Archivo mensual: septiembre 2007

SÓLO PARA TUS OÍDOS

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En bares y en iglesias; en fiestas y en funerales; cuando estamos tristes y cuando estamos alegres; para tranquilizarnos o animarnos a pelear; en ocasiones solemnes y en fiestas familiares; para unir o para separar. En todas las épocas y en todas las sociedades ha existido algún tipo de música. Es evidente que no se trata de una actividad menor, sino de algo central para la experiencia humana.

 

Esta coincidencia, el hecho de que todas las culturas hayan desarrollado algún estilo de música, nos sugiere imperiosamente que ésta forma parte de nuestra herencia biológica, al igual que el lenguaje o el bipedalismo. Entonces ¿de dónde viene la música? ¿Cuándo la adquirimos? ¿Nuestra capacidad musical cumple alguna función y ha sido objeto de selección natural o es una mera consecuencia de otras capacidades cognoscitivas?

 

Curiosamente, la mayoría de los libros sobre Historia de la Música que han pasado por mis manos no se hacen esta pregunta. Una muestra más del “creacionismo implícito” en el que se encuentran inmersas las ciencias sociales. Al parecer, la música surgió de la nada. Simplemente, está ahí. Esta claro que esta no es una respuesta satisfactoria. La tendencia, capacidad, y hasta necesidad de la experiencia musical debe haber surgido en algún momento de nuestra evolución. También está claro que nadie tiene una teoría satisfactoria de momento. Sin embargo, para tener una respuesta es necesario hacer una pregunta primero.

 

Una forma de empezar consiste en preguntarnos si la apreciación musical es exclusiva de nuestra especie o es un rasgo que compartimos con nuestros parientes más próximos. Esto es lo que han hecho dos científicos cognitivos, Joshua Dermont y Marc Hauser (1). Para contestar le dieron a un grupo de monos de experimentación (titís y tamarinos, monos americanos de los géneros Saguinus y Challitrix) a elegir entre una habitación en la que se oía una canción de cuna y otra en la que sonaba música techno (Alec Empire, Nobody gets out alive). Los animales pasaron dos tercios de su tiempo en la habitación de la canción de cuna. Sin embargo, cuando pudieron elegir entre el silencio, canciones de cuna o un concierto de Mozart, eligieron preferentemente el silencio. Un experimento similar con bebés humanos mostró que éstos tenían una clara preferencia por la música frente al silencio.

Para Dermont y Hauser estos resultados sugieren que los humanos tenemos una inclinación innata hacia la experiencia musical que no compartimos con otros primates, lo cual refleja, “probablemente una selección evolutiva de procesos cognitivos relacionados con la emoción y la motivación”.

 

De acuerdo, los primates tienen orejas pero no oído ¿Significa eso que somos las únicas criaturas capaces de apreciar la música? No tan deprisa.

Todo el mundo sabe que los pájaros emplean de alguna manera la música para comunicarse (reconozco que equiparar los cantos de las aves a la música es opinable). En cualquier caso, los experimentos de Watanabe y Sato (2) indican con claridad que estos animales son capaces de apreciarla. Estos científicos han demostrado que los gorriones de Java pueden discriminar entre la suite francesa nº 5 de Bach y la suite para piano opus 25 de Schöenberg, siendo además capaces de generalizar esta distinción a otras composiciones de los mismos autores (suite para orquesta nº 3 vs cinco piezas para orquesta opus 16). En otra publicación, Watanabe y Nemoto (3) demostraron que si les daba a elegir, los pájaros preferían la música clásica (o más propiamente, armoniosa) frente al silencio o a la música dodecafónica (o más propiamente, disonante). En cualquier caso, puede afirmarse que algunas aves también tienen una inclinación innata hacia la música.

No estamos solos.

