Archivo mensual: octubre 2007

Bésame mucho

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Basta escuchar un momento la letra de nuestras canciones para comprobar que el beso –entiéndase, el beso romántico y apasionado- constituye una parte importante de la sexualidad humana. Lo que no es tan corriente es que el beso sea también objeto de estudio de los biólogos; aunque no debería extrañarnos, después de todo, el objetivo de la Psicología Evolucionista es precisamente buscar las bases biológicas y evolutivas de la conducta humana.
“La biología evolutiva del beso” es el tema de un artículo publicado en el último número de la revista Evolutionary Psychology (1) y cuyo título es: “Sex differences in romantic kissing among collage students: an evolutionary pesrpective”. Debo adelantar que en mi opinión este trabajo está un poquito regular. No me entiendan mal. No es que esté en contra de este tipo de estudios. Todo lo contrario. Mis reparos se centran este trabajo concreto. Pero vayamos primero a los hechos.
Los autores se proponen contrastar tres hipótesis. La primera: el beso podría ser un mecanismo para evaluar a las parejas potenciales. Por ejemplo, mediante el intercambio de saliva los hombres podrían percibir sustancias indicativas de la ovulación y esta información sobre la fertilidad de su compañera podría tener relevancia evolutiva (sobre esto, vésase el post anterior “Chicas alegres y psicología evolucionista”). De la misma forma -sugieren los autores- el beso permite inferir algo sobre el estado de salud de la persona besada (al menos de su salud bucodental). Otra posibilidad (aunque esta no la han considerado los autores) es que también proporcionara información sobre el grado de des-semejanza genética de la pareja con objeto de evitar la consanguinidad.
La segunda hipótesis es que el beso podría servir como un mecanismo fortalecedor de los lazos de unión de la pareja (bonding). Los autores llegan a sugerir que esto se produciría mediante intercambio de hormonas a través de la saliva. Es posible que suene un poco raro (y terriblemente anti-romántico) pero la monogamia debe tener una base bioquímica, aunque sabemos poco de cómo funciona en nuestra especie. En cambio sabemos por qué es monógamo el campañol de las praderas, un roedor perteneciente al género Microtus que habita en gran parte de América y Europa. Este animal excava profundas galerías y se alimenta de raíces y tubérculos, causando en ocasiones graves daños en los cultivos, como la plaga que afectó a Castilla y León la pasada campaña. Este roedor exhibe una característica excepcional, y es la de formar parejas monógamas extraordinariamente fieles. Habitualmente, macho y hembra cooperan en el cuidado de la prole, lo que dura varias semanas. En contraste, el campañol de montaña, una especie muy relacionada, exhibe el característico comportamiento polígamo de los roedores, donde los cuidados paternos brillan por su ausencia. Los científicos han podido estudiar la base bioquímica de este comportamiento y resulta depender de dos hormonas: oxitocina y vasopresina.
La tercera hipótesis resulta un pelín trivial: el beso incrementa la excitación y receptividad sexual. De acuerdo. Sí, pero la investigación debe hacerse para contestar preguntas que nadie sabe y no aquellas cuya respuesta es de dominio público. Con respecto a las dos primeras, nada que objetar. Son interesantes y plausibles.
Para contestar a estas preguntas, los investigadores hicieron encuestas a un buen número de estudiantes universitarios de la costa Este sobre sus actitudes y sentimientos en torno al beso. Encontraron que las mujeres dan más importancia al beso que los hombres. Un 85% de ellas manifestó que no estaría dispuesta a practicar el sexo sin besar (frente a un 50% de los chicos). En la misma línea, las mujeres dieron más importancia al beso, antes, durante y después del sexo. Un 66% de las mujeres declaró que en alguna ocasión había perdido interés por un hombre tras besarlo por primera vez. Análogamente, los hombres resaltaron la importancia del beso como un medio hacia el fin último: el sexo.
En mi opinión, estos datos no carecen totalmente de valor científico, pese a parecer horriblemente obvios. El problema es que no sirven para contrastar las hipótesis iniciales de los autores. Éstas siguen siendo igual de hipotéticas después de leer la sección de Resultados. Conste que tampoco creo que las hipótesis carezcan de interés. Simplemente, no están apoyadas por los datos. Los investigadores tendrían que encontrar pruebas de que realmente a través de un beso se puede establecer el momento del ciclo ovulatorio o que se intercambie alguna sustancia relacionada con los lazos de pareja. Naturalmente, demostrar esto es bastante más complicado que hacer encuestas. Así que, mientras no presenten pruebas más sólidas no retiraré una pegatina de mi coche que dice:
El beso no se explica, se practica

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1) Hughes, S., Harrison, M., and Gallup, G.G. (2007) “Sex differences in romantic kissing among collage students: an evolutionary perspective” Evolutionary Psychology 3:612-631.

