Archivo mensual: abril 2008

Los primeros humanos


Hace 2.5 millones de años, el clima de la región africana donde habitaban los australopitecinos comenzó a cambiar haciéndose más árido. La sabana arbolada, a la que con tanto éxito se habían adaptado, se fue reduciendo, dando lugar a una sabana abierta, con arbustos pero sin árboles. Indudablemente, este cambio debió afectarles muy gravemente, ya que en este nuevo ambiente debieron encontrarse totalmente a merced de los depredadores. Ya no había un árbol cerca donde subirse en caso de peligro, y no podían correr tan rápido como un león o un grupo de hienas, ni tampoco hacerlos frente ¿Cómo pudieron sobrevivir? Es posible que fueran capaces de utilizar palos y piedras como armas, aunque no tenemos pruebas directas de que esto ocurriera. En ocasiones, se ha visto que los chimpancés pueden hacer estas cosas. En cualquier caso, las nuevas condiciones debieron imponer una fuerte ‘presión selectiva’ que permitiera la adaptación a este mundo nuevo y extraño.

Sin embargo, no todas las zonas de sabana arbolada desaparecieron, y en las que quedaron siguieron habitando los australopitecinos durante mucho tiempo. Tampoco puede dudarse que muchas poblaciones no lograron adaptarse a las nuevas condiciones y se extinguieron. Sin embargo, algunas se adaptaron y los cambios que dio lugar esta adaptación trazaron la senda hacia la aparición del hombre. A estas primeras especies pertenecientes al género Homo, las denominaremos colectivamente Homo habilis, aunque el nombre es con seguridad incorrecto, ya que se trata de varias especies y su filogenia todavía no está claramente establecida.

Los cambios que se observan en el registro fósil correspondiente a esa época son rápidos y fundamentales. En primer lugar, se observa el mayor incremento en el tamaño del cerebro. En segundo lugar, el dimorfismo sexual disminuyó desde el 50% típico de los autralopitecinos hasta cerca del 15% que existe en la actualidad. En tercer lugar, se produjo un cambio notable en la dentición, apreciándose una disminución del tamaño de los molares. Además, se observa un acortamiento de los brazos y un alargamiento de las piernas ¿Qué significan todos estos cambios? A ciencia cierta, no lo sabemos, pero los expertos han construido un escenario ‘razonable’, aunque especulativo. Veamos.

La desaparición del bosque debió suponer un cambio mucho más radical que el paso de la selva tropical a la sabana arbolada. Cabe pensar que la adaptación se produjo fundamentalmente en dos direcciones: hacia un completo bipedalismo y hacia un aumento del tamaño del cerebro. En ausencia de árboles, las ventajas del bipedalismo son evidentes. Esta forma de desplazamiento permite cubrir distancias mucho más largas en campo abierto. Además, la posición erguida permite ‘ver más lejos’ en un terreno despejado y estar sometido a una menor insolación. Finalmente, libera las manos para otros usos –significativamente, para utilizar palos y piedras como armas. No obstante, el cambio esencial hacia la posición erguida ya se había producido en los australopitecinos.

El cambio más importante radica probablemente en el aumento del tamaño del cerebro. Las ventajas potenciales que se derivarían de una mayor capacidad mental son, en principio, numerosas. Por ejemplo, podría haber permitido a los primeros humanos recorrer un terreno más amplio, ya que se necesita memoria y sentido de la orientación para encontrar la comida y poder ‘regresar’. Sin duda, una mayor capacidad mental es necesaria para el uso y fabricación de herramientas. Las primeras herramientas de piedra que han llegado hasta nosotros fueran fabricadas por Homo habilis. Hay una gran diferencia entre emplear un palo como bastón, como a veces hacen los chimpancés, y fabricar expresamente un instrumento cortante golpeando dos piedras. La segunda acción exige planificación, capacidad de abstracción y enorme destreza manual.

Por otra parte, un cerebro grande también tiene inconvenientes. En primer lugar, gasta mucha energía. Aunque sólo representa el 2% del peso del cuerpo, el cerebro gasta el 20% de la energía en reposo. En definitiva, un buen cerebro es útil pero sale caro. Es razonable que la selección natural no favoreciera el aumento del cerebro entre los chimpancés o los australopitecinos, debido a los costes que ello apareja. Sin embargo, es posible que en las nuevas y duras condiciones a las que se enfrentaban los primeros hombres, las ventajas derivadas de tener un cerebro mayor sí fueran los bastante grandes como para compensar los inconvenientes.

Dos factores han sido propuestos como los cambios claves en este proceso de transición: el uso del fuego y el paso de una dieta vegetariana a otra omnívora, donde la caza jugara un papel importante. En ambos casos, las hipótesis son muy controvertidas, sobre todo porque no están claras las fechas en que estas actividades se originaron y muchos investigadores piensa que no se produjeron sino muy posteriormente. Es plausible que el manejo del fuego fuera un elemento esencial en la ‘conquista’ de la sabana abierta, ya que habría permitido mantener a raya a muchos depredadores nocturnos, sustituyendo así al refugio que proporcionaban los árboles. El inicio de la caza en este periodo ha sido otra fuente de discusión entre los expertos. Algunos científicos se inclinan a pensar que Homo habilis era capaz de abatir presas de buen tamaño y que, justamente, las nuevas demandas derivadas de esta actividad habrían sido el motor de subsiguientes cambios evolutivos. Los partidarios de la ‘hipótesis del cazador’ argumentan que hace falta un cerebro muy grande para seguir los rastros de otros animales y para coordinar la caza dentro de un grupo de individuos. Por otra parte, la disminución de los molares podría reflejar este cambio en la dieta. En cambio, otros investigadores argumentan que eran, a los sumo, cazadores oportunistas y carroñeros, y que los cambios en la dentición pueden explicarse en función del manejo del fuego, que habría permitido ablandar alimentos recolectados de origen vegetal.

Aunque no podemos estar seguros de la fecha exacta en que se produjeron todos estos cambios, es razonable pensar que este proceso ya se había completado con la aparición de Homo erectus, hace unos1.9 millones de años. Esta especie resultó ser extraordinariamente exitosa y fue capaz de salir del continente africano y extenderse por Asia y Europa, por lo que podemos considerar a erectus como el ‘primer turista’. Existen pocas dudas de que esta especie llegara a dominar el fuego y a ella se asocia la primera gran industria de herramientas de piedra, denominada achelense.

