Generación espontánea (3)

A mediados del siglo XVIII, los partidarios de la generación espontánea empezaban a batirse en retirada, pero aun no daban por perdida su causa, ni mucho menos. De acuerdo -decían- el experimento de Redi demuestra que los insectos proceden de los huevos de otros insectos, pero las formas de vida ‘auténticamente inferiores’ que había descubierto Leeuwenhoek eran otro cantar. Los protagonistas de este segundo asalto fueron dos curas católicos; un inglés, John Needham y un italiano, Lazzaro Sapallanzani. Needham, que debía ser un gran aficionado a la cocina, preparó varios frascos de salsa de carne de cordero. Calentó los frascos en el fuego y puso tapones de corcho. Al cabo de unos días todos los frascos contenían salsa estropeada y un ejército de microbios nadaba en sus aguas. Lo que demuestra, fuera de toda duda –afirmaba el clérigo- que la generación espontánea de microorganismos es posible.

Pero Spallanzani no estaba impresionado. Éste había estudiado Física en la Universidad de Bolonia y había trabajado largos años como naturalista, realizando largas expediciones por todo el Mediterráneo, recolectando y clasificando especimenes de todas clases. Para él era evidente que el experimento de Needham tenía fallos. En primer lugar, los tapones de corcho no cierran herméticamente los frascos y, en segundo lugar, el hecho de calentar la salsa no asegura la muerte de todos los microorganismos que contiene. Por tanto, Lazzaro se aprestó a realizar una versión mejorada del experimento. Para ello empleó una salsa parecida a la del anterior. Colocó la salsa en frascos de vidrio, los cuales fueron calentados y permanecieron en ebullición a tiempos crecientes y rigurosamente controlados. Nada más terminar, los frascos fueron sellados herméticamente. Tal como se esperaba, los frascos que habían sido hervidos por encima de un cierto tiempo se conservaron inalterados. Un elegante experimento que debía haber zanjado la cuestión.

Pero no fue así. Lo que usted ha hecho, señor Spallanzani –vociferaban- es ‘torturar’ la fuerza vital e impedir que el aire fresco entre en contacto con la salsa. De este modo ha impedido la generación espontánea, para la cual el oxígeno es indispensable. La polémica continuó otros cien años, con los ánimos bien caldeados y un mínimo de experimentación.

El siguiente asalto lo protagoniza un biólogo alemán, Theodor Schwann. En 1838 repite el experimento: pone a hervir salsa de carne en un frasco. Esta vez, el aire puede acceder al frasco después de hervido, pero ese mismo aire es calentado previamente con un mechero con objeto de matar a los microorganismos, que de otro modo re-infectarían la salsa. A su vez, el aire que ha pasado por el frasco de salsa es recogido y se demuestra que contiene oxígeno. Queridos oponentes, supongo que estarán satisfechos.

No lo estaban. Nada más publicarse estos resultados, el eminente químico Justus von Liebieg lanzó todo el peso de su considerable prestigio a favor de la teoría de la generación espontánea, a pesar de que no tenía absolutamente ningún dato experimental en ese sentido. La polémica continuó hasta los años 70 del siglo XIX, en los que Luis Pasteur logró convencer a la comunidad científica mediante experimentos similares a los de Schwann. En casi trescientos años, éste fue prácticamente el único avance ‘conceptual’ de la Biología. Un balance muy pobre si lo comparamos con lo que ocurriría desde la mitad del siglo XIX hasta el presente.

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