Archivo mensual: mayo 2008

Todo sobre Eva

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Los humanos llevamos miles de años haciendo conjeturas sobre este tema. Sin embargo, los habitantes del siglo XXI tenemos una pequeña ventaja. Especulaciones aparte, ahora estamos en condiciones de contestar a esas preguntas eternas. Mejor dicho, a empezar a contestarlas, porque la imagen que pueden proporcionarnos los científicos sobre nuestros orígenes es todavía borrosa. Aun así, resulta fascinante.

Hasta hace algunos años, la gran mayoría de los paleontólogos creía que la aparición de los primeros humanos ‘modernos’, esto es, similares anatómicamente a nosotros, podía explicarse mediante el llamado ‘Modelo Multiregional’. Hace 1.8 millones de años apareció una especie antecesora de la nuestra, Homo erectus; la cual tuvo un considerable éxito evolutivo y logró extenderse por amplias regiones de Asia y Europa. Existen pruebas de que dominaba el fuego y de que fabricó herramientas de piedra. Según este modelo, las distintas poblaciones de erectus fueron evolucionando en las diferentes regiones de forma más o menos independiente, hacia las características de los sapiens modernos. Muchas de las ‘peculiaridades raciales’ que se observan en la actualidad serían consecuencia de este largo proceso de evolución. Según esta teoría, el Hombre de Neanderthal habría sido el antecesor directo de los humanos modernos en Europa. En resumen, esta teoría se basa esencialmente en tres puntos: la expansión de erectus desde África hace 1.8 millones de años, la evolución local de estas poblaciones hasta generar las variaciones ‘regionales’ que se observan en la actualidad y, al mismo tiempo, el intercambio genético entre dichas poblaciones que habría permitido la expansión de los genes responsables de la ‘sapientización’ de erectus y el mantenimiento de cierta ‘unidad genética’ dentro de la especie.

Sin embargo, a principio de la década de los noventa, Alan Wilson y sus colaboradores de la Universidad de Berkeley formularon una teoría completamente distinta. Según estos investigadores, todos los humanos modernos descendemos de una pequeña población que vivió en África en una fecha mucho más reciente: entre 200.000 y 100.000 años. Como es fácil de imaginar, esta teoría desató una formidable polémica entre los partidarios de una y otra. La pelea estaba acrecentada por el hecho de que los partidarios del origen africano y reciente del hombre moderno no eran paleontólogos, sino bioquímicos, y las pruebas en las que se basaban no eran fósiles sino estudios realizados en el laboratorio. Por lo tanto, no se trataba sólo de una disputa entre académicos, sino que era una verdadera guerra entre áreas de conocimiento. Los paleontólogos estaban indignados, ¿cómo se atrevían esos arrogantes bioquímicos a enmendarles la plana? Para poder entrar de lleno en esta polémica, tenemos que dar un pequeño rodeo.

Es cierto que los fósiles son los únicos que nos aportan información directa sobre las especies que existieron en el pasado. No obstante, la verdadera materia prima de la evolución no son los huesos fosilizados sino los genes. Son éstos los que pueden sufrir mutaciones, las cuales constituyen la base del cambio genético a largo plazo. El estudio de la secuencia de los genes en las especies actuales nos proporciona información sobre el grado de separación evolutiva que se ha producido.

Pero, vayamos un poco más despacio. Elijamos un gen cualquiera en un cierto número de especies y comparemos cuidadosamente las secuencias de DNA de todas ellas. Es posible contabilizar las diferencias y determinar su distancia genética. La idea importante es que el número de diferencias que se acumula es proporcional al tiempo transcurrido entre la separación de las especies que estamos estudiando. Esto es lo que se conoce como el reloj molecular y proporciona un método para estimar el tiempo transcurrido entre la separación de dos linajes dados, siempre que podamos estimar la frecuencia con la que se producen las mutaciones por término medio.

