Archivo mensual: mayo 2007

Patos contra patas

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La idea de que machos y hembras tengan diferentes estrategias reproductivas está de acuerdo con la intuición. Desde el momento que el macho tiene que gastar cantidades (relativamente) pequeñas de energía para lograr el mismo premio reproductivo que la hembra, resulta lógico pensar que la mejor estrategia reproductiva para un macho consista en inseminar a un número alto de hembras. De hecho, las posibilidades reproductivas de los machos son, en teoría, fantásticas. Un solo gallo puede inseminar a todas las gallinas del corral. Un solo carnero puede preñar a todas las ovejas del rebaño. Desde el momento en que la inseminación es un acto mucho menos costoso, en tiempo y energía, que poner huevos o criar a los corderitos, los machos pueden tener (en teoría) un número de descendientes muy superior al de las hembras. Obviamente, para las hembras las cosas son bien distintas. Para ellas el éxito reproductivo depende del ‘trabajo duro’, es decir, de convertir recursos alimenticios en huevos o corderillos o lo que sea.
A primera vista, podríamos pensar que los machos son los grandes beneficiados del modo en que funcionan las cosas, ya que se llevan la mitad del premio con una inversión insignificante, sin embargo, la estrategia reproductiva del macho tiene un inconveniente fundamental: la competencia con otros machos. Aunque las posibilidades en términos reproductivos sean fantásticas, la dura realidad puede ser muy diferente ¿qué pasa con el macho que no consigue acceder a ninguna hembra? Sencillamente, que ese animal se enfrenta a la ‘muerte darwiniana’, que consiste en que sus genes no pasan a la siguiente generación. En definitiva, la estrategia reproductiva de los machos es mucho más insegura que la de las hembras. Éstas, al fin y al cabo, dependen de sí mismas siempre que hayan sido fecundadas. En cambio, para los machos la ‘vida es riesgo’. Es posible que algunos tengan un número desproporcionadamente alto de descendientes, pero ello será a costa de que otros machos no dejen ninguno. A los machos de la mayoría de las especies lo que les vale es apostar fuerte.
Por supuesto, el párrafo anterior contiene una generalización brutal. Tendríamos que analizar especie por especie cuál es la estrategia reproductiva de cada sexo. No obstante, la simplificación resulta útil siempre que recordemos que sobre esta idea básica han surgido miles de variaciones. Hemos visto que para los machos el factor limitante suele ser el acceso a las hembras (cuantas más mejor), pero ¿cuál es la estrategia óptima para las hembras? Puesto que ellas hacen casi toda la inversión, tienen más o menos garantizado el acceso a la reproducción, por lo tanto son las hembras las que pueden elegir al macho, ya que lo normal es que haya varios ‘pretendientes’. En primera instancia, lo que le interesa a la hembra es ‘pillar buenos genes’, o sea aparearse con machos que presenten características que favorezcan la supervivencia y la reproducción de la descendencia. Recordemos que para una hembra, la descendencia está compuesta de machos y hembras (generalmente al 50% pero esto no es una regla absoluta). A una gallina dada le ‘interesa’ que sus descendientes machos sean capaces de aparearse con muchas gallinas y dejar, a su vez, muchos descendientes. Por tanto, le interesará aparearse con gallos fuertes y agresivos, capaces de atraer a otras hembras y mantener a otros rivales a raya. Por otro lado, le ‘interesa’ que sus descendientes, machos y hembras, sean vigorosos y capaces de resistir a parásitos y depredadores. La clave del asunto estriba en que, puesto que existe un ‘exceso de capacidad inseminadora’ por parte del conjunto de los machos, las hembras pueden permitirse el lujo de ‘elegir’ aparearse con aquellos que resulten mejores para sus intereses reproductivos.
Esta sencilla idea se conoce como selección sexual y fue propuesta por Charles Darwin como solución al misterio de las diferencias entre sexos. La idea no fue muy bien acogida al principio, cosa que no resulta extraña. Lo que Darwin estaba diciendo es que la elección del macho por parte de las hembras constituye una de las herramientas básicas de la evolución. Para una sociedad tan mojigata y sexista como la de la Inglaterra victoriana, esto tenía que resultar difícil de asimilar. Y sin embargo, Darwin tenía razón.
En general, la idea de la selección natural nos sugiere imágenes de una lucha despiadada: garras y dientes. Solemos atribuir la capacidad de supervivencia a cosas tales como la habilidad para cazar o para evitar a los depredadores. Naturalmente, esto es una parte del proceso pero no el fenómeno entero. El éxito ‘darwiniano’ consiste en dejar muchos descendientes. Para ello hay que sobrevivir en sentido estricto (comer y no ser comido) pero también hay que aparearse. Las características óptimas para estas dos cuestiones pueden ser muy diferentes. Darwin solía decir: “Es más importante ser bello que ganar una batalla”. El propio Darwin definió selección sexual como “la ventaja que determinados individuos tienen sobre otros de la misma especie y del mismo sexo, en lo que se refiere exclusivamente a la reproducción”.
Muchas de las características que aparecen en la Naturaleza pueden explicarse únicamente mediante este mecanismo; tal es el caso de las imponentes cornamentas de los ciervos, el plumaje de los colibríes o la increíble cola del pavo real. Este último caso constituye el ejemplo clásico de selección sexual y ha sido objeto de mucha especulación por parte de los biólogos. Está muy claro que para el macho del pavo real, la cola es un verdadero órgano de seducción, donde tamaño y colorido cuentan. Se ha comprobado que el éxito reproductor de los machos de esta especie depende enormemente de estas características. El problema es que una cola tan descomunal acaba siendo un inconveniente grave para los aspectos no reproductivos de la supervivencia ¿Han visto alguna vez un pavo real volando? Es un espectáculo patético.