10 comentarios

Archivado bajo Evolución, Genes, Psicología

De ‘Cheetah’ a ‘Lucy’ (y 3)

Es posible simplificar evolución de los primates hasta el hombre en cinco etapas. La primera, acaecida entre 4 y 8 millones de años, podría denominarse la ‘etapa de la selva tropical’ y su protagonista fue un animal seguramente parecido al actual chimpancé. En la segunda etapa, hace unos 4 millones de años, este animal se adaptó a un habitat de ‘sabana arbolada’, algo más seco, y dio lugar a los diferentes australopitecinos. En la tercera etapa (2,4 millones de años A.D.) una de estas especies debió adaptarse a un habitat aun más árido, la ‘sabana sin árboles’, dando lugar a las primeras especies del género Homo, posiblemente las primeras criaturas que fabricaron herramientas de piedra. En la cuarta (hace 1.8 millones de años), surgió una nueva especie, Homo erectus, que salió por primera vez del continente africano y se extendió por Asia y Europa. La quinta etapa (hace 200.000-100.000 años) corresponde a la aparición de individuos anatómicamente indistinguibles a nosotros mismos. Veamos este proceso con cierto detalle.

Los humanos pertenecemos a la familia de los homínidos, junto con el chimpancé, gorila y orangután, cuyas características y vida social ya hemos visitado. La fecha de separación con el chimpancé se estima en 5-8 millones de años. La separación con el gorila debió producirse hace 7-9 millones de años y con el orangután, alrededor de 12. Sabemos muy poco (por no decir nada) sobre el antecesor que tenemos en común con el chimpancé. El principal problema es que no se ha encontrado ningún fósil correspondiente a este periodo, así que lo que podamos pensar de esta criatura ancestral es esencialmente especulativo. La ausencia de fósiles sugiere que dicho animal debió habitar selvas tropicales, un medio muy poco favorable para la conservación de huesos. De hecho, no se ha encontrado ningún fósil de los antecesores del chimpancé. Por tanto, es razonable suponer que este animal, a diferencia de nosotros, ha permanecido siempre asociado a bosques tropicales, por lo que sigue siendo razonable suponer que ha cambiado poco en todo este tiempo. De manera que la hipótesis más creíble de la que disponemos sobre nuestro antecesor común es que era un animal bastante parecido al chimpancé actual.

Siguiendo esta línea de razonamiento, este animal debió vivir en África, pues no cabe duda que este continente sea la cuna de Humanidad. Probablemente era vegetariano, y no debía usar herramientas de manera extensiva, dado que los chimpancés las utilizan de forma muy limitada. Seguramente, nuestro antecesor era un animal social y posiblemente y se distinguía de los humanos modernos por la ausencia de cuidados ‘paternos’ hacia la prole.

El primer paso hacia la hominización dio lugar a un grupo de criaturas a las que podemos aplicar la denominación general de australopitecinos, ya que el género más característico es Australopithecus. Aunque se han descrito varios géneros y un buen número de especies, podemos omitir los detalles y referirnos a ellos en conjunto. Los australopitecinos aparecieron hace aproximadamente 4 millones de años y se extendieron por el Sur y el Este de África. A juzgar por los fósiles, su aspecto debió ser bastante similar al de los actuales simios, excepto en un detalle importante: caminaban relativamente erguidos. En cambio, su capacidad craneal no era mucho mayor que la del actual chimpancé y no se han conservado restos de herramientas de piedra.

El hecho de que animales básicamente simiescos, caminasen erguidos resultó una sorpresa para muchos paleontólogos. La hipótesis prevalente, antes de que se encontrasen estos fósiles, era que la posición erecta había sido el cambio determinante en la formación de la Humanidad. Sin embargo, transcurrieron unos dos millones de años antes de la aparición de las primeras especies del género Homo. Durante todo este tiempo, los australopitecinos continuaron caminando erguidos y comportándose –probablemente- como simios. Los australopitecinos se escindieron en dos ramas evolutivas; una de mayor tamaño y grandes mandíbulas, denominada ‘robusta’ y otra similar pero de menor tamaño, denominada ‘grácil’. A partir de esta última evolucionaron los primeros humanos.

La idea más aceptada en la actualidad para explicar este cambio se basa en que una población de simios consiguió adaptarse a un habitat de sabana arbolada. Visto en retrospectiva, este cambio no era tan difícil. La anatomía de los brazos y piernas sugiere que estas especies seguían dependiendo en buena medida de los árboles para refugiarse de los depredadores, pero parte de su actividad debió transcurrir en el suelo. El chimpancé actual utiliza un modo de desplazamiento que se denomina ‘cuadrúmano’, durante el cual emplea los nudillos para apoyarse en el suelo; esta forma de andar le permite ir bastante deprisa durante un tiempo corto, pero no es muy eficaz para cubrir largas distancias. Está claro que al convertirse al bipedalismo, los australopitecinos obtuvieron una mayor movilidad en campo abierto.

El segundo cambio importante que tuvo que sufrir este grupo atañe a la dentadura. La sabana arbolada les obligó con seguridad a adaptarse a una dieta más fibrosa y posiblemente más variada, que debía incluir raíces y tubérculos. La dentadura de los fósiles indica que eran mayoritariamente vegetarianos y sus molares eran considerablemente más grandes que los de los chimpancés, presumiblemente adaptados a una dieta más dura y difícil de masticar.

En 1974 fue encontrado en Etiopía el esqueleto de una hembra, sorprendentemente bien conservado, a la que se le puso el apodo de ‘Lucy’ porque cuando se descubrieron los restos estaba sonando en el campamento la canción de los Beatles ‘Lucy in the Sky with diamonds’. Este fósil pertenece a una especie de Australophitecus de la rama ‘grácil’ y se ha datado entre 3.5 y 2.8 millones de años. Con seguridad, Lucy es una de nuestras antecesoras. Además se descubrieron en la misma zona los esqueletos de un grupo de individuos de la misma especie, lo que nos ha proporcionado información sobre toda una ‘familia’. Los esqueletos muestran una considerable diferencia de tamaño entre machos y hembras. Este dimorfismo sexual indica que estos animales eran polígamos y que los machos competían por el acceso a las hembras, tal como ocurre en los actuales gorilas.