Muchos de los estudios realizados para aclarar el ancestro de los humanos se basan en el DNA mitocondrial. Recordemos que la mitocondria es un pequeño orgánulo situado dentro de la célula y que posee su propio material genético. El caso es que el DNA mitocondrial presenta algunas ventajas importantes para estudiar la evolución de la especies, en comparación con el DNA ‘normal’ contenido en el núcleo. Para empezar, el DNA mitocondrial se hereda exclusivamente por vía materna. A pesar de que todos tenemos dos progenitores, nuestro DNA nuclear es una ‘mezcla’ de los DNAs de los cuatro abuelos. Sin embargo, la mitocondria la heredamos exclusivamente de nuestra madre, que a su vez es una copia (casi) exacta de la de nuestra abuela materna. Si nos remontamos atrás cinco generaciones, nos encontramos que nuestro DNA nuclear proviene de la contribución de 32 individuos, mientras que nuestro DNA mitocondrial viene directamente de la tatarabuela por vía materna. Esta circunstancia facilita enormemente el análisis. Es difícil saber de quién hemos heredado unos ojos azules, pero sabemos perfectamente de quién hemos heredado la mitocondria.

La segunda ventaja del DNA mitocondrial radica en que su velocidad de mutación es unas diez veces más rápida que la del DNA nuclear. Esto permite analizar los cambios con mucha mayor exactitud. Es como si el ‘reloj molecular’ de la mitocondria tuviera una manecilla adicional que marcase los segundos, mientras que el del DNA nuclear sólo tuviera minutero. Basta contar el número de cambios y podremos estimar el tiempo transcurrido desde que dos individuos dados compartieron una antecesora común. Si hacemos esta operación con una muestra suficientemente amplia de individuos de diferentes ‘etnias’, podemos construir un árbol genealógico de la Humanidad. En la base de este árbol se encontrará la antecesora común más reciente de la cual todos los humanos hemos heredado el DNA mitocondrial. A esta mujer, que debió existir en carne y hueso, se le ha dado el ‘título’ de Eva Mitocondrial.

El concepto de Eva Mitocondrial se ha popularizado a través de los periódicos, generándose una cierta confusión. La idea en sí de que existió una antecesora de la que todos hemos heredado nuestras mitocondrias no es exactamente una hipótesis, sino más bien un hecho matemático. Necesariamente tuvo que existir. Y si nos remontamos más atrás en el tiempo llegaremos a la conclusión de que existió una Mamífera Mitocondrial, de la cual hemos heredado la mitocondria todos los mamíferos. Sin embargo, esto no aporta ninguna información nueva. La razón por la que la hipótesis de Eva ha revolucionado nuestra idea del origen del hombre se basa justamente en la fecha en la que se estima que dicha mujer existió: entre 100.000 y 200.000 años (aunque a medida que los métodos se van refinando la fecha se acerca más al presente). El hecho esencial es que si todos los humanos descendemos de una mujer que vivió por entonces, es imposible que el Modelo Multiregional sea cierto. Los humanos actuales no podemos descender de las poblaciones de Homo erectus que salieron de África hace 1.8 millones de años, sino de un grupo reducido que debió surgir hace sólo cien o doscientos mil años.

Otra observación importante, el título de Eva Mitocondrial es ‘concedido’ en retrospectiva. Cuando ella nació no era la Eva Mitocondrial, sino que ésta debía ser una mujer que vivió en un periodo muy anterior. Además, nuestra Eva no estaba sola. Con seguridad debió haber muchos otros hombres y mujeres coetáneos, pero por alguna razón los demás linajes mitocondriales que existían entonces no han llegado hasta hoy. Por otro lado, el ‘título’ puede cambiar de manos. Si se produjese una hecatombe mundial que aniquilara a la mayor parte de los humanos excepto, por ejemplo, a una señora de Arnedillo y sus tres hijas (junto con algunos hombres), para los descendientes de este pequeño grupo, la Eva Mitocondrial sería la señora de Arnedillo, puesto que ésta sería la antepasada más reciente del cual todos los habitante de la Tierra habrían heredado la mitocondria. Por último, la Hipótesis de Eva Mitocondrial nos da una estimación de cuándo vivió esta mujer, pero no nos dice nada sobre qué aspecto tenía. En cambio, los datos apuntan claramente a que debió vivir en África.