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Azar 0, Necesidad 1

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No es raro (incluso hoy día) leer publicaciones donde se proclama la caída inminente de la Teoría Darwinista de la Evolución y el advenimiento de (en la jerga pedante de Kuhn) otro paradigma. Ojo, no me estoy refiriendo al hecho de la Evolución en sí, sino al mecanismo de evolución mediante variación y selección natural. La Evolución, como tal, es un hecho incontrovertible apoyado por una montaña de pruebas, por lo que no hace falta extenderse en esto. La controversia sobre el creacionismo es un tipo de debate diferente en el que no estoy dispuesto a entrar en este post.

La mayoría de los biólogos admite hoy día que tanto el azar como la selección natural contribuyen al proceso. En cuanto a la primera, existen abundantes pruebas de que opera de forma continua y de que es un factor esencial en la evolución. Lo que no es nada fácil es saber en qué grado opera este mecanismo ¿Realmente todos los caracteres que apreciamos en los seres vivos están optimizados por la selección natural? Esta pregunta originó una división entre los estudiosos que tuvo su apogeo hacia el final de los años setenta. Por un lado, algunos investigadores se mantuvieron fieles a la premisa ‘seleccionista’ de que básicamente todos los caracteres están ‘optimizados’ por la selección natural. La otra escuela, denominada, ‘neutralista’, mantenía por el contrario que la mayoría de las mutaciones no afectan ni positiva ni negativamente a la supervivencia de los individuos; son por tanto mutaciones ‘neutrales’. Los neutralistas no niegan que la selección natural exista, solamente afirman que la acción de ésta tiene límites y que existe un margen considerable para la variación genética. En particular, los ‘neutralistas’ señalan que la ‘selección positiva’ de un gen debido a las características favorables que confiere a los individuos portadores, es un suceso raro. Hay que señalar que esta diferencia es en el fondo una cuestión ‘de matiz’ y no cuestiona básicamente las ideas de Darwin.

El cambio evolutivo en las poblaciones puede explicarse, además de por selección natural, por el fenómeno conocido como deriva genética (genetic drift). En poblaciones reales, la frecuencia de los diferentes alelos puede variar de forma aleatoria. Estas variaciones al azar pueden provocar que alelos nuevos reemplacen a los antiguos. La deriva genética no puede explicar el cambio adaptativo, pero aun así, puede tener importantes consecuencias e influir en el curso de cambios que sí son adaptativos ¿Cuál es entonces, la causa de la divergencia de las poblaciones, azar o necesidad?

Naturalmente, no debería plantearse como una cuestión de blanco/negro (¡abajo las dicotomías¡) Es perfectamente posible que ambos factores operen. También es esperable que su importancia relativa varíe en diferentes casos. Así que, lo único verdaderamente útil es tratar de recoger evidencia experimental al respecto. Y eso es lo que han hecho Brian Langerhans y sus colegas de la Washington University en St. Louis, Missouri, USA, y nos lo cuentan una publicación reciente (1).

Estos investigadores han tomado como modelo un pez de agua dulce de la región caribeña, denominado pez mosquito (Gambusia hubbsi). Esta especie, considerada invasora, habita en los llamados “blue holes”; pequeñas charcas que se forman en regiones kársticas. Estas charcas pueden albergar o no a la especie
Gobiomorus dormitor, que es un depredador del pez mosquito. Por tanto, éste puede vivir en hábitats que varían en un factor crucial: la presencia o no de depredadores, siendo muy similares en casi cualquier otro factor. Dado que Gambusia es un género invasor, ha ido ganando terreno en los últimos miles de años y sus poblaciones se han ido diferenciando por el camino. Así que, la pregunta que se han hecho estos investigadores es si la evolución del pez-mosquito está muy condicionada –o no- por la presencia de predadores en su hábitat. Los “blue holes” presentan una especie de experimento evolutivo natural con sus correspondientes controles.

Para contestarla, los científicos recolectaron datos de un buen número de charcas y estudiaron la forma, el comportamiento y la filogenia de estas poblaciones. Sus resultados indican de forma concluyente que el factor esencial que condiciona la evolución de esta especie es la presencia de depredadores. En charcas con fuerte presión de los depredadores, los peces mosquito desarrollaron una morfología que favorecía una alta velocidad de escape. Los datos moleculares indicaron que esta respuesta evolutiva se había producido varias veces y que el mejor “predictor” de la morfología de los peces de una charca concreta era la presencia de depredadores, y no el aspecto de la población más cercanamente emparentada. Lo más interesante, es que los peces de una forma determinada preferían aparearse con individuos de forma similar; en otras palabras, los caracteres en los que se producía la divergencia entre charcas distintas también eran empleados por los propios peces como criterios de apareamiento. Estos datos nos muestran una relación directa entre selección natural, selección sexual y especiación.