 

1. J. McDermont, M.D. Hauser, Cognition 104, 3 (2207).

2. S. Watanabe, K. Sato. Behav. Processes 47, 1 (1999).

3. S. Watanabe, M. Nemoto. Behav. Processes 43, 2 (1998).

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La crianza contraataca

La cuestión de la Naturaleza Humana suele expresarse como una dicotomía: ¿se nace o se hace? ¿son los genes o es la educación? A estas alturas de la película, debería resultar evidente que la cuestión no es tan simple y que el problema deriva, justamente, de buscar soluciones excesivamente sencillas. Evidentemente, los genes y la educación son importantes.

Una vez admitido esto, corremos es riesgo de caer en otra trampa, la del conveniente término medio; en otras palabras, pensar que en toda polémica la verdad radica necesariamente en la mitad. Si la pregunta que formulamos es cómo los factores genéticos o ambientales influyen sobre determinas características, capacidades o actitudes humanas, tendríamos que analizar los datos existentes sobre tal carácter en particular. Podemos esperar que, en la mayoría de los casos, puedan detectarse tanto influencias genéticas como ambientales, pero también se debe esperar que algunos caracteres estén casi exclusivamente determinados por unos u otros.

A la simplicidad perversa de la pregunta “genes o ambiente” se superpone el problema de las modas. Hasta hace pocos años, la mera mención de la importancia de los genes era considerada políticamente incorrecta. En la actualidad, tal vez tendamos a pensar que la biología está detrás de todo. Desde mi punto de vista, ambas posturas son erróneas. Lo que necesitamos son datos sobre el asunto concreto que estemos tratando y después intentar interpretar los datos con honradez intelectual. Pos supuesto, esto es más fácil de decir que de hacer.

Todo esto viene a cuento por un artículo reciente del grupo del profesor Ian Spence, de la Universidad de Toronto, Canadá, según el cual una diferencia mental entre hombres y mujeres, que inicialmente se atribuyó a la biología, pudiera ser consecuencia del ambiente. El artículo se ha publicado en la revista Psychological Science.

Este grupo lleva años investigando diferencias de género en capacidades cognoscitivas relacionadas con las tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Es un hecho conocido que las mujeres tienen una escasa participación en este campo (en Canadá sólo 1 de cada 3 trabajos relacionados con TICs está ocupado por una mujer, y esta tendencia es global). Estos investigadores se han propuesto averiguar si existen diferencias (biológicas) en las capacidades mentales de ambos géneros que expliquen esta situación.

El trabajo en cuestión se centraba en dos habilidades distintas pero relacionadas: un test de atención espacial, medido utilizando un videojuego y un “típico” test que consistía en rotar figuras en el espacio. Los sujetos del experimento eran estudiantes de la universidad divididos en grupos: hombres vs mujeres, jugadores habituales vs no-jugadores y estudiantes de ciencias vs  de arte. En resulemn, los resultados del experimento fueron que: 1) los jugadores habituales (chicos y chicas) resultaron mucho mejores; 2) los científicos mejores que los artistas; y 3) en todos los grupos, los hombres superaron a las mujeres. A primera vista, podría pensarse que es otra diferencia de género de origen biológico.

Sin embargo, en el segundo experimento, los investigadores entrenaron a la mitad del grupo (dejando a la otra de control) durante 10 h con otro videojuego (Medal of Honour: Pacific Assault) y repitieron el primer experimento. Tal como se esperaba, los sujetos “entrenados” mejoraron mucho sus resultados; no obstante, las mujeres lo hicieron en mucha mayor proporción que los hombres. Más aun, esta “ganancia” se mantuvo al cabo de cinco meses. Lo más interesante es que esta mejora en el videojuego se correlacionaba con una mejora en el test de rotación espacial.

Una conclusión clara de este experimento es que la práctica de videojuegos tiene algunas consecuencias positivas (algo que mis hijos adolescentes tienen muy claro, por otra parte). La segunda conclusión, aunque es pronto para considerarla definitiva, es que las diferencias de género en tareas tales como la rotación de figuras en el espacio, tal vez no tenga una causa biológica sino que sea consecuencia de factores ambientales; en este caso, una menor frecuencia en las mujeres de actividades que suponen un entrenamiento efectivo (como algunos videojuegos). Serán necesarios más estudios, pero la pelota está (rotando) en el aire.

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