Hasta hace algunos años, los expertos estaban convencidos de que la selección sexual podía ser, en algunos casos, arbitraria. En este caso concreto, se suponía que a las hembras de pavo real les había dado por preferir machos de cola vistosa y que una vez establecida esta preferencia dentro de la población, la competencia actuaba en el sentido de favorecer el aumento de la cola. Evidentemente, a una hembra le conviene aparearse con un macho ‘atractivo’, puesto que así sus hijos serán también atractivos y se reproducirán más. También se pensaba que esta ‘carrera armamentística’ podía llevar a la desaparición de la especie, cuando todos los machos fueran ‘super-atractivos’ pero incapaces de volar. No obstante, a finales de los años 90, Amotz Zahavi (1) propuso el denominado ‘principio del handicap’, que explicaba la aparente ‘estupidez’ de la elección de las hembras del pavo real. Según este principio, las hembras no son tan tontas al fin y al cabo; una cola tan exageradamente larga constituye una ‘prueba’ de que su portador tiene ‘buenos genes’ ya que ha sido capaz de sobrevivir a pesar del ‘lastre’ que supone dicha cola. De alguna forma, el mensaje del macho es: “Mírame, mi cola no sólo es irresistiblemente hermosa, sino que además constituye una prueba de mis capacidades como ave superviviente. Observarás que los depredadores no han logrado atraparme, porque soy rápido como una centella a pesar de lo difícil que resulta volar con este trasto”.

En definitiva, para los machos de numerosas especies es fundamental tener características que los hagan atractivos a los ojos de las hembras. Sin embargo, existe una estrategia alternativa –aunque no demasiado elegante- que es el sexo forzado. Evidentemente, tal conducta opera en contra de la estrategia reproductiva de la hembra, la cual pierde la capacidad de elegir con qué macho se aparea, lo cual puede tener consecuencias negativas sobre el número de descendientes que pueda dejar en la siguiente generación. En el delfín mular (Turpsiops truncatus) se ha visto que los machos forman bandas de 2 o 3 individuos para “raptar” y “violar repetidamente” a hembras en celo (2). Estas bandas mantienen a la hembra separada de su grupo, a base de golpes y mordiscos y se aparean con ella por turnos (a veces intentan hacerlo al mismo tiempo). Tienen que hacerlo en grupo por la sencilla razón de que es imposible para un delfín aparearse a la fuerza sin la cooperación de otros individuos. Supongo que los lectores muy afectados por el “miedo al antropomorfismo” levantarán la ceja; sin embargo, es evidente que la conducta de los delfines macho está encaminada a monopolizar la capacidad reproductiva de la hembra en contra de su voluntad, por tanto, el término “violación” no constituye una metáfora, sino una descripción adecuada de dicha conducta. Recordemos que es imposible interpretar la conducta de los animales sin admitir que éstos tienen “fines”.