Muy interesante. Sin embargo, esto no quiere decir que la selección natural sea siempre el factor clave en la especiación, ni que la deriva genética no sea importante. Habrá que seguir currando, aunque en este caso podemos decir: azar 0, necesidad 1.

 

(1) R. Brian Langerhans, Matthew E. Gifford and Everton O. Joseph (2007)

“Ecological speciation in Gambusia fishes” Evolution 61, 2056.

 

 

Debo dar las gracias al profesor Jesús Murillo (Universidad Pública de Navarra) por sugerirme este interesante artículo

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TODOS SOMOS NEGROS

 

Gran parte de la tensión que siempre ha acompañado a la cuestión de la herencia del cociente de inteligencia (CI) es debida al tema de las razas. Y dadas las declaraciones recientes de James Watson resulta oportuno tratarlo en este blog. Así que empezaré por la conclusión: no existe evidencia científica convincente que indique que unas ‘razas’ sean más inteligentes que otras. Esta afirmación se basa en los siguientes argumentos: 1) lo que comúnmente llamamos ‘razas’, p.e. negros y blancos, carece de una definición genética precisa y por tanto, no puede utilizarse como base para ninguna comparación; 2) el estatus socioeconómico tiene una fuerte influencia en el CI; y 3) la medida del CI no está exenta de ‘sesgo cultural’. Examinemos estas razones una a una.

Homo sapiens es una especie muy joven; el análisis del DNA de la mitocondria revela que todos los humanos descendemos de una antecesora común que vivió hace 100.000-200.000 años (volveremos sobre esta cuestión en posts sucesivos). El grado de variabilidad genética en humanos es pequeño, por ejemplo si lo comparamos con el del chimpancé. La clasificación tradicional en cinco razas basadas en el color de la piel resulta inadecuadamente simplista. En Estados Unidos, que es donde el tema resulta verdaderamente incendiario, la clasificación tradicional se hace en ‘blancos’,‘afro-americanos’,‘hispánicos’, ‘americanos nativos’ y ‘asiáticos’. Para empezar, la denominada raza ‘negra’ alberga más variabilidad que todas las otras, lo cual no es raro, ya que sabemos que nuestra especie se originó en Africa. Esto quiere decir, que las diferencias genéticas entre un bosquimano y un masai pueden ser mayores que la que hay entre un español y un japonés. Para seguir, después de más de tres siglos de historia común, los afro-americanos tienen un tanto por ciento no despreciable de genes ‘blancos’ (aproximadamente un 25%) en buena parte debida a la violación frecuente de las esclavas negras por sus amos[1]. En el caso de los ‘hispánicos’ las cosas están todavía menos claras. El término ‘hispánico’ constituye un conglomerado de descendientes de españoles, portugueses, amerindios y africanos. Por lo tanto, los estudios realizados en USA que relacionan el CI con la raza están viciados de partida.

En parte debido a que es un tema ‘tabú’, la diversidad genética en humanos se ha estudiado menos de lo que sería deseable. No obstante, los datos disponibles indican que la variabilidad genética dentro de una ‘raza’ es superior a la que se puede observar ‘entre razas’[2], lo que hace que el concepto en sí sea difícilmente aplicable en nuestra especie. Desdichadamente, algunos caracteres muy visibles, como el color de la piel, dependen de un pequeño número de genes y parecen responder a presiones evolutivas con relativa rapidez. Es cierto que la mayoría de los noruegos son rubios y la mayoría de los chinos tienen el pelo negro. Pero si analizamos un mayor número de caracteres encontraremos un grado muy considerable de ‘mezcla’ entre poblaciones. De hecho, la caracterización genética de distintas poblaciones no se basa en encontrar genes ‘específicos’ de cada población, sino en analizar la frecuencia distinta con la que aparecen ciertos genes. En definitiva, aunque la diferencia de color entre negros y blancos sea ‘consistente’, de ello no se deduce que unos y otros sean muy diferentes ‘por dentro’, es decir en otros caracteres menos aparentes. Por ejemplo, los habitantes del sur de la India son genéticamente más próximos a los europeos que a los africanos, a pesar de tener la piel oscura. El hecho de que estas mínimas diferencias genéticas se traduzcan en características muy aparentes, nos lleva a pensar inconscientemente que somos más diferentes de los que somos en realidad.