Cuando Alan Wilson y sus colaboradores analizaron el DNA mitocondrial de más de 200 individuos procedentes de todo el planeta, llegaron a dos conclusiones importantes. La primera fue que, en conjunto, todas las mitocondrias analizadas eran bastante similares. La variación media entre las secuencias era de aproximadamente el 0.2%. Esto indica que los humanos actuales somos sorprendentemente similares. De hecho más similares que, por ejemplo, dos subespecies de gorila separados por unos cuantos cientos de kilómetros. El segundo descubrimiento tiene que ver con el origen geográfico. En general, y con una importante excepción, no se encontró una relación clara entre la procedencia geográfica de las muestras y la similitud del DNA. Por ejemplo, una muestra europea podía encontrarse muy próxima a una africana o a una asiática. Sin embargo, cuando los resultados fueron analizados por un programa informático y pudo construirse el ‘árbol’ que situaba a cada muestra en función de su similitud con las otras, lo que apareció fue realmente increíble. El programa colocaba todas las muestras en dos grupos claramente separados. El primero contenía la mayor parte de las muestras y era ‘multirracial’. El segundo grupo sólo contenía siete pero todas ellas eran de origen africano. Además, las muestras de este segundo grupo mostraban una gran divergencia entre ellas. En conjunto, estos datos indican que todos los humanos formamos un grupo relativamente homogéneo que se originó en África. En una etapa posterior, un grupo particular emigró a otros continentes, mientras que los otros siguieron allí. Por esta razón, todos los humanos no africanos (y algunos africanos) descienden de esta oleada de ‘emigrantes’. Al mismo tiempo, algunos de los linajes mitocondriales anteriores continuaron evolucionando en África. Por ejemplo, los ¡kung del Kalahari se encuentran en estas ramas más antiguas del árbol genealógico. Esto es particularmente interesante, ya que algunos lingüistas creen que las lenguas habladas por estos pueblos, pertenecientes a la denominada familia koishan, son también las más ‘antiguas’.

A pesar de todos los conflictos que ha ocasionado esta hipótesis, ha ido ganando terreno en los últimos años, hasta constituir el punto de vista mayoritario, aunque no es imposible que se revise en el futuro. No obstante, esta teoría parece que pisa un terreno bastante firme. Además, los datos que la avalan no provienen únicamente de la mitocondria. El hallazgo de nuevos fósiles sugiere que los primeros humanos modernos aparecieron en Etiopía y que éstos convivieron durante largo tiempo con poblaciones de neanderthales en Europa y de erectus en Asia. Claramente, la hipótesis de la Eva Mitocondrial ha cambiado nuestro relato sobre lo orígenes del hombre moderno, el cual podría quedar más o menos así:

Homo erectus apareció hace 1.8 millones de años y se extendió por Asia y Europa. En este último lugar, evolucionó hasta el Hombre de Neanderthal, el cual tenía un cerebro de tamaño similar (o incluso superior) a los humanos actuales y logró sobrevivir en las durísimas condiciones europeas durante el último periodo glaciar. No obstante, los humanos actuales NO somos descendientes directos de los neanderthales ni de los erectus asiáticos, sino de una población que surgió en África hace unos 100.000-200.000 años. Esta especie, Homo sapiens propiamente dicho, se expandió rápidamente por todo el planeta. Hace 60.000 años ya había ocupado Asia y hace unos 40.000 (tal vez antes) Australia. Se supone que llegó a Europa hace unos 35.000 años y a América unos 12.000 (tal vez antes). Parece seguro que la nueva especie reemplazó a las otras especies del género Homo que encontró en su camino: erectus en Asia y neanderthal en Europa. La hipótesis del desplazamiento ha encontrado apoyo últimamente en ciertos estudios, donde se ha logrado aislar y analizar DNA mitocondrial procedente de fósiles neanderthales. Estos estudios indican que el linaje de éstos no ha contribuido al acervo genético de los humanos modernos. En definitiva, los neanderthales no fueron nuestros padres, sino nuestros tíos lejanos y tal vez deberían reclasificarse en una especie distinta: Homo neanderthalensis y no en una subespecie (H. sapiens neanderthalensis) como se hacía en principio.

