Archivo mensual: marzo 2008

¿Son inteligentes los humanos?

Una nave extraterrestre aterriza en nuestra planeta y, con gran sorpresa, descubre que está poblado por una especie que manifiesta indicios de inteligencia (nosotros). Resulta que los extraterrestres vienen de un planeta con una atmósfera muy turbia, donde la visión no resulta útil, por lo que utilizan para orientarse una forma de eco-locación similar a la de los murciélagos terrícolas. Los alienígenas ‘abducen’ a unos cuantos humanos y los envían a su planeta para realizar un estudio cuidadoso. Allí, los científicos extraterrestres se preguntan si estas extrañas criaturas pueden considerarse inteligentes y, no sin cierta lógica, comienzan estudiando la capacidad de eco-locación de los humanos. Los primeros experimentos son prometedores. Al parecer, los humanos pueden emitir sonidos, aunque de una frecuencia demasiado baja para que sean de verdadera utilidad. Además pueden percibir si están situados cerca de un objeto grande, debido al eco que producen sus sonidos. A pesar de estos auspiciosos comienzos, los avances se estacan rápidamente. Todo lo más, pueden hacer un cálculo sumamente incierto de la distancia a la que está situada una pared, pero su capacidad de eco-locación no pasa de ahí. Tras varios meses desesperantes, los científicos concluyen que los humanos son incapaces de eco-locar ‘una vaca en un garaje’. En un momento dado, a alguien se le ocurre que tal vez el problema no radique en la capacidad mental de los humanos, sino de que estos carecen de un aparato ultra-fonador apropiado. Para resolver esto, emplean un mecanismo capaz de convertir los sonidos que emiten en ultrasonidos. Sin embargo, esto no parece mejorar en nada las cosas. De nuevo, a alguien se le ocurre que quizá el problema radique en que son incapaces de ‘oir’ los ecos del ultrasonido. Para ello se aplica otro mecanismo capaz de convertir el eco en sonidos audibles para los humanos. Y sin embargo, la habilidad de éstos sigue sin mejorar. Al cabo de dos años, los científicos extraterrestres concluyen que el cerebro de los humanos es simplemente incapaz de procesar los ecos y declaran que estas criaturas están irremediablemente incapacitadas para la eco-locación. Los científicos están desolados, ya que han invertido mucho trabajo y el proyecto les ha costado una fracción no despreciable del presupuesto. El caso es que los humanos ‘parecían’ una especie inteligente ¿por qué su capacidad es tan limitada? Poco después, los exploradores extraterrestres anuncian que han encontrado dos especies de mamífero con capacidad de eco-locación en la Tierra: uno volador y otro marino. El estudio de los humanos es abandonado inmediatamente.

 

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Gastar dinero en los demás nos hace más felices

 

Gastar dinero en otras personas contribuye poderosamente a nuestra felicidad; por el contrario, gastar dinero en nosotros mismos tiene un efecto ridículamente pequeño. Esta es la (sorprendente) conclusión a la que ha llegado Elisabeth Dunn y colaboradores en un artículo muy reciente publicado en Science (Dunn et al. (2008) Science 319:1687-1688).

 

Este artículo es una pieza más en lo que se ha denominado la “moderna ciencia de la felicidad”, cuyo propósito es –obviamente- investigar experimentalmente cuáles son los factores causales de la felicidad de la personas. Hay que decir que el tema sí ha sido objeto de exploración filosófica desde hace mucho tiempo. La novedad radica, precisamente, en el enfoque empírico. Para ello, han aparcado el debate sobre el significado exacto del término, empleándolo como “un estado de bienestar auto-reportado”. Esta acepción resulta más fácil de manejar. Si la persona encuestada dice que su nivel de bienestar es de 7 sobre 10, se apunta la cifra y se emplea en la correspondiente estadística. La desventaja radica en el concepto tradicional de “felicidad” ponía énfasis en el largo plazo. Imagino que muchos filósofos no estarán de acuerdo con la definición “funcional” que utilizan los científicos. Pero, aparquemos también nosotros el debate para más adelante.