Esta tensión entre las estrategias evolutivas de machos y hembras puede desembocar en una guerra evolutiva entre sexos. Si los machos desarrollan adaptaciones que faciliten el sexo a la fuerza es muy posible que las hembras desarrollen a su vez otras adaptaciones que lo dificulten. El proceso puede tener lugar generación tras generación –como una carrera de armamentos- si cada paso conlleva ventajas reproductivas a quien lo posee. Esto es lo que parece haber ocurrido en varias especies de patos, según ha publicado Patricia Brennan y colaboradores en la prestigiosa Public Library of Science (PLoS ONE) (3).

Entre las aves, el sexo forzado es algo muy poco corriente. No es de extrañar si tenemos en cuenta que, en general, los machos carecen de pene propiamente dicho, teniendo una “abertura cloacal” no demasiado diferente en apariencia a la de la hembra. Durante el apareamiento, las dos aberturas entran en contacto permitiendo la entrada de esperma. Las anátidas constituyen una excepción a esta regla. Los machos de estas especies poseen penes de longitudes muy diferentes (1.25-40 cm) y el sexo a la fuerza ha sido observado frecuentemente en muchas especies de anátidas. Lo que estos investigadores han encontrado es que entre estas especies también hay una notable variedad morfológica en la genitalia femenina, incluyendo vaginas de forma espiralada o conductos sin salida. Estas estructuras parecen “diseñadas” para contrarrestar la posibilidad de que la hembra sea inseminada contra su voluntad. El análisis sistemático de la morfología genital en 16 especies de anátidas sugiere que, en efecto, se ha producido un proceso de co-evolución, en el cual a la adquisición de penes de mayor tamaño (lo que facilita el sexo forzado) ha seguido el desarrollo de vaginas de morfología complicada (lo que lo dificulta).

A grandes males, grandes remedios.

(1) Zahavi, A. “The handicap Principle: A missing piece of Darwin’s puzzle” Oxford University Press, New York, 1997

(2) Kruzen, M. et al. (2004) Mol. Ecol. 7:1975-90. “’O father: where art thou?’–Paternity assessment in an open fission-fusion society of wild bottlenose dolphins (Tursiops sp.) in Shark Bay, Western Australia”.

(3) Brennan P.L.R. et al. (2007) PLoS ONE 5:e418. “Coevolution of male and female genital morphology in waterfowl”.

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Sobre la divulgación científica en Biología

Post dedicado a BioMaxi y demás contertulios de Evolucionarios.com

En la actualidad, nos encontramos muchas cuestiones ‘candentes’ que están directamente relacionadas con la Biología. Los avances en reproducción artificial, la posibilidad de ‘clonar’ animales domésticos (y tal vez seres humanos en un futuro próximo), la posibilidad de modificar genéticamente animales y plantas, el uso de ‘células madre’, el ‘trato’ que damos a los animales de granja y a los de experimentación, así como (más importante incluso) la drástica reducción que está experimentando la biodiversidad del planeta. Todas estas cuestiones son nuevas y plantean dilemas éticos y legales completamente desconocidos hasta la fecha. Para afrontarlos debidamente, la sociedad en su conjunto debería debatirlos con detenimiento y aquí es donde surge el problema.
El avance prodigioso de la Biología en las últimas décadas no ha sido asimilado completamente por nuestra sociedad. Y no me estoy refiriendo sólo al hecho de que el conocimiento de esta disciplina no sea considerado aun como parte de la cultura ‘general’, sino a un fenómeno más sutil y profundo. En último término, nuestra ‘concepción del mundo’ consiste en un conjunto de conocimientos, valores, imágenes, prejuicios y planteamientos filosóficos. Éstos son muchas veces implícitos y muestran una notable inercia. La ‘filosofía cotidiana’ de un ciudadano normal en los países occidentales está influida, por ejemplo, por el pensamiento de Platón y Aristóteles, así como de otros notables pensadores posteriores. Aunque no tenemos por qué ser conscientes de ello, muchos de los puntos de vista generalmente aceptados sobre la organización de la sociedad y el gobierno, provienen de Locke, Hume, Voltaire, Rousseau, etc… la mayoría de los cuales vivieron antes la revolución biológica de finales del siglo XX. Por lo tanto, los grandes filósofos, cuyo trabajo sigue teniendo gran influencia sobre nuestra mentalidad colectiva eran prácticamente analfabetos en lo que atañe a los seres vivos. Esto no supone un inconveniente grave para muchas cuestiones, pero sí para otras. Por supuesto, no era culpa suya; sin duda eran las mentes más brillantes de su generación y el mundo que hemos heredado es en buena parte consecuencia de su trabajo y sus ideas. Pero el problema persiste en algunos aspectos concretos. La Biología no ha sido (aun) incorporada al pensamiento occidental. No es que no haya habido filósofos importantes en los últimos tiempos, pero hasta hace muy poco la Filosofía le ha prestado muy poca atención a la Biología. Desproporcionadamente poca, teniendo en cuenta la importancia que ésta tiene para explicar el mundo que habitamos y a nosotros mismos. Las ‘pruebas’ de esta falta de interés son fáciles de conseguir. Basta echar un vistazo a los textos de Filosofía más utilizados o a los planes de estudios de las Universidades, para comprobar que el espacio dedicado a los temas biológicos es mínimo. Posiblemente este problema es mucho más agudo en el mundo cultural hispano que en el anglosajón. Prueba de ello es el aluvión de libros de divulgación científica que se publican en inglés o a la enorme importancia que le están dando a la Biología numerosos filósofos de habla inglesa, como Peter Singer, Daniel Dennet o Mary Midgley (por citar algunos muy conocidos). La mayoría de los filósofos españoles no parece haber considerado que la Biología fuera importante, con alguna notable excepción como por ejemplo, Gustavo Bueno o Jesús Mosterín. En palabras del gran filósofo español Ortega y Gasset: “El Hombre no tiene Naturaleza, lo que tiene es Historia”.