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Primeras palabras (y 2)

Es posible que la pregunta verdaderamente interesante no sea qué vino antes, si el gesto o la palabra, sino cuál es el origen del sistema de referencia simbólico que forma el verdadero núcleo del lenguaje, sea este oral, escrito o gestual. Como cabía esperar, no podemos responder a esta pregunta por el momento y ni siquiera abundan las hipótesis, por leves y especulativas que estas sean. Uno de los pocos investigadores que se han atrevido a formular una es Terrance Deacon, de la Universidad de Boston, en su libro “The symbolic species”. Merece la pena considerar esta hipótesis, a pesar de su autor deja muy claro que la evidencia en la que se basa es terriblemente tenue.

Según Deacon, el sistema de referencia simbólico surgió como respuesta al conflicto social y sexual, ya mencionado, que se le debió presentar a Homo habilis en su adaptación a la sabana abierta. Para este investigador, no es una casualidad que el aumento del cerebro, la desaparición del dimorfismo sexual, la fabricación de las primeras herramientas de piedra y el aumento de la importancia de la caza se produjera básicamente al mismo tiempo. A riesgo de parecer pesado, volvamos a plantear este nudo gordiano de la evolución humana. Las ventajas de una mayor capacidad mental y del completo bipedalismo llevaron al problema cabeza-pelvis, y a su vez, la resolución de este problema hizo que los bebés humanos requirieran grandes cuidados y recursos para sobrevivir los primeros años. La solución a este segundo problema era la cooperación de los miembros de la pareja para sacar adelante a las crías. Pero para que dicha cooperación fuera ventajosa y pudiera ser objeto de selección tienen que darse ciertas condiciones. Para el hombre lo más importante era tener una razonable certeza sobre la paternidad de los hijos en los que va a invertir tiempo y esfuerzo. La mujer no tenía, obviamente ese problema, pero en cambio ‘necesitaba’ una garantía de que los recursos en forma de alimento y protección se materializasen durante el largo periodo en el que los niños representan una carga importante. De nuevo, esto no quiere decir literalmente que los implicados llegaran a ‘pensar en estos términos’, lo que quiere decir es que los hombres que descuidaban a su progenie y las mujeres que no recibiesen los recursos necesarios, se encontraban en desventaja reproductiva, por lo que se acabaron seleccionando aquellas características psicológicas que propiciaran que esto no ocurriera. Con estos datos en mente, la solución más sencilla para Homo habilis hubiera sido la formación de parejas aisladas que defendieran un territorio, tal como hacen muchas especies de aves. Sin embargo, es difícil pensar que esto pudiera funcionar en las condiciones a las que se enfrentaban.

Al mismo tiempo, la adaptación a la sabana abierta probablemente exigió un aumento del tamaño del grupo. El cambio de una dieta vegetariana a otra donde la carne era importante, trajo la necesidad de desarrollar estrategias colectivas de caza. Cómo si no iban los indefensos humanos a hacer frente a depredadores como el león y abatir presas como el ñu. Muy probablemente, actuando en grupo, utilizando herramientas y aplicando su creciente capacidad mental para ‘romper’ las estrategias defensivas de otras especies. Así pues, los primeros humanos necesitaban una especie de ‘compromiso’ económico y sexual entre los miembros de la pareja, que fuera compatible con la cohesión general del grupo. Y la solución a este complicado cúmulo de problemas, según Terrence Deacon, fue el desarrollo de un sistema de referencia simbólica basado en el ritual.

Naturalmente, a lo que se está refiriendo este investigador es al esqueleto de lo que se conoce universalmente como la institución del matrimonio. Una institución que existe en todas las sociedades conocidas, aunque las formas y términos concretos varíen notablemente. En esto Deacon se acerca a las posiciones de los antropólogos tradicionales, como Levi-Strauss, los cuales reconocieron el carácter central de los vínculos matrimoniales en muchas sociedades. Después de todo, el matrimonio contiene una promesa de comportamiento futuro, en cuanto a la provisión de recursos y al acceso sexual, y determina qué acciones serán consideradas ‘inaceptables’ y darán lugar al rechazo o castigo. Este compromiso, que atañe no sólo a los miembros de la pareja sino a todo el grupo, es muy difícil de realizar si no es mediante un sistema de referencia simbólica. Al unir un determinado acto físico con un compromiso de comportamiento futuro, los primero humanos estarían dando el primer salto entre lo ‘concreto’ y lo ‘abstracto’ que caracteriza a este sistema de referencia.