En resumen, los australopitecinos caminaban erguidos, aunque seguían estando asociados a los árboles; eran vegetarianos, polígamos y probablemente no muy distintos, en su capacidad mental a los simios actuales. Por lo que parece, estos ‘simios de la sabana’ tuvieron un considerable éxito evolutivo, ya que se diversificaron en muchas especies y estuvieron pululando por el planeta unos tres millones de años.

2 comentarios

Archivado bajo Animales, Evolución, Genes, Psicología

De “Cheetah” a “Lucy” (2)

El propósito de esta serie de posts es hacer un rápido resumen de lo que sabemos en la actualidad sobre el origen del hombre, haciendo énfasis en los factores que posiblemente dieron lugar a la hominización y soslayando un poco la montaña de nombres científicos y detalles paleontológicos. No obstante, antes de empezar se impone discutir una cuestión que, aunque resulte evidente, se olvida con frecuencia:

la evolución humana no empieza en el momento en que nuestro linaje se separa del linaje del chimpancé, sino mucho antes. Nuestro parentesco con los simios se basa en que compartimos un antecesor común en una fecha relativamente reciente, pero todos los mamíferos descendemos de algún animal que vivió hace unos 260 millones de años, y asimismo el antecesor común de todos los vertebrados debió aparecer hace unos 460. Nuestros auténticos ‘primeros padres’ fueron organismos unicelulares que aparecieron hace unos 3.500 millones de años. Esto no es una cuestión puramente retórica, ya que los humanos actuales retenemos características que surgieron en etapas muy tempranas. Por ejemplo, para muchos de los genes que codifican las enzimas básicas del metabolismo es posible encontrar genes equivalentes en las bacterias.

Si nos fijamos en la evolución del cerebro, llegamos exactamente a la misma idea. El cerebro humano no surgió de la nada, sino de la modificación de un cerebro de primate, el cual surgió a partir del cerebro básico de los mamíferos, etc…El neurólogo Paul MacLean ha formulado la hipótesis, controvertida y provocativa, del ‘cerebro triuno’. En esencia, lo que dice este investigador es que el cerebro humano no es uno, sino tres, cada uno de los cuales corresponde a una etapa distinta de la evolución y que, en la actualidad, los tres cerebros operan como si fueran ordenadores interconectados, aunque cada uno conserva su forma particular de inteligencia, memoria y ‘subjetividad’.

El primer cerebro, según MacLean, es el ‘reptiliano’, formado por cerebelo y el bulbo raquídeo. Este cerebro controla muchas de las funciones básicas ‘autónomas’, como el latido del corazón y algunos aspectos básicos de la conducta, como la agresión o el instinto de supervivencia. En los reptiles, este es el cerebro predominante y sólo permite unos patrones de conducta rígidos, siendo el aprendizaje algo relativamente poco importante. El segundo cerebro es el ‘mamífero’ formado por el ‘sistema límbico’. Este nombre, algo pasado de moda entre los neurobiólogos, se refiere a un conjunto de estructuras cerebrales implicadas difusamente en el control de las emociones. Según la hipótesis de MacLean, este cerebro es el que domina muchas de nuestras motivaciones básicas y tendencias instintivas, relacionadas con la alimentación y la conducta sexual. Este cerebro permite etiquetar cualquier información con un sentimiento positivo y negativo, lo cual es esencial para el proceso de toma de decisiones. Naturalmente, el cerebro mamífero se encuentra totalmente interconectado con el tercer cerebro, el cual es específicamente humano (aunque su desarrollo comienza en los primates). El tercer cerebro incluye las cortezas cerebrales y algunas áreas subcorticales, y sería el asiento de la razón y el pensamiento abstracto. La mayoría de los expertos coincide en que muchas de las estructuras presentes en el cerebro humano aparecieron en etapas muy anteriores de la evolución, sin embargo, no está tan claro que pueda hacerse una nítida distinción en los tres ‘cerebros’ que propone MacLean, aunando aspectos fisiológicos, evolutivos y de conducta. En definitiva, esta hipótesis hace una simplificación excesiva, en opinión de muchos neurobiólogos, aunque probablemente útil.

Los primates forman un orden, dentro de los mamíferos, que nos incluye a nosotros, junto con los monos y lemures. Si nos vamos un poco más lejos, nuestros parientes más cercanos son las tupayas, también llamadas ‘musarañas arborícolas’, unas humildes criaturas que habitan en bosques de Sudamérica. Parientes más lejanos, son los llamados ‘lemures planeadores’ de Asia, los cuales poseen un pliegue en la piel que une las extremidades superiores e inferiores, y esto les permite ‘planear’ algunos metros cuando se lanzan desde los árboles. El siguiente orden en cercanía es el de los quirópteros: los murciélagos y vampiros. En general, los primates somos criaturas ágiles y diestras. La mayoría vive en habitats forestales y esto conlleva una posición más o menos erguida y una cierta destreza manual, que permita agarrar firmemente las ramas. Relacionado con esto, ningún primate tiene garras o pezuñas, sino uñas planas y ‘manos’ que permiten la manipulación de objetos. Otra característica de este grupo es la visión binocular y tricomática, esto es, la capacidad de ver en tres dimensiones en una gran parte del campo visual y de distinguir los colores. Se supone que estas características se desarrollaron por las ventajas que ofrecían a la hora de encontrar y recolectar frutos maduros, que seguramente constituían uno de los alimentos fundamentales en este grupo de animales.


