individuo. Más aun, es posible que exisita una relación entre g y f, siendo este último la fitness de un individuo, o sea la capacidad de sobrevivir y reproducirse.

El artículo que quiero comentar en este post, y que se publicará próximamente en la revista Intelligence, va todavía más lejos en cuanto a incorrección política. Su principal conclusión es que existe una correlación entre el IQ de un individuo y diversas medidas relacionadas con la calidad ¡de su semen! (evidentemente, este estudio se realizó únicamente con hombres).

Aunque puede parecer que la hipótesis es completamente disparatada, los autores están tratando de contrastar una hipótesis anterior más general, formulada por Geoffrey Miller y que trata de explicar por qué los humanos somos tan inteligentes (pueden insertar aquí el chiste fácil). Según la hipótesis de Miller, la inteligencia sería un handicap “zahaviano”, esto es, un indicador de que el individuo posee “buenos genes”, lo cual se reflejaría en un buen estado de salud y, claro, en un una buena calidad del semen. Si añadimos que la inteligencia es un factor de atractivo sexual, al elegir a los potenciales compañeros sexuales en función de su inteligencia, estaríamos eligiendo a la vez “buenos genes”. Del mismo modo, se piensa que el pavo real capaz de sobrevivir con ese pedazo de cola tiene que gozar de buena salud y otras características favorables; de aquí que a las hembras les resulte atractiva. La inteligencia humana y la cola del pavo real serían, pues, consecuencias de la “selección sexual” (la otra gran idea de Darwin).

Para este trabajo, Rosalind Arden del King’s College de Londres, empleó datos  procedentes de soldados americanos que habían estado en la guerra del Vietnam. Estos “voluntarios retrospectivos” habían sido estudiados a conciencia en diversos aspectos de su salud física y mental; incluyendo, claro, tests de inteligencia y calidad de esperma. Y sí, en la muestra de 425 casos se encontró una correlación positiva entre ambas cosas. De manera que los chicos más listos también tenían más “soldaditos”. Lo mejor de dos mundos.

No cabe duda de que esta pieza de evidencia experimental está en consonancia con la hipótesis de Miller, pero dado que el propio Miller es uno de los co-autores, estaría más tranquilo si otros laboratorios siguen encontrando pruebas en este sentido.

PS También se ha visto que los individuos de mayor IQ tienen menor probabilidad de ir a la cárcel. No sé si es porque se portan mejor o porque  les pillan con más dificultad.

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Los beneficios del castigo

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Aunque a veces no lo parezca, los humanos tenemos una notable tendencia a cooperar para lograr objetivos que se perciben como buenos para todos. Algunos científicos opinan que esta tendencia a la cooperación fue uno de los pilares de nuestro éxito como especie, cuando salimos de África hace unos 50.000 años y nos extendimos por todo el planeta. Sin embargo, es frecuente que la cooperación sea costosa, por lo que puede ser interesante para un individuo “escaquearse” del trabajo sucio y gozar de todos modos de los beneficios. El problema entonces es que si un porcentaje significativo se escaquea, y a estos individuos les va bien, pronto el trabajo en común resultará muy perjudicial para los que siguen haciéndolo, hasta que eventualmente cese.

Sin embargo, si los que compiten por recursos no son personas individuales, sino grupos humanos; es razonable pensar que los grupos donde la cooperación se mantenga serán más eficaces y puede que acaben prevaleciendo sobre los grupos que se comporten de forma “individualista”. Esto es lo que se ha denominado “selección de grupo”, una teoría que está en horas bajas dentro de la Biología Evolutiva, pero que tal vez sea aplicable en algunas situaciones particulares. En concreto, se ha propuesto modelos así para explicar la evolución de la cooperación en humanos (Boyd et al., 2003).