Según Deacon, el ritual del matrimonio permitió ‘marcar relaciones sexuales exclusivas, de forma que todo el grupo pudiera reconocerlas’. Por tanto, la idea de ‘pareja’ implicaría un conjunto de promesas sobre comportamientos futuros dentro de un contexto; en definitiva una especie de ‘contrato social’, cuya representación se lograba mediante un ‘símbolo’ y que representaba una solución a un problema reproductivo en unas condiciones ecológicas nuevas y difíciles.

Es evidente que cualquier ritual contiene la esencia de la representación simbólica. Por ejemplo, cuando los jefes de dos tribus de nativos americanos se fumaban la ‘pipa de la paz’ estaban realizando una promesa de no agresión. La relación entre el signo (fumar) y el referente (la conducta futura) es puramente arbitraria y no puede deducirse a partir de una ‘similitud’ o de una ‘correlación’ previa entre ambas. La falta de similitud es evidente ¿qué tiene que ver el hecho de fumar ahora con la no-agresión en el futuro? Tampoco estas acciones están unidas por una coincidencia espacio-temporal. Dos tribus pueden fumar la pipa de la paz por vez primera, ya que el significado de está acción se basa en un acuerdo ‘a priori’sobre la relación entre ambos hechos.

La idea es, sin duda, interesante, sobre todo porque no nos sobran las hipótesis alternativas. Sin embargo, hay que reconocer que deja muchas cosas en el aire. Entre el desarrollo de una especie de ‘ritual’ de matrimonio y el lenguaje que empleamos para comunicarnos parece existir un verdadero abismo. No cabe duda de que en algún momento de nuestra evolución nuestros antecesores pillaron el truco simbólico, y esto desencadenó una avalancha de cambios y consecuencias. Lo que no podemos saber es si esto se produjo a consecuencia del conflicto mencionado o por otras razones. De momento no es más que una hipótesis, a la que podríamos llamar humorísticamente Hipótesis del sí quiero.

Laureano Castro y Miguel Angel Toro, del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias y Alimentarias de Madrid, han desarrollado una teoría relacionada, a la que podríamos llamar la Hipótesis del No. Según estos investigadores, la capacidad de imitación es una condición necesaria, pero no suficiente, para que pueda producirse la transmisión cultural. Una característica que habría facilitado extraordinariamente este proceso es la capacidad de los padres de condicionar la conducta de sus hijos expresando su aprobación o desaprobación. El invento de la negación habría permitido a los padres ancestrales modificar la conducta de sus hijos, lo cual abriría la puerta para la transmisión de conocimientos por vía cultural. No puede dudarse que un mecanismo así haría mucho menos costoso el proceso educativo. Curiosamente, los chimpancés no parecen haber desarrollado esta capacidad, aunque son buenos imitadores (aunque mucho peores que los humanos). Así pues, la primera palabra que nuestros antecesores pronunciaron debió ser ‘no’ (aunque la teoría sería igualmente aplicable a un gesto de negación) e iba dirigida a sus retoños.

A pesar de lo sugestivo de estas teorías, no podemos saber cuál es el origen del sistema de representación simbólico que caracteriza el lenguaje de los humanos. No obstante, es fácil imaginar que una vez éste se hubiera desarrollado habría ejercido profundos cambios en la vida social y en las posibilidades de supervivencia de los primeros humanos. A partir de ahí, el lenguaje y la transmisión cultural habrían ido ‘de la mano’ de los cambios genéticos que condicionaban un uso más eficaz del propio lenguaje y la cultura. Esto es, el lenguaje y el cerebro (y otras partes de la anatomía) habrían entrado en un proceso de co-evolución, que nos ha llevado a convertirnos en los que somos.

Esto nos lleva a pensar en una dinámica evolutiva entre procesos sociales y biológicos, que constituye el verdadero núcleo del enfoque ‘evolucionista’, y que sustituye a la idea simplista, trasnochada y definitivamente errónea de Naturaleza vs Crianza. Una vez que se hubiera producido el primer rudimento de habilidad simbólica, la selección habría podido actuar sobre aquellos individuos con mayores capacidades en este sentido. Aunque el primer lenguaje fuera muy simple y, posiblemente se pareciera muy poco a lo que conocemos ahora, es fácil pensar que los que poseyeran esta habilidad tendrían ventajas reproductivas dentro del grupo. Los individuos con mayor capacidad lingüística estarían en una posición mucho mejor para establecer alianzas, para transmitir información útil, para organizar estrategias colectivas de caza, etc… Aunque se tratase de un lenguaje muy simple, podemos pensar que aquellos que fueran incapaces de pillar el truco simbólico estarían en franca desventaja con respecto a los individuos más articulados.