Aunque no ocupe los titulares de los periódicos, este no es un problema trivial. El principal beneficio que la Ciencia puede proporcionar a la sociedad, aparte de las aplicaciones tecnológicas (que tienen obviamente ventajas e inconvenientes), es el de contribuir a cambiar nuestra ‘concepción del mundo’. Esta desconexión colectiva con respecto a la Biología nos coloca en mala posición para tomar las decisiones claves que han de tomarse en un futuro próximo y que atañen a problemas eminentemente biológicos ¿De quién es la culpa? En definitiva de nadie y de todos. En general, los científicos no han asumido que facilitar la ‘asimilación’ de conocimientos sea asunto suyo. Además, están muy ocupados con sus investigaciones y el sistema les obliga a producir datos sin cesar. Así que se limitan a escribir sus resultados en revistas especializadas y ya está. Esto no debería ser suficiente. Para que estos datos sirvan realmente tenemos que incorporarlos a nuestros ‘sistemas de pensamiento’ y este proceso no ocurre espontáneamente. Tendríamos que reflexionar despacio sobre el significado de los nuevos descubrimientos y entender cómo éstos cambian algunas concepciones e ideas anteriores, que están profundamente grabadas en nuestra mentalidad colectiva. El trabajo es formidable y no puede dejarse sólo a la buena voluntad de los científicos. Debería ser una tarea común, en la que participasen profesionales de los medios de comunicación, filósofos, profesores, políticos, directores de museos y ciudadanos interesados. En buena lógica, cualquiera que tenga algo que decir debería echar una mano. Esta idea ha sido propuesta explícitamente por la filósofa Mary Midgley en su libro “Science and Poetry” , lo que hace falta es llevarla a cabo.

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Reseña de una obra polémica

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Reseña publicada en http://www.madrimasd.org

Naturalezas humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana. Ehrlich, Paul R. Editorial Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2006. 782 páginas.