¿Cómo se mantiene la cooperación dentro del grupo? Según Simon Gätcher, de la Universidad de Nottingham, la respuesta está en el “castigo”, o dicho de forma más técnica en la “reprocidad fuerte”, que es la tendencia que tienen algunas personas a castigar a aquellos que se saltan las reglas, incluso si no les perjudica directamente. Gätcher sostiene que los grupos muy cohesionados y cooperativos no pueden permitirse el lujo de que algunos individuos velen más por sus intereses particulares. Esto está de acuerdo con la intuición. Pensemos en grupos muy aislados y cohesionados, por ejemplo, los Amish de Estados Unidos; es lógico pensar que la presión social para que nadie se salte las reglas es bastante fuerte.

Sin embargo, en algunos experimentos de “simulación”, en las que un grupo de voluntarios “juega” con las reglas que ponen los investigadores para ver cómo se comportan a lo largo del juego, se había visto que el castigo tenían efectos negativos o irrelevantes sobre el grado de cooperación. No obstante, Gätcher afirma en su último trabajo (Gachter et al., 2008) que el problema radica en el plazo temporal. Si el juego se repite un número pequeño de veces (10 o menos), los efectos del castigo son pequeños o contraproducentes; sin embargo, en plazos más largos(más de 50 repeticiones), se observa un aumento marcado de la cooperación. Estos resultados apoyan un modelo de selección de grupo en el que se produzca cooperación y castigo. No obstante, este tipo de simulaciones proporcionan -en el mejor de los casos- tan sólo una prueba circunstancial.

Boyd, R., Gintis, H., Bowles, S., and Richerson, P.J. (2003) The evolution of altruistic punishment. Proc Natl Acad Sci U S A 100: 3531-3535.

Gachter, S., Renner, E., and Sefton, M. (2008) The Long-Run Benefits of Punishment. Science 322: 1510.

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La felicidad es contagiosa

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¿Qué nos hace felices? Sin duda, esta es una de las grandes preguntas de la humanidad y darle una respuesta satisfactoria debería tener profundas consecuencias, tanto teóricas como prácticas. Curiosamente, es una pregunta que los filósofos llevan haciéndose miles de años (Epicuro de Samos nació hace 2349 años). Sin embargo, la ciencia experimental no ha intentado abordarla hasta hace relativamente poco, y eso que nada impedía –en principio- un abordaje experimental. Todo lo que necesitamos es una medida cuantitativa del “nivel de felicidad” para buscar luego factores o circunstancias que puedan estar correlacionadas con ésta.

El panorama ha cambiado radicalmente en los últimos años. Investigadores de campos muy diversos, tales como la Economía, la Psicología, la Neurobiología y la Biología Evolutiva se han lanzado a la piscina de la “Ciencia de la Felicidad” ¿O debería llamarse Hedología?(Canli et al., 2005; Clark and Oswald, 2002; Delamothe, 2005; Easterlin, 2003; Kahneman et al., 2006). No resulta nada extraño que estas investigaciones hayan identificado un amplio rango de circunstancias que afectan a nuestra felicidad (para bien o para mal), tales como el hecho de que te toque la lotería, el nivel de sueldo, el divorcio, factores genéticos, la desigualdad social o en hecho de ganar unas elecciones.

Lo que no se habían planteado los científicos era la hipótesis de que la “felicidad fuera contagiosa”, esto es, si el hecho de interaccionar con gente feliz aumente nuestro nivel de felicidad (y viceversa). Probablemente, la idea se les habría ocurrido a bastantes personas. Después de todo, hay muchas cosas que son socialmente contagiosas. Pero han sido dos profesores de Harvard y la Universidad de California los que se han puesto a contrastar experimentalmente esta hipótesis, en un artículo publicado en BMJ (Fowler and Christakis, 2008).

Para ello se han servido de dos valiosas herramientas. Una es el famoso estudio longitudinal de Framingham, iniciado en 1948 con objeto de analizar las relaciones entre salud cardiovascular y múltiples factores. Este trabajo ha estudiado pormenorizadamente la vida y costumbres de una cohorte de unas 5000 personas durante tres generaciones. Cada cierto tiempo, los participantes acudían a un centro para ser encuestados y examinados. La segunda herramienta es una rama de las matemáticas conocida como Teoría de Grafos y que se emplea para resolver problemas en áreas extraordinariamente diversas tales como el diseño de circuitos electrónicos, diseñar una red de distribución de un producto comercial o estudiar la estructura de Internet. En pocas palabras, esta disciplina estudia las relaciones entre distintas “entidades”, lo que permite aplicar técnicas estadísticas no sólo a las entidades sino a las relaciones entre ellas.