Los trabajos de Sandra Scarr[3], de la Universidad de Virginia (USA), aportan pruebas adicionales sobre esta cuestión. Por ejemplo, esta investigadora detectó que en diversos estudios realizados con niños afro-americanos no se apreciaba una diferencia significativa entre gemelos idénticos y no idénticos criados en el mismo hogar. Esto se ha interpretado como un efecto de la ‘pobreza del ambiente’ en el que se han desarrollado los sujetos del estudio, la cual resulta tan extrema que impide que ‘afloren’ las diferencias genéticas. Estudios posteriores demostraron que el mismo efecto era observable en niños blancos criados en condiciones igualmente paupérrimas. En definitiva, en un ambiente poco estimulante para el desarrollo de la inteligencia, el resultado esperable es que las diferencias debidas al efecto de los genes no se manifiesten. Análogamente, si todos los niños fueran criados en ambientes estimulantes ‘perfectos’ esperaríamos que la mayor parte de las diferencias observadas sea debida a los genes.

En otra serie de estudios, Sandra Scarr hizo el siguiente razonamiento. Si el mayor CI de los escolares blancos se debiera a causas genéticas, esperaríamos que los hijos de matrimonios mixtos tuvieran resultados superiores a los de los afro-americanos. Los datos experimentales han demostrado que esto no ocurre así. Finalmente, al término de la Segunda Mundial se presentó la oportunidad de estudiar esta cuestión a través de un ‘experimento’ casual. Como es natural, algunos soldados americanos que fueron a luchar a Europa, tuvieron relaciones sexuales con mujeres locales y engendraron hijos. Entre estos soldados había bastantes afro-americanos. Bien, si existiera una diferencia genética entre negros y blancos con respecto a los genes que influyen sobre el CI, esperaríamos que los hijos de los soldados negros tuvieran peores resultados en los ‘tests’. Y sin embargo, ambos grupos no fueron significativamente diferentes. Dado que los niños objeto del estudio permanecieron en Europa y no tuvieron contacto directo con sus padres, no cabe hablar aquí de influencias culturales. Hay que reconocer que Sandra Scarr es una investigadora realmente valiente para atreverse a contrastar con datos experimentales unas hipótesis tan controvertidas.

Trabajos posteriores a los de Sandra Scarr tienden a confirmar este punto de vista. Por ejemplo, un estudio del psicólogo Eric Turkheimer[4], de la Universidad de Virginia, sobre las interacciones entre genes y ambiente y su influencia en la inteligencia, concluye que los genes explican la mayor parte de las diferencias en niños de clase media y alta y, sin embargo, los factores ambientales son los determinantes para explicar estas diferencias en niños empobrecidos. En palabras del autor “El número de libros que haya en tu casa o el hecho de tener buenos profesores puede tener cierta importancia para un chico de clase media, pero estas cuestiones son mucho más importantes si estamos hablando de chicos criados en condiciones de pobreza”. Lo que este estudio sugiere es que los programas educativos dirigidos a los niños más desfavorecidos pueden tener una influencia crucial y deben ser mantenidos. En definitiva, las diferencias sociales pueden sobrepasar por completo a las diferencias genéticas a la hora de explicar este carácter.

Finalmente, nos queda la objeción ya mencionada anteriormente del ‘sesgo cultural’. Este puede ser mucho más sutil y persistente de lo que parece. Incluso si los tests no tienen preguntas de tipo explícitamente cultural, pueden resultar mucho más difíciles a personas cuya experiencia cotidiana se encuentre muy alejada del tipo de pruebas que se utilizan, que suelen ser abstractas y estereotipadas. Estas pruebas están más o menos relacionadas con el tipo de actividad mental que se realiza en los colegios. Ya se ha mencionado que el CI aumenta con los años de escolarización, lo que desmiente una vez más la errónea premisa de que el hecho de que los genes influyan sobre un carácter excluye la posibilidad de que el ambiente también influya. Curiosamente, se ha visto que el CI de los escolares varía ligeramente dependiendo de la época del año en que se mida: es más alto si se mide en Junio que en Septiembre, debido al parecer, al efecto ‘embrutecedor’ de las vacaciones de verano.

 


[1] Cavalli-Sforza, L.L. and Bodmer, F. The Genetics of Human Populations” W.H. Freeman, San Francisco, 1971

[2] Lewontin, R.C. (1972) “The apportionment of human diversity” Evol. Biol. 6:381-398

[3] Scarr, S., Pakstis, A.J., Katz, S.H. and Barrer, W.B. (1977) “Absence of a Relationship between degree of white ancestry and intellectual skills within a black population” Human Genetics 39:69-86

[4] Turkheimer, E. (1998) “Heritability and biological explanation” Psychology Review 105:782-791

