Archivo mensual: enero 2008

Por qué los hombres viven menos

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En casi todos los países del mundo, la esperanza de vida de los hombres es considerable menor que la de las mujeres. Lo generalizado de este hecho está pidiendo a gritos una explicación, pero antes de entrar en las hipótesis que se han propuesto, déjenme decirles algo: este “patrón” es mucho general de lo que parece, ya que se repite en la mayoría de las especies de mamíferos. Ciervos, leones marinos, gorilas… da igual; en (casi) todos los casos, los chicos viven menos años.

 

Los biólogos evolutivos achacan la “causa última” de este fenómeno a las diferentes estrategias reproductivas de machos y hembras (tema que se ha tratado repetidamente en este blog). Brevemente, los machos pueden aumentar mucho el número de descendientes si logran aparearse con muchas hembras (en contrapartida, tienen un riesgo mucho mayor de no dejar descendencia). En cambio, para las hembras no supone una ventaja (en términos reproductivos) el aparearse con muchos machos, siempre que consigan quedarse preñadas. En muchas especies, a los machos sólo les vale apostar fuerte y entrar de lleno en la competencia por las hembras (una actividad no exenta de riesgos). Por ejemplo, entre los leones marinos, un pequeño número de machos monopoliza a la totalidad de las hembras; el resto tiene que esperar pacientemente a que el “dueño” del harén de muestras de debilidad. La conquista (y mantenimiento) de un harem siempre exige peleas sangrientas. Pero para un macho de esta especie casi cualquier riesgo merece la pena en términos evolutivos. Por supuesto, desde el punto de vista individual quizá sería mejor pasar sus días pacíficamente pescando y tomando el sol en la playa. Pero… los machos de león marino indolentes en esta materia no tienen oportunidad de pasar a sus descendientes sus genes de indolencia.

 

La “causa próxima” de esta mortalidad diferencial hay que buscarla en una molécula famosa: la testosterona. Es bien sabido que la exposición a esta hormona durante el desarrollo embrionario y durante la pubertad es responsable de la mayoría de las diferencias morfológicas y de conducta entre machos y hembras (en el caso de los humanos, habrá que excluir las diferencias debidas al “condicionamiento” diferencial que reciben niños y niñas). En la mayoría de las especies, los machos tienen mayores niveles de testosterona, pero resulta interesante detenerse en alguna de las excepciones a esta regla, como es el caso del faloropo picogrueso (Phaloropus fulicarius). Se trata de un ave perteneciente al grupo de los limícolas (emparentado con la agachadiza y el chorlito) que habita en regiones árticas. En este caso son los machos los que realizan en solitario la mayor parte del trabajo reproductivo, ya que la hembra se limita a poner los huevos, dejando a su pareja la incubación y la crianza de los polluelos. Tal como predice la teoría, en este caso son las hembras –no los machos- las que tienen colores llamativos y manifiestan una agresiva conducta sexual. En la época de cría puede observarse a grupos de hembras persiguiendo a un macho, mientras emiten un característico sonido ‘prrut’ retumbante y de largo alcance No resulta extraño que las hembras de faloropo tengan mayor nivel de testosterona que los machos.

 

 

Se ha sugerido que la mortalidad diferencial entre machos y hembras se deba a múltiples causas. Una parte se deriva de las conductas de agresión y riesgo, ya mencionadas, que derivarían de la tendencia de los hombres (mediada por testosterona) a mostrarse dominantes, agresivos y arriesgados, debido seguramente a los beneficios reproductivos que estas conductas reportaban durante el Paleolítico (es muy posible que en la actualidad no sirvan para aumentar el número de descendientes, pero las tendencias están ahí de todas formas). Otra parte se debe a la mayor sensibilidad de los machos a enfermedades infecciosas (Zuk and McKean, 1996). Este hecho resultó sorprendente al principio. Resulta que el “sexo débil” es mucho más fuerte frente a las enfermedades. De nuevo, esto no es exclusivo de los humanos, sino que ha sido comprobado en muchas especies y, de nuevo, la culpable parece ser la testosterona. En cierto modo, la Naturaleza pone a los machos en un brete. Por un lado, la testosterona les proporciona características favorables para el apareamiento (apariencia masculina, agresividad, dominancia), por otro hace que su sistema inmunológico funcione peor. Tampoco se sabe a ciencia cierta por qué la testosterona debilita el sistema inmunológico; esta afirmación se basa sólo en la correlación entre ambos hechos.

