Archivo mensual: diciembre 2008

Feliz 2009

cuenya

Cuenya, Asturias

2008 ha sido un buen año para este blog, aunque quizá no tanto para el mundo en general y para un servidor, en particular. En cualquier caso, agradezco de corazón a todas las personas que han contribuido a este blog con sus comentarios o, meramente, con su visita.

El año que viene, seguiremos intentándolo.

¡Feliz 2009!

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Buller contra Pinker (supuestas falacias de la Psicología Evolucionista)

Acabo de leer en el magnífico blog de Eduardo Robredo una referencia al artículo publicado en Scientific American del filósofo David J. Buller, en el que arremete contra la Psicología Evolucionista, y me ha parecido pertinente escribir un comentario.

El artículo en cuestión: Evolution of the Mind: 4 Fallacies of Psychology.

Es importante señalar que Buller no se opone a la interpretación de la conducta humana en un marco evolutivo, ni siquiera al campo de la Psicología Evolucionista en general, sino que sus críticas tienen una diana mucho más restringida: lo que el denomina Pop EP (Popular Evolutionary Psychology) y señala directamente a David Buss y Steven Pinker. La crítica fundamental no es que el planteamiento general sea erróneo, sino que estos autores llevan sus conclusiones más lejos de los que permite la evidencia experimental (sin duda, una acusación seria para un científico). El tono agresivo de su crítica (el hecho de aplicar el término “Pop”, sin ir más lejos) podría hacer pensar en un desacuerdo profundo. Si leemos con atención, el desacuerdo se refiere al grado de confianza con que se presentan las hipótesis con respecto al grado de evidencia experimental disponible. En esencia, Buller no dice que el marco conceptual sea erróneo, ni que las ideas de la Pop EP no sean plausibles, sino que éstas son indemostrables. Pero vayamos por partes.

Según la falacia 1, la Pop EP afirma que el análisis de los problemas adaptativos durante el Pleistoceno puede arrojar luz sobre la forma en que la mente “está diseñada”. Buller contrapone que no sabemos nada sobre las condiciones prevalentes/presiones selectivas que tuvieron lugar en esa época. Si lo que quiere decir es que no tenemos una máquina del tiempo, estamos de acuerdo. No obstante, creo que aquí es Buller el que va demasiado lejos. La Paleontología proporciona (o puede proporcionar) datos sobre los hábitats que ocuparon nuestros antecesores, qué tamaño tenían los grupos, si existían relaciones comerciales/guerras, cuál eran sus fuentes de alimento etc… Además, el estudio de los cazadores-recolectores modernos proporciona una guía. Es cierto, que estas culturas exhiben una variabilidad considerable, pero no es menos cierto que el modo de vida “cazador-recolector” impone una serie de restricciones y condiciones comunes. En definitiva, nuestro Escenario Evolutivo Ancestral puede ser reconstruido con cierto grado de confianza, aunque desde luego no del 100%.

En la falacia 2, Buller niega que se pueda llegar a saber cómo evolucionaron los rasgos específicamente humanos. El principal argumento en que se basa es que todas las otras especies del género Homo, así como los australopitecinos se han extinguido y “los muertos no cuentan historias sobre su evolución”. De nuevo, creo que el argumento va demasiado lejos. Las especies extinguidas han dejado restos arqueológicos, de los que se puede deducir muchas cosas acerca de su morfología, del ambiente en que se desenvolvían, de sus capacidades como cazadores y constructores de herramientas. El genoma del neanderthal ya puede emplearse en muchos estudios, así como los genomas de nuestros parientes más próximos (Gorilla, Pan, Pongo). No puede descartarse que en un futuro se pueda estudiar el material genético de otras especies, como erectus (aunque tampoco puede darse por hecho). Buller cita el caso de la anemia falciforme y la resistencia a malaria; es posible que estudios parecidos puedan realizarse comparando los genomas del neanderthal y del sapiens moderno en relación a sus respectivos hábitats, aunque naturalmente estas comparaciones tendrán un grado de incertidumbre mayor que en el caso citado.