Una vez que los humanos entraron en este callejón evolutivo no era fácil dar marcha atrás. La selección de la habilidad simbólica debió ser el motor de la expansión del cerebro, en particular de la corteza prefrontal que parece ser el asiento de las capacidades mentales ‘superiores’. De aquí se derivarían otras capacidades mentales que contribuirían a reforzar el proceso, tales como la propensión al mimetismo vocal, el análisis automatizado de fonemas, el control de los músculos implicados en el habla y, finalmente el cambio en la posición de la laringe, que permite a los humanos emitir una gran variedad de sonidos. Los estudios de los fósiles demuestran que este ‘descenso’ en la posición de la laringe se había producido ya hace unos 300.000 años. La razón más simple y convincente para explicar este cambio es, obviamente, el desarrollo del lenguaje.

Aunque suele pasarse por alto este aspecto, la idea de co-evolución entre lenguaje y cerebro implica que los cambios se produjeran en los dos sentidos. Por una parte se estarían ‘seleccionado’ aquellos cerebros con más capacidad lingüística (hablando con propiedad, se seleccionarían genes que condicionasen esto último). Por otra parte, se habrían ‘seleccionado’ aquellos lenguajes que pudieran ser aprendidos por los nuevos cerebros de cada generación. En definitiva, las características sintácticas de los lenguajes tuvieron que adaptarse a las mentes de los nuevos hablantes, porque de lo contrario éstos no habrían aprendido a hablar y no hubieran transmitido este rasgo cultural, que es el lenguaje, a las generaciones posteriores. Según este punto de vista, las sintaxis de los lenguajes actuales habría sido el resultado de una especie de criba realizada por los cerebros de los nuevos hablantes de cada generación. Aunque esta proposición está enunciada de una forma un tanto vaga, nos proporciona un principio de explicación para uno de los aspectos más controvertidos de la hipótesis de Chomsky. Las reglas gramaticales no tendrían por qué ser innatas y, por tanto no hay que buscarlas en determinadas ‘estructuras neuronales’; sino que éstas serían un una especie de invento, un artefacto cultural con la importante propiedad de no resultar contra-intuitivo para los cerebros humanos. Hay que señalar que esta alternativa a la idea de Chomsky, tan sólo representa una variante sutil de la misma, ya que sigue suponiendo que el cerebro dispone de circuitos innatos que permiten a los humanos aprender con facilidad el lenguaje; cosa que les resulta extremadamente difícil, si no imposible a nuestros parientes los chimpancés.

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Primeras palabras

A pesar de la gran incertidumbre que inevitablemente existe sobre este tema, la mayoría de los expertos considera probable que la evolución del lenguaje arrancase justamente con la aparición de los primeros Homo y coincidiendo con la mencionada expansión en el tamaño del cerebro. Es un hecho cierto que las palabras no dejan fósiles, ni tampoco el cerebro que las pronunció. Lo único que tenemos son fósiles de algunos cráneos, los cuales contuvieron en su día un cerebro que (acaso) fue capaz de utilizar el lenguaje. La evidencia es muy indirecta y deja un inmenso espacio para la interpretación (y el conflicto). Sin embargo, a partir de algunos de estos cráneos los científicos han sido capaces de identificar las huellas correspondientes a las áreas de Broca y Wernicke, esos pequeños ‘bultos’ del cerebro que parecen jugar un papel preponderante para la ejecución del habla. Según Phillip Tobias y Dean Falk, dos de los especialistas más prestigiosos en este campo, un fósil de Homo habilis denominado KNM-ER 1470, presenta signos claros del desarrollo de estas dos áreas del cerebro; y sin embargo, estos signos no aparecen en los cráneos de los australopitecinos.