El hombre que nunca aprendió de sus errores

En el año 2000 se publicó la primera edición de “Human Natures. Genes, Cultures and Human Prospect” de Paul Ehrlich, que ha sido traducido al español como “Naturalezas Humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana” por la editorial mejicana Fondo de Cultura Económica. Entre los propósitos del libro está (cito textualmente) “suministrar un antídoto evolucionista contra el extremo determinismo de la herencia que contamina muchas de las discusiones actuales sobre la conducta humana: la idea de que somos algo así como simples cautivos de unas diminutas y autorreproducibles entidades llamadas genes”. Lo primero que podemos preguntarnos es quiénes son esos malvados deterministas genéticos. En el párrafo aludido, Ehrlich cita un oscuro trabajo del año 1987 como ejemplo de esta prevalente concepción del mundo. Sin embargo, los principales exponentes de la psicología evolucionista (Pinker, Cosmides, Dennett, etc… verdaderos objetivos de esta crítica) nunca han negado la importancia de la cultura, el ambiente y la educación para explicar la conducta humana. Se limitan a afirmar que los genes tienen cierta influencia sobre aspectos importantes de nuestra vida, como la inteligencia, la personalidad o la propensión a contraer determinadas enfermedades; y para ello se basan un conjunto de datos bastante extenso que incluye los estudios de gemelos idénticos y de adopción, los descubrimientos sobre genes y conducta en otras especies y, en general, los avances de la biología evolutiva. Más aun, esta afirmación de los psicólogos evolucionistas se hace frente al modelo estándar de las ciencias sociales, que niega toda influencia de los genes en la conducta humana. En definitiva, Ehrlich comienza su libro construyendo un imaginario y conveniente determinista genético radicalizado, que resulte fácil de refutar.

Intercaladas en el libro, podemos distinguir dos partes muy diferentes e incluso contradictorias. La primera ocupa el 95% del mismo y podríamos denominarla como la letra pequeña. En ella, el autor expone con claridad y superabundancia de citas la mayoría de las cuestiones que trata la psicología evolucionista (y de paso, algunas más): la evolución, el origen del hombre, cómo funciona el cerebro, el lenguaje, la sexualidad humana, la guerra, el desarrollo de la agricultura, el estado y el arte. En general, el libro no está mal escrito, aunque no tiene nada de original, y el autor parece asumir muchas de las hipótesis que mantienen los propios psicólogos evolucionistas. La mayor objeción que puede hacerse a esta parte es su enorme extensión, cercana a las 800 páginas. Como libro divulgativo resulta demasiado largo y, como enciclopedia, demasiado confuso y desorganizado. Pero no está mal.

Los problemas surgen con la parte del libro que podría considerarse original, que podríamos denominar como el mensaje, y que ocupa aproximadamente un 5%, aunque intercalado entre la letra pequeña. Lo primero que se observa es una desconcertante contradicción entre ambas. En el mensaje, el autor se posiciona claramente entre los ambientalistas dentro de la polémica genes vs ambiente. El argumento principal empleado por Ehrlich en contra de la influencia de los genes es absolutamente desconcertante (aunque he leído la misma formulación en otros escritos) y se basa en afirmar que el número de genes que se ha identificado en el genoma humano es demasiado pequeño para poder explicar la conducta. Ehrlich utiliza la estimación de 100.000 genes, dato que ya está desfasado. En cualquier caso, el problema no radica en el número exacto sino su vacuidad ¿cuál tendría que ser el número total de genes para que pudiéramos pensar que éstos afectan a la conducta? Erhlich no lo aclara. Siguiendo el argumento, en especies donde los genes sí afectarían a la conducta (todas las demás) el número de genes tendría que ser muy superior, y no es así. Aparentemente, lo que los defensores de este argumento deben pensar es algo así: imaginemos que existe un gen para un tipo de conducta determinada, digamos la inclinación a subir montañas; sería posible hacer una lista verdaderamente larga de conductas para las cuales tendría que existir el correspondiente gen; si el número total de genes es relativamente pequeño no nos salen las cuentas; luego, los genes no pueden explicar la conducta humana.

Evidentemente, los genes no funcionan de esa forma. Esto puede aclararse con un ejemplo. El gen SERT[1] codifica un transportador del neurotransmisor serotonina. Diversos estudios han encontrado correlaciones entre la secuencia de dicho gen y ciertas características de la personalidad, como la tendencia a la depresión, al suicidio, al alcoholismo y a enfermedades como el autismo o el síndrome de hiperactividad y déficit de atención. Pequeñas variaciones en el gen (más correctamente, en el alelo) deben dar lugar a transportadores con diferentes propiedades, lo que se traduciría en diferentes niveles de serotonina en el cerebro del individuo correspondiente. Se sabe desde hace tiempo que esta molécula tiene una profunda influencia sobre los estados de ánimo. Así pues, en el caso del gen SERT podemos postular un mecanismo que entronca genes y conducta pasando por la actividad cerebral. En la mayoría de los casos no tenemos una vía de explicación tan clara, aunque es esperable que la investigación logre llenar bastante huecos en un futuro próximo. El argumento empleado (repetidamente) por Ehrlich está completamente vacío de contenido y denota un extraño desconocimiento de la forma en que funcionan los genes.