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CHICAS ALEGRES Y PSICOLOGIA EVOLUCIONISTA

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De todas las características de la sexualidad humana, sin duda una de las más intrigantes es que la ovulación se produzca de forma oculta, de manera que ni la interesada ni los hombres circundantes puedan saber con exactitud cuándo se produce, como saben bien todos los seguidores del método Ogino. Si la única función del sexo fuera la reproducción, ¿por qué no hay señales claras que la ovulación se está produciendo, de manera que pueda saberse cuándo la actividad sexual tiene alguna posibilidad de engendrar descendientes? Este asunto es aun más sorprendente si tenemos en cuenta que la ovulación oculta es una condición derivada; al parecer, en nuestras antecesoras debía haber algunos signos de ovulación (probablemente débiles), pero esta característica desapareció en algún momento de nuestra evolución como especie ¿Por qué sucedió esto? Como de costumbre, no existe una respuesta definitiva pero se han formulado varias teorías para explicar este hecho.

 

Una de estas teorías se basa en que la ovulación escondida resultó evolutivamente ventajosa para las mujeres: si la ovulación tuviera señales claras (como en otras especies de primates), los hombres podrían ignorar a su pareja cuando no es fértil y concentrar sus atenciones en otras mujeres. De este modo, se veían obligados a estar siempre cerca y practicar el sexo con frecuencia con su pareja si querían estar “seguros” de que sus hijos eran biológicamente suyos. Según esto, la ovulación oculta favorecería que las mujeres obtuvieran mayor “inversión parental” por parte de sus compañeros. De ahí que a esta teoría se le haya denominado “papi-en-casa” (se han propuesto otras pero ahora no vamos a entrar en ellas).

 

Es importar recordar que la conducta puede evolucionar modelando nuestras preferencias sin que los individuos seamos conscientes de las “causas últimas” del proceso. Por ejemplo, un interesante estudio puso de manifiesto que en las mujeres casadas el adulterio es más probable que se produzca a la mitad del ciclo menstrual, de modo que es más probable que esta relación se traduzca en un embarazo. Aunque la evidencia está lejos de ser definitiva, la hipótesis que se deduce de esto es que debe existir un mecanismo inconsciente que ‘incita’ a las mujeres al adulterio cuando están ovulando. Esto es particularmente interesante porque el mecanismo estaría operando ‘al margen’ de la consciencia de la propia interesada.

 

Es evidente que el fenómeno de la evolución escondida ha podido desencadenar una “carrera armamentística” entre ambos sexos. Si para las mujeres era ventajoso ocultar sus periodos fértiles, para los hombres sería ventajoso desarrollar un mecanismo que les permitiera “saber” (de nuevo, no necesariamente de manera consciente). Para contrastar esta hipótesis, Geoffrey Miller y sus colaboradores (masculinos) han tenido que pasar largas horas en los clubs de alterne de su ciudad (¡pobres y sufridos científicos!). Se supone que los profesores de universidad no suelen frecuentar este tipo de locales, pero para Miller y sus colaboradores constituyen un entorno de investigación ideal, ya que les permite constatar si el momento del ciclo de ovulación tiene una influencia sobre el grado de atractivo sexual.

 

Estos investigadores examinaron el efecto que tenía el ciclo ovulatorio en las propinas que recaudan las bailarinas de “lap-dance” durante un periodo aproximado de un año (1) (lo que representa cerca de 5300 “lap-dances”). Las bailarinas ganaban alrededor de $335 por jornada durante el periodo fértil, mientras que sólo llegaban a una media de $185 durante la menstruación. Sin embargo, aquellas que estaban tomando píldoras anticonceptivas no mostraron tales oscilaciones. Estos resultados sugieren que el “estro” sigue siendo importante en las relaciones humanas actuales y en ambientes que pueden considerarse “reales”. Pero ¿podrían formularse explicaciones alternativas a estos datos? (se admiten sugerencias).

 

Una nota de precaución. Estos datos sugieren que las mujeres resultan más atractivas a los hombres cuando son fértiles y que este fenómeno posiblemente tiene un significado evolutivo. Pero de aquí no se puede deducir ninguna conclusión “moral” o “recomendación” a seguir. En la actualidad (al menos en algunos países y ambientes), la afluencia económica nos ha liberado de muchos condicionantes que operaban sobre nuestros antecesores cazadores-recolectores. La reproducción se ha desligado del sexo e incluso del nivel económico. No obstante, nuestras motivaciones y nuestras estrategias sexuales siguen estando influidas por tendencias adquiridas a lo largo del Pleistoceno. El identificar estas tendencias amplía nuestras posibilidades de decidir y -por ello- contribuye a hacernos más libres. En este caso, las chicas del “lap-dance” tendrán una base sólida para decidir si quieren tomar la píldora o no, o librar durante la menstruación ante la previsible bajada de ingresos. La decisión es suya.