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Limitándonos ya a nuestra especie, en la figura adjunta (tomada de un artículo de Science (Owens, 2002)) se muestran los datos de mortalidad total y la debida a homicidios, accidentes y enfermedades infecciosas. Está claro que los hombres salen malparados en todas las comparaciones. Sin embargo, las diferencias de conducta aparecen bruscamente en la pubertad (antes de los 20), mientras que las diferencias relacionados con enfermedades y parásitos no son mensurables hasta los 25 años. Observamos también que las diferencias van disminuyendo con la edad (y con la disminución de testosterona). Las compañías de seguros de vida y de automóviles son muy conscientes de que estas diferencias existen.

 

El grupo de Robin Dunbar (uno de los pioneros de la Psicología Evolucionista) se ha dedicado a explorar las diferencias de género en conductas de riesgo habituales (Pawlowski et al., 2008). Estos investigadores se dedicaron a estudiar a los humanos en la ciudad del mismo modo que los etólogos estudian a los animales en su ambiente. En concreto, se fijaron en la forma en que la gente cruza la calle, haciendo cuidadosas observaciones respecto al grado de riesgo asumido en cada caso. Los resultados (poco sorprendentes) indican con claridad que los hombres son mucho más proclives al riesgo. En el grupo de observaciones considerado de “alto riesgo” había 3 veces más hombres que mujeres. Más interesante (y más divertido) es el hecho de la conducta arriesgada de los hombres se incrementaba significativamente si había mujeres cerca. Mientras que en las mujeres no se detectó un efecto similar. Claramente, la tendencia de los chicos a alardear delante de las chicas tiene profundas raíces en la evolución.

 

 

Owens, I.P. (2002) Ecology and evolution. Sex differences in mortality rate. Science 297: 2008-2009.

Pawlowski, B., Atwal, R., and Dumbar, R.I.M. (2008) Sex differences in everyday risk-taking behavior in humans. Evolutionary Psychology 6: 29-42.

Zuk, M., and McKean, K.A. (1996) Sex differences in parasite infections: patterns and processes. Int J Parasitol 26: 1009-1023.

 

 

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Ojos claros serenos (la hipótesis del ojo cooperativo)

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Una característica que nos diferencia de la mayoría de los mamíferos (a parte de usar tarjetas de crédito) es el hecho de que en nuestro caso se distingue fácilmente el “blanco de los ojos”, es decir, el hecho de que la superficie blanca de nuestra córnea es muy superior que la que tienen otras especies (Kobayashi and Kohshima, 1997). En una comparación sistemática de 92 especies de primates (incluidos nosotros) se encontró que 85 tenían una esclera uniforme de color pardo o pardo oscuro (Kobayashi and Kohshima, 2001). Dado que nuestros parientes cercanos (chimpancé, gorila) no comparten esta característica, cabe pensar que surgió en algún momento de nuestra evolución. La pregunta es: ¿confería alguna ventaja adaptativa a nuestros antecesores? Y en tal caso ¿qué ventaja?

 

La respuesta a la primera pregunta no es necesariamente afirmativa. Las características que observamos en las especies actuales no son siempre producto de la selección natural. Pueden ser debidas al azar o ser consecuencias indirectas de la selección de otros caracteres. Sin embargo, no puede descartarse que el blanco de los ojos tuviera una función en nuestra especie. Otros datos apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, en el ojo humano la superficie blanca es muy superior a la de otras especies (tres veces mayor que en nuestros parientes próximos) y el contraste entre el color del ojo y el color de la piel es muy alto en nuestro caso (y mucho más bajo en las especies estudiadas). Todo esto sugiere que diferentes características han tenido que combinarse para dar lugar al típico ojo humano.