Deja un comentario

Archivado bajo Animales, Evolución, Genes, Psicología

De ‘Cheetah’ a ‘Lucy’ (1)

En una bonita tarde de primavera de 1998, me encontraba visitando con mi familia el Zoo de Madrid. Lo de llevar a los niños al Zoo, es una especie de obligación que tienen todos los padres en estos tiempos. A nosotros, estas visitas nos suscitaban sentimientos ambivalentes. Por un lado, no cabe duda que algunos animales se adaptan mal a la cautividad y muestran una conducta extraña y probablemente patológica. Recuerdo un zorro que corría sin parar, trazando un círculo alrededor de su pequeña jaula. No creo que sea caer en el antropomorfismo el pensar que este animal está sometido a un continuo estrés. En cambio, otras especies parecen adaptarse bien a estas condiciones y se comportan con bastante naturalidad. No puedo negar que mis favoritos absolutos son los primates y la razón, evidente, es su conspicuo parecido con los humanos. Aquella tarde nos detuvimos un buen rato en el foso de los macacos. Se trata de un amplio recinto excavado, rodeado por una ría, en el que un grupo numeroso de macacos puede moverse y trepar con bastante libertad. En un momento dado, todos los monos empezaron a aullar, presos de gran excitación. El culpable de este alboroto era un pavo real, de los que pululan libremente por todo el Zoo, el cual se había caído accidentalmente en el foso de los macacos. Éstos reaccionaron con prontitud ante la ‘amenzaza’, de una forma que me pareció inquietantemente humana. Las hembras se llevaron a las crías a la zona más alejada de donde se encontraba el pavo real, mientras que varios machos lo rodeaban y acosaban. Los macacos se comportaban como hampones, aunque mantenían una prudente distancia con el ave. Para entonces, estaba claro que el pobre pavo no tenía ninguna gana de pelear y que si no salía de allí era porque tenía un ala inutilizada. Mientras tanto, los espectadores humanos permanecíamos como hipnotizados ante un espectáculo que podía acabar siendo sangriento. Creo recordar que alguien avisó a los encargados por su teléfono móvil; pero los minutos pasaban sin que nadie apareciera y la situación del pavo real se iba haciendo cada vez más desesperada. El círculo se iba cerrando y los ataques de los macacos, generalmente por la espalda, eran cada vez más frecuentes. Al final, el incidente se saldó sin que hubiera que lamentar daños materiales ni personales. En un desesperado esfuerzo, el pavo real consiguió emprender un torpe vuelo, aterrizando a salvo a pocos metros de donde nos encontrábamos. Acabé la visita francamente impresionado por la coordinación y la cohesión que mostraron los macacos ante lo que, presumiblemente, percibían como una amenaza.

La similitud de aspecto y de comportamiento que existe entre los grandes simios, como el chimpancé, y los humanos es tan notoria que a ningún observador se le puede pasar por alto. De hecho, el propio Linneo colocó al chimpancé dentro del género Homo. Sin embargo, ni al gran naturalista ni a sus predecesores (hasta Darwin) se le ocurrió que la explicación más sencilla de este hecho es que ‘el hombre desciende del mono’, o dicho más correctamente, humanos y chimpancés descendemos de un antecesor común relativamente próximo. Darwin tenía claro que el origen simiesco del hombre era algo que podía deducirse directamente de su teoría de la evolución, y también que este era uno de los aspectos más conflictivos de la misma. Una cosa es aceptar que dos animales, digamos caballo y burro, desciendan de un antecesor común y otra muy distinta es aplicarnos esta misma lógica. De hecho, Darwin soslayó el tema en “On the Origin of the species”, aunque posteriormente lo abordó de manera explícita en “The descendent of Man…”. Naturalmente, la idea fue inicialmente ridiculizada y a la postre, admitida, aunque a regañadientes. Según una anécdota contada muchas veces, poco después de la publicación de este libro, una dama victoriana le comentaba a una amiga: “querida, esperemos que el señor Darwin esté equivocado, pero si no lo está, esperemos que no se entere todo el mundo”.

Sin embargo, hoy podemos estar seguros de que los chimpancés y los humanos tuvimos un antecesor común en un pasado reciente (en términos paleontológicos). La fecha exacta es incierta, pero el consenso entre los expertos se inclina en la actualidad por unos seis millones de años ¿Cómo podemos estar tan seguros? Las pruebas que tenemos son indirectas, ya que no podemos viajar al pasado y grabar un video para ver lo que pasó. No obstante, las pruebas son abrumadoras y no hay nadie en la actualidad que desafíe seriamente esta idea, con excepción de algunos grupos religiosos fundamentalistas. Esta certeza se basa en tres tipos de argumentos.

Primero. La anatomía comparada muestra muy claramente que los humanos somos muy similares a los chimpancés, variando sólo en pequeños detalles, como las proporciones de brazos y piernas, la ausencia de pelo, la posición erguida y el tamaño del cerebro. Si un científico extraterrestre se encargara de ‘clasificarnos’ nos colocaría cerca del chimpancé, tal como hizo Linneo; quizás no dentro del mismo género, pero bastante cerca.

Segundo. El registro fósil nos muestra que han existido formas intermedias entre el hombre y los demás simios, lo que confirma que las características humanas fueron adquiridas gradualmente, a lo largo de varios millones de años. Esta es una prueba muy importante a favor de Darwin, porque cuando formuló su hipótesis estos fósiles no habían sido descubiertos. Podría decirse que la aparición de tales fósiles era una predicción de la teoría evolutiva, la cual se ha cumplido plenamente aunque el registro fósil no sea tan rico y constante como nos gustaría.

Tercero. La Biología Molecular nos permite comparar muchos de nuestros genes con los de las demás especies, por lo que es posible medir el grado de parentesco evolutivo. El resultado coincide en general bastante bien con las expectativas de la zoología y la paleontología (aunque a veces hay ciertas discrepancias). Nuestros genes son muy parecidos a los del chimpancé y bastante (aunque en menor grado) a los de gorilas, orangutanes, etc… Hay que señalar que este tipo de evidencia es totalmente independiente de la que nos suministran los fósiles.

3 comentarios

Archivado bajo Animales, Evolución, Genes, Psicología

Perros

Hace aproximadamente 15.000 años, los hielos que cubrían gran parte de Europa y Asia empezaron a retroceder debido a un calentamiento global. Naturalmente, esto supuso un gran cambio para todos los seres vivos. Para los humanos no fue un mal cambio. La retirada de los hielos permitió una expansión hacia el Norte de las poblaciones que habitaban justo en los bordes del cinturón de hielo, tales como las del sur de Francia y la Cornisa Cantábrica. Al mismo tiempo, el alargamiento de la estación favorable pudo contribuir a que se formaran asentamientos humanos más o menos permanentes en Europa y Asia. Cabe pensar que este cambio también traería nuevos retos a nuestros antecesores. Por ejemplo, las grandes migraciones de mamíferos, como el caribú, probablemente sufrirían grandes alteraciones, privando a los humanos de un recurso importante y seguro. Por lo que sabemos, fue en aquella época y en algún lugar del Asia Central donde se produjo la domesticación del perro. No podemos estar completamente seguros, pero nuestra mejor hipótesis para explicar lo sucedido se basa en que una población de lobos se domesticó a sí misma, al tratar de aprovechar el alimento de los vertederos humanos.