 

(1) Miller, G., Tybur, J.M. and Jordan, B.D. “Ovulatory cycle effects on tip earnings by lap dancers: economic evidence for human estrus?” Evolution and Human behaviour (in press)

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EL ORIGEN DE LA JUSTICIA

 

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A pesar de lo que podamos pensar cuando vemos que la gente se salta los semáforos o aparca en doble fila, los humanos tenemos una clara tendencia a cooperar, en ocasiones incluso en contra de nuestro interés ‘racional’. Algunos científicos han propuesto que esta capacidad de actuar coordinadamente constituye uno de los puntos esenciales de la Naturaleza Humana y fue de gran utilidad a nuestros antepasados del Paleolítico para ocupar prácticamente todos los ecosistemas del planeta.

 

No cabe duda de que la conducta cooperativa puede reportar grandes beneficios a quien la practica, pero tiene un punto flaco: puede permitir que individuos desaprensivos se aprovechen de los beneficios de la misma sin aportar nada a cambio. Si la conducta estuviera determinada -en parte- por genes, la aparición (e inevitable ascensión) de mutantes no-cooperativos liquidaría en poco tiempo los beneficios de la cooperación.

 

Según algunos autores, nuestro ‘sentido de la justicia’ sería una estrategia desarrollada precisamente para evitar la explotación por parte de individuos desaprensivos y sentimientos como la gratitud reflejarían el valor del beneficio recibido. La hipótesis que mantiene la Psicología Evolucionista es que estos sentimientos han sido esculpidos por la selección natural (aunque hay que señalar, que estos ‘programas’ no podrían funcionar con independencia de los condicionamientos culturales)

 

El concepto de ‘justicia’ parece estar situado en el núcleo de muchas interacciones humanas y puede modelarse utilizando el juego del ‘ultimátum’ (1) (ya mencionado en un post anterior). En este juego a una persona se le ofrece una cierta cantidad de dinero y se le informa de que se la pueda quedar siempre que la comparta con una segunda persona. El primer jugador tiene que hacer una oferta, entre el 0 y el 100% de la suma. El segundo jugador tiene que decidir si la acepta o no. En el primer caso, los dos jugadores se reparten el dinero; en el segundo caso, ninguno de los dos recibe nada. La oferta se realiza una sola vez, de modo que no se puede regatear.

 

De acuerdo con la teoría de juegos, el primer jugador debería ofrecer una cantidad muy pequeña y el segundo debería aceptarla, ya que cualquier cosa es mejor que nada. Sin embargo, cuando el juego del ultimátum se realiza con personas reales, los resultados se apartan mucho de esta predicción. El experimento ha sido realizado en 15 países del mundo, desde Perú a Nueva Guinea y los resultados varían sustancialmente en distintas sociedades. Por ejemplo, en algunas culturas, como los Machiguenga de Perú, se hacían y eran aceptadas ofertas tan bajas como del 20% del total. En cambio, entre los Gnau de Nueva Guinea se llegaron a rechazar ofertas tan generosas como del 70%. Según Herbert Hingis, de la Universidad de Santa Fe y uno de los coordinadores del estudio, entre los Gnau el estatus de una persona depende de cuánto sea capaz de dar; por tanto, las ofertas excesivamente generosas eran percibidas como ‘arrogantes’ y, en consecuencia, rechazadas. En la mayoría de los casos, las ofertas inferiores al 50% de la suma total eran rechazadas con mucha frecuencia, en contra de las predicciones de la teoría de juegos.

 

En definitiva, muchos jugadores preferían perder dinero que tener que ‘tragarse su orgullo’ y aceptar una oferta que es percibida como ‘injusta’. Curiosamente, esta actitud no puede describirse como “racional”, al menos según los modelos económicos vigentes. Desde el punto de vista de la Ciencia Económica, una conducta racional consiste en maximizar el beneficio propio, con independencia de que los demás ganen o pierdan. Sin embargo, los estudios mencionados (y otros muchos) demuestran claramente que la conducta corriente de los humanos tiene en cuenta otros muchos factores de tipo psicológico. Podría decirse que Homo economicus constituye un mito de la Teoría Economíca, mientras que Homo reciprocans es una realidad cotidiana.

 

Una pregunta interesante es cómo se comportarían nuestros parientes los chimpancés en el juego del ultimátum. Esto es justo lo que ha abordado la investigación de Keith Jensen, Joseph Call y Michael Tomasello, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, cuyos resultados han aparecido en la revista Science (2) el viernes pasado.