 

¿Dónde podría estar la ventaja selectiva? Se han sugerido algunas explicaciones. Por ejemplo, podría servir como indicador de la salud del individuo, lo que podría contribuir a su éxito reproductivo (al ser preferido por individuos de sexo opuesto para aparearse). No obstante, esto debería aplicar de forma parecida a los chimpancés. Otra posibilidad es que esta característica facilitara en gran medida que otros individuos pudieran saber en qué dirección estamos mirando, con lo que podría aumentar notablemente la interacción ¿Y el hecho de que otros puedan saber a dónde estoy mirando constituye una ventaja? Depende. Podría serlo si los humanos evolucionamos un ambiente social cooperativo (podría ser una desventaja en caso contrario). Pero, precisamente, la capacidad de cooperación es una de las características genuinamente humanas y que nos distingue de los chimpancés y los gorilas. Este espíritu de grupo seguramente fue un factor importante en nuestro éxito como especie y nos ayudó a colonizar la mayoría de los hábitats del planeta. Según esta idea, denominada hipótesis del ojo cooperativo, el característico contraste de nuestros ojos fue seleccionado porque permitía una mayor co-orientación visual entre individuos, lo que haría más fácil la coordinación de tareas.

 

Sin duda, la hipótesis es interesante, pero cómo comprobarla. Michael Tomasello y sus colaboradores, del Instituto Max-Plank de Antropología Evolutiva de Leipzig, se han puesto a ello y nos lo cuentan en un artículo reciente de la revista Journal of Human Evolution (Tomasello et al., 2007). La idea es en principio simple. Si la hipótesis del ojo cooperativo es cierta, los humanos seguiríamos la mirada de otros individuos basándonos precisamente en la dirección a la que apuntan sus ojos y esperaríamos que eso no ocurriera en especies emparentadas (que no tienen blanco en los ojos). Para comprobar esta idea los investigadores compararon el comportamiento de bebés humanos con el de chimpancés (jóvenes y adultos). Un experimentador humano miraba al cielo “sólo con los ojos”, o bien “sólo con la cabeza” (con los ojos cerrados), o bien “con ambos a la vez”. Los chimpancés siguieron la mirada del experimentador basándose fundamentalmente en el movimiento de la cabeza (aunque los ojos jugaban también algún papel). En cambio, los bebés humanos se basaron casi exclusivamente en los movimientos oculares. Estos resultados apoyan la hipótesis del ojo cooperativo (más bien, una parte de ella), pero todavía estamos lejos de poder afirmar que la hipótesis está contrastada más allá de toda duda razonable. Entretanto, me quedo con los versos de Gutierre de Cetina.

 

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

 

 

Kobayashi, H., and Kohshima, S. (1997) Unique morphology of the human eye. Nature 387: 767-768.

Kobayashi, H., and Kohshima, S. (2001) Unique morphology of the human eye and its adaptive meaning: comparative studies on external morphology of the primate eye. J Hum Evol 40: 419-435.

Tomasello, M., Hare, B., Lehmann, H., and Call, J. (2007) Reliance on head versus eyes in the gaze following of great apes and human infants: the cooperative eyes hypothesis. Journal of Human Evolution 52: 314-320.

 

 

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EL ENIGMA DE LA SIFILIS

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Si hay una enfermedad con mal nombre, esa es la sífilis. Un mal lento, pero inexorable (antes de los antibióticos), que tenía añadido el estigma de ser adquirido “a través del pecado”. Algo así como el SIDA del Renacimiento. Tiene cierta lógica que los distintos nombres con los que se la conocía en diferentes regiones tuvieran un marcado carácter xenófobo. Los italianos la llamaron “morbo gálico” y los franceses “enfermedad italiana”. Para los españoles venía de Portugal (y viceversa); para los rusos de Polonia. En Países Bajos se daba por hecho que, como todo lo malo, venía de España. Los turcos pensaban que era una enfermedad “cristiana”. En definitiva, siempre ha sido la enfermedad del vecino.