 

Los investigadores de este trabajo se proponen contestar a la pregunta: qué nos hace más felices, gastar en nosotros mismos o en los demás. Y para lograrlo buscan evidencias por tres métodos distintos: 1) buscando correlaciones; 2) mediante un análisis longitudinal; y 3) mediante una especie de experimento.

 

En el primer caso, hicieron una encuesta (en USA) y preguntaron a la gente cuánto dinero ganaba, cuánto gastaba en asuntos “pro-sociales” (regalos para conocidos y donaciones a asociaciones de tipo benéfico) y en asuntos “egoístas” (regalos para ellos mismos); asimismo, les pidieron que evaluaran su nivel general de felicidad. El análisis de regresión dejó bien claro que el gasto “pro-social” tenía un efecto positivo y el gasto “egoísta” no. Curiosamente, el nivel de renta sí se correlacionaba con la felicidad, por lo que podría pensarse que son los beneficios no materiales de la renta (léase, estatus) son los que de verdad cuentan. Los autores admiten que este resultado está basado en correlaciones, por lo que no se puede asegurar un efecto causal. Es posible que la gente más generosa también resulte ser la más feliz.

 

Por esta razón, los autores se embarcan en el segundo método: el estudio longitudinal. En este caso estudiaron a un grupo de 16 empleados, antes y después de recibir un “sobre” de su empresa de unos 5.000 $ (de media). Al cabo de 6-8 semanas les preguntaron en qué habían gastado el dinero y cómo había variado su nivel de felicidad. Y ¡Bingo! El análisis de regresión volvió a decir que sólo el gasto pro-social era un buen predictor de la felicidad. Lo más interesante es la propia cuantía del sobre-sueldo resultó tener poca importancia. La cosa se empieza a poner interesante, pero el argumento de que “correlación no implica causa-efecto” sigue vigente.

 

De modo que los investigadores arremetieron con un tercer método: el experimental. Ahora, buscaron un grupo de 46 individuos a los que dieron una cierta cantidad de dinero, con la instrucción de dedicarlo a: 1) pagar una factura; 2) comprar algo para ellos; y 3) comprar algo para otras personas. La asignación a uno de los tres grupos se realizó al azar. El dinero fue entregado por la mañana y a las 5 pm del mismo día se preguntó a los sujetos por su grado de bienestar psicológico ¡Otra vez Bingo! Los individuos del grupo 3 dijeron sentirse significativamente mejor que los de los otros grupos.

 

A pesar de que tal vez detecten un tono irónico en este post, no es mi intención desprestigiar un campo de investigación que me parece sumamente interesante. No obstante, tengo dos preguntas “difíciles”:

 

1) Si gastar dinero en otras personas está directamente relacionado con la felicidad ¿por qué se practica tan poco?

 

2) Si estamos en este mundo para hacer felices a los demás ¿para qué están los demás?

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¿Pezqueñines?

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Todo el mundo conoce (al menos en España) la campaña “pezqueñines no, gracias” para concienciar sobre el respeto de las tallas mínimas de las diferentes especies de pescados. No es mi propósito cuestionar esta medida, que supongo tiene sentido desde el punto de vista ecológico, sino comentar un artículo reciente publicado en PNAS (Biro and Post, 2008), según el cual la aplicación de tallas mínimas en la pesca puede tener un efecto perverso sobre la evolución de las especies de peces.

 

La hipótesis que los autores tratan de contrastar es que cuando se produce una selección por tamaño, o sea cuando se descarta a los ejemplares pequeños, no estamos dejando fuera sólo a los individuos jóvenes (pezqueñines propiamente dichos) sino que estamos dando una ventaja selectiva a los individuos de crecimiento lento. Evidentemente, un pez puede ser pequeño porque es joven o porque crece despacio. Más interesante aun, los autores plantean que en estos casos también estaríamos seleccionando indirectamente a individuos de carácter más tímido, ya que “rápido crecimiento” y “carácter atrevido” suelen estar relacionados: para crecer deprisa hay que comer más y eso exige una conducta más decidida (y peligrosa).