En la Falacia 3, la Pop EP explicaría la mente humana ciñéndose exclusivamente a nuestro pasado como cazadores recolectores durante el Pleistoceno. Buller está de acuerdo en que algunas de nuestras características psicológicas debieron desarrollarse en esta época, pero aduce que otras son anteriores o posteriores. Sin embargo, no creo que ni Pinker ni Buss estén en desacuerdo con esto. De hecho, Pinker afirma explícitamente que “nuestros órganos mentales, o bien estaban presentes en nuestros antecesores primates o han evolucionado a partir de éstos” (How the Mind Works, p. 40). La segunda parte –que algunas características hayan evolucionado en los últimos 10.000- tampoco supone ningún problema conceptual. Estos casos de “evolución reciente”, tales como la aparición de la tolerancia a la lactosa han sido reportados también muy recientemente. Seguramente serán incorporados en el cuerpo general de la EP, aunque su apoyo empírico tendrá también que ser evaluado. Algunos de estos casos, como la “selección de genes relacionados con la inteligencia” en poblaciones judías durante la Edad Media son bastante controvertidos. Honestamente, creo que la falacia 3 es un invento de Buller.

Finalmente, en la falacia 4 Buller entra en el meollo de la cuestión, esto es, analizar si la evidencia experimental disponible apoya o no (o en qué medida) las afirmaciones de la EP. Para ello tiene que entrar (por primera vez en el artículo) a analizar casos concretos. En particular, analiza la hipótesis de Buss según la cual los “celos” evolucionaron como una “señal de alarma emocional que señaliza las potenciales infidelidades de la pareja y cuya función sería minimizar la pérdidas en la inversión reproductiva realizada”. Según Buss, la infidelidad tiene consecuencias diferentes en los dos sexos; para los hombres el riesgo consiste en invertir recursos en una descendencia que no es suya, para las mujeres el riesgo está en la pérdida de recursos que aporta su pareja. Buss afirma haber encontrado pruebas de que los hombres son más sensibles a la infidelidad sexual mientras que las mujeres lo son más a la infidelidad afectiva. Buller aduce que la metodología empleada no permite llegar a tal conclusión. Aunque creo que llegar hasta el fondo de esta polémica particular sería demasiado largo, encuentro que este tipo de debates sobre cuestiones concretas son absolutamente pertinentes. No sólo Buller, sino cualquier persona interesada tiene derecho a ejercer la crítica de esta forma, aunque para ello no hay necesidad de montar un frente anti-EP. Buss podría estar equivocado en este punto concreto y tal vez no estarlo otros temas que también ha investigado.

Mi principal crítica a la crítica de Buller es que se mueve en un delicado equilibrio entre las cuestiones generales y las particulares. En mi opinión, la Pop EP establece un marco conceptual, una especie de programa de trabajo. Para ir más allá es necesario centrarse en cuestiones concretas y examinar la evidencia disponible (como en el caso mencionado de la infidelidad). En un momento dado se podrá hacer un recuento de la evidencia aportada y de la interpretación de la misma (aunque creo que es demasiado pronto). Sin duda, en el momento actual la evidencia es escurridiza y es posible que algunas cuestiones no puedan aclarase nunca. También hay razones para ser optimista. La genética de la conducta está identificando alelos relacionados con determinadas características psicológicas y los estudios en modelos animales proporcionan frecuentemente un apoyo y una vía de investigación complementaria. La identificación de estos genes “candidatos” abrirá la puerta a nuevos estudios orientados a explicar la variabilidad entre individuos o poblaciones. No es descartable que estas investigaciones puedan ampliarse a especies extinguidas, como el neanderthal (por ejemplo, sabemos que los neanderthales tenían una copia de FOXP2 similar a la de los humanos modernos). Al mismo tiempo, los estudios en cazadores-recolectores y los estudios trans-culturales nos proporcionan una ventana para escudriñar estos fenómenos. Sobre  la existencia de módulos mentales para tareas específicas, será la Neurobiología la que tendrá que pronunciarse (hay investigaciones en marcha). En principio, los módulos mentales son susceptibles de investigación experimental y, si su existencia queda plenamente demostrada, es posible que se pueda relacionar tales módulos con determinados genes y, eventualmente, aplicar los métodos de la Evolución Molecular para investigar si estos genes han sido objeto de selección. El camino será largo e incierto, pero no es un camino cerrado a priori.