La sífilis irrumpió en Europa bruscamente a finales del siglo XV. Cuando en 1494, el rey Carlos VII de Francia invadió Italia, se encontró con que su ejército fue derrotado en cuestión de meses, pero no por las tropas italianas (que en aquella época tenían una merecida fama de poco aguerridas), sino por un enemigo invisible: la bacteria Treponema pallida, agente causal de la sífilis.

Debido a la coincidencia de fechas (descubrimiento de América/ aparición de la sífilis en Europa) se pensó inmediatamente que este mal tenía su origen en el Nuevo Mundo y había sido traído por la mismísima tripulación de Colón. El propio Cristóbal Colón y su lugarteniente, Martín Pinzón, habrían muerto de sífilis. Hay que decir que esta teoría no se basa en absoluto en pruebas sólidas (de hecho, Martín Pinzón murió poco después de regresar de América, un intervalo muy corto para el desarrollo de esta enfermedad).

Detalles históricos aparte, dos teorías serias se han disputado la explicación sobre el origen de la sífilis. La teoría del “intercambio colombino” decía que la enfermedad venía de América, mientras que la teoría “precolombina” suponía que ya existía en Europa antes del descubrimiento. Esta última teoría sostiene que hay esqueletos europeos con huellas inequívocas de haber padecido sífilis, aunque tales descubrimientos son bastante controvertidos.

Sin embargo, es posible que la respuesta a este enigma se encuentre en una remota tribu de la selva de Guyana, o al menos así lo creen los autores de un artículo reciente en la prestigiosa revista PLoS (Public Library of Science) (1).

En 1999 un equipo de médicos canadiense se encontraba realizando una misión humanitaria para combatir una misteriosa enfermedad que afectaba a los Akwio, una tribu de la selva de Guyana. La enfermedad en cuestión producía unos chancros abiertos en los brazos y las piernas de los que la sufrían. Al doctor Silverman, director de la misión, le pareció una curiosa mezcla de otras dos enfermedades: la “sífilis” y el “pian”. La primera también produce chancros abiertos, pero éstos se producen generalmente en los genitales. Además, en este caso no se trataba de una enfermedad venérea, ya que afectaba sobre todo a los niños. Sin embargo, el pian suele producir unas erupciones muy diferentes a las que se observaban en este caso. Ambas enfermedades están relacionadas, ya que esta última es producida por otra cepa de T. pallida.

El dr. Silverman y su equipo encontraron que la enfermedad de los Akwio estaba producida por una cepa nueva de T. pallida y, de acuerdo con el juramento hipocrático y el objetivo de su misión, procedieron a tratarla con antibióticos. No obstante, también trajeron muestras de la bacteria, o más bien, de su DNA. La obtención y transporte de las muestras debió resultar bastante difícil, ya que no disponían de medios de congelación o refrigeración. Las muestras viajaron por la selva en alcohol a temperatura ambiente, durante varios días.

El análisis genético de estas muestras y su comparación con las de otras cepas de Treponema, realizado mucho después, permitió construir un árbol filogenético de esta bacteria. El resultado era sumamente interesante. En las ramas más antiguas del árbol se encontraban cepas de pian procedentes del Viejo Mundo. La extraña cepa de Guyana estaba en una rama relativamente nueva, lo que sugiere que el pian llegó a América con los primeros colonizadores, hace unos 12.000 años. Lo más interesante es que la cepa de Guyana estaba muy relacionada con las cepas productoras de sífilis, lo que sugiere la posibilidad de que sea una forma de transición, es decir, una cepa de pian que ha empezado a adquirir las características de la sífilis, tales como los chancros abiertos.