El segundo argumento empleado por Ehrlich para explicar por qué los genes no pueden afectar a la conducta humana es igualmente simplista y desconcertante. Cito textualmente:

[Se ha descubierto] en experimentos de selección empleando muchos organismos distintos [que] por lo general, es muy difícil seleccionar para una sola característica. Esto sugiere, entre otras cosas, lo poco probable que es en realidad el hecho de que los rasgos de la conducta humana sean un resultado directo de la selección natural, como suele afirmarse.

En primer lugar, no es demasiado difícil seleccionar para una sola característica. La rápida evolución de las poblaciones de insectos, hacia resistencia al insecticida que se emplea contra ellos sería un buen ejemplo (que Ehrlich menciona varias veces). Lo que resulta difícil, en general, es seleccionar para varias características a la vez, como han demostrado muchas veces los mejoradores genéticos. En todo caso, el argumento proviene de una vieja polémica entre los biólogos evolutivos acerca de los límites de la selección natural, pero no aplica particularmente a la conducta ni a los humanos. Se admite generalmente que la selección positiva o direccional de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado) es un suceso relativamente raro, aunque ocurre. En cambio, la selección negativa o purificadora (cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y por tanto es eliminada) es sumamente frecuente[2]. En la actualidad, los biólogos evolutivos tienen pocas dudas de que la selección natural existe y es determinante, aunque muchos de los cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los organismos portadores. La aplicación del argumento de Ehrlich a la posibilidad de que los genes influyan en la conducta humana es del todo inconsistente. Era de noche y sin embargo, llovía.

No puedo dejar de mencionar la principal tesis del libro, sucintamente contenida en el título: naturalezas humanas. Sostiene Ehrlich que no existe una sola naturaleza humana, sino muchas, al igual que no existe un genoma humano, sino que cada individuo es único y difiere en algo con el de otros individuos. Según esta analogía (empleada por el propio autor), el término aludiría al hecho de que existe variabilidad genética dentro de nuestra especie. Sin embargo, no es esto lo que quiere decir, sino algo mucho más farragoso. Por naturalezas humanas entiende [...] las diversas evolucionadas conductas, creencias y actitudes que gobiernan, soportan y participan en el singular funcionamiento de nuestra mente. Esta acepción del término es completamente diferente a la que se emplea comúnmente: rango de conductas humanas que se consideran universales en nuestra especie e invariables en amplios intervalos de tiempo, por lo que deben tener una fuerte influencia genética. Ehrlich deja claro a lo largo del libro que en su definición no entran los genes y además niega implícitamente que existan patrones de conducta universales, por tanto el término naturalezas humanas sería equivalente a conductas humanas, tal como lo emplea el autor. Obviamente, no es nada fácil deslindar la influencia de los genes y del ambiente, pero ese es justamente el objetivo de la psicología evolucionista: identificar patrones de conducta universales e invariantes, y establecer hipótesis sobre cómo dichos patrones llegaron a establecerse en nuestra especie. Lo que hace Ehrlich de manera implícita, con su definición de naturalezas es negar que exista una naturaleza humana. Hubiera sido mejor y menos confuso que hubiera hecho esta negación de forma explícita (como han hecho otros muchos autores) y expusiera las razones que le llevan a pensar así.

En cualquier caso, resulta muy difícil valorar este libro sin tener en cuenta el historial previo de su autor, el cual ha sido un personaje muy notorio en los medios de comunicación. En los últimos 30 años, el profesor Ehrlich ha realizado decenas de predicciones catastrofistas sobre el hambre, la producción de alimentos, el precio de las materias primas y otras cuestiones relativas al medio ambiente. A pesar de ser enunciadas con solemnidad y sin el menor atisbo de duda, la inmensa mayoría de las predicciones ha resultado falsa. Sin duda, Paul Ehrlich se ha ganado el apelativo de el hombre que nunca aprendió de sus errores. Por ejemplo, en su libro “The Population Bomb” de 1968 escribía estas palabras:

La batalla por alimentar a la humanidad está perdida. A lo largo de los años 70 el mundo sufrirá hambrunas; cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a pesar de los programas de emergencia existentes. A estas alturas nada puede impedir un aumento sustancial de la tasa de mortalidad mundial [...]

