Archivo mensual: febrero 2008

Parentesco entre esposos y crecimiento demográfico

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Es un hecho indiscutible que la “fertilidad” (número de hijos por mujer), ha disminuido en prácticamente todos los países durante las últimas décadas. Para explicar este hecho se han propuesto varias teorías, todas ellas basadas en cambios en las condiciones sociales. Una posibilidad (que parece evidente) es que la disminución del número de hijos sea consecuencia directa de las mayores facilidades de control que ofrecen los métodos anticonceptivos modernos. Otras explicaciones se basan en la necesidad de tener hijos para que éstos se ocupen de los padres en sociedades donde no existe un sistema de pensiones ni seguridad social. Sin embargo nunca había oído de ninguna teoría que explicase el declive de la fertilidad en función de causas biológicas, y más concretamente genéticas, pero esto es justo lo que hace un provocador artículo publicado recientemente en Science (Helgason et al., 2008).

 

Los autores se han basado en DeCode, la base de datos que contiene datos médicos, genealógicos y genéticos de los habitantes de Islandia (véase: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/02/06/gripe-espanola-en-islandia-no-fueron-los-genes/). Esta colección de datos es absolutamente excepcional porque es enormemente completa y porque la sociedad islandesa está considerada como una de las más homogéneas del planeta, tanto desde el punto de vista genético como social. De modo que constituye una especie de “experimento nacional en genética humana”, ya que permite buscar correlaciones entre variaciones genéticas y otros factores, como susceptibilidad a enfermedades. En este caso, lo que han encontrado los investigadores es una asociación estadística entre el grado de parentesco entre los esposos y la fertilidad del matrimonio. Esta asociación –inesperada- resulta ser enormemente “fuerte”, desde el punto de vista estadístico, lo que lleva a los autores a afirmar que este fenómeno puede explicar (en buena parte) la observada disminución de fertilidad en todo el planeta.

 

La conclusión es algo “contra-intuitiva”. Es bien sabido que la excesiva consanguinidad tiene efectos negativos, ya que aumenta las posibilidades de que mutaciones deletéreas presentes en ambos progenitores produzcan enfermedades genéticas en la descendencia (más sobre esto en:http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/11/09/las-malhadadas-novias-taiwanesas/). Sin embargo, también es posible que la excesiva exogamia tenga consecuencias negativas, en el sentido de que disminuyan el nivel de fertilidad. Los autores sugieren que esto se debe a la rotura de complejos génicos que se han adaptado mediante co-evolución (aunque expresan esta idea de forma bastante vaga, puede suponerse que algunos alelos tienen interacciones negativas y que por ello se han seleccionado “conjuntos” de alelos entre los cuales no se producen tales interacciones). Estos conjuntos de alelos se romperían en los cruzamientos entre progenitores muy alejados genéticamente, pero no lo harían si el grado de parentesco entre los mismos fuese mayor. En definitiva, según esta hipótesis existe un grado de parentesco entre esposos óptimo, para el cual la fertilidad es máxima. En concreto, los resultados del trabajo sugieren que este nivel óptimo se produce entre primos en tercer o cuarto grado. Si el nivel de parentesco es menor, la fertilidad disminuye.

 

Y esto es justamente lo que ha sucedido en casi todo el planeta en la transición de las típicas sociedades rurales a las sociedades modernas. En las primeras, las posibilidades de elección de pareja eran más reducidas y los matrimonios solían realizarse entre localidades geográficamente cercanas, lo que también supone un alto grado de parentesco genético. En las sociedades urbanas, dicho “patrón” se rompe. En las ciudades las posibilidades de emparejamiento con personas más lejanas (genéticamente) aumenta enormemente y este factor sería fundamental, según los autores del artículo, para explicar el fenómeno.

 

Es posible que los partidarios de las explicaciones culturales frente a las biológicas protesten. Desde luego, mi opinión es que aun es pronto para aceptar la hipótesis de este trabajo y se impone mantener una mentalidad abierta al respecto. Los autores argumentan que la correlación entre fertilidad y parentesco es robusta y detectable a lo largo de toda la serie temporal examinada (1800-1965),  la cual precede al uso generalizado de la píldora anticonceptiva.

 

Los datos islandeses permiten estudiar la relación entre parentesco genético y fertilidad durante varias generaciones. Seguramente, el dato más contundente es el que aparece en el gráfico adjunto, sacado del trabajo, y que representa en el eje vertical el número de “nietos por pareja” y en el eje horizontal el grado de parentesco. El primer nivel (a la izquierda) corresponde a los primos en segundo grado, y así sucesivamente (tercer, cuarto, quinto grado…) hasta el último nivel (a la derecha) que corresponde a un grado de parentesco equivalente a primos en octavo grado o menor. Los datos son bastante elocuentes.

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Naturalmente, los islandeses han experimentados los cambios asociados a la modernización como muchos otros países. Entonces ¿cómo afirman los autores que el cambio en la fertilidad no es consecuencia de dichos cambios sociales y culturales? El argumento clave es que la asociación es clara tanto al principio como al final del periodo de estudio. Esto es, lo que han visto es que tanto en las condiciones sociales de 1800 como en las de 1965, la fertilidad varía con el parentesco de forma parecida a la de la figura. Es un argumento poderoso, pero ¿definitivo? Más bien, serán necesarios otros estudios para determinar hasta qué punto la disminución del parentesco genético es responsable de la bajada en fertilidad.

 

Conviene decir que las explicaciones “sociales” se han basado siempre en correlaciones menos controladas que las de este trabajo. Por ejemplo, la siguiente figura muestra una relación negativa entre el nivel de estudios de la madre y el número de hijos en algunos países ((Roodman, 1999) página 345). No niego que pueda existir una relación causa efecto entre ambas (y es posible que así sea), pero existen multitud de factores sociales y genéticos operando a la vez. En todo caso, estos datos no son incompatibles con la hipótesis formulada por Helgason y colaboradores. Con la modernización se producen numerosos cambios sociales en paralelo con la modificación del patrón de parentesco entre esposos; de modo que encontraríamos correlaciones entre baja fertilidad y diversos factores. Correlación no implica causa-efecto.

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Helgason, A., Palsson, S., Guöbjartsson, D.F., Kristjansson, P., and Stefansson, K. (2008) An association between the kinship and fertility of human couples. Science 319: 813-816.

Roodman, D.M. (1999) La construcción de una sociedad sostenible: Icaria editorial.

 

 

 

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las chicas guapas piden la Luna

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La cuestión del “dimorfismo psicológico”, esto es, que algunas diferencias entre hombres y mujeres relativas a inclinaciones o capacidades puedan tener origen biológico, ha sido tratada varias veces en este blog (http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/12/14/escasez-de-mujeres-y-mercado-matrimonial/). Invariablemente ha generado controversia (aunque siempre civilizada y razonada, es verdad). Vuelvo a la carga para comentar el último trabajo de David Buss (Buss, 2008), uno de los pioneros en los estudios sobre este tema desde el lado de la psicología evolucionista.