 

Para testar la hipótesis, los autores realizaron un experimento en una situación bastante realista. Para ello, lograron de forma artificial una abundante población de truchas en dos lagos pequeños de Canadá. Dicha población estaba formada por dos genotipos bien diferenciados: uno de crecimiento rápido y conducta más atrevida (empleado en piscifactorías) y otro de crecimiento lento y conducta más cauta (de procedencia silvestre). Después sometieron a las poblaciones a una fuerte presión pesquera empleando la técnica del trasmallo. Este arte de pesca consiste en una serie de redes paralelas de diferentes tamaños, en las que los peces se quedan atrapados por las agallas y no pueden salir. Una característica de este tipo de redes es que resulta muy selectiva en cuanto al tamaño: los peces demasiado grandes no pueden entrar y los demasiado pequeños pasan si problemas.

 

Los investigadores hicieron recuentos diarios de las capturas y vieron cómo el genotipo de crecimiento rápido caía atrapado con una frecuencia mucho mayor que el otro. La mala noticia es que estos resultados sugieren que el respeto de las talas mínimas puede no evitar la sobreexplotación de los genotipos de crecimiento rápido.

 

Cabe argumentar, sin embargo, que el experimento sigue realizándose sobre una población artificial compuesta por dos genotipos muy distintos (que además podrían diferir en otros muchos caracteres). Un estudio más cuidadoso (y mucho más difícil) debería hacerse sobre una población “natural” donde los caracteres varían de forma más o menos continua. También debería emplear varios artes de pesca para poder generalizar los resultados.

 

Bienaventurados los peces pequeños y tímidos, porque ellos caerán menos en la red

 

 

 

 

 

Biro, P.A., and Post, J.R. (2008) Rapid depletion of genotypes with fast growth and bold personality traits from harvested fish populations. Proc Natl Acad Sci U S A 105: 2919-2922.

 

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Conducta Antisocial

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Seguramente Richard Dawkins cometió un error cuando tituló a su famoso libro “El Gen egoísta”. Por supuesto, no quería decir literalmente que los genes sean egoístas, se trataba de una metáfora para conseguir un título resultón. Los genes son segmentos de DNA que contienen información para fabricar una molécula de proteína o RNA, así que difícilmente pueden ser egoístas o dejar de serlo. Lo que quería decir Dawkins es que cuando un gen confiere una ventaja considerable a sus portadores, el número de copias del mismo se va incrementando a lo largo de las generaciones. Sólo es “egoísta” en el sentido metafórico de “propiciar” que el número de copias en la población aumente. Algunas personas no lo entendieron y acusaron a Dawkins de hacer apología del egoísmo y, ya puestos, situarse al lado de Galton, Spencer y otros nefastos del darwinismo social (yo no soy un devoto de Dawkins, pero creo que en este punto no fue bien entendido).

 

Parte del problema estriba es que el significado corriente de la palabra egoísta alude a los individuos y no a objetos tales como secuencias de DNA. El paradigma del egoísmo, como, por ejemplo, el personaje de Mr Scrooge en el Cuento de Navidad de Dickens, es alguien que sólo se preocupa de sí mismo. En cambio, la crianza de los hijos suele requerir grandes dosis de esfuerzo y sacrificio personal, por lo que no creemos que la típica madre (o padre, si se diera el caso) sea un buen ejemplo de egoísmo. Sin embargo, desde el punto de vista evolutivo, sacrificarse por tus propios hijos sería perfectamente egoísta y la renuncia voluntaria a reproducirse -el caso de Mr. Scrooge- sería perfectamente estúpido.

 

En los años 70 del siglo pasado, Trivers y otros investigadores propusieron de forma convincente que la selección natural (y por tanto “egoísta”) puede dar lugar a conductas altruistas hacia los propios parientes (selección familiar) e incluso a individuos no relacionados (altruísmo recíproco). El tema ha sido ya tratado en este blog, así que me remito a un post anterior para no repetirme tanto (El origen de la justicia).