Seguramente quedarán preguntas sin contestar, pero creo que Buller no es razonable en su planteamiento de “o evidencia incontrovertible o nada” y también creo que su negación de que pueda aprenderse algo del marco conceptual de la EP es excesiva. El filósofo Auguste Compte negó una vez que se pudiera conocer la composición química de las estrellas… y mira.

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A mala idea duele más

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Supongamos que alguien le pisa un pie en el Metro, con tan mala suerte que le “lamina” un juanete. El dolor es insoportable y a éste se añade una sospecha ¿lo habrá hecho a propósito el muy cabrito? La cuestión filosófico-psicológica es si el mismo pisotón duele más cuando percibimos una clara intención de hacernos daño. En teoría no debería ser así. La presión sobre nuestro desgraciado juanete es la misma. Sin embargo, hay datos que sugieren que el cerebro no procesa de la misma manera el mismo estímulo, dependiendo de la percepción de intencionalidad.

Esta pregunta está relacionada con la de un post anterior “Ojos que no ven…” acerca de si los alimentos saben mejor cuando “creemos” que son de buena calidad. En el caso que estamos considerando hoy se trataría, de alguna forma, de lo contrario. Podríamos hablar de “efecto nocebo”.

El sentido común no tiene muy difícil aceptar la idea de que “a mala idea duela más”, sin embargo, para poder abordar la cuestión empíricamente necesitamos realizar experimentos en condiciones controladas. Hay que estar seguros de que administramos exactamente el mismo pisotón en condiciones neutras e intencionales, y esto requiere un cierto dispositivo experimental.

Kurt Gray y Daniel Wegner, de la prestigiosa Universidad de Harvard, han ideado un método y no los cuentan en un artículo publicado en Psychological Science. Para ello emplearon a un grupo de voluntarios y les pidieron que evaluaran el grado de dolor que les producía un shock eléctrico, equivalente al pisotón con la diferencia de que podía reproducirse de forma exacta. El punto crucial estaba en que el mismo estímulo era evaluado en dos situaciones distintas: en la primera se decía al sujeto que el hecho de recibir el shock había sido decidido por uno de sus “compañeros” que se encontraba en una habituación contigua. En la segunda, la descarga se presentaba como accidental.

Cuando se percibía intencionalidad, el mismo estímulo fue calificado de 3.6 en una escala arbitraria (cuanto más alto el número, más doloroso), mientras que en condiciones de no-intencionalidad la evaluación fue de 3.0. La diferencia resultó significativa estadísticamente, pero la magnitud de la diferencia es de alrededor del 20%. Estos resultados sugieren que el efecto existe, pero no la diferencia no es enorme.

Imagino que los sujetos habrían experimentado una sensación bastante agradable si hubieran podido darle una bofetada al causante de la descarga.


“Intentional Pain” K. Gray and D. Wegner


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Día de Inocentes

Esta mañana me ha asaltado la tentación de inventarme una monumental bola y publicarla como si se tratara de un tremendo descubrimiento reciente. En segunda opción, lo he pensado mejor. Al fin y al cabo se trata de una costumbre un tanto cutre y siempre puede molestar a alguien.

A cambio, he decidido publicar un relato sobre un viaje a Escocia que hice hace años.

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Desastres naturales y Percepción del riesgo

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Siempre me ha parecida curiosa la fascinación que tenemos los humanos con las grandes catástrofes. Me explico: se cae un avión en Barajas y los periódicos se pasan meses hablando de ello. Sin embargo, se produce un número equivalente de víctimas en las carreteras españolas en aproximadamente 20 días. Y nadie habla de ello.