Para evitar polémicas (aunque supongo que esto es imposible) permítanme decir algunas cosas obvias. Evidentemente, las diferencias de género son siempre de naturaleza estadística, por lo que no nunca está justificado generalizar (“las mujeres son…o los hombres son…”). Las diferencias son, en realidad, pequeñas cuando las comparamos con las semejanzas (nuestra especie no procede de Venus ni de Marte, sino de África). Evidentemente, el “condicionamiento” social existe y es difícil separar éste de los posibles factores biológicos. Evidentemente, el discurso “biologicista” ha sido empleado interesadamente para justificar el “status quo” y no voy a negar que las mujeres han sufrido (y sufren) discriminaciones injustas.

Sin embargo creo que existen buenas razones para afrontar la cuestión de las diferencias de género. En primer lugar está mi profunda convicción de que “no hay nada sagrado” y que todo lo que sea abordable experimentalmente debe someterse a los rigores del escrutinio de la evidencia empírica. En segundo lugar, creo que los “hechos” no tienen por qué condicionar nuestros “valores” y cualquier cosa que nos diga la biología (si es que llegamos alguna conclusión) no va a dictaminar qué es y qué no es moralmente correcto. Ya somos mayorcitos. No pasa nada por reconocer que somos (algo) diferentes (si consideramos que la evidencia es concluyente).

El trabajo en cuestión parte de un hecho que el autor considera suficientemente probado: que los principales criterios de elección de pareja en los hombres son el aspecto físico y la edad de las potenciales parejas. En cambio, las  mujeres parecen tener criterios de elección más complejos (y ciertamente, más juiciosos), tales como inteligencia, sentido del humor, estatus, buen carácter y… sí, también aspecto físico. De nuevo, no quiere decir que estas cosas tengan importancia cero para todos los hombres, sino que para la mayoría de los tíos, el aspecto físico es tremendamente importante y para la mayoría de las mujeres, no tanto. Ante la posible avalancha de críticas, voy a refrenar cualquier opinión personal y limitarme a citar algunas referencias bibliográficas sobre el tema (Botwin et al., 1997; Buss, 1989; Buss and Schmitt, 1993; Buss, 1995, 2000; Hill, 1945).

La pregunta que intenta contestar Donald Buss es simple: si la belleza femenina es de capital importancia, cabe pensar que las mujeres que puntúen “alto” en este capítulo deberían ser más exigentes en cuanto a las características de sus potenciales parejas. Para contestar a esta pregunta,  este investigador seleccionó un panel de aproximadamente 100 mujeres, que llevaban casadas menos de un año y, mediante una extensa serie de cuestionarios y entrevistas, estimó concienzudamente cuáles eran los criterios que empleaban las mujeres para seleccionar una posible pareja (evidentemente, los habían puesto en práctica recientemente, así que debían tener el tema bastante fresco). Estos indicadores se clasificaron en cuatro categorías: 1) Posibles indicadores de “buenos genes”, como masculinidad, buen tipo, forma física e inteligencia; 2) posibles indicadores de “recursos”, como capacidad económica, nivel de estudios o ambición; 3) posibles indicadores como “buen padre”, como afabilidad, inteligencia y estabilidad emocional o interés por los niños; y 4) posibles indicadores como “buen compañero”, tales como lealtad, devoción y demostraciones de afecto.

Por otra parte, un panel independiente de hombres evaluó la belleza física de las participantes, con la finalidad de buscar correlaciones entre los criterios expresados respecto a los requisitos de la pareja potencial y las puntuaciones obtenidas por las mujeres. Los resultados fueron bastante elocuentes (aunque tal vez, algo predecibles). En la mayoría de los criterios considerados como deseables se encontró una correlación con el atractivo físico de la mujer. La explicación, obvia, es que las mujeres físicamente atractivas son conscientes de su alto estatus en el mercado matrimonial y, consecuentemente, sólo se conforman con parejas que tengan características muy deseables (con arreglo a sus criterios).

Hay que decir que este no es el único estudio que se hecho sobre este tema y, en general, parece haber resultados coincidentes. Lo que sí era nuevo en este trabajo es que la evaluación del atractivo físico de las mujeres lo hacía un panel externo (en otros estudios se daba por buena la propia opinión de la interesada).

Una de las pocas características deseables que no mostró una correlación positiva fue la “inteligencia”, a pesar de que se supone que dicha característica constituye un excelente indicador de “buenos genes”. Ojo, este resultado no quiere decir que las mujeres atractivas no la valoren; quiere decir que no lo hacen en mayor medida que las mujeres menos atractivas. La interpretación de este hecho es difícil, según los propios autores. Así pues, me voy a atrever a sugerir una posible explicación: es probable que las mujeres menos atractivas rebajen sus estándares con respecto a muchas de las características consideradas como deseables, excepto en el caso de la inteligencia. Esto podría significar que la inteligencia no es negociable. Pase que el marido no sea guapo ni famoso pero, por favor, que no sea un imbécil (esta idea no está apoyada por ninguna evidencia experimental, obviamente).

La conclusión (que posiblemente ya sabíamos antes de leer el artículo):

Las chicas guapas piden la Luna (y hacen bien).

Botwin, M.D., Buss, D.M., and Shackelford, T.K. (1997) Personality and mate preferences: five factors in mate selection and marital satisfaction. J Pers 65: 107-136.

Buss, D.M. (1989) Conflict between the sexes: strategic interference and the evocation of anger and upset. J Pers Soc Psychol 56: 735-747.

Buss, D.M., and Schmitt, D.P. (1993) Sexual strategies theory: an evolutionary perspective on human mating. Psychol Rev 100: 204-232.

Buss, D.M. (1995) Psychological sex differences. Origins through sexual selection. Am Psychol 50: 164-168; discussion 169-171.

Buss, D.M. (2000) Desires in human mating. Ann N Y Acad Sci 907: 39-49.

Buss, D.M. (2008) Attractive women want it all: good genesecominc investment, parenting proclivities, and economical commitment. Evolutionary Psychology 6: 134-146.

Hill, R. (1945) Campus values in mate selection. Journal of Home Econmics 31: 772-775.

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Equilibrio puntuado y Evolución del Lenguaje

 

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A finales del siglo XIX, el lingüista August Schleicher propuso la idea –tomada directamente de Darwin- de que los idiomas evolucionaban de forma parecida a las especies de seres vivos. Sin duda, se trata de una idea terriblemente atractiva, casi podríamos calificarla de “romántica”. En cambio, a los lingüistas (ortodoxos) nunca les ha hecho demasiada gracia. Es bien conocido que en 1866, la ‘Societé de Linguistique de Paris’ prohibió a sus miembros investigar, o incluso discutir sobre los orígenes del lenguaje. Al parecer, los venerables directores de esta venerable institución consideraron que el tema era, al mismo tiempo, imposible de investigar y terriblemente atractivo, por lo que pensaban que sólo podía engendrar ‘especulaciones inútiles’ entre sus miembros.