Sin embargo, algunos autores no creen que las teorías de selección familiar y altruismo recíproco puedan explicar la fuerte tendencia a la cooperación que existe en nuestra especie, incluso entre individuos no relacionados y en situaciones no repetidas. Por ejemplo, imaginemos la típica cola que se forma en los aeropuertos para facturar el equipaje. Los individuos que la forman están actuando cooperativamente, ya que mantienen escrupulosamente el orden de llegada. Lo más probable es que no se conozcan y que nunca se vuelvan a ver. En una situación así, lo ‘racional’ sería colarse y sin embargo no es esta la conducta que nos encontramos normalmente. ¿Qué clase de mecanismo psicológico nos lleva a actuar en contra de nuestros intereses ‘racionales’ en esta y otras situaciones similares? Según estos autores la palabra clave es ‘castigo’, ya que la cooperación sólo resulta beneficiosa si existe algún medio para castigar a los ‘abusones’. Supongamos que alguien tratara de colarse. No sería extraño que algunos de los perjudicados se enfrentasen con este sujeto y le afeasen su actitud. Esto sería a su vez un acto de altruismo, puesto que tener un enfrentamiento con un individuo desconocido no es una acción exenta de riesgo; por otra parte, todas las personas de la cola se benefician de la acción del ‘justiciero’ aun cuando no corran ningún riesgo ellos mismos. De nuevo, la actitud más ‘racional’ es quedarse callado y esperar a que surja un ‘justiciero’, el cual puede sufrir los efectos negativos de tal acción.

Los investigadores han encontrado que con frecuencia las personas están dispuestas a correr riesgos y afrontar un perjuicio personal con tal de castigar a los que se saltan las reglas. Esta tendencia se ha denominado ‘reciprocidad fuerte’ y ha sido constatada tanto en situaciones reales como en experimentos de laboratorio. Por ejemplo, en un estudio 240 individuos jugaron a un juego en el que había una posible recompensa económica si los jugadores actuaban cooperativamente (Fehr and Gachter, 2002). El juego podía realizarse en dos tipos de condiciones diferentes: con castigo y sin castigo. En el primer caso, los jugadores podían ‘castigar’ a aquellos que mostraban una actitud poco cooperativa. Los resultados mostraron que el castigo ‘altruista’ era muy frecuente, de alrededor del 84%, a pesar de suponía un perjuicio económico para el castigador. También se vio que al existir la posibilidad de castigo el comportamiento cooperativo de los jugadores aumentó de forma sustancial.

 

El último trabajo del equipo que dirige Simon Fehr, publicado recientemente en Science (Herrmann et al., 2008), da un paso más en su exploración de este fenómeno. Los investigadores observaron que en el mencionado juego, la posibilidad del “castigo” aumentaba, en general, la conducta altruista; sin embargo, un porcentaje de individuos reaccionaba de forma completamente distinta. Estos jugadores sospechaban que quienes les habían castigado eran los jugadores que se comportaban de forma altruista y reaccionaban castigando precisamente a éstos. Este tipo de comportamiento ha sido denominado “castigo antisocial”.

 

Los investigadores se preguntaron si la frecuencia del castigo antisocial difería en distintos contextos culturales. Por ello repitieron el mismo juego con estudiantes procedentes de diversos países. La hipótesis de trabajo era que en sociedades democráticas y económicamente liberales los estudiantes tendrían actitudes diferentes que en sociedades más tradicionales, donde imperan las instituciones autoritarias o incluso “tribales”. Para garantizar la motivación de los participantes, las “fichas” se convertían en dinero real al acabar la partida.