Evidentemente, la predicción resultó falsa. El problema del hambre no está resuelto ni mucho menos, pero el porcentaje de la población malnutrida ha disminuido notablemente desde 1968 al momento actual.

En 1970 sentenciaba en “Eco-catastrophe Environmental Handbook” (página 174): “hacia Septiembre de 1979, toda forma de vida marina estará extinguida. Grandes áreas de costa tendrán que ser evacuadas [...]“.

Y otra de sus famosas predicciones (1969): “Apostaría dinero a que ni siquiera Inglaterra existirá en el año 2000″.

Lo de apostar no era de boquilla. En 1980 Ehrlich se apostó una buena suma con el economista Julian Simon acerca del precio que alcanzarían las materias primas al cabo de diez años; Ehrlich a que estarían por las nubes y Simon a que no. El primero acabó enviando un cheque por valor de 576.07$.

En 1974, en su ensayo “The end of Affluence” mostraba su preocupación porque el inminente enfriamiento global del planeta sin duda disminuiría los rendimientos de las cosechas (los cuales aumentaron aproximadamente un 70% entre 1970 y 2000).

En mi opinión (siempre es difícil adivinar los motivos de otras personas), las predicciones no estaban motivadas por datos, modelos u otro tipo de evidencia disponible, sino que estaban destinadas a llamar la atención del público y lograr notoriedad. No eran predicciones de verdad sino mera retórica. Seguramente, Ehrlich pertenece al nutrido grupo de personas que piensa que la mentira es aceptable si se hace por una buena causa y ésta (la salvación del mundo) lo es. El fondo del problema es que lo que Ehrlich lleva décadas haciendo es mentir o (lo que viene a ser lo mismo) llevar sus conclusiones mucho más lejos de los que permiten los datos. Esto es algo inexcusable en cualquier persona pero mucho más tratándose de un científico profesional.

El fin nunca justifica los medios; además, no creo que las mentiras del Dr Ehrlich hayan favorecido a la causa ecologista ni al medio ambiente. Al contrario, la repetición de predicciones fallidas ha provocado una reacción de tipo “pastorcillo mentiroso”. Como el lobo no apareció cuando se dijo muchas personas han llegado a creer que el lobo no existe. Y eso tampoco es cierto. Hay buenas razones para creer que los problemas ecológicos son graves y acuciantes -como es el caso del calentamiento global- pero estas razones tienen que estar fundadas en la mejor evidencia disponible y no en meras opiniones o consignas (el fundamentado informe del panel internacional de expertos en cambio climático (IPCC) constituye un modelo a seguir). Así, hay algunas personas convencidas de que el petróleo no se va acabar en mucho tiempo porque las predicciones catastrofistas llevan muchos años incumpliéndose. Mientras tanto, Paul Ehrlich se ha convertido en un icono del movimiento ecologista y el inevitable fallo de sus predicciones no parece que le haya perjudicado demasiado, ya que conserva su trabajo en la Universidad de Stanford.

[1] Serretti A, Calati R, Mandelli L, De Ronchi D. Serotonin transporter gene variants and behavior: a comprehensive review. Curr Drug Targets. 2006 Dec;7(12):1659-69.

[2] Futuyma, D.J. (1998) Evolutionary Biology. 3th Edition. Sinauer Associated, Inc. Sunderland, Massachusetts

Pablo Rodríguez Palenzuela
Universidad Politécnica de Madrid

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Leyes contra la discriminación genética

Aunque el tema sea políticamente incorrecto, el hecho es que los genes influyen de forma poderosa en nuestras vidas, determinando (en parte) nuestra personalidad, inteligencia, estatura, peso y predisposición a enfermar (entre otras muchas cosas). Evidentemente, los factores sociales y culturales pesan. La educación, no es que sea importante, es que es esencial. La dicotomía genes “o” ambiente es errónea y el error está precisamente en el “o”. Sin embargo, es imposible afirmar seriamente que los humanos seamos una “tabla rasa”, un producto exclusivo de su ambiente, como decía el filósofo inglés John Locke y como todavía se cree en muchos círculos.