La teoría que se desprende de estos resultados es que una cepa americana de pian se transformó en una productora de sífilis, posiblemente en su adaptación al ambiente europeo y esta evolución debió producirse en un tiempo muy corto. Es posible que el hecho de que los europeos del siglo XV fueran cubiertos hasta la cabeza hiciera difícil la transmisión de la cepa por contacto directo con la piel. De modo que la bacteria se adaptó en Europa a lo único remotamente parecido a un ambiente tropical: los genitales humanos, y la enfermedad pasó a transmitirse por vía sexual.

Con todo, persisten muchas dudas sobre esta teoría. Una dificultad adicional viene del hecho de que no se ha conservado la cepa de Guyana, por lo que no se pueden realizar estudios más a fondo (secuenciar el genoma de la cepa ayudaría bastante) y tampoco es fácil volver a aislarla. El equipo de médicos canadiense fue tan eficaz en su lucha contra la enfermedad que, al parecer, la erradicó por completo. Las personas de buena voluntad deben alegrarse por ello, pero es posible que los epidemiólogos no estén tan contentos.

(1) Harper KN, Ocampo PS, Steiner BM, George RW, Silverman MS, et al. (2008)
On the Origin of the Treponematoses: A Phylogenetic Approach.
PLoS Negl Trop Dis
2(1): e148. doi:10.1371/journal.pntd.0000148

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Las neuronas espejo intervienen en el canto de los pájaros

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En 1996, un equipo de científicos dirigido por Giacomo Rizzolatti en la Universidad de Parma, se encontraba estudiando la activación de las neuronas motoras, responsables del movimiento en macacos. Estos investigadores descubrieron que cuando el animal realizaba un movimiento, como agarrar un objeto con las manos o morderlo, se activaban determinadas neuronas de la corteza cerebral del animal. Es importante señalar que determinadas neuronas se activaban ante diferentes acciones. En un principio, los investigadores supusieron que dichas neuronas estaban transmitiendo ‘órdenes’ a los músculos para que hicieran ciertas cosas. Sin embargo, el descubrimiento realmente interesante (e inesperado) es que las mismas neuronas se activaban cuando los macacos observaban a otros animales (o incluso al experimentador) realizando las acciones correspondientes. De aquí el término ‘neuronas espejo’, ya que se activan al realizar una acción o al ver reflejada dicha acción en otro individuo.

La verdadera importancia de las neuronas espejo radica en que tal vez nos permitan entender algunas de las capacidades más enigmáticas de la mente, como por ejemplo, la capacidad de imitación. Es un hecho conocido que los bebés humanos son capaces de imitar gestos a edades muy tempranas. Si le sacamos la lengua a un niño de pocos meses es probable que nos responda con el mismo gesto. Esta capacidad de imitación también existe entre los primates, aunque en menor medida, pero es bastante rara entre los mamíferos ¿Cómo sabe un bebé que lo que aparece de pronto en el rostro del adulto es la lengua, y que la acción apropiada consiste en sacar la suya propia? Este era un hecho totalmente misterioso, aunque cotidiano. La existencia de neuronas espejo nos proporciona un principio de explicación. Cuando observamos un gesto en otro individuo, nuestro sistema nervioso debe realizar una especie de ‘simulación virtual’ del movimiento, lo que propicia la repetición del mismo. Aunque quedan muchas cosas por descubrir, este tipo de sistemas neurológicos probablemente constituye la base de nuestra capacidad imitativa y seguramente esto constituye un requisito para que el aprendizaje sea posible. El aprendizaje parte de la imitación de otros individuos y para ello hace falta un circuito cerebral ‘especializado’, que automatice la tarea y nos predisponga a imitar. De nuevo, el conocimiento de este circuito le daría otro golpe más a la maltrecha dicotomía Naturaleza-Crianza: los genes necesarios para construir el sistema de de las neuronas espejo serían un requisito necesario para que el aprendizaje pudiera tener lugar.