 

Y la hipótesis resultó cierta. Los investigadores encontraron que la conducta antisocial era poco frecuente en países democráticos. El World Democracy Audit (WDA) ha establecido un índice de países en asuntos tales como derechos civiles, corrupción, libertad de prensa y, en general, actitudes democráticas. Los países que puntuaban bajo en este índice también presentaban las frecuencias más altas de castigo antisocial. En resumen: cero en conducta para Rusia, Turquía, Grecia (pásmate), Arabia Saudí y Bielorrusia (menos mal que en el experimento no participaron estudiantes españoles).

 

Tal vez sea aventurado dar demasiada importancia a este tipo de experimentos. Lo que sí está claro es que la riqueza de las naciones no depende sólo de su Producto Interior Bruto, sino también del comportamiento ético de sus ciudadanos,

 

 

Fehr, E., and Gachter, S. (2002) Altruistic punishment in humans. Nature 415: 137-140.

Herrmann, B., Thoni, C., and Gachter, S. (2008) Antisocial punishment across societies. Science 319: 1362-1367.

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¿Más Placebo y menos Prozac?

 

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La noticia noticiosa que lleva algunas semanas rebotando por todos los rincones de Internet es la publicación de un artículo del equipo dirigido por Irvin Kirsh en la prestigiosa revista PLoS (Public Library of Science). El citado artículo (aquí) afirma ni más ni menos que los antidepresivos de última generación, como el Prozac y el Seroxat, que son utilizados por millones de pacientes en todo el mundo, no son más eficaces contra la depresión que simples placebos de azúcar (excepto en casos de depresión muy grave, donde tienen un modesto efecto). La noticia ha sido una especie de bombazo y ha caído en terreno abonado para la polémica. Al parecer, existen dos corrientes de pensamiento irreconciliables sobre esta cuestión.

 

La primera, que podríamos denominar psicologista afirma que la depresión no tiene una base bioquímica o genética y que, por tanto, los estados de ánimo de la personas son consecuencia de sus acciones o, de forma más matizada, de la correcta filosofía de la vida de cada uno. El más explícito exponente es el filósofo Lou Marinoff, autor del best-seller “Más Platón y menos Prozac” (Zeta bolsillo, 2005). Y para que no me acusen de inventarme un Hombre de Paja citaré otro ejemplo (aquí).

 

En esencia, lo que han dicho hasta ahora los críticos de Prozac no es que no funcione, sino que de alguna manera, utilizarlo es hacer trampas o medicalizar el problema. De la misma forma que los deportistas de élite no deben utilizar sustancias que mejoren su rendimiento, las personas normales no deberían emplear la “farmacología cosmética”. No porque estos fármacos tengan efectos negativos (que al parecer son pocos) sino por razones de índole ética.

 

Francis Fukuyama, en su libro “Our Posthuman Future” (Profile Books, London, 2003) lo expresa más o menos así: Todos los humanos tenemos un deseo universal de “reconocimiento” y este deseo tiene seguramente raíces biológicas. La forma normal (y moralmente aceptable) de conseguir reconocimiento y elevar nuestra autoestima consiste en trabajar duro y esforzarnos en hacer las cosas mejor que los demás (ganar más dinero, estar en las listas electorales, vender más discos, publicar más artículos). ¿Qué va a ser de la humanidad si podemos conseguir la misma sensación de autoestima tomando una píldora? ¿Quién va a esforzarse en hacer grandes cosas?

 

La otra corriente, que podríamos llamar neurologista, asume que la mente es materia y que los problemas mentales posiblemente reflejan desequilibrios en la química del cerebro. Desde este punto de vista, los fármacos antidepresivos serían éticamente inobjetables. Negárselos a un enfermo de depresión equivaldría a decirle a un cojo que pase de la pierna ortopédica y aprenda a caminar a la pata coja.

Ejemplo de este punto de vista es un reciente editorial de El País (aquí) en el que llegaba a acusar al artículo de PLoS de querer desacreditar al Prozac. El editorial va demasiado lejos: es cierto que existe una conspiración anti-Prozac, pero de aquí no se sigue que los datos sean falsos. PLoS es un revista seria y la crítica al trabajo requiere explicar por qué las conclusiones no son válidas. El argumento tiene un desagradable tufo post-moderno.