 

Pese a la polémica, las comparaciones entre la evolución de los genes y la evolución de las lenguas han sido un tema recurrente en las últimas décadas, debido –en buena parte- a los trabajos de Joseph Greenberg y Luca Cavalli-Sforza (Cavalli-Sforza et al., 1994). En los años sesenta del pasado siglo, el lingüista norteamericano Greenberg propuso una controvertida clasificación de las familias de lenguas de América y Africa. Greenberg reprochaba a sus colegas el ser excesivamente conservadores a la hora de estimar el posible origen común entre lenguas distantes. Por ejemplo, en el caso de América (Greenberg, 1987), propuso tres familias de lenguas: la amerindia (que comprende la mayoría de los idiomas de los nativos americanos del Norte y del Sur), la Na-Dene y la Esquimo-Aleutiana (estas últimas sólo se hablan en puntos de Canadá, Alaska y el suroeste de USA). La polémica se debía a que la mayoría de los lingüistas no reconocía el origen común de las lenguas amerindias (sí de las otras familias). Sin embargo, estudios genéticos (posteriores a Greenberg) han demostrado que todos los indígenas que hablan esta familia de lenguas tienen un origen genético común y son descendientes de uno (o pocos) grupos no demasiado numerosos que cruzaron el estrecho de Behring hace unos 12.000 años (Wallace and Torroni, 1992). Por tanto, es muy probable que esta población fundadora hablase una sola lengua, lo que apoya la teoría de Greenberg. Sin embargo, sus detractores no niegan esta posible origen común, lo que niegan es la validez de los métodos lingüísticos para aseverar dicho origen.

 

En cualquier caso, parece claro que “genes” y “lenguas” pueden proporcionar información valiosa sobre nuestro pasado remoto, con la importante ventaja de que ambas fuentes son completamente independientes, por lo que los resultados podrían “validarse” (hasta cierto punto) entre una y otra. Obviamente, ambos métodos tienen limitaciones y no todo el mundo está de acuerdo con las conclusiones (particularmente en el caso de las lenguas).

 

Dado lo controvertido del tema, confieso que me ha impresionado el artículo que se publicó recientemente en Science por el equipo que dirige Mark Pagel, de la universidad de Reading, en Reino Unido (Atkinson et al., 2008). En él, no sólo da por buena la idea de que las lenguas evolucionan de forma similar a las especies de seres vivos, sino que se mete de lleno en otra de las más vivas polémicas de la biología evolutiva: la teoría del equilibrio puntuado. Según esta teoría, propuesta por Niles Eldredge y Stephan Jay Gould (Eldredge and Gould, 1997), las especies no evolucionan de forma continua sino en cortos periodos de rápido cambio, seguidos por largos periodos de “estasis” en las que prácticamente no se produce cambio alguno. La teoría ha recibido críticas de varios autores, particularmente Richard Dawkins y Daniel Dennett (pero este tema supera los límites del presente post, así que habrá que dejarlo para otro día).

 

La principal conclusión del trabajo de Science es que los lenguajes evolucionan también de forma “puntuada”, es decir, la mayoría de los cambios se producen en periodos relativamente cortos adyacentes a los “nodos”, o sea, a los puntos de divergencia entre dos lenguas. Para llegar a esta conclusión, los investigadores construyeron primero “árboles filogenéticos” en varias familias de lenguas, en particular la familia indoeuropea, la austronésica y la bantú. Dentro de estas tres familias, la topología del árbol, es decir, la manera en que se conectan las diferentes ramas está bastante clara. Posteriormente analizaron si los cambios de vocabulario se producían cerca de los nodos o no. La hipótesis resultó ser correcta: la mayoría de los cambios tenían lugar cerca de los puntos de ramificación. De manera que las lenguas, según los autores, tendrían una tendencia general a divergir (en su vocabulario esencial) en una primera fase de formación, para luego entrar un periodo de relativa estabilidad, donde la divergencia es más lenta. Los autores achacan este hecho al deseo de los hablantes de una lengua recién surgida a afirmar su identidad de grupo, haciendo patente las diferencias con la lengua de la que proceden. Serían pues, razones culturales e incluso “políticas” las responsables.

 

Sin duda, se trata de un trabajo extremadamente interesante y provocador. Parte de la “transgresión” se debe a que sus autores proceden de la biología y de la bioinformática y no de un departamento de lingüística pura y dura (aunque tienen una larga experiencia en el estudio de la evolución del lenguaje). Conviene mencionar que desde el punto de vista de un bioinformático, la evolución de las secuencias de DNA y la evolución del las palabras son problemas muy, muy relacionados. Aunque tal vez los lingüistas ortodoxos no estén muy de acuerdo. Como se sabe, la cuestión de las “tribus académicas” sigue siendo un material inflamable. También hay que decir que el trabajo es tan conciso que realmente no hay forma de saber cómo están hechos los análisis. Habrá que esperar para saber si este punto de vista acaba siendo aceptado o no.

 

En todo caso, la explicación de los autores coincide con la idea intuitiva y generalmente aceptada de que el lenguaje constituye una de las principales señas de identidad de los grupos humanos: Si no hablas como nosotros no eres uno de los nuestros.

 

Atkinson, Q.D., Meade, A., Venditti, C., Greenhill, S.J., and Pagel, M. (2008) Languages evolve in punctuational bursts. Science 319: 588.

Cavalli-Sforza, L.L., Menozzi, P., and Piazza, A. (1994) The History and Geography of Human Genes: Princeton University Press.

Eldredge, N., and Gould, S.J. (1997) On punctuated equilibria. Science 276: 338-341.

Greenberg, J.H. (1987) Language in the Americas: Stanford University Press.

Wallace, D.C., and Torroni, A. (1992) American Indian prehistory as written in the mitochondrial DNA: a review. Hum Biol 64: 403-416.

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Es o no es (con 100 milisegundos basta)

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Al primer vistazo tienes una certidumbre instantánea de cómo es una persona, su inteligencia, su personalidad, su trato… ¿Les ha pasado alguna vez? Imagino que sí. A casi todos nos ha ocurrido. O, al menos, tenemos la sensación de que este tipo de juicios instantáneos pueden tener alguna validez. Sin embargo, hasta hace poco nadie se había puesto a estudiar científicamente si este tipo de sensaciones nos permite saber de verdad cómo son las personas.

 

Y esto es precisamente lo que se ha propuesto averiguar Nalini Ambady y sus colegas de la Universidad de Tufts (USA). Lean con atención, porque la cosa tiene miga. Hace unos años, estos investigadores mostraron a un grupo de estudiantes videoclips (de unos 2 segundos de duración) en los que se veía a un profesor dando una clase (Ambady and Gray, 2002). Partiendo únicamente de esta brevísima información, les pidieron que valorasen la capacidad docente de cada uno. A primera vista, la pregunta parece un disparate completo ¡Es imposible evaluar a un profesor en dos segundos! Sin embargo, cuando cotejaron los resultados de este experimento con las valoraciones que recibieron los mismos profesores por sus verdaderos alumnos (tras un semestre completo de clases), ambos datos coincidían extraordinariamente ¿No es impresionante? Pero sigan leyendo porque hay más.