Los asentamientos humanos semi-permanentes constituían también un vertedero semi-permanente, lo cual debería ser una tentación para animales hambrientos. El lobo es un cazador social, capaz de adaptarse a numerosos hábitats. Es fácil imaginar que estos animales estuvieran siempre merodeando cerca de los poblados a la espera de ‘pillar’ algo de comida. También es fácil imaginar que los humanos los mantuvieran a raya. Los lobos son animales muy agresivos y la convivencia con humanos resulta francamente difícil. En la actualidad, los lobos que viven en cautividad son manejados por cuidadores especializados; los lobeznos tienen que acostumbrarse a la presencia humana antes de que el cachorro abra los ojos, o de otro modo jamás tolerarán su presencia; y a pesar de ello, los cuidadores de lobos siempre tienen alguna cicatriz. En definitiva, no resulta plausible la idea de que algún cachorro de lobo pudiera ser ‘adoptado’ por una tribu humana. A las pocas semanas, la ‘bolita’ de pelo se transformaría en una bestia peligrosa. Las cosas tuvieron que ocurrir de otro modo.

La hipótesis más probable[1] es que una población de lobos comenzara a especializarse en obtener alimento preferentemente de los vertederos humanos, dejando la caza en segundo plano. El proceso es en realidad bastante lógico. Sabemos que la mayoría de los lobos son agresivos y huidizos, pero es razonable pensar que este rasgo presente cierta variabilidad; es decir, algunos lobos serán más confiados y menos propensos a huir. Éstos tendrían alguna ventaja a la hora de aprovechar la comida en los vertederos. Un lobo confiado tarda más en salir huyendo, y cuando lo hace corre menos tiempo, lo cual le hace mucho más eficaz a la hora de aprovechar ese tipo de alimento. En definitiva, la personalidad ‘huidiza’ es buena para el lobo ‘cazador’, ya que disminuye la posibilidad de ser cazado, pero es mala para el lobo `basurero’, ya que disminuye la posibilidad de aprovechar una buena fuente de comida. En esas condiciones, algunos lobos fueron haciéndose más y más mansos, por un proceso de selección natural (o casi natural); y así ocuparon un ‘nicho ecológico’ nuevo asociado al hombre. Una vez iniciado, el proceso no tenía marcha atrás. El lobo basurero sólo podía extinguirse o domesticarse.

En esta primera fase de domesticación, podemos suponer que el tipo de asociación entre lobo y hombre era lo que los biólogos denominan comensalismo. El lobo se beneficiaba y al humano no debía afectarle ni para bien ni para mal. Aunque se trata de una hipótesis, tenemos bastante evidencia indirecta que la apoya. En primer lugar, los estudios de ADN sugieren que la domesticación tuvo lugar justo al final de la glaciación, hace unos 15.000 años, y que ocurrió probablemente en Asia Central. Estos estudios también sugieren que la domesticación ocurrió una sola vez, ya que todos los perros modernos parecen descender de una pequeña población de lobos. Otro dato: los perros del continente americano descienden del mismo tronco que los europeos y no de poblaciones de lobos americanos. Esto significa que cuando se produjo la colonización de América por poblaciones humanas procedentes de Asia, éstas llevaron consigo a ‘sus’ perros.

Otra línea de evidencia que apoya esta hipótesis se basa en los fascinantes experimentos del científico ruso Dimitri Belyaev[2]. Durante casi 100 años, los zorros han sido criados en Rusia en condiciones de semi-libertad con objeto de aprovechar su piel. Es bien sabido que el zorro es un animal huidizo y que se adapta mal a la cautividad, donde presenta frecuentemente conductas agresivas o ‘psicóticas’. Por ello, Belyaev inició un experimento de ‘Mejora Genética’encaminado a seleccionar zorros más dóciles y manejables. Esto no resultó difícil, ya que algunos animales manifestaban inicialmente estas características. Tras 18 generaciones, Belyaev logró en efecto, una estirpe de zorros marcadamente mansos; los cuales no huían del hombre, sino que recibían a sus cuidadores ¡moviendo la cola! No obstante, los zorros mansos exhibían una serie de características adicionales. Por ejemplo, tenían frecuentemente ‘manchas’ y ‘pintas’ blancas, tenían las orejas caídas, emitían sonidos perrunos e incluso, respondían a su nombre. Además, el estro no se ajustaba a las estaciones, por lo que podían reproducirse en cualquier época del año. Parece probable que todas estas características sean una consecuencia indirecta de la selección por el carácter ‘mayor mansedumbre’. Más aun, los zorros ‘mansos’ tenían niveles más altos del neurotransmisor serotonina[3]. Esta molécula puede inhibir algunos tipos de agresión y los niveles de serotonina son más altos en el cerebro de los individuos (humanos) que están tomando el fármaco antidepresivo Prozac. Es cierto que el zorro es una especie diferente al lobo, pero el paralelismo no deja de sorprendernos.

La última prueba indirecta de esta hipótesis la tenemos delante de nuestras narices. Basta con observar nuestro entorno inmediato para percatarnos que muchas especies de animales están acostumbrándose a aprovechar la comida de los vertederos humanos; y cuando esto ocurre las poblaciones de estas especies suben como la espuma. Por ejemplo, las gaviotas se han convertido en habituales en grandes zonas de la Meseta Central en España. En contra de la popular canción de Joaquín Sabina, ser una gaviota en Madrid es un hecho corriente, de hecho hay muchísimas en invierno. Probablemente, lo mismo ocurre con el espectacular aumento de la cigüeña blanca y el milano real.

De la primera asociación perro-hombre, de tipo comensal, se debió pasar a una asociación ‘mutualista’, donde ambas partes se vieran beneficiadas. Es posible que la primera contribución del perro/lobo al bienestar del poblado consistiera en actuar como ‘centinela’ ya que alertaría con sus ladridos/aullidos de la presencia de otros animales. Aunque no sabemos cómo ocurrió, es un hecho que los perros han sido seleccionados en todas las culturas humanas, con objeto de servir específicamente para diversos fines: perro pastor, perro de trineo, perro de caza, etc. El escritor romano Catón nos describe, hacia el año 150 AC, las cualidades ideales que debe tener un perro guardián. Es perfectamente posible que este proceso de selección ocurriera de forma inconsciente por parte de los humanos, ya que hace miles de años, no sabíamos que la ‘conducta’ pudiera heredarse genéticamente.