 

Y la verdad es que no han faltado críticas serias. Para empezar, los autores del artículo no han investigado directamente el asunto, sino que han re-analizado datos obtenidos por otros investigadores. Dichos datos proceden de los ensayos necesarios para que la FDA (Food and Drug Administration) autorice los fármacos nuevos. La novedad de este meta –análisis consiste en que emplea datos de fuentes diversas, tanto ensayos publicados como no publicados. Los autores argumentan que la publicación (o no) de determinados ensayos introduce un sesgo en el resultado. Es posible que sea así, pero también es posible que los datos no publicados no cumplan los criterios de rigor experimental requeridos (de hecho, los autores reconocen que la información procedente de datos no publicados es incompleta). El hecho de mezclar estudios rigurosos (publicados) con otros presumiblemente de calidad muy inferior (no publicados) es objetable.

 

Otra crítica se basa en la manera en que se realizan los ensayos de la FDA, los cuales suelen durar varios años y cuestan muchísimo dinero (el mayor gasto en el desarrollo de nuevos fármacos se va en este capítulo). Además, la vida de la patente (generalmente 20 años) empieza a contar desde antes de los ensayos. En definitiva, lo que pretenden las compañías es conseguir la aprobación de su producto lo antes posible y, no tanto, avanzar en el conocimiento sobre los efectos del fármaco. Peor aún, la FDA requiere que el fármaco tenga un efecto estadísticamente significativo sobre el placebo, pero no dice nada sobre la magnitud de la diferencia. Un fármaco que sea marginalmente mejor (siempre que supere la significación estadística) pasa el filtro, a menos que (y esto es lo más importante) presente efectos negativos. De manera que la estrategia óptima desde el punto de vista de las empresas farmaceúticas consiste en realizar los experimentos a una dosis lo más baja posible, compatible con que tenga algún efecto (por pequeño que sea), pero que minimice la posibilidad de que haya reacciones adversas. Según estos críticos, los datos empleados en el artículo del PLoS nos dicen más sobre la manera en que se hacen los ensayos que sobre la eficacia de los antidepresivos.

 

Un problema adicional consiste en que no hay un marcador bioquímico para la depresión. En su lugar se utiliza en famoso cuestionario Hamilton (que es una forma algo barroca de preguntarle al paciente: ¿está usted deprimido?). Como saben bien los que se dedican a hacer encuestas, no puede darse por sentado que la gente diga la verdad.

 

En definitiva, lo que estamos necesitando es una investigación mejor y realizada por equipos independientes (Kirsh es conocido por su militancia anti-Prozac y las farmaceúticas tienes intereses obvios). Se ha sugerido la posibilidad de emplear 4 grupos de control con pacientes asignados al azar: 1) toma Prozac y se le dice que es Prozac; 2) toma Prozac y se le dice que es placebo; 3) toma placebo y se le dice que es Prozac, y 4) toma placebo y se le dice que es placebo. Esto tiene el inconveniente obvio de que hay que mentir a los pacientes (los cuales están enfermos de verdad) y eso está muy feo.

 

Por último, hay que decir que los médicos no tienen la opción de recetar placebo en el mundo real. La cuestión, desde el punto de vista pragmático, es saber qué alternativa funciona mejor (ya sea por efecto placebo o fisiológico). Y frente a la depresión hay básicamente dos alternativas: los antidepresivos y la psicoterapia (que no tienen por qué ser mutuamente excluyentes). Kirsch y sus colegas afirman en su artículo que si los antidepresivos no tienen un efecto real, debería emplearse la psicoterapia. Sin embargo, no citan la “evidencia dura” que demuestre que la psicoterapia funciona mejor.