Es posible que Homo habilis hubiera desarrollado un lenguaje, aunque seguramente era más simple que el de los humanos modernos. Sin embargo, esto no implica necesariamente que habilis hablara con palabras. Puede que se comunicase con gestos. La teoría de que el lenguaje fue inicialmente gestual, o una mezcla de gestos y palabras, para derivar posteriormente en el lenguaje predominantemente oral que nos caracteriza tiene unos cuantos adeptos. En particular, el lingüista Michael Corballis ha hecho una minuciosa exposición de esta teoría en su libro “From Hand to Mouth”.

Los partidarios del origen ‘gestual’ del lenguaje utilizan varios argumentos para justificar su teoría. En primer lugar, los chimpancés no tienen ‘vocalizaciones referenciales’ como las de los macacos verdes, y en cambio utilizan un amplio repertorio de gestos. Otro argumento se basa en las ‘afasias’ provocadas por lesiones en el área de Broca. Curiosamente, los pacientes sordomudos que sufren lesiones en este punto tienen problemas para ‘hablar’ en lenguaje de gestos, lo que indica que esta área está implicada en el procesamiento del lenguaje, independientemente de que éste se realice mediante gestos o palabras. Estos autores señalan que, aunque minoritarios, existen algunos lenguajes ‘naturales’ basados en gestos, como los que empleaban los nativos de Norteamérica; y que son tan ricos y complejos como los que emplean palabras habladas.

Más aun, la teoría del origen gestual del lenguaje resuelve el llamado ‘problema de referencia’, el cual resulta difícil de explicar si las palabras hubieran sido utilizadas en primer lugar. Este ‘problema’ consiste en que las palabras contienen signos arbitrarios, que no se parecen en nada a los objetos a los que hacen referencia. Con pocas excepciones, resulta imposible encontrar un ‘sonido’ que corresponda con un objeto dado y que tal conexión pueda ser entendida, si no existe un acuerdo ‘previo’ sobre la relación entre ambas cosas. Excepto con las onomatopeyas, resulta casi imposible emitir un sonido que ‘represente’ claramente a un objeto. Si los gestos hubieran sido empleados originalmente como signos, este problema de referencia es menor, debido a dos razones. En primer lugar, podemos aludir a los objetos corrientes mediante el procedimiento de señalarlos. Esto proporciona una forma inmediatamente inteligible de ‘nombrar’ objetos (admitiendo que sólo es utilizable para aquellos que se encuentren a la vista). Por otra parte, los verbos son mucho más fáciles de representar mediante gestos, ya que casi siempre es posible realizar un ‘pantomima’ que represente la acción, de forma que sea entendible sin necesidad de que haya un acuerdo previo sobre el significado. Utilizando la terminología de Pierce, diríamos que los gestos permiten hacer representaciones ‘icónicas’ de muchos verbos. Considerando ambos hechos, parece plausible que el gesto constituyera un medio más adecuado para el lenguaje original. Por otra parte, no hay ninguna razón para excluir la posibilidad de que este lenguaje inicial estuviera formado por una mezcla de gestos y vocalizaciones. En alguna etapa posterior los gestos perderían fuerza en favor de las palabras, aunque en la actualidad el habla normal siga empleando ambas. Podríamos decir, en broma, que el lenguaje tuvo que evolucionar de ‘la mano a la boca’ para que los humanos pudiéramos hablar por el móvil.

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Los Primeros humanos (y 2)