Hay que destacar pues, que el perro ha sido sometido a un proceso extraordinario de ‘manipulación genética’, y esta selección se ha producido sobre características morfológicas y también [4]de conducta. Ningún otro mamífero ha sido sometido a un ‘experimento’ similar. El estudio de razas seleccionadas para exhibir determinadas conductas podría enseñarnos algunas cosas sobre las complejas interacciones entre genes, ambiente y comportamiento. Por ejemplo, los pointer tienen un rasgo distintivo, denominado “parada”: el animal que detecta una presa se queda inmóvil, en una pose característica, indicando al cazador en qué dirección debe apuntar. Este rasgo se hereda genéticamente; está grabado de alguna forma en el circuito neuronal del animal y no puede ser aprendido. Sólo cuando un animal exhibe la “parada” puede el adiestrador refinarlo mediante entrenamiento. Los criadores y aficionados a los perros están familiarizados con el hecho de que el ‘carácter’de los animales se hereda genéticamente y que existen razas con distintos temperamentos. Todo el mundo sabe que la mayoría de los ‘golden retriever’ son afables y los ‘pitbull’ no.

Este post esta dedicado a mi querido Argo (en la foto).


[1] Coppinger, R. and Smith, C.K. (1983) “The domestication of evolution” Environ.Conser.10:283-292

[2] Belyaev, D.K. (1979) “Destabilizing selection as a factor in domestication” J. Hered. 70:301-308

[3] Popova, N.K., Voitenko, N.N., and Trut, F.N. (1975) “Changes in serotonin and 5-hydroindolacetic acid content in the brain of silver foxes under selection for behavior” Proc. Acad.Sci. USSR 233:1498-1500

[4] Frank, H. and Frank, M.G. (1982) “On the effects of domestication on canine social development and behaviour” Appl. Anim. Ethol. 8: 507-525

9 comentarios

Archivado bajo Animales, Evolución, Genes

Cinco amigos

Como cada mañana, Isaac se dirige a su trabajo por el bonito paseo peatonal jalonado de cedros que conduce a la Universidad. Siguiendo una costumbre muy arraigada, ha desayunado en un Café de estilo ‘jamaicano’, ladrillo visto y mobiliario entre rural y exótico, de los que han proliferado en la ciudad en los últimos años. Es una fresca y agradable mañana; el relativamente suave invierno de Madrid está llegando a su fin, como anuncian los cerezos en flor y las estridentes forsitias. Isaac aprieta el paso y comienza a anticipar mentalmente su jornada de trabajo. Tendrá que terminar el informe del Proyecto que ya debía haber entregado y enviar a publicar de una vez ese manuscrito que le trae a maltraer. En perspectiva se abre una dura, intensa, provechosa, inacabable y, al mismo tiempo satisfactoria semana de trabajo. Al llegar a su despacho se encuentra una nota de Ana, una de sus estudiantes pre-doctorales. “Te han estado llamando; parecía urgente.” Le dice. “No ha dejado ningún recado; volverá a llamar.” Ligeramente perturbado, entra en su despacho y enciende el ordenador. ¿Quién será? Ante la inutilidad de hacer cábalas, opta por revisar sus mensajes de correo electrónico. A los cinco minutos suena el teléfono e Isaac se apresura a contestar.

“Isaac, soy Alejandro.” “¿Alejandro?” “Sí, tío;¿ no te acuerdas de mí?” La voz suena inmensamente familiar y al mismo tiempo, lejana, como si viniera de un tiempo y un lugar remoto. “¡Claro, claro! ¡Alejandro! ¿Cómo estás?” “Yo, bien; ¿sabes lo de Félix y Jose Luis?”

¡Muertos! La noticia le deja anonadado. Hace cinco minutos se aprestaba a afrontar una nueva semana laboral y ahora le persiguen fantasmas del pasado.

Le sorprende no sentir ninguna emoción. Ni pena ni alegría, nada. Esto le hace sentirse incómodo y le lleva a una reflexión aun más incómoda ¿cómo ha podido olvidarse tan rápido de sus amigos? Eran inseparables en el Instituto y mantuvieron una estrecha relación durante los años de Universidad. De pronto, Isaac lo recuerda como si hubiera sucedido ayer. Al acabar las clases del último curso se fueron a cenar a aquel restaurante de la Dehesa de la Villa, para celebrarlo y despedirse hasta después de las vacaciones. Juraron que nunca perderían el contacto, y sin embargo eso es lo que sucedió casi de inmediato. “Han pasado veinte años” piensa Isaac, “y apenas he vuelto a acordarme de ellos”.

Alejandro aparece enseguida en un 4×4 rojo brillante; se baja de un salto y abraza a Isaac. Es evidente que se conserva en buena forma: delgado, rápido, desinhibido. “Tienes buen aspecto”, dice Isaac. “No puedo decir lo mismo” Contesta Alejandro, pero sonríe para paliar el efecto de la grosería que acaba de decir. Por el camino, Alejandro pone a su antiguo amigo al corriente de los trágicos acontecimientos, mientras conduce a una velocidad a todas luces excesiva. Las cosas les iban muy mal a los dos, aunque por razones bien distintas. José Luis se había hecho cargo del restaurante al morir sus padres. Como negocio iba estupendamente, pero esta actividad resultaba peligrosa para él. Siempre había sido un chico gordo, aunque esto no le había impedido llevar una vida más o menos normal. En el restaurante, la comida resultaba una tentación constante e irresistible. Después de todo era su trabajo; tenía que probar el género y asegurar la calidad de la cocina. Y las sobras; ¿cómo iba a tirar un solomillo de 60 euros el kilo? De forma lenta, pero imparable, José Luis fue ganado peso. Sólo serían 4 o 5 kilos al año, pero en 20 años pesaba 190 kilos. No es que fuera gordo. No es que fuera obeso. José Luis era una montaña humana. Naturalmente, esto afectaba a su vida en muchos aspectos. Tenía que dormir en un sofá porque en la cama se ahogaba con su propio peso. Tenía que ducharse sentado en una silla de plástico dentro de la ducha. Tampoco podía estar mucho tiempo de pie, porque sus articulaciones empezaban a protestar. Por supuesto, su vida sexual era inexistente. José Luis empezó a deprimirse. Paradójicamente, su restaurante iba viento en popa. Tal vez su extremada gordura era inapropiada para cualquier otro trabajo, pero resultaba ventajosa para éste. Sus clientes le trataban siempre con gran simpatía, mezclada también con algo de temor por encontrarse ante la presencia de un ‘monstruo’.