 

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Una Raza Humana

 

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La cuestión de las diferencias genéticas entre poblaciones humanas es, como todo el mundo sabe, de naturaleza inflamable. Algunos han llegado a proponer explícitamente que la cosa no debería menearse ni investigarse, ya que es probable que los datos sean utilizados de forma tendenciosa e inapropiada. Admito que los reparos en este sentido no dejan de tener un punto de razón. No obstante, la filosofía fundacional de este blog es la contraria: los temas delicados deben abordarse (a ser posible, con tacto, pero abordarse). Por ello quiero expresar mi admiración hacia el equipo que dirige el profesor Quintana-Murci, del Instituto Pasteur de París, por su valentía al analizar el espinoso tema de las diferencias genéticas entre poblaciones humanas actuales (Barreiro et al., 2008). También hay que celebrar que sus conclusiones coincidan de manera tan reconfortante con lo políticamente correcto.

 

Estos investigadores han empleado una moderna técnica de análisis genético denominada SNPS (Single Nucleotide Polymorphisms) que consiste en localizar zonas del genoma en la que existen variaciones en puntos concretos entre los diferentes individuos. Estas variaciones se alejan de lo que podríamos esperar si se produjeran al azar. Esto indica que la selección natural deja huella en los genes, la cual puede ser analizada con técnicas como la descrita. Por cierto, si alguien sigue pensando que la teoría de la evolución es imposible de contrastar y que el concepto de selección natural es tautológico, debería ponerse al día.

 

En resumen, estos investigadores han identificado unos cincuenta genes con fuertes indicios de haber sido objeto de “selección positiva” reciente. Algunos de estos genes están implicados en características fenotípicas muy aparentes, como el color del pelo y la piel. Este tipo de caracteres son los que se emplean habitualmente para la definición de “razas”. Fuera de ese grupo, se han identificado también genes responsables de diversas actividades metabólicas, como por ejemplo la predisposición a obesidad y a diabetes de tipo II y genes posiblemente implicados en la resistencia a enfermedades. Estos resultados están en línea con la idea de que las diferencias genéticas entre poblaciones humanas son, en realidad, muy “superficiales” y se deben, sobre a la adaptación de la poblaciones locales a las condiciones de insolación y a las enfermedades prevalentes en cada zona. Según esto, la variabilidad entre poblaciones sería comparativamente pequeña comparada con la variabilidad dentro de una misma población (idea que ya fue propuesta por Richard Lewontin utilizando técnicas genéticas mucho menos poderosas que las que hay en la actualidad).

 

Sin embargo, a pesar de lo “reconfortantes” que son estos resultados, conviene recordar que el grupo más numeroso de genes que posiblemente han tenido selección positiva son de función desconocida. Habrá que esperar para llegar a una conclusión definitiva. Sin duda, las cosas serán más fáciles si se mantiene la corrección política (y celebro que sea así), pero si no lo son, ¿qué debería hacerse?

 

 

 

 

 

 

 

Barreiro, L.B., Laval, G., Quach, H., Patin, E., and Quintana-Murci, L. (2008) Natural selection has driven population differentiation in modern humans. Nat Genet.

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¿A quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

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Uno de los argumentos empleados por los ‘ambientalistas’ más fervientes reza más o menos así: incluso si fuera cierto que el CI está condicionado por los genes, esta información no debería hacerse pública ya que podría emplearse para justificar la discriminación; los científicos que han hecho estos trabajos son terriblemente ingenuos al pensar que dicha información no es un bomba en manos de desaprensivos. La cuestión es: ¿a quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

Así planteada, la pregunta pone el dedo en la llaga de la cuestión. En principio, lo que los científicos tratan de hacer es ‘averiguar cómo son las cosas’, independientemente de a quién beneficien o perjudiquen. Se supone, por lo tanto, que la información beneficia a todo el mundo y que siempre es mejor saber que no saber. ¿Es eso cierto? ¿Sería mejor no saber algunas cosas? Se trata de un argumento filosófico que tiene profundas implicaciones sociales y morales. Y creo que el argumento tiene un punto de razón y que debería, al menos, ser considerado. Sería posible declarar una moratoria sobre este tipo de estudios, al menos hasta que la Humanidad hubiera evolucionado lo suficiente en un sentido moral. Sin embargo, esto puede plantear problemas peores que los que trata de resolver ¿Qué ‘organismo’ sería el encargado de decretar el ‘embargo intelectual’ de ésta (y posiblemente otras) áreas de conocimiento?