No le estoy echando la culpa a los periodistas, ni mucho menos. Cualquier noticia que se repite de forma habitual deja de ser noticia. Es posible que los humanos tengamos un “sesgo innato” en este sentido (aunque no he leído ningún estudio serio). Sea como sea, el resultado es que la exposición a determinadas imágenes catastróficas en los medios de comunicación puede sesgar nuestra percepción del riesgo hacia las grandes catástrofes. Si de verdad queremos evaluar el riesgo de distintos factores es mejor echarle una fría mirada a los datos.

Y eso es lo que han hecho los autores de este interesante artículo publicado en el International Journal of Health Geographics: contar pacientemente el número de muertos en desastres naturales desde 1970 a 2004. El trabajo contiene datos exclusivamente de USA (una pena que no dispongamos de datos similares en Europa). Pues bien, ¿qué tipo de desastre natural dirían que conlleva más riesgo? ¿Los terremotos de California? ¿Los huracanes del Caribe?

Negativo. El mayor “asesino” es el calor (responsable del 19% de las víctimas) y el siguiente el frío (con un 18%); en tercer lugar estarían los rayos (11%). En cambio, las víctimas combinadas de terremotos, huracanes e incendios apenan llegan al 5%. El truco probablemente radica en que en los tres primeros casos se producen eventos muy frecuentes con pocas víctimas y en los tres últimos ocurre lo contrario.

Un estudio complementario consistiría en contar el impacto que tienen estos tipos de desastres naturales en los medios de comunicación. Probablemente no coincida con las estadísticas de víctimas.

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Bio-humor

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Los soldados listos mueren antes

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En un post reciente (“cerebro y pelotas”) comentaba la correlación encontrada entre el cociente de inteligencia (IQ en ingés) y la calidad del semen. Algunos comentaron (algo airados) que correlación no implica causalidad… y tienen toda la razón. No obstante, hay que reconocer que algunas veces existe una relación causal entre dos variables correlacionadas, por lo que el identificar estos casos no deja de tener interés, siempre que se mantenga la debida cautela. Podríamos decir que las correlaciones son potencialmente interesantes.

Hoy quiero comentar un artículo donde encuentran otra correlación entre el IQ y otra variable, aun más surrealista (si se quiere) que la del post mencionado. En este artículo, también en la revista Intelligence descubren que entre los soldados escoceses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, los que tenían un IQ más alto sobrevivieron con menor frecuencia que sus compañeros menos aventajados.

El estudio en sí es bastante sencillo, aunque su interpretación no lo sea tanto. Había datos disponibles del IQ (a los 11 años) de varios miles de soldados escoceses, de los cuales murieron 491. El IQ medio global era de 97.4, pero entre los muertos la media era de 100.8. Los soldados listos cayeron en mayor proporción.

A primera vista puede parecer un poco raro. Podemos suponer que cualquier soldado está interesado en resolver el problema de sobrevivir y se supone que la inteligencia consiste en resolver bien los problemas (por supuesto, la relación entre IQ e inteligencia es fuente de eternas discusiones). Seguramente las cosas son más complicadas.

Admitiendo que los datos sean correctos (y no hay razón para dudarlo) la interpretación es un campo legítimo de especulación. Los autores del trabajo sugieren que las armas y las tácticas de la Segunda Guerra Mundial requirieron (acaso por primera vez) que los combatientes tuvieran una mayor capacidad cognitiva que en otros conflictos. Por lo tanto, los individuos con mayor IQ tendían a ser destinados al frente mientras que los de menor IQ tenían mayor probabilidad de quedarse limpiando las letrinas.

Otra posibilidad es que los individuos con mayor IQ también tuvieran una mayor capacidad de liderazgo, lo que podía llevarles a situaciones más peligrosas.

¿Alguna teoría favorita?

El trabajo aquí

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