 

¿Es posible predecir al instante la orientación sexual de un individuo? De nuevo, el equipo de Tufts mostró a un grupo de hombres y mujeres fotos de hombres heterosexuales y gays, durante intervalos de tiempo que variaron entre 33 milisegundos y 10 segundos (Ambady et al., 1999) ¡Las respuestas fueron acertadas nada menos que en el 70% de los casos! Lo más impresionante es que las predicciones no mejoraron a partir de 100 milisegundos de visualización. O lo saben al momento o ver la foto más tiempo no sirve de ayuda.

 

Al parecer, los humanos tenemos una notable capacidad para procesar información visual compleja de manera inconsciente. Sin embargo, es muy posible que no seamos las únicas criaturas con esta capacidad. En la Alemania del siglo XIX se hizo muy popular un extraordinario caballo, apodado ‘Hans el listo’. Este animal había sido entrenado por su amo para ejecutar las acciones más increíbles, por ejemplo, realizaba operaciones aritméticas y era capaz de contestar algunas preguntas. Por supuesto, Hans no contestaba directamente, sino que se expresaba de forma característicamente equina golpeando el suelo con la pezuña. Por ejemplo, si le preguntaban cuánto son dos más dos. Hans respondía: clap, clap, clap, clan, cuatro. El caballo y su amo se hicieron justamente famosos y recorrieron las ferias del país, asombrando a cuantos presenciaban tales maravillas. El caso llegó a alcanzar tal celebridad que algunos científicos ‘serios’ les hicieron pruebas para ver ‘dónde estaba el truco’. Tras algunos experimentos cuidadosamente controlados, el ‘truco’ fue descubierto y las hazañas de Hans el listo quedaron convenientemente explicadas y ‘exorcizadas’. Por supuesto, Hans no era capaz de contar ni de responder a las preguntas (relativamente simples desde el punto de vista humano). Al parecer lo que sí era capaz de hacer era detectar cambios minúsculos en la mímica facial de su amo, cuando se acercaba el momento crítico en que el caballo debía dejar de golpear el suelo para dar una respuesta correcta. Estos gestos resultaban totalmente imperceptibles para los otros humanos que se encontraban presentes, y el propio dueño parecía desconocer por completo este fenómeno.

 

Pero volvamos al último (y fascinante) trabajo del equipo de la doctora Ambady. Esta vez mostraron al grupo de estudiantes fotos (ni siquiera videoclips) de directores ejecutivos de varias compañías importantes (Rule and Ambady, 2008). Al 50% le pidieron que hiciera una predicción de la “competencia profesional” del jefe, a la otra mitad le pidieron que clasificara las imágenes en función de cinco rasgos de personalidad: competencia, dominancia, cordialidad, madurez facial (si tiene aspecto de adulto) y si inspiraban o no confianza. Todos los jefes resultaron ser blancos y varones, lo cual es triste pero facilita el análisis estadístico. Una vez más los estudiantes, que eran ignorantes completos en materia de gestión empresarial, hicieron predicciones sorprendentemente correctas. Se encontró una buena correlación entre la “competencia global” del jefe y los beneficios de la empresa. Asimismo, había correlación entre rasgos de personalidad tales como competencia, dominancia y madurez con los beneficios. En cambio, la cordialidad del jefe no se relacionaba con los beneficios de la empresa (aunque posiblemente sí con la salud mental de sus empleados).

 

Lo fascinante del caso es que las predicciones instantáneas y (necesariamente) irreflexivas de personas legas en la materia son mejores que las conclusiones de profesionales bien informados y preparados. Los trabajos parecen haber sido realizados con seriedad, o al menos, han pasado los filtros de revistas muy prestigiosas ¿qué está pasando aquí? ¿Acaso la Psicología de Empresa es un timo como el Psicoanálisis? No me gusta sacar conclusiones precipitadas y tendríamos que conceder a los profesionales aludidos el derecho a réplica; pero esperemos que respondan con datos experimentales y no se limiten a defender su “negocio”. En cualquier caso, parece claro que …Image is everything

 

 

 

Ambady, N., Hallahan, M., and Conner, B. (1999) Accuracy of judgments of sexual orientation from thin slices of behavior. J Pers Soc Psychol 77: 538-547.

Ambady, N., and Gray, H.M. (2002) On being sad and mistaken: mood effects on the accuracy of thin-slice judgments. J Pers Soc Psychol 83: 947-961.

Rule, N.O., and Ambady, N. (2008) The Face of Success: Inferences From Chief Executive Officers’ Appearance Predict Company Profits. Psychological Science 19: 109-111.

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La desmesura de Gould

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Reseña: “La falsa medida del hombre” Stephen Jay Gould. Drakontos Bolsillo. Editorial Critica. Barcelona octubre 2007

A primera vista puede parecer extraño dedicarse a reseñar un libro publicado hace más de 25 años, no obstante, en el caso de “La falsa medida del hombre” existen dos razones poderosas. La primera es su reciente re-edición en Drakontos Bolsillo en octubre de 2007; la segunda es que el mencionado libro sigue teniendo una notable influencia, sobre todo dentro de las ciencias sociales. Al parecer, todavía hay muchas personas que opinan, como hacía el psicólogo León Kamin en 1974 que “no existe ningún dato que pudiera llevar a una persona prudente a aceptar la hipótesis de que las puntuaciones de los test de inteligencia sean heredables en alguna medida” (Kamin, 1974). Es más, se tiene la falsa impresión de que la cuestión quedó zanjada definitivamente tras el libro de Gould y que existe un consenso entre los expertos con respecto a este punto. Nada más lejos de la realidad. El consenso es justamente el contrario: que la “inteligencia” es, en buena medida, heredable por vía genética. “La falsa medida del hombre” no sólo está terriblemente obsoleto, sino que contiene altas dosis de “deshonestidad intelectual”. Paradójicamente, creo que la mayor parte de lo que dice Gould en este libro es cierto y está justificado; el problema radica justamente en las cosas que omite. Admito que son acusaciones graves, de modo que voy a explicarlas despacio.

 

El primer problema (y principal) es que Gould ignora descaradamente la evidencia experimental que no cuadra con su argumentación. De hecho, ignora todo el campo de investigación denominado “genética del la conducta”. El desarrollo de este campo es bastante reciente, pero ya existía cuando Gould publicó su segunda edición en 1996. Por poner un ejemplo, no se menciona el famoso estudio de Minnesotta sobre gemelos criados aparte, que se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990); así como tampoco aparece el no menos famoso estudio sobre el Proyecto de Adopción de Colorado, iniciado en 1974 (Plomin and DeFries, 1983). De hecho, entre las casi 200 citas bibliográficas del libro no hay literalmente ninguna posterior a 1990. De modo que Gould se pone a analizar el tema de la herencia de la inteligencia ¡y no cita ninguno de los trabajos sobre el asunto publicados entonces! Si no se considera ético que un científico manipule o invente los datos, tampoco debería considerarse ético que un divulgador ignore la montaña de evidencia experimental que no cuadra con sus opiniones. No cabe duda de que este increíble sesgo al elegir las fuentes constituye un acto de manipulación, y es casi con seguridad un acto de “deshonestidad intelectual” (alternativamente, podríamos pensar que Gould no se molestó en consultar la bibliografía reciente, lo cual no es mucho mejor).