Cuando estos investigadores examinaron las redes sociales existentes entre los participantes del estudio, encontraron que los individuos felices o infelices tendían a agruparse en redes separadas, lo que nos dice que el grado de felicidad de un individuo puede afectar al de aquellos con los que interacciona y que este efecto alcanza hasta tres grados de relación: los amigos de los amigos de los amigos. También encontraron que las personas más felices solían situarse en un lugar central de la red social; aunque puntualizan que es probablemente la “centralidad” la que lleva a la felicidad y no a la inversa. Encontraron que cada amigo feliz aumenta nuestro nivel de felicidad en aproximadamente un 9%.

Me apresuro a hacer una matización que reconocen los propios autores del trabajo. No está claro cuál es el sentido de la “causalidad” en este caso. Es posible que la felicidad de una persona “irradie” a las demás y también que las personas felices (y desgraciadas) tiendan a interaccionar socialmente entre ellas. Otro efecto curioso es que el fenómeno de “contagio” es más fuerte entre individuos del mismo sexo. El efecto disminuye con la distancia y es bastante débil entre compañeros de trabajo.

Sin duda, este trabajo constituye una interesante pieza que abrirá las puertas de nuevas y seguramente originales investigaciones. Ya se están empleando las redes sociales de Internet, p.e. Facebook, para seguir explorando el fenómeno.

No man is an island

Canli, T., Cooney, R.E., Goldin, P., Shah, M., Sivers, H., Thomason, M.E., Whitfield-Gabrieli, S., Gabrieli, J.D., and Gotlib, I.H. (2005) Amygdala reactivity to emotional faces predicts improvement in major depression. Neuroreport 16: 1267-1270.

Clark, A.E., and Oswald, A.J. (2002) A simple statistical method for measuring how life events affect happiness. Int J Epidemiol 31: 1139-1144; discussion 1144-1146.

Delamothe, T. (2005) Happiness. Bmj 331: 1489-1490.

Easterlin, R.A. (2003) Explaining happiness. Proc Natl Acad Sci U S A 100: 11176-11183.

Fowler, J.H., and Christakis, N.A. (2008) Dynamic spread of happiness in a large social network: longitudinal analysis over 20 years in the Framingham Heart Study. Bmj 337: a2338.

Kahneman, D., Krueger, A.B., Schkade, D., Schwarz, N., and Stone, A.A. (2006) Would you be happier if you were richer? A focusing illusion. Science 312: 1908-1910.

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Bio-humor

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Cuanto más dinero, más sexo

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De los muchos temas que trata la Psicología Evolucionista, uno de los más interesantes -en mi opinión- es la conexión entre estatus y éxito reproductivo en nuestro linaje evolutivo. Y lo es porque nos explica (o al menos, comienza a explicar) algunas conductas tan generalizadas que tendemos a pensar que no necesitan explicación ¿Por qué se esfuerzan los millonarios a tener más dinero? ¿por qué es tan difícil que un dictador deje voluntariamente el poder? ¿por qué es tan importante para las personas su carrera?

La mayoría de los humanos deseamos tener un estatus alto por razones similares a las que no llevan a desear el sexo o la comida. Esto no es incompatible con que existan variaciones individuales en cuanto al deseo personal de estatus (solemos calificar a estos individuos de ‘ambiciosos’). Y la ambición se debe, seguramente a la suma de factores genéticos y ambientales. Es cierto que quedan bastantes cosas por descubrir y demostrar, pero puede decirse que el esquema aquí indicado descansa en una sólida evidencia experimental. Según esto, podemos considerar que el ejecutivo que descuida su vida personal en interminables jornadas de trabajo es, en realidad, un adicto a sustancias que fabrica su propio cerebro, en el sentido literal de la expresión. Lo mismo podemos decir del político que se dedica en cuerpo y alma a la ‘causa’. Sus motivaciones internas son, en realidad, muy parecidas a las del ‘yonqui’ que necesita su dosis. Me gustaría añadir que no considero que esto sea malo en sí. Personalmente, creo que lo que se debe exigir a los políticos es que hagan una gestión honrada y eficaz y, en este sentido, las motivaciones internas me parecen del todo irrelevantes. A un político (y en general, a cualquier persona ambiciosa) la adicción a la serotonina ‘se le supone’.