Por el contrario, Félix estaba prácticamente en los huesos y su problema no era la comida, sino la bebida. En los viejos tiempos Félix siempre estaba dispuesto a salir de copas y siempre era el último en retirarse. Además, el alcohol no parecía afectar demasiado a su conducta. Isaac no recordaba haberle visto, lo que se dice borracho, aunque no era nada raro que tuviera la lengua pastosa y los ojos enrojecidos. En todo caso, en aquella época no parecía que Félix tuviera un problema grave. De hecho, durante bastantes años se las arregló para compatibilizar una vida profesional exitosa como diseñador gráfico, con la ingestión de cantidades fabulosas de todo tipo de vinos y licores. Seguramente, el hecho de no tener que someterse a un horario de trabajo formal y de tener un círculo de relaciones algo bohemio, le permitió mantener una apariencia de normalidad que hubiera sido imposible en otro caso. Cuando Félix cumplió 38 años, su cuerpo comenzó a decir basta. Primero, le salieron unas horribles manchas rojas en la piel con aspecto de araña. A ello siguió un constante malestar estomacal y diarreas interminables. Más tarde, empezó a sentirse muy cansado a todas horas. Su relación con el alcohol también cambió; ahora cualquier cantidad le dejaba completamente incapacitado. Siempre se había retrasado algo en sus entregas, pero en esta fase le resultaba imposible trabajar y no tardó en perder a todos sus clientes. A estas alturas, Félix era muy consciente de que su hábito había ido demasiado lejos; el problema es que cuando intentaba dejarlo empezaban a sucederle cosas realmente horribles: temblores incontrolables, voces extrañas y una espantosa sensación de angustia.

José Luis le ayudó mucho. Era el único de sus antiguos amigos que no se había desvanecido en el aire. Fue José Luis quien le llevó al hospital prácticamente inconsciente y quien le ingresó en un centro de desintoxicación y quien le dio un trabajo caritativo en el restaurante. Seguramente, ayudando a su amigo José Luis se sentía útil y paliaba así sus propios problemas. Sin embargo, la única solución conocida para el alcoholismo es la abstinencia total, y esto no parecía estar al alcance de Félix. Los dos últimos años habían sido una sucesión de recaídas y vueltas-a-empezar. Así hasta el viernes pasado, cuando Félix y José Luis se salieron de la carretera en un puerto de montaña y se precipitaron a un vacío de 30 metros. “¿Se sabe quién conducía?” pregunta Isaac. “Creo que Félix.” “¿Había bebido?” “Por supuesto.” “¿Accidente o suicidio?” “Qué importa ya.”

El tanatorio está poco concurrido a estas horas y no resulta difícil encontrar la sala donde están los cadáveres. A Isaac, aficionado al humor negro, los tanatorios siempre le han recordado a los aeropuertos: los monitores anuncian la sala de embarque y la hora a la que partirá el último viaje del finado. Encuentran a algunos familiares y a algún empleado del restaurante. Han tenido suerte: están a punto de realizar la incineración. La pequeñez de la comitiva hace la situación aun más patética. Los empleados de la funeraria tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantar el féretro de José Luis. En ese momento, Alejandro cree reconocer a un individuo que se aleja furtivamente. Corre tras él y le sujeta del brazo. “¡Enrique! Ya te querías escapar de nosotros.” El gesto envarado de Enrique indica que eso es exactamente lo que estaba tratando de hacer. Sin embargo, cuando Alejandro e Isaac le saludan con efusión, éste parece genuinamente contento. Tras unas frases convencionales, Alejandro propone ir a comer al restaurante de la Dehesa de la Villa que frecuentaban veinte años atrás, y así recordar viejos tiempos. Enrique parece un poco incómodo pero no se atreve a decir que no. Alejandro insiste: “Tenéis que contarme todo lo que habéis hecho estos años. Vamos. Tenemos mucho de que hablar.”

Para Alejandro, acabar la Universidad fue una verdadera liberación. La monótona sucesión de clases, semestres y exámenes le resultaba insoportable. Con una mochila, billetes de avión abiertos y algo de dinero, se lanzó a recorrer el mundo. En Afganistán estuvo a punto de ser asesinado por un marido celoso; subió al Kilimanjaro en medio de un ataque de malaria y tuvo un inolvidable encuentro con un oso ‘grizzlie’en California. Nunca miró atrás ni echó de menos su ambiente. Cuando se le acabó el dinero y tenía casi agotadas las hojas de su pasaporte, supo que era el momento de volver. Viajar se había convertido en una rutina. De vuelta en España, se puso a trabajar como monitor de deportes de riesgo. Esquí libre, puenting, barranquismo… En su primera expedición al Himalaya estuvo a punto de perder una pierna por congelación. Eso fue un aviso. La perspectiva de quedar impedido para siempre le asustó; tal vez era lo único que podía asustarle. Decide aprovechar su experiencia y montar su propia agencia de viajes especializada en turismo de aventura. Empieza de cero y tiene que hacer de todo, pero eso es precisamente lo que le gusta. El tiempo y el lugar han resultado propicios y su empresa empieza a crecer y crecer. Nuevos retos: la atracción del negocio, el mercado, el beneficio. El dinero está bien, pero no es lo más importante. Lo que le gusta es el riesgo. Es una sensación menos física que hacer rafting por el Bio-Bio, pero igualmente excitante. Naturalmente, en estos veinte años ha tenido más multas de tráfico y más aventuras sexuales de las que puede recordar.