 

¿Qué es lo que hace, pues, Gould a lo largo de su libro? Hacer una crítica demoledora y, en mi opinión, justificada de la infamante doctrina denominada Darwinismo Social, preconizada, entre otros por H. Spencer y F. Galton. El Darwinismo Social justificaba el racismo y las desigualdades sociales de la época victoriana basándose en un supuesto paralelismo con “la supervivencia del más fuerte”. Sin duda, esta doctrina constituyó un completo desastre intelectual y moral y sus argumentos eran bastante débiles desde el punto de vista científico. Gould tiene razón en su crítica en la mayoría de las cosas que dice sobre este punto (aunque no en todas, por ejemplo, se mofa de la correlación entre CI y tamaño del cráneo a pesar de que este es un hecho bien probado experimentalmente). Sin embargo, de aquí no sigue que la inteligencia no pueda ser (en parte) genéticamente heredable y que el estudio de esta cuestión implique necesariamente un posicionamiento ideológico, tal como afirma Gould repetidamente.

 

Aparte de ignorar la evidencia que no le conviene, Gould objeta el uso del CI empleando dos argumentos: 1) que el CI es demasiado simplista para captar el concepto de inteligencia; y 2) que el denominado factor g es un “constructo” matemático carente de significado biológico. Examinemos ambos argumentos por separado.

 

El test de inteligencia fue inventado por el psicólogo y educador francés Alfred Binet[1] a principios del siglo XX. Su objetivo no era medir la inteligencia sino evaluar el desarrollo intelectual de los escolares. Para ello diseñó una batería de pruebas de dificultad creciente; la puntuación obtenida en estas pruebas se comparaba con la puntuación media que sacaban los niños de la misma edad, lo que permitía evaluar el adelanto o retraso en el desarrollo del niño, de aquí que se calculara como un ‘cociente’. Binet trabajó largos años buscando preguntas que tuvieran validez general para escolares de diversa procedencia y ambiente social. Sus fines eran prácticos y humanitarios: pretendía mejorar el sistema educativo. En aquella época era normal juntar en la misma aula escolares de edades muy diferentes y los que mostraban alguna anomalía en el desarrollo, por ejemplo, lo que hoy catalogaríamos como autistas o hiperactivos, eran frecuentemente catalogados como ‘imbéciles’ y privados de toda educación.

El test de inteligencia cayó en desuso en Europa, pero fue rescatado del olvido por psicólogos americanos, si bien con fines diferentes a los originales. El método fue adaptado y refinado por científicos de la Universidad de Stanford y desde entonces es conocido como el método ‘Stanford-Binet’. Curiosamente, uno de los fines para el que se utilizó fue para la organización del ejército americano durante las dos Guerras Mundiales. Las autoridades militares lo emplearon extensamente como uno de los criterios esenciales para asignar ‘destino’ a los soldados recién reclutados. Desde entonces, el test de inteligencia se ha convertido en una herramienta importante, tanto en la Academia como en Psicología de empresa. Prácticamente todo el mundo pasa por él en algún momento de su vida. No puede extrañarnos que el CI haya sido objeto de duras críticas. La primera, el hecho de no ser ‘culturalmente neutral’; esto es, que el tipo de preguntas favorezca a personas acostumbradas a realizar tareas similares, digamos de ‘papel y lápiz’ y de tipo abstracto. Por ejemplo, un estudio realizado con niños semi-abandonados en Brasil, los famosos ‘meninos da rua’, mostró que aunque éstos eran analfabetos y no sabían hacer cálculos aritméticos sobre el papel, tenían una gran capacidad para hacerlos ‘de cabeza’, pues se ganaban la vida vendiendo en puestos callejeros. Otro ejemplo; es sabido que hombres y mujeres tienden a puntuar de forma diferente en distintas pruebas, por esa razón el peso relativo de estas pruebas ha sido ‘ajustado’ para que la puntuación media sea la misma en ambos sexos. De aquí puede concluirse que el ‘peso’ relativo de las pruebas es, en cierto modo arbitrario.

En definitiva, el CI no lo es todo. Seguramente, muchas capacidades cognitivas humanas (inteligencia emocional, creatividad) se escapan a este índice. Y sin embargo, sería un error pensar que el CI es completamente inservible. Para empezar, constituye una medida estandarizada, sistemática y generalmente aceptada por los psicólogos. Tendrá limitaciones, pero nadie ha propuesto una alternativa mejor. El CI es el mejor indicador disponible para medir la capacidad cognitiva general de la población. Para seguir, el CI constituye un índice estable a lo largo de la vida del individuo y con una importante capacidad predictiva. Un amplio estudio (Deary et al., 2004) de una cohorte de 500 personas durante 68 años encontró una correlación de 0.66 entre los CIs de la misma persona medidos a los 11 y a los 79 años . Más importante aun es el hecho de que el CI constituye el mejor predictor conocido de éxito académico (Neisser et al., 1996) y uno de los mejores del éxito profesional (Schmidt and Hunter, 1998). Si el CI no vale para nada, tendríamos que pensar que nuestro sistema educativo tampoco. Además, existe una relación estadísticamente significativa entre el CI de una persona y los años que ésta vive (Whalley and Deary, 2001) (aunque las razones que explican esto último no están claras). Ninguna persona prudente afirmaría hoy día que el CI no tiene ninguna validez para medir la capacidad cognitiva de las personas.

 

El segundo argumento empleado por Gould tiene que ver con el empleo de una técnica estadística denominada “Análisis de Factores”. Los estudios en Psicometría han podido demostrar la existencia de un factor de inteligencia general, denominado g. Este factor no representa ninguna habilidad mental particular, es tan sólo un ente matemático que refleja el hecho de que las personas que puntúan alto en ciertas pruebas –digamos de habilidad verbal- también suelen puntuar alto en las demás pruebas. Esto refleja a su vez la existencia de una capacidad cognitiva general, la llamada ‘inteligencia general’ o, abreviadamente g. La existencia de este factor g tiene gran importancia para los científicos porque contribuye a ‘validar’ lo que miden los test de inteligencia. A pesar de los que diga Gould, el hecho de que capacidades mentales muy diversas y, en principio independientes, muestren una alta correlación, sugiere que g es algo real y constituye una herramienta valiosa. La existencia de g como ente matemático sugiere, aunque no demuestra, que este factor tiene una existencia real en los genes y en la estructura del cerebro.De modo que el problema de la “cosificación” del factor g, de la que se queja repetidamente Gould, difícilmente constituye un problema. Genuínamente, g es una hipótesis que habrá que contrastar. Tendrán que ser la Neurobiología y la Genética las que digan finalmente si g tiene un asiento en nuestro cerebro y nuestro genoma. Es posible que el concepto de “inteligencia” sea nebuloso, como afirma Gould, pero tanto los estudios sobre CI como el concepto de g lo hacen un poco menos nebuloso y más inteligible. Conviene destacar además que la existencia de este factor único, subyacente a todos los dominios cognitivos, constituye uno de los hallazgos más repetibles y repetidos en la historia de la Psicología.