Por otra parte, es muy frecuente que los políticos o los ejecutivos (o los ambiciosos en general) no sean en absoluto conscientes de los mecanismos que están operando en su cabeza y les llevan a desear determinadas cosas. Por el contrario, todos los indicios apuntan a que somos notoriamente inconscientes de todo esto. Parece como si los humanos tuviéramos ‘antenas sociales’ que nos permiten percibir cuáles de nuestras acciones reciben mayor reconocimiento y ello nos permitiera adaptar nuestra conducta en este sentido. Así, el colegial empieza a notar que la posesión de determinados objetos o características personales causa un efecto entre sus colegas (o sea que ‘mola’) y no necesita detenerse a analizar las razones profundas de este fenómeno para saber lo que quiere. La misma filosofía implícita puede aplicarse en la empresa, el partido político o el mundo académico. Según la hipótesis discutida aquí, el fenómeno subyacente a esta dedicación ‘en cuerpo y alma’ a los más variados fines profesionales es, esencialmente, la búsqueda de estatus; a su vez, esta motivación sería una consecuencia evolutiva de las ventajas que se derivaron en el pasado para los individuos que exhibían estas tendencias. Evidentemente, el hecho de que una determinada conducta fuera adaptativa durante el Paleolítico no quiere decir que lo sea ahora. Y en cualquier caso, no estamos afirmando nada sobre la aceptabilidad de tal conducta. Sólo estamos tratando de explicar sus causas últimas.

Naturalmente, en muchas sociedades actuales, el estatus está completamente desconectado de la reproducción. No obstante, sigue existiendo una conexión entre el dinero y el sexo, según un artículo reciente en la revista Evolutionary Psychology. En este trabajo, los investigadores realizaron una entrevista telefónica a una muestra aleatoria de personas entre 18 y 45 años. Sospecho que en la encuesta se camuflaban las verdaderas intenciones de la misma, haciéndose pasar por un “cuestionario sobre salud”. El caso es que, de una forma u otra los investigadores sonsacaban a los encuestados sobre sus hábitos de consumo, en particular sobre el consumo compulsivo, así como sobre sus hábitos sexuales. Se encontró una correlación positiva entre “el consumo de recursos” y el número de compañeras sexuales, así como entre consumo e “intenciones de apareamiento”, o sea, que los hombres que más dinero gastaban eran los que más deseaban tener muchos ligues, y a menudo lo conseguían.

En la muestra de mujeres no se detectó ese efecto.

El trabajo aquí

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Estatus

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El deseo de estatus es universal. Lo encontramos en todas las sociedades que han sido estudiadas; eso sí, con gran variaciones sobre el tipo de cosas que confiere estatus a los individuos. De hecho, la Antropología constituye una fuente de información sobre este tema mucho más valiosa que la Psicología. Veamos algunos ejemplos. Entre los kwakiult, un pueblo de la costa Oeste de Norteamérica, hoy desaparecido, los individuos de alto estatus se veían obligados a organizar monstruosas fiestas, llamadas potlatch (en la imagen), si querían mantenerlo. Las fiestas duraban varios días y se organizaban por las razones más diversas, como nacimientos, bodas o el ingreso en sociedades secretas. Otras veces se organizaban por motivos triviales, ya que el verdadero objeto de estas fiestas era mostrar la riqueza de los organizadores, a través del consumo exagerado de todo tipo de comida, así como el reparto de regalos fabulosos entre los invitados. En algunos casos, los anfitriones terminaban la fiesta quemando la casa para mostrar públicamente su generosidad y desprendimiento. Aunque esta costumbre nos pueda parecer chocante, los jefes tribales que la protagonizaban estaban actuando de forma egoísta, ya que cuanto mayor fuera el dispendio realizado mayor sería su prestigio dentro de esta sociedad. Evidentemente, nuestras ‘bodas’, ‘bautizos’ y ‘comuniones’ tienen algún elemento en común con los potlatch.