Curiosamente, los dos factores fundamentales de hominización, la posición erguida y el tamaño del cerebro, debieron entrar en conflicto en un momento dado, generando a su vez otros cambios importantes. Recordemos que el bipedalismo requiere una cierta re-organización del cuerpo para funcionar. Notablemente, el paso a la posición erguida requiere cambios en la forma de la pelvis, lo que se traduce en una menor anchura del canal pélvico; una pelvis más estrecha significa un parto más difícil. Esto no debía ser un problema grave entre los australopitecinos, ya que el tamaño del cerebro de las crías era también pequeño. Pero cuando el cerebro empezó a aumentar, debido a la mayor demanda de ‘poder mental’, el problema debió agudizarse. En sentido figurado, podríamos decir que la selección natural se encontró con un problema. Por un lado, resultaba favorable tener un cerebro grande y por otro, resultaba imposible parir a las crías con semejante cabezón. También en sentido figurado, podríamos decir que la selección natural lo ‘resolvió’ de la siguiente forma. Las crías de los primeros humanos nacían con una cabeza tan grande como era posible, dentro de los límites marcados por la abertura de la pelvis. Y el resto del desarrollo del cerebro tenía lugar después del parto. Esto explica dos características peculiares de los humanos actuales: que el parto sea difícil (comparado con otros mamíferos) y que los bebés humanos sean mucho más desvalidos que los de especies relacionadas. Para que un bebé humano fuera equivalente en sus ‘capacidades’ al nacer a uno de chimpancé, tendría que pasar 17 meses en el útero, y habría que practicarle obligatoriamente la cesárea (una opción que no estaba disponible entonces). En definitiva, el conflicto entre el problema del parto y la necesidad de un gran cerebro debió aumentar espectacularmente las necesidades de cuidados parentales, con objeto de que estas (inusitadamente) torpes criaturas tuvieran alguna opción de crecer y reproducirse. Y esto trajo consigo otros cambios.

La prolongada lactancia y la dificultad de criar a la prole explica otra de las características más peculiares de la especie humana, ya comentada, y que no se da entre las especies más próximas a la nuestra: la necesidad de que los machos contribuyan a esta crianza, aportando recursos y protección. De aquí debió surgir la constitución de la ‘pareja’ como elemento característico de nuestra especie. Recordemos que los machos de chimpancé no contribuyen en nada al cuidado de su prole, en buena parte porque los machos individuales no pueden estar seguros si una cría dada es suya o no (sigo hablando en sentido figurado; esto no quiere decir literalmente que un chimpancé macho tenga que tener el concepto de paternidad). Al mismo tiempo, la disminución de la poligamia debió contribuir a equilibrar el tamaño corporal de ambos sexos. Por una parte, a los machos ya no les resultaba tan ventajoso monopolizar a muchas hembras porque no podían generar los suficientes recursos alimenticios para contribuir a su alimentación y las de sus hijos. Por otra parte, para las hembras debía ser ventajoso un tamaño corporal grande para facilitar el parto. Existen buenas razones para creer que el mencionado conflicto ‘cabeza-pelvis’ originó una cascada de cambios esenciales en nuestra evolución como especie y contribuyó a perfilar numerosos aspectos de nuestra psicología, tales como la (relativa) tendencia a la monogamia o las preferencias innatas en la elección de pareja.

La aparición de la ‘pareja’ como ‘institución’ debió producirse en paralelo a otro proceso no menos importante: el aumento del tamaño y cohesión del grupo. El carácter ‘desvalido’ de los primeros humanos en la sabana abierta debió hacer de la vida social un elemento particularmente importante en la supervivencia. Es lógico pensar que nuestros antecesores tuvieran que actuar de forma coordinada para defenderse de animales más grandes y fuertes, así como para llevar a cabo estrategias colectivas de caza o recolección. Muchos etólogos y antropólogos evolutivos han argumentado que la vida social impone a los individuos una fuerte demanda de ‘capacidad mental’ para sacar el máximo partido de un ambiente donde hay una fuerte competencia por alimentos y privilegios reproductivos. Según este argumento, los individuos con gran ‘inteligencia social’ serían capaces de formar alianzas ventajosas (o desertar ventajosamente) y de cooperar o engañar a otros individuos según lo requirieran las circunstancias. Esta ‘inteligencia maquiavélica’ habría conferido una ventaja reproductiva a los que la tuvieran y por eso la hemos acabado heredando nosotros, aunque las ventajas reproductivas que en la actualidad nos pueda ofrecer sean dudosas.

La crianza en parejas es algo relativamente normal; casi todas las aves la practican. Lo que es excepcional en los humanos es la doble necesidad de formar parejas estables dentro de grupos sociales más amplios. Esta situación debía ser particularmente conflictiva para nuestros antecesores; de hecho, sigue siéndolo para nosotros en la actualidad ¿Cómo se resolvió este nuevo conflicto entre el grupo y la pareja? Seguimos sin saberlo, aunque se ha aventurado alguna hipótesis, pero para poder entrar en ello tenemos que regresar a la cuestión del lenguaje.

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