La historia de Isaac es bien distinta. Para él la Universidad fue un fácil paseo, si acaso demasiado fácil. Se merendó los cinco cursos de Ciencias Físicas sin pestañear. Sus frecuentes juergas y salidas nocturnas no le impidieron acabar con un expediente cuajado de matrículas de honor. Al acabar, el cuerpo le pedía más. Consigue una beca Fullbright para hacer la tesis en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachussets. Los tres primeros meses son de relativa zozobra. Tiene que acostumbrarse al inglés y, por primera vez en su vida, se pregunta si esto le vendrá demasiado grande. La respuesta es que ni grande ni pequeño: como un traje a medida. No es un paseo militar, como sus estudios en Madrid, pero tampoco le resulta difícil. Al final se gradúa con honores y en el momento de partir le conocen por su nombre todos los camareros de Harvard Square. ¿Y luego? Podía haber encontrado trabajo en una universidad americana, pero no acaba de acostumbrarse al modo de vida de ese país y opta por volver a la Complutense. En conclusión: no puede quejarse. Las cosas le van bien, o al menos todo lo bien que pueden ir. A veces se arrepiente de no haberse quedado en USA. Su trabajo en España está lastrado por mil factores invisibles: la inercia del sistema, el desinterés de sus estudiantes, el alejamiento de los ‘círculos de poder’ de la ciencia…

Enrique era, con diferencia, el más tímido y retraído del grupo. Ya en el colegio le resultaba muy difícil desenvolverse en las fiestas de cumpleaños y, no digamos, en los campamentos de verano, a los que le obligaban a ir y que él odiaba con todas sus fuerzas. No obstante, a los veinte años, en un ambiente de camaradería y arropado por su grupo de amigos juerguistas, este aspecto de su personalidad pasa casi desapercibido. Sin embargo, el tema chicas lo lleva fatal. El temor a ser rechazado es tan fuerte que le impide afrontar una cita en condiciones. Al acabar la carrera, Enrique decide concentrarse en lo que le parece el objetivo principal de su vida: asegurarse el porvenir haciéndose funcionario. A ello se pone, encerrándose 60 horas semanales para preparar una oposición a inspector de Hacienda. Tres años estudiando no le resultan un castigo muy duro, comparado con el maravilloso premio de tener un trabajo asegurado de por vida. Aprueba con un excelente número y pronto adquiere fama de trabajador metódico y eficaz. Siempre parece estar de mal humor y manifiesta una hostilidad contra el mundo en general y contra los defraudadores en particular. Dado que estas son cualidades deseables en un inspector de Hacienda, empieza a vislumbrar una buena carrera en la Administración. Sin embargo, un pequeño incidente frustra estas expectativas. En un momento dado, decide empapelar a un ‘pez gordo’ cuyas actividades delictivas son más que evidentes. En una semana negra tiene que afrontar presiones de sus superiores, anónimos amenazantes y una campaña de calumnias en marcha. Demasiado para Enrique, el cual opta por un destino eminentemente técnico sin apenas responsabilidad.

Los tres brindan por la memoria de sus amigos muertos y se prometen que volverán a verse pronto (aunque esta vez ya todos saben que no lo harán). Alejandro vuelve a llevar a Isaac a la Universidad; Enrique ha insistido en tomar un taxi. Cuando se despiden, y ya a punto de reintegrarse en su vida cotidiana, un pensamiento asalta la cabeza de Isaac. Los cinco fueron al mismo colegio y compartieron multitud de experiencias y valores; ¿qué fuerza misteriosa les hizo tan diferentes y de una manera tan consistente? Por desgracia, sus extensos conocimientos de Física cuántica y Matemáticas no le permiten, ni remotamente, contestar a esta pregunta.

2 comentarios

Archivado bajo Genes, Inteligencia, Psicología

La piedra de la locura

piedra_locura.jpg

Todo empezó en Amsterdam, aunque algunos dicen que ya habían notado algo raro en París. En la sala de espera del hospital, Mercedes intenta reorganizar los hechos en su cabeza, en la certeza de que tendrá dar explicaciones a la dirección y, peor aun, a los padres. No es que se sienta culpable; repasando los hechos minuciosamente, no encuentra absolutamente ninguna razón por lo que deba culparse. Más bien puede decirse que ha manejado la situación con serenidad y profesionalidad y que el asunto está ahora en manos de los médicos. Y sin embargo, ¿por qué le entra un sudor frío cuando piensa en la entrevista con la directora? Veamos, estaba programado que los chicos tuvieran la tarde libre en Amsterdam. Mercedes se fue a visitar el Museo de Arte con tres alumnos fanáticos de la pintura; los demás formaron grupitos y se esparcieron por la ciudad. De acuerdo, es posible que fumaran hashis, pero eso el legal en esta ciudad y lo venden en los bares. Tienen 16 años y resulta impensable impedirles que salgan a su antojo. También es bastante probable que visitaran el distrito ‘rojo’ y las sex-shop que proliferan a su alrededor; bueno, se trata de uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad. En todo caso, eso no tiene nada que ver con lo de Ana. El primer indicio de que estaba sucediendo algo raro ocurrió en

la Plaza del Ayuntamiento; al parecer Ana salió corriendo al ver a un quietista disfrazado de extraterrestre; al principio, sus compañeros creyeron que era una broma o que se estaba haciendo la interesante, pero tuvieron que perseguirla casi media hora. Estaba verdaderamente aterrada. Creía que los extraterrestres la estaban persiguiendo. Entre todos consiguieron convencerla para que volviera al hotel. Allí las cosas no mejoraron demasiado. Ana seguía muy nerviosa y aseguraba que oía voces dentro de su cabeza; las voces le advertían –de nuevo- de la llegada inminente de naves alienígenas. Su conversación resultaba incoherente y difícil de entender. Con todo, sus compañeros no se decidieron a hablar con Mercedes hasta la mañana siguiente. Para entonces, la situación era verdaderamente alarmante. Ana estaba sentada en la cama de su habitación. No hablaba, ni parecía entender lo que le decían. Estaba tan inmóvil como el quietista que, al parecer, había desencadenado el ataque. Pocas horas después, los médicos creen que Ana padece un brote agudo de esquizofrenia. Es posible que se trate de un episodio ocasional, pero lo más probable es que se convierta en una enfermedad crónica. En tal caso, va a necesitar muchos cuidados en el futuro: medicación, terapia y apoyo. Todas estas cosas pueden ayudar, pero lo más probable es que a Ana le espere una lucha constante con su enfermedad.

5 comentarios

Archivado bajo Genes, Psicología, Salud