 

La búsqueda de los genes que afectan a la inteligencia equivale a buscar los ‘genes de g’. A pesar de que a esta empresa se han dedicado un buen número de laboratorios de ‘primera’, los resultados están muy lejos de proporcionar una respuesta. Se ha encontrado un cierto número de genes candidatos tanto por asociación con retraso mental y demencia, como por asociación con inteligencia en personas sanas (en realidad, la asociación se estable con determinados alelos de genes que tienen polimorfismo). Entre los hallazgos más prometedores está el gen de la apoliproteína E (asociado a una forma de demencia), así como una asociación entre la dislexia y una región del cromosoma 6 (Plomin, 1999). Otros genes candidatos prometedores son un receptor colinérgico-muscarínico (Commings et al., 2003) y el gen de la catepsina D (Payton et al., 2003). Asimismo, hay pruebas de la asociación entre el gen que codifica la catecol-O-metil-esterasa y las capacidades cognitivas de tipo prefrontal/ejecutivo (Winterer and Goldman, 2003). Está claro que todavía no conocemos la base genética de la inteligencia, no obstante, es pronto para darse por vencido, ya que están surgiendo nuevas herramientas para estudiar el problema.

 

Existen buenas razones para creer que estos genes actúan de forma cuantitativa, esto es, que dicho carácter está determinado por un cierto número de genes, de los cuales coexisten diversas variantes en la población. El resultado es que los individuos no pueden clasificarse de acuerdo a distinciones de tipo blanco/negro, sino que el valor de la variable se distribuye de acuerdo con una curva normal. Estos genes cuantitativos (técnicamente QTL) deben ser los responsables de las variaciones observadas (o más correctamente, del componente genético de la misma). No debe descartarse que se produzcan descubrimientos espectaculares en este campo en un futuro próximo.

 

La cuestión de la heredabilidad de la inteligencia (o mejor dicho, del CI) ha sido objeto de un intenso estudio en las últimas tres décadas, realizado a través de proyectos de gran envergadura. A menudo, la recopilación de los datos requirió muchos años de esfuerzo continuado. En octubre de 1990 se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990) un artículo que resumía las investigaciones de muchos años, el denominado ‘estudio de Minnesota’, y que significó el punto de inflexión en este campo. El estudio incluía 56 pares de gemelos idénticos criados aparte, a los que se había sometido a una extensa batería de pruebas, incluyendo la medida del CI. Éste se ha sumado a un buen número de estudios existentes, entre los que se debe destacar al Proyecto de Adopción de Colorado (Plomin and DeFries, 1983). A diferencia del estudio de Minnesota, éste último se basa en la comparación, durante un largo intervalo de tiempo, entre hijos biológicos y adoptados. Un artículo de revisión publicado en 1997 recogía un total de 212 estudios sobre esta materia (Devlin et al., 1997). Existe un amplio consenso entre los expertos con respecto a la alta heredabilidad del CI. Con todo, estas investigaciones no están exentas de posibles críticas y limitaciones, pero lo que no es admisible es ignorarlas.

 

La conclusión inescapable es que Gould hizo trampas y antepuso una ideología mal entendida a la honestidad intelectual. Admitir que el CI es, en parte, heredable y que éste tiene algo que ver con la inteligencia no significa adscribirse a una ideología racista ni de derechas, ni mucho menos abogar por la reducción de políticas sociales (más sobre esto en: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/10/18/todos-somos-negros/) No quiero decir con esto que la totalidad de la obra de Gould, como paleontólogo y divulgador científico, carezca de valor. Eso es una historia diferente y requería un análisis diferente. Pero por la “La falsa medida del hombre” se merece un rapapolvo.

 

 

 

 

Bouchard Jr., T.J., Lykken, D.T., McGue, M., Segal, N.L., and Tellegen, A. (1990) Sources of human psychological differences: the Minnesota study of twins reared apart. Science 250: 223-229.

Commings, D.E., Wu, S., and Rostamkhani, M.e.a. (2003) Role of the cholinergic muscarinic 2 receptor (CHRM2) gene in cognition. Molecular Psychiatry 8: 10-13.

Deary, I.J., Whiteman, M.C., Starr, J.M., Whalley, L.J., and Fox, H.C. (2004) The impact of chilhood intelligence on later life: following up the Scottish mental Surveys of 1932 and 1947. Intelligence 32: 130-147.

Devlin, B., Daniels, M., and Roeder, K. (1997) The heritability of IQ. Nature 388: 468-471.

Kamin, L. (1974) The Science and Politics of IQ. New York: Potomac.

Neisser, I.J., Boodoo, G., and Bouchard, T.J. (1996) Intelligence: knowns and unknowns. American Psychologist 51: 77-101.

Payton, A., Holland, F., and Diggle, P.e.a. (2003) Cathepsin D exon 2 polymorphism associated with general intelligence in a healthy older population. Molecular Psychiatry 8: 1-5.

Plomin, R., and DeFries, J.C. (1983) The Colorado Adoption Project. Child Development 54: 276-289.

Plomin, R. (1999) Genetics and general cognitive ability. Nature 402(supp): c25-c29.

Schmidt, F.L., and Hunter, J.E. (1998) The validity and utility of selection methods in personnel psychology: practical and theoretical implications of 85 years of research findings. Psychology Bulletin 124: 262-274.

Whalley, L.J., and Deary, I.J. (2001) Longitudinal cohort study of childhood IQ and survival up to age 76. British Medical Journal 322: 1-5.

Winterer, G., and Goldman, D. (2003) Genetics of human prefrontal function. Brain Res Brain Res Rev 43: 134-163.

 

 



[1] Una revisión de los trabajos de Binet en: Wolf, T.H. (1961) “An individual who made a difference” American Psychologist 16:245-248

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Heredabilidad

El nombre tiene una importante desventaja: parece que su significado es evidente; y por el contrario, se trata de un concepto un tanto abstracto y es con frecuencia mal interpretado. La idea de heredabilidad fue concebida en el contexto de la Mejora Genética Animal; su objeto era determinar hasta qué punto los caracteres observables constituyen una buena guía para predecir lo que ocurrirá en la descendencia. Para un criador de ganado esta es una pregunta esencial. Si seleccionamos un semental con buenas características ganaderas, digamos, un buen tamaño de las partes más valiosas en el despiece, lo más importante es saber si estas características van a pasar o no a la descendencia. Así, heredabilidad se define como el porcentaje de la variación observada que es atribuíble a los genes. Veamos un ejemplo. La estatura es un carácter sujeto a una fuerte determinación genética, tanto en animales como en el humano. No obstante, el ambiente y en particular, la alimentación tiene influencia. Estudiar la heredabilidad de este carácter equivale a preguntarse si por término medio, a padres altos se corresponden hijos altos; en términos estadísticos, si existe correlación entre la estatura de los progenitores y de la descendencia. Dicho sea de paso, Federico el Grande de Prusia se propuso ‘cruzar’ hombres y mujeres altas para conseguir una guardia personal de elevada estatura, y al parecer, tuvo éxito en su empresa.