Para ello, estos investigadores diseñaron una forma simplificada del juego (denominada mini-juego del ultimátum). Los dos animales que van a jugar se encuentran en dos jaulas separadas que contienen un mecanismo de bandejas deslizables representado en la figura adjunta. El chimpancé “proponente” hace una “oferta” utilizando pasas (una delicia para los chimpancés) a modo de divisa, y moviendo la bandeja hasta la mitad del recorrido (lo máximo que le permite el mecanismo). Si el otro jugador acepta la propuesta de división del botín, mueve la bandeja el resto del recorrido y ambos animales pueden comer. Si el segundo jugador no hace nada durante 1 minuto, los investigadores retiran la bandeja y consideran que la oferta ha sido rechazada.

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Los resultados de estos experimentos indicaron que los chimpancés, al contrario que los humanos, se comportaron de forma totalmente racional –en el sentido de los economistas. Es decir, tendían a aceptar cualquier oferta que les proporcionara un número de pasas mayor que cero, por pequeño que fuera. Al parecer, en ningún momento consideraron la posibilidad de que la oferta fuera injusta. Los investigadores sugieren que esta conducta puede estar relacionada con el hecho de que entre los chimpancés, compartir la comida constituye un suceso raro.

 

Si embargo, en un estudio anterior realizado con macacos (Macaca mulatta) (3), se daba a estos animales un trozo de pepino como recompensa por haber realizado correctamente una tarea y la recompensa era aceptada alegremente por estos animales. En una segunda fase del experimento, se premió a algunos individuos, pero no a todos, con una uva; algo mucho más apreciado. Los macacos que antes habían aceptado el pepino felizmente, lo rechazaron con violencia en la segunda ocasión, ante la flagrante injusticia que se estaba cometiendo con ellos. Estos resultados sugieren que el sentido de la ‘justicia’ tiene una larga historia en nuestro linaje evolutivo, aunque no esté muy desarrollado en el chimpancé.

 

(1) Michael S. A. (2004) “The Ultimatum Game, Fairness, and Cooperation among Big Game Hunters.” In Henrich, Boyd, Bowles, Camerer, Fehr, and Gintis (Eds.), Foundations of Human Sociality: Economic Experiments and Ethnographic Evidence from Fifteen Small-Scale Societies (pp. 413-435), Oxford University Press

(2) Jensen K., Call, J. and Tomasello, M. (2007) “Chimpanzees are rational maximizers in an ultimatum game” Science 318: 107-108.

(3) Brosnan, S. and de Waal, F. (2004) “Monkeys reject unequal pay” Nature 425:297-299

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Chimpancés Sobradamente Evolucionados


El Gingko biloba es un árbol relativamente corriente en parques y jardines. Su aspecto no es demasiado impresionante. De porte pequeño, tiene unas hojas con una curiosa forma que recuerda vagamente a una campana. Lo que tiene de especial el gingko es que su aspecto se ha mantenido estable en los últimos 250 millones de años, ya que los fósiles del Triásico nos muestran unas hojas clavaditas a las actuales. Además, todas las especies medianamente emparentadas con él (pertenecientes al orden ginkgoales) se han extinguido. El gingko es lo que se denomina un “fósil viviente” y bien merece por ello un sitio en nuestros jardines.

 

Sin embargo, suele decirse del gingko (al igual que de otros fósiles vivientes) que es ua especie “primitiva”. Esto debe matizarse. Es cierto que sus hojas no han cambiado de aspecto desde el Triásico, pero en otros caracteres no visibles, es perfectamente posible que lo haya hecho. Por ejemplo, es razonable pensar que esta especie haya evolucionado para hacerse resistente a los microorganismos patógenos (los cuales también han evolucionado desde el Triásico). De hecho, cuando se ha podido examinar los genes de algunos de estos fósiles vivientes, se ha visto que en las regiones del DNA que no codifican proteínas, las mutaciones se acumulan exactamente igual que en las demás especies (como no podía ser de otro modo). Podría decirse que las bacterias, cuyo tiempo de generación es inferior a una hora, son seres más evolucionados que los mamíferos ya que han pasado por un número muy superior de generaciones.

 

Como este post parece que se está metiendo él sólo en un terreno filosófico, intentaré salir en dos tiempos:

  1. El significado corriente del término “evolucionado” tiene una connotación positiva de “cambio a mejor”. Los biólogos suelen negar esto enfáticamente, aduciendo que la evolución es una fuerza ciega y por tanto no tiene una dirección predeterminada (con lo que estoy evidentemente de acuerdo). Pero el problema persiste si salimos del ámbito de la Biología Evolutiva ¿Que nosotros somos más primitivos que las bacterias? Ni de coña.
  2. Para que el término “más evolucionado” sea realmente útil tendría que ser más específico. Para los biólogos moleculares significa simplemente cambio en las secuencia de ADN, independientemente de que estos cambios afecten al aspecto o las posibilidades de supervivencia del organismo. En cambio, los biólogos evolutivos “clásicos” suelen referirse a determinados caracteres como “primitivos” o “modernos” en función del momento de su aparición en el registro fósil, lo cual también tiene sentido.