Una nueva e interesante pieza de investigación sobre las neuronas espejo ha sido publicada en el último número de la revista Nature, por un equipo de científicos de la Universidad de Duke. Estos investigadores colocaron un delicadísimo mecanismo en la cabeza de ejemplares macho de “sabanero platanero” (Melospiza georgiana), una especie de ave canora americana relacionada con los escribanos europeos. De esta forma eran capaces de registrar la actividad de neuronas individuales dentro de la región denominada HVC (un sistema radicado en el telencéfalo y que es esencial para el canto en las aves). Lo más interesante es que fueron capaces de identificar neuronas que se activaban cuando el ave emitía una secuencia particular y también, cuando el ave escuchaba esa misma secuencia de notas, emitida por otro animal. Es la primera vez que los científicos identifican un sistema de neuronas espejo fuera de los primates. Se especula con que este sistema tal vez constituya un rasgo básico del cerebro de los vertebrados y que en determinadas especies haya sido “reclutado” para realizar determinadas tareas especializadas.

Las neuronas espejo podrían explicar cómo las aves consiguen mantener sus distintivos y complejos cantos en la edad adulta. De modo que el patrón de disparo de dichas neuronas equivaldría a una “representación mental” del canto que el ave se dispone a emitir. Además, este sistema muy probablemente está implicado en el proceso de aprendizaje del canto, el cual está (en parte) determinado genéticamente y (en parte) sujeto a influencias ambientales (véase: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/01/12/genes-monos-y-reconocimiento-facial/).

Es muy posible que las neuronas espejo también ayuden al ave a de-codificar el canto de otros animales. El canto tiene una función territorial, de modo que es necesario que cada pájaro esté atento y sepa interpretar los cantos emitidos por otros animales en la vecindad.

 

(1) Rizzolatti, G. and Craigkero, L. (2004) “The Mirror.neuron system” Annu Rev Neurosci. 27:169-192.

(2) J. F. Prather, S. Peters, S. Nowicki & R. Mooney. (2008) “Precise auditory–vocal mirroring in neurons for learned vocal communication” Nature 451: 305-310

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Genes, monos y reconocimiento facial

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El término instinto está algo desprestigiado en la actualidad, pero tenemos que considerarlo en este blog ya que se encuentra justo en el núcleo del debate Naturaleza-Crianza. El concepto no es nuevo en absoluto. El gran filósofo norteamericano William James lo había desarrollado mucho antes (aunque no de forma experimental), y no tuvo ningún empacho en aplicarlo a la conducta humana. Sin embargo, actualmente los psicólogos son algo reacios a aplicar este término a los humanos. El problema es que la idea de una conducta totalmente programada desde el nacimiento e independiente por completo del medio, resulta útil para describir algunas situaciones, pero no todas. Con las conductas esterotipadas que observamos, por ejemplo en los insectos, el concepto de instinto se ajusta bastante bien. Pero cuando tratamos de explicar comportamientos más complejos, por ejemplo en mamíferos o aves, la cosa se complica. En general, cuanto mayor y más complejo sea el cerebro de un animal, su conducta estará gobernada más por el aprendizaje y menos por el instinto. El problema radica en que muchas de las pautas de conducta que se observan son en parte programadas y en parte aprendidas. De aquí que la dicotomía tajante entre instinto y aprendizaje no funcione.

Uno de los conceptos desarrollados por Konrad Lorenz es el denominado ‘imprinting’. Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como ‘su madre’ al primer animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le identificaban como tal. Este fenómeno debe de estar genéticamente programado y sólo funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los pollos ‘aprenden’ quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a ‘aprender’ correctamente quién es su verdadera madre ¿Genético o aprendido?

Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y por tanto, privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma ‘instintiva’ el canto de su propia especie. Interesante ¿no?