Para los yanomami, las formas de conseguir prestigio son bien distintas. Esta tribu habita en selvas ecuatoriales en las orillas del río Orinoco, entre Venezuela y Ecuador. En la actualidad se estima que deben quedar menos de 10.000 habitantes y se encuentran continuamente amenazados por las actividades de mineros –garimpeiros- que penetran ilegalmente en sus tierras. La subsistencia de este pueblo se basa en una agricultura semi-nomádica de ‘corta y quema’. Esta cultura, que se caracteriza por una extrema agresividad, ha sido muy estudiada por los antropólogos[1] [2]. Para un joven yanomami el camino hacia el éxito social pasa por emboscar y matar a muchos hombres de poblados vecinos y violar a muchas mujeres. Dentro de un mismo grupo, las peleas y el maltrato de los hombres hacia las mujeres no son nada infrecuentes. Cabe esperar que incluso los partidarios acérrimos del relativismo cultural califiquen estas prácticas de ‘dudosas’.

Entre los ¡Kung del desierto del Kalahari, los criterios de estatus son bastante más pacíficos. Este pueblo mantiene (o lo hacía hasta hace poco) un modo de vida nómada basado en la recolección y la caza. Los ¡Kung forman pequeños grupos sin líder aparente y, en general, constituyen una sociedad pacífica, sin clases sociales claramente definidas. La desigualdad económica es virtualmente imposible en su modo de vida, ya que no tienen forma de acumular riqueza, y las piezas cobradas son frecuentemente compartidas entre los miembros de la tribu. A pesar de su aparente igualitarismo, los estudios antropológicos revelan la existencia de una jerarquía laxa basada en la experiencia y la habilidad de un individuo como cazador. Al parecer, los individuos de alto ‘rango’ ejercen el liderazgo de forma suave, influyendo sobre las decisiones del grupo pero sin imponer su voluntad. Por otro lado, la sociedad valora la modestia del cazador habilidoso y las normas de educación exigen que éste no alardee de su capacidad como tal.

De acuerdo. Para los cazadores-recolectores el estatus es importante, pero ¿nos afecta eso a nosotros, los occidentales del siglo XXI?

Más en el próximo post


[1] Changnon, N. “Yanomamo: the fierce people” Holt, Rinchart and Winston, Inc. 1997.

[2] Eibe-Eibesfeldt, I. “El Hombre Preprogramado”. Alianza Editorial, Madrid 1977.


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Bio-humor

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¿Darwin´s Day?

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En Inglaterra ha surgido una iniciativa para pedir que el 12 de febrero, día en que nació Charles Darwin, sea declarado festivo. En España, algunos nostálgicos podrían celebrar simultáneamente el “espíritu del 12 de febrero”.

¿Por qué no?

El formulario aquí

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Gusano fotosintético

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Los japoneses creían que habían inventado el “coche híbrido”, pero hete aquí que este gusano marino (Elysia chlorotica) parece haberse adelantado en unos cuantos millones de años. El mencionado bicho es capaz de obtener calorías de la materia orgánica, como solemos hacer las demás especies animales, pero también de realizar función clorofílica. El “gusano híbrido”, en definitiva.

Pero E. chlorotica nos depara más sorpresas. Esta capacidad de emplear la luz del sol se debe a que posee cloroplastos en el interior del cuerpo (de ahí el color verde), los cuales provienen de las algas que le sirven de alimento. No sólo se las come, sino que “secuestra” sus cloroplastos y los pone a trabajar en su beneficio. Dos semanas a base de algas y el gusano adquiere cloroplastos suficientes para pasar el resto de su vida sin comer (aproximadamente un año).