 

Cualquier término puede valer si estamos de acuerdo en lo que significa realmente. Como decía un personaje de Lewis Carroll: “Las palabras significan exactamente lo que yo quiero que signifiquen”.El problema surge cuando grupos distintos utilizan el mismo término con significados diferentes. Creen que se entienden pero no es así.

 

El tema se vuelve más espinoso cuando nos referimos al origen de nuestra propia especie y de nuestro pariente más cercano, el chimpancé. Sabemos que ambas especies se separaron hace 5 o 6 millones de años, pero se sabe muy poco del antecesor común a ambas. La hipótesis “por defecto” es que este antecesor debía parecerse bastante al chimpancé actual. Esta hipótesis no se basa en datos sólidos sino –paradójicamente- en la ausencia de datos. El chimpancé habita en selvas tropicales, un lugar muy poco propicio para la fosilización. La ausencia de fósiles probablemente indica que nuestro antecesor también vivía en estas selvas. Y si el chimpancé no ha cambiado de hábitat en todo este tiempo probablemente tampoco ha cambiado mucho de aspecto. Luego, las mayores presiones selectivas han debido producirse en el linaje que sí cambio de hábitat (nosotros). Luego, el chimpancé es menos evolucionado (ha cambiado menos) que el humano. Dado que no existen prácticamente fósiles de esta época, parece imposible contrastar esta hipótesis.

 

O a lo mejor sí es posible. A Margaret Bakewell y sus colegas de la Universidad de Michigan se les ha ocurrido una forma de hacerlo. Estos investigadores razonaron que si el linaje humano se ha caracterizado por numerosos y dramáticos cambios fenotípicos, nuestros genes deberían mostrar las huellas de esta “selección positiva” en mayor medida que los del chimpancé. Los biólogos evolutivos distinguen entre la selección positiva o direccional de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado, lo cual es un suceso relativamente raro, aunque ocurre), y la selección negativa o purificadora (cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y por tanto es eliminada, lo que es sumamente frecuente). En este último caso, esperamos que las mutaciones que no dan lugar a un cambio de aminoácido (llamadas sinónimas) sean mucho más frecuentes que aquellos que sí dan lugar a un cambio de aminoácido (llamadas no-sinónimas). De hecho, en la gran mayoría de los genes estudiados a nivel evolutivo, las mutaciones sinónimas son (aproximadamente) 10 veces más frecuentes que las no-sinónimas. Sin embargo, cuando encontramos que esta relación cambia en un gen concreto, tenemos buenas razones para pensar que dicho gen ha sido objeto de selección positiva.

 

En definitiva, el ratio entre mutaciones sinónimas y no-sinónimas constituye una medida del grado de selección positiva que ha tenido un gen. Así pues, aprovechando que los dos genomas han sido secuenciados, estos investigadores seleccionaron una buena muestra de genes de ambas especies: alrededor de 14.000 (lo que viene a ser más o menos la mitad del total) y midieron en cuál de las dos especies había mayor frecuencia de genes que han sufrido selección positiva.

 

Los resultados, publicados en la revista PNAS (1), indican ¡sorpresa!¡sorpresa! que los chimpancés tienen una mayor frecuencia de genes con selección positiva que los humanos. Así que –desde el punto de vista de la Bioinformática- nuestros parientes están más evolucionados que nosotros ¿es así?

 

Insisto en la cuestión del principio. Depende del significado exacto que demos al término. Es indudable que en el linaje humano se produjeron cambios muy rápidos (y seguramente adaptativos) en cuanto al tamaño del cráneo, bipedalismo, lenguaje y otras capacidades mentales. En realidad, el artículo Bakewell no niega esto. Se limita a afirmar que los chimpancés también estuvieron sometidos a presiones selectivas y que éstas no han debido ser cuantitativamente menores (aunque sí cualitativamente distintas) de las de los humanos. Conviene recordar que cambios genéticos muy pequeños, si se producen en genes clave, pueden ocasionar cambios fenotípicos profundos. Así que la cuestión importante no es quién ha sufrido más cambios genéticos en general, sino dónde se han producido dichos cambios.

 

En resumen, no sabemos aún cómo era el antecesor común, lo que si puede decirse es que nuestros primos chimpancés están sobradamente evolucionados.

 

(1) Bakewell, M.A., Shi, P. and Zhang, J. (2007) ” More genes underwent positive selection in chimpanzee evolution than in human evolution” PNAS 104:7489-7494.

 

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