            Debe tenerse en cuenta que la  heredabilidad es una media de la población. No tiene ningún sentido decir que el 90% de los centímetros de estatura de Juan se debe a los genes y el resto al ambiente. Lo que tiene sentido es decir que las variaciones de estatura observadas en una población se explican, en un 90% por los genes, y el resto por el ambiente. Consecuencia importante de esto es que si cambiamos el ambiente donde se realizan las observaciones, la heredabilidad del carácter puede cambiar.

            Otro aspecto que puede producir confusión es que estimar una heredabilidad para un carácter determinado no quiere decir que dicho carácter sea inmutable o que no sea susceptible de cambio bajo los efectos del ambiente. El concepto alude a la correlación ente parentesco genético y el valor numérico del carácter, pero nada impide que los valores absolutos de éste varíen con el tiempo. En el caso mencionado de la herencia de la estatura, es un hecho observado que la estatura media de la población ha aumentado en muchos países, seguramente debido a cambios en la alimentación, y este cambio se ha producido a pesar de que este rasgo tiene una alta heredabilidad. En otras palabras, este concepto se refiere a las variaciones de estatura que se observan entre los individuos, pero no nos dice nada sobre la estatura media de la población.

            Una paradoja de este concepto es que sólo tiene sentido hablar de heredabilidad en aquellos caracteres para los que existe cierta variabilidad y no para aquellos que se encuentran ‘fijados’. Un ejemplo: la inmensa mayoría de los humanos nacemos con dos piernas y no hay duda de que esto se debe a la información contenida en el DNA. Por tanto, el carácter ‘tener dos piernas’ se hereda por vía genética y sin embargo la heredabilidad del carácter es cero.

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GRIPE ESPAÑOLA EN ISLANDIA: NO FUERON LOS GENES

 

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¿Quién ha sido el mayor asesino de la historia (en número de muertos)? ¿Hitler? ¿Stalin? ¿La bomba atómica? ¿La Peste Negra? ¡Respuestas incorrectas! El mayor asesino de la historia es la “gripe española” la cual, según las estimaciones “asesinó” a unos 50 millones de personas en todo el planeta (puede que a muchos más). Lo primero que hay que decir es que la denominación “gripe española” es patentemente incorrecta, un sambenito más que nos han colgado como colofón de la Leyenda Negra. Es un hecho probado que la (correctamente) llamada pandemia de gripe de 1918 comenzó en Estados Unidos, más concretamente en Fort Riley, Kansas. En el mes de marzo se produjeron los primeros casos y poco después llegó a Nueva York, y de ahí a prácticamente todos los rincones del planeta. La Primera Guerra Mundial, que por entonces estaba dando sus últimas coleadas, no causó la pandemia, pero es muy posible que el tráfico de mercancías y la acumulación de personas en cuarteles y trincheras, facilitara su dispersión. En Europa, el primer lugar donde apareció fue en Brest (Francia), pero dado que el país estaba en guerra –y por ello la prensa estaba sometida a una estricta censura- casi nadie se enteró. Poco después llegó a España, que no intervenía en la contienda, donde la noticia tuvo notable eco en los medios de comunicación. De aquí apelativo de “española”. Aunque la mortalidad total de la pandemia es desconocida, se estima que liquidó entre el 2.5% y el 5% de la población mundial, afectando aproximadamente al 20%. En la actualidad, eso supondría entre 150 y 300 millones de muertos.

 

Parece ser que la gripe de 1918 procede de un subtipo de la cepa H1N1 de gripe aviar y que saltó directamente a los humanos sin pasar por el cerdo, como se había sugerido. Una particularidad de esta enfermedad es lo que se ha llamado “gráfica en W”; si representamos el número de víctimas por grupos de edad se observa que esta cepa afectaba especialmente a jóvenes adultos (a parte de niños y ancianos). Esto es raro. Normalmente la gripe es particularmente peligrosa para individuos con sistemas inmunológicos poco desarrollados (niños) o debilitados (ancianos), pero en este caso también había un pico entre las personas con sistemas inmunológicos más robustos (adultos jóvenes). La explicación radica en una “tormenta de citokinas”, una reacción del propio paciente que provocaba terribles dificultades respiratorias. La reacción inmunológica era tan fuerte que los jóvenes se ahogaban en sus propios fluidos.

 

Aunque la gripe del 18 afectó a todos los países, la devastación que produjo fue diferente en los distintos países; por ejemplo, se sabe que India perdió a casi un 3% de su población, mientras que el Japón la mortalidad fue del 0.4%. ¿A qué se debieron estas diferencias? ¿A diferencias genéticas en la susceptibilidad de las diferentes poblaciones o factores relacionados con la distribución y circulación de personas? La pregunta es pertinente e interesante pero muy difícil de contestar. No obstante, científicos procedentes de Islandia y Estados Unidos creen que tienen la respuesta, según cuentan en un artículo aparecido esta semana en la revista PNAS.

 

El estudio ha sido realizado a partir de los datos clínicos que se conservan en Islandia. Hay que decir que este país se convertido últimamente en una especie de laboratorio viviente en Genética Humana. Islandia fue colonizada en el siglo IX por un pequeño número de individuos fundadores, y su población ha permanecido relativamente aislada hasta hoy. Por ello, se considera que su grado de homogeneidad genética es considerable. Si a esto unimos que existe una colección de datos clínicos extraordinariamente amplia y que se remonta mucho tiempo atrás y que existe, asimismo, una detallada genealogía de sus habitantes, tenemos una población ideal para el estudio de las bases genéticas de las enfermedades (la base de datos ha sido cedida a una empresa privada para su explotación comercial, lo que ha generado una agria polémica).

 

La pandemia llegó a Reykjavik en Octubre de 1918 y mató a 484 personas. Gracias a los datos genealógicos fue posible estudiar estadísticamente si existía alguna conexión familiar entre las víctimas. Sin embargo, no se encontró ningún indicio de que la sensibilidad a este virus tenga un componente genético.

 

Hasta hace poco tiempo, las explicaciones “genéticas” sobre características humanas eran poco menos que tabú. Esta actitud ha ido cambiando últimamente (aunque quedan ambientalistas irreductibles), sin embargo, ahora corremos el peligro opuesto: la tendencia a creer que “todo” tiene una causa genética. Una vez más, no se trata de generalizar a lo bestia –genes o ambiente- sino de conseguir datos sobre el tema que se quiera estudiar. Por ejemplo, la mayoría de los casos de cáncer que se dan en la actualidad son de origen ambiental, y sin embargo, la idea de que el cáncer tiene una causa genética va ganando adeptos. Al menos, en el caso de la “gripe española”, parece que no fueron los genes.

 

 

Se han producido al menos 2 o 3 pandemias de gripe desde el siglo XVI, de modo que la ocurrencia de otra pandemia en las próximas décadas puede considerarse como inevitable. Seguramente, el mundo estará (en general) mucho mejor preparado para hacer frente a esta amenaza que en los casos anteriores y debemos pensar que las medidas conseguirán minimizar el daño. Sin embargo, hay dos aspectos en los que estamos mucho peor que otras ocasiones. El primero es la globalización: con el tráfico actual de personas y mercancías, una pandemia podría extenderse a velocidad de vértigo. La segunda es la mayor presencia e importancia de los medios de comunicación. Aunque la mortalidad de la próxima pandemia sea limitada, el efecto psicológico en la población puede ser enorme, si nos lo van contando minuto a minuto.