El misterio prosigue. Los cloroplastos son orgánulos fotosintéticos que tienen su propio material genético y que provienen, evolutivamente, de una simbiosis entre una célula eucariótica y una bacteria fotosintética. El problema es que, tras cientos de millones de años de asociación, el cloroplasto ha perdido la capacidad de producir la mayoría de las proteínas necesarias para la fotosíntesis; éstas son codificadas por el genoma nuclear del alga ¿Cómo pueden funcionar los cloroplastos dentro del cuerpo del gusano?

El misterio no ha sido completamente resuelto. Por un lado, los científicos han comprobado que al genoma del cloroplasto le faltan muchos genes, tal como esperaban. Cuando secuenciaron el genoma del gusano encontraron que poseía al menos un gen esencial para la fotosíntesis. Por la secuencia de este gen pudieron saber que provenía del genoma del alga ¿pero cómo?

¿Pueden los gusanos “secuestrar” ciertos genes de las algas que se comen, igual que “pillan” los cloroplastos? ¿Son los virus los responsables de este baile de material genético? Todavía no hay una respuesta definitiva. Lo más curioso es que los cloroplastos funcioanles pueden pasar a la siguiente generación de gusanos.

¿Podremos ser nosotros fotosintéticos algún día? (espero que no, detesto tomar el sol).

Cosas veredes, amigo Sancho…

El trabajo será publicado próximamente en el PNAS. Puede verse on-line aquí

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Inteligencia animal

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La cuestión de la inteligencia de los animales conlleva un problema filosófico difícil ¿Cómo podemos saber si otras especies son inteligentes? El filósofo Wittgenstein decía que si un león hablara no podríamos entenderle. Personalmente no estoy muy de acuerdo. Si un león hablara sería difícil de entender, pero probablemente menos difícil que entender a una cobra o un escarabajo. Presumo de entender bastante bien a mi perro, y un perro es tan diferente de un humano como un león. El problema estriba justamente en que resulta casi imposible evitar un sesgo antropomórfico a la hora de juzgar las capacidades mentales de otras especies.

Veamos un ejemplo. El ‘cascanueces’ (Nucifraga caryocactes) es un ave que vive en bosques de coníferas de la Europa Central. Esta especie entierra con frecuencia piñones en lugares determinados con objeto de consumirlos posteriormente. Experimentos cuidadosos han demostrado que no es que los entierre de forma masiva y luego los encuentre por azar (como ocurre con las ardillas). Si se eliminan elementos característicos del paisaje que le sirven de referencia, como piedras o árboles, la eficacia de recuperación de los piñones baja enormemente. El cascanueces tiene una capacidad impresionante para recordar los lugares donde guarda el botín. Alrededor de 30.000 sitios diferentes puede almacenar en su cerebro, del tamaño aproximado de una nuez. A mí me resulta difícil encontrar mi cartera en muchas ocasiones, por lo que debo ser un completo estúpido a ojos de un cascanueces.

Tradicionalmente, el concepto de inteligencia ha puesto el énfasis en la adaptación al medio, pero eso no resulta demasiado satisfactorio si no precisamos un poco más. Los mejillones están bien adaptados a su medio y no solemos considerarlos muy inteligentes. Esto nos lleva a una idea interesante: los animales han desarrollado diferentes tipos de inteligencia para resolver problemas específicos de su hábitat. Por otra parte, algunos especialistas en Inteligencia Artificial han propuesto la siguiente definición. La inteligencia consiste en: i) especificar un conjunto de fines; ii) evaluar la situación presente y estimar cómo se desvía de los fines propuestos; y iii) aplicar un conjunto de operaciones destinadas a disminuir esta diferencia. Una consecuencia que se deduce de esta definición es que el mero concepto de inteligencia carece de sentido sin una especificación precisa de los fines. Por lo tanto, para evaluar la inteligencia de otras especies, sería necesario conocer cuáles son éstos. Esto puede parecer una postura antropomórfica, pero no lo es. Es imposible entender la conducta de un animal sin asumir que éste tiene ‘objetivos’.

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