El problema es que, en la mayoría de los casos, resulta muy difícil separar los efectos genéticos de los ambientales, a menos que recurriésemos a técnicas francamente drásticas. Por ejemplo, el faraón Psammeticus (siglo VII ac) pensaba que el lenguaje se adquiere de forma innata, de forma que un niño que creciera sin contacto con ninguna lengua hablaría la “lengua original”. Dicho y hecho, el faraón ordenó que dos niños fueran criados en completo aislamiento. Al cabo de algunos años, uno de ellos pronunció un sonido parecido a “bekos”, que en frigio significa “pan”. De aquí dedujo el faraón que el idioma original debía de ser el frigio. Por cierto, se dice que el rey Jaime V de Escocia también realizó el más que dudoso experimento. En este caso, el niño (criado por una mujer sorda en una cabina especialmente diseñada) acabó siendo incapaz de hablar lengua alguna.

Un experimento parecido (aunque menos cuestionable desde el punto de vista ético) es el que ha realizado el investigador japonés Yoichi Sugita, y nos lo cuenta en el último número del PNAS (1). En este caso, lo que Sugita quería averiguar es si el reconocimiento visual de caras tiene una base biológica en primates. Para ello crió a un grupo de monos (Macaca fuscata) completamente privados de la visión de un rostro (humano o de mono). Los cuidadores daban el biberón a los monitos con una especie de caperuza de tela, aunque se les proporcionó un ambiente visualmente rico (con flores de colores y juguetes vistosos, pero nada que recordase a un rostro).

El sistema visual de reconocimiento de caras es capaz de discriminar cambios sutiles (p.e. distinguiendo expresiones faciales). Algunos autores asumen que dicho sistema “viene de fábrica”, o sea, se encuentra organizado en el cerebro al nacer. Otros investigadores argumentan que el reconocimiento de caras tiene su origen en una capacidad perceptual más general, y que acaba “especializándose en caras” debido a l uso frecuente en esta tarea. En definitiva, tenemos planteado un debate Naturaleza-Crianza en miniatura, con la importante ventaja de que ahora nos estamos limitando a un tema concreto, por lo que es posible abordarlo de manera experimental.

Tras un periodo (6, 12 y 24 meses, dependiendo del grupo) los monitos fueron sometidos a experimentos visuales y comparados con el grupo de control, el cual había sido criado por otros monos. En primer lugar, se comprobó que todos los animales (privados o no) prefirieron estímulos visuales que contenían caras, fueran humanas o de macaco, frente a estímulos con otros motivos. Esto sugiere que los macacos tienen una idea innata de qué debe ser una cara, y coincide con experimentos anteriores acerca de las preferencias visuales de los bebés humanos. En segundo lugar, utilizando una técnica específica (visual paired-comparison procedure) se determinó si los pequeños macacos eran capaces de distinguir entre caras nuevas y familiares. Los macacos de control no tuvieron problemas en realizar esta tarea con caras de otros macacos, pero no eran capaces de discriminar en el caso de rostros humanos. Sin embargo, y esto es lo más interesante, los macacos no-condicionados fueron igualmente capaces de distinguir lo nuevo y lo familiar, tanto en caras humanas como de mono. Al parecer, una vez que los animales han llegado a “saber”, debido a la experiencia cotidiana, cuál es el tipo de rostro relevante para ellos, pierden su poder discriminatorio para otros tipos de caras. Este fenómeno es similar al denominado “efecto de la propia raza” en humanos. Dicho efecto nos hace capaces de distinguir rostros en personas de nuestra misma raza, pero no de otras (o al menos, con más dificultad). A los europeos, todos los asiáticos les parecen iguales (o al menos, tienen mucha menos capacidad de discriminar). Análogamente, a los asiáticos, las caras europeas les resultan difíciles de distinguir. Aunque estamos lejos de una explicación completa, el fenómeno parece ser similar al descrito por Lorenz: primero tenemos un sistema innato para procesar estímulos visuales similares a una cara; después, la experiencia nos indica qué tipo de caras son relevantes para nosotros y nuestro sistema se especializa, perdiendo capacidad con respecto a las caras que no corresponden con nuestra especie (o raza).

El faraón Psammeticus hubiera concluido que el “rostro original” debía ser algo así como:.

 

(1) Sugita, Y. (2008) “Face perception in monkeys reared with no exposure to faces”. PNAS 8:394-398.

 

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