Seguramente no moriremos de gripe, pero en muy probable que nos muramos de miedo.

 

Gottfresson M. et al. (2008) “Lessons from the past: familial aggregation analysis of fatal pandemic influenza (spanish flu) in Iceland in 1918 Proc.Acad. Natl. Sci. U.S.A. 105:1303-1308.

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Los últimos “hombres primitivos”

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El 25 de enero de 2006, Sunder Raj y Pandit Tiwari, dos pescadores indios con mala reputación, se encontraban pescando cangrejos cerca de las islas Andaman, en el océano Indico. La jornada se estaba dando bastante mal, así que decidieron probar suerte en el arrecife de la isla North Sentinel, donde abunda el cangrejo de los manglares. Esta opción no estaba exenta de riesgos. Para empezar, la pesca en esa zona es ilegal. Para seguir, los habitantes de la isla no tienen fama de ser amistosos con los forasteros. Según el testimonio de otro pescador que los avistó –y que denunció su desaparición unos días después- habían echado el ancla (una rudimentaria piedra atada a una cuerda) cerca de la isla. Hay razones para pensar que Sunder y Pandit hacían la espera menos larga consumiendo vino de palma en grandes cantidades. Al parecer, el ancla se soltó durante la noche y la corriente derivó a los pescadores (profundamente dormidos) hasta la playa cercana.

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Dos días después, un helicóptero de rescate sobrevoló la isla y encontró su barca. El equipo de rescate pudo tomar las imágenes que se adjuntan, donde se puede apreciar la barca rodeada de nativos. Los cuerpos de los infortunados pescadores yacían sin vida en la playa (los sentineleses no se los comieron, como dijeron algunos periódicos, sino que los enterraron someramente en la playa). Cuando trataron de aterrizar en la isla fueron recibidos con una lluvia de flechas, tal como vemos en la foto.

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Dharmendra Kumar, jefe de la policía de la Bahía de Bengala, decidió dejar que la cosa se enfriara un tiempo, con idea en enviar un equipo a la isla por sorpresa y recuperar los cuerpos unos días después. Sin embargo, este plan no llegó a llevarse a cabo. Los familiares de Sunder y Pandit tuvieron que conformarse con observar desde un barco las someras tumbas que hicieron los nativos. Finalmente, se decidió (con buen criterio) no hacer nada y dejar a los sentineleses en paz. Conviene mencionar que las tribus que han permanecido aisladas mucho tiempo son enormemente sensibles a enfermedades que en otras poblaciones no resultan graves. Nosotros somos los hijos de los supervivientes al sarampión, a la viruela, a las paperas…Ellos no has sufrido ese tipo de selección, por lo que infecciones corrientes pueden resultar fatales.

 

Con seguridad, los sentineleses son una de las tribus más aisladas del planeta y una de las pocas que continúan viviendo como cazadores-recolectores. Se calcula que deben ser unos 250 (más de 40, menos de 500). Sorprendentemente, sobrevivieron al terrible tsunami de 2004 sin recibir (ni permitir) ningún tipo de ayuda exterior. Es muy posible que en su larga historia hayan sobrevivido a catástrofes aun mayores. Los sentineleses viven de la pesca en el arrecife cercano, la caza de tortugas y cerdos salvajes, y la recolección de frutos y vegetales procedentes de la selva. Sin duda, sus condiciones de vida deben ser bastante duras. Si no fuera así, el crecimiento demográfico acabaría destruyendo los recursos de la isla.

 

Su fama de hostiles es merecida. En el siglo XIII, Marco Polo escribió sobre ellos: “si un extranjero llega a sus tierras lo matan inmediatamente y acto seguido se lo comen”.

Durante los años 80 y 90 se produjeron algunos incidentes violentos entre los nativos y guías turísticos desaprensivos, que pretendían organizar excursiones guiadas a la isla. Las autoridades indias realizaron algunas “visitas amistosas”, en las que un barco se acercaba a la orilla y arrojaba cocos. La mayoría de las veces, los sentineleses se limitaron a disparar sus flechas contra el barco; sólo en contadas ocasiones aceptaron el regalo. Esto nos ha permitido disponer de algunas imágenes grabadas en video, que pueden verse a través de este link. Los sentineleses van desnudos, excepto por un elegante cinturón de fibra vegetal (los hombres) y un mínimo taparrabos (las mujeres). De todos los vídeos, el que más me ha impresionado es este: http://www.andaman.org/BOOK/video/tans02.html en el que uno de los nativos se acerca demasiado a la costa y es “salvado” por su mujer (la cual luce un curioso bigote postizo), que se lo lleva a rastras.

 

Se ha especulado con la posibilidad de enviar a un antropólogo a la isla para que conviva con los sentineleses y los estudie. Sin duda la idea sería atractiva si no fuera porque es muy poco probable que la persona en cuestión sobreviviera a los primeros minutos del encuentro. Se ha sugerido que una mujer tendría más posibilidades de sobrevivir, aunque tampoco demasiadas. No es extraño que la operación haya sido pospuesta sin fecha.

Las otras tribus de las isla Andaman que han mantenido contacto con el exterior han acabado bastante mal: diezmados por las enfermedades, aculturados, alcoholizados y malviviendo (en reservas) de los alimentos que les proporciona el gobierno indio. Sólo quedan 99 individuos de la tribu Onge y 39 de los “Grandes Andamanenses”. Los jarawa aun mantienen buena parte de su aislamiento y su autonomía, pero su hábitat está constantemente amenazado por intereses turísticos y compañías madereras. Su futuro es francamente incierto.

 

Se cree que los sentineleses llegaron a las islas Andaman hace 50 o 60.000 años, formando parte del “primer éxodo” de los humanos modernos fuera de Africa. Esta migración debió producirse a lo largo de costa, desde el Mar Rojo hasta Australia. Los datos genéticos confirman que los habitantes originales de las islas Andaman han evolucionado en casi completo aislamiento durante muchos años. Prueba de ello es que el DNA mitocondrial ha revelado dos linajes muy antiguos, denominados M31 y M32, que sólo se han encontrado aquí.

 

En estos momentos, en la remota isla North Sentinel, existe una población humana que mantiene un modo de vida (posiblemente) similar al de hace 50.000 años. Si el resto de la humanidad se extinguiera, ellos acabarían saliendo de su isla y –en unos miles de años- volverían a repoblar el planeta. La idea me produce vértigo.

 

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Expresiva imagen de un sentiselense después de haber recogido los cocos que se le ofrecían. El mensaje es inequívoco.

 

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Los jarawa en la playa

 

Más info:

http://www.andaman.org/BOOK/chapter8/text8.htm#sentineli

http://www.andaman.org/BOOK/reprints/goodheart/rep-goodheart.htm

http://www.andaman.org/BOOK/text-group-BodyChapters.htm

 

 

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