Aparentemente, el argumento empleado por los ‘ambientalistas’ más fervientes reza más o menos así: incluso si fuera cierto que la inteligencia y otras características están condicionadas por los genes, esta información no debería hacerse pública ya que podría emplearse para justificar la discriminación; los científicos que han hecho estos trabajos son terriblemente ingenuos al pensar que dicha información no es un bomba en manos de desaprensivos. La cuestión es: ¿a quién beneficia que la inteligencia sea heredable?
Así planteada, la pregunta pone el dedo en la llaga de la cuestión. En principio, lo que los científicos tratan de hacer es ‘averiguar cómo son las cosas’, ndependientemente de a quién beneficien o perjudiquen. Se supone, por lo tanto, que la información beneficia a todo el mundo y que siempre es mejor saber que no saber. ¿Es eso cierto? ¿Sería mejor no saber algunas cosas? Se trata de un argumento filosófico que tiene profundas implicaciones sociales y morales. Y creo que el argumento tiene un punto de razón y que debería, al menos, ser considerado. Sería posible declarar una moratoria sobre este tipo de estudios, al menos hasta que la Humanidad hubiera evolucionado lo suficiente en un sentido moral. Sin embargo, esto puede plantear problemas peores que los que trata de resolver ¿Qué ‘organismo’ sería el encargado de decretar el ‘embargo intelectual’ de ésta (y posiblemente otras) áreas de conocimiento? ¿Y no perderíamos también los posibles beneficios que se derivaran de estos estudios?

No se trata de Ciencia-Ficción: esto ha llegado a proponerse seriamente. Sin embargo, no puede descartarse que, una vez puesto en marcha, este ‘organismo’ se convirtiera en una especie de Inquisición en un sentido bastante literal, ya que justamente la Inquisición se encargaba de este tipo de cosas. Recordemos el lío en que se metió Galileo Galilei por afirmar que la Tierra se mueve. Los beneficios sociales de ‘no investigar ciertas cosas’ quizá serían mucho menores que los costes de vivir bajo el dominio intelectual de una especie de ‘Gran Hermano’.
Con todo, decretar una moratoria sobre el tema es un solución intelectualmente más honrada que la de negar la posibilidad de que los genes influyan en nuestras vidas, en contra de una evidencia experimental bastante considerable a estas alturas. De todas formas, el núcleo de la cuestión es otro. La ética debe basarse en principios, no en hechos empíricos. Que todos los humanos sean merecedores de derechos y de una consideración digna, es una cuestión de principio; no se justifica porque los humanos sean o no, de determinada manera.

Está muy claro que nadie va a beneficiarse por el hecho de ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre las capacidades e inclinaciones humanas. Es mucho mejor aceptar que cada persona es diferente y que posee talentos innatos, aunque cada cual tendrá que trabajar para desarrollarlos. Eso implica también que el talento puede estar desigualmente repartido, igual que la estatura y la belleza. El declarar que los humanos somos iguales no equivale a afirmar que seamos idénticos, sino que deberíamos ser iguales ante la ley. Justamente, el reconocer que los humanos tenemos diferentes capacidades y necesidades es un requisito imprescindible para todo el mundo pueda recibir un trato equivalente. En la práctica, esta línea de pensamiento nos llevaría a aceptarnos como somos y aceptar a los demás aunque no sean absolutamente perfectos.

Una alternativa a la “estrategia del avestruz” consiste en regular por ley el uso que puede hacerse con la información relativa a los genes de las personas. En relación con esto, el Senado de Estados Unidos acaba de aprobar el “Acta contra la discriminación genética” (GINA). Esta legislación prohíbe a las empresas de seguros denegar la cobertura a cualquier persona basándose en información genética. También impedirá a las empresas utilizar este tipo de información para contratar, despedir o modificar el estatus de sus empleados. Las encuestas realizadas anteriormente indican que muchas personas temían hacerse pruebas genéticas ante la posibilidad de que esta información fuese utilizada en su contra. También se habían denunciado casos de discriminación basados en una interpretación errónea (o tal vez tendenciosa) de los datos. Por ejemplo, algunas empresas han rechazado a afroamericanos con buena salud por poseer una copia del alelo de la anemia falciforme, a pesar de que en heterozigosis dicho alelo no supone un riesgo (y hace a los individuos más resistentes a la malaria).

Los partidarios de esta ley argumentan que las investigaciones en genética humana pueden contribuir de forma muy positiva a la salud pública, mediante la detección precoz de enfermedades y propensiones genéticas. La cuestión es si la ley también conseguirá evitar el mal uso de la información genética y la consecuente invasión de la privacidad personal que conlleva.

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