No se trata de Ciencia-Ficción: esto ha llegado a proponerse seriamente. Sin embargo, no puede descartarse que, una vez puesto en marcha, este ‘organismo’ se convirtiera en una especie de Inquisición en un sentido bastante literal, ya que justamente la Inquisición se encargaba de este tipo de cosas. Recordemos el lío en que se metió Galileo Galilei por afirmar que la Tierra se mueve. Los beneficios sociales de ‘no investigar ciertas cosas’ quizá serían mucho menores que los costes de vivir bajo el dominio intelectual de una especie de ‘Gran Hermano’.

La alusión a la famosa novela de George Orwell es oportuna. Todo el mundo sabe que el ‘Gran Hermano’ es un trasunto del dictador Josef Stalin y eso es exactamente lo que hizo Stalin, abolir por decreto la Teoría darwinista de la Evolución y apoyar institucionalmente una versión de la Teoría de Lamarck, parcheada por un oportunista sin escrúpulos llamado Trofim Denisovich Lysenko.

Lysenko era un oscuro profesor de agronomía interesado en mejorar los rendimientos en el cultivo del trigo. En 1927 publicó un (aparentemente) revolucionario sistema para manejar las cosechas, basado en sembrar semillas de trigo que habían sido sometidas a bajas temperaturas. Lysenko llamó a este fenómeno ‘yarovizatsiya’ (vernalización). Nada raro hasta ahora, excepto el hecho de que el descubrimiento lo había realizado otra persona. Sin embargo, Lysenko fue mucho más lejos. Estos someros datos le llevaron a re-interpretar la Teoría de la Evolución y la Genética. Según Lysenko, Darwin y Mendel estaban equivocados: son las condiciones ambientales las que determinan la evolución. Los caracteres que observamos en los seres vivos son producto de su ambiente. Evidentemente, esto ‘tocaba un tecla’ en el régimen Stalinista. La teoría de Darwin fue condenada por ‘burguesa’, incluso la genética desapareció de la Unión Soviética y muchos afamados investigadores desaparecieron en los gulags. Esto causó un daño considerable a la Biología en Rusia, aunque hay que reconocer que esto es una gota de agua en el océano de horrores que fue la dictadura estalinista. Si hay que elegir entre que la ‘información peligrosa’ fluya libremente o que esté bajo el control de un ‘inquisidor’, la respuesta es clara: la información siempre es menos peligrosa que los inquisidores.

Con todo, decretar una moratoria sobre el tema es un solución intelectualmente más honrada que la de negar la posibilidad de que los genes influyan en el CI, en contra de una evidencia experimental bastante considerable a estas alturas. De todas formas, el núcleo de la cuestión es otro. La ética debe basarse en principios, no en hechos empíricos. Que todos los humanos sean merecedores de derechos y de una consideración digna, es una cuestión de principio; no se justifica porque los humanos sean o no, de determinada manera.

Está muy claro que nadie va a beneficiarse por el hecho de ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre la inteligencia humana. Es mucho mejor aceptar que cada persona es diferente y que posee talentos innatos, aunque cada cual tendrá que trabajar para desarrollarlos. Eso implica también que el talento puede estar desigualmente repartido, igual que la estatura y la belleza. El declarar que los humanos somos iguales no equivale a afirmar que seamos idénticos, sino que deberíamos ser iguales ante la ley. Justamente, el reconocer que los humanos tenemos diferentes capacidades y necesidades es un requisito imprescindible para todo el mundo pueda recibir un trato equivalente. En la práctica, esta línea de pensamiento nos llevaría a aceptarnos como somos y aceptar a los demás aunque no sean absolutamente perfectos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de Eva (mitocondrial).

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