Archivo mensual: marzo 2007

Sexo hasta en la sopa (2)

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Básicamente, se han propuesto dos teorías para explicar las posibles ventajas del sexo: el llamado ‘modelo de la Lotería’[1] y el ‘modelo de la Reina de Corazones’[2]. La primera establece que, en un ambiente cambiante, las posibilidades de supervivencia de la descendencia de un individuo aumentan si ésta tiene mayor variabilidad genética. Veamos un ejemplo, supongamos que un árbol produce semillas todos los años, las cuales son dispersadas por el viento. Si las semillas son genéticamente iguales tenderán a ‘comportarse’ de manera similar; esto es, comenzarán su proceso de germinación en condiciones parecidas. Esto constituye una estrategia arriesgada. Supongamos que todas las semillas germinan con las primeras lluvias de otoño y poco después se produce una larga sequía; el 100% de las semillas que han iniciado su germinación morirían poco después, dejando al árbol sin ningún descendiente. En cambio, si las semillas producidas tuviesen cierta variabilidad genética, esperamos que sólo un porcentaje germine el primer año; otro porcentaje germinaría más adelante e incluso algunas semillas podrían pasar varios años enterradas antes de germinar. Esta última estrategia es mucho más segura, desde el punto de vista del árbol progenitor. En lenguaje corriente, decimos que no es bueno poner todos los huevos en la misma canasta. Esta es la idea que subyace al modelo de la Lotería: si apostamos por muchos números distintos tenemos más posibilidades de ganar que si concentramos toda la apuesta a un solo número. La condición para que esta teoría pueda funcionar es que las condiciones que afectan a la supervivencia sean cambiantes e imprevisibles.

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Esta teoría ha recibido cierto apoyo experimental a partir de estudios sobre animales que practican la reproducción alternante, es decir, varios ciclos de reproducción asexual seguidos por uno o más ciclos de sexual. Es el caso de muchas especies de pulgón. Estos insectos pasan el verano plácidamente chupando la savia de las plantas. Durante este periodo se reproducen se forma asexual, técnicamente partenogénesis, de modo que las hembras dan lugar exclusivamente a hembras. La población aumenta así muy deprisa lo cual permite a los pulgones aprovechar la estación favorable. Típicamente, en otoño la población cambia a un modo de reproducción sexual, de modo que los huevos que tendrán que sobrevivir al invierno y establecerse al inicio de la primavera constituyan una población con mayor variabilidad genética. La clave está en que las condiciones durante el verano son mucho más predecibles que durante el invierno, al menos en lo que atañe a los pulgones. El hecho de que el modo de reproducción sexual o asexual esté acoplado al grado de incertidumbre ambiental es concordante con la teoría de la Lotería.

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El modelo de la Reina de Corazones es bastante parecido y ambas teorías no son mutuamente excluyentes. El nombre alude metafóricamente al conocido personaje de ‘Alicia en el País de las maravillas’ (esa que ordenaba que sus ayudantes fueran decapitados en cuanto no cumplían sus deseos al pie de la letra). En un momento de esta historia, el paisaje empieza a cambiar bruscamente, mientras la Reina y Alicia corren todo lo posible. Alicia comenta lo absurdo de la situación: el tener que correr para no llegar a ningún sitio. ‘Debes venir de un país muy lento’ replica la Reina, ‘tienes que correr cuanto puedas para quedarte en el sitio, y tienes que correr el doble si quieres llegar a alguna parte’.

        En esta teoría se supone que gran parte de la descendencia no logrará sobrevivir debido a los depredadores o a organismos patógenos. Luego, en estas condiciones resulta ventajoso producir una descendencia variable en la esperanza de que, al menos una parte, logre escapar a estas amenazas por el mero hecho de ser diferente. En los últimos años se ha destacado enormemente el papel de los microorganismos patógenos y el hecho de que se produzca una ‘carrera de armamentos evolutiva’ entre los patógenos y sus organismos hospedadores. Para las especies de mamíferos, la hipótesis de la Reina de Corazones es la más aceptada para explicar los beneficios del sexo. Por supuesto, eso nos incluye a nosotros.

        Para un habitante de Europa occidental del siglo XXI, es posible que las enfermedades causadas por microorganismos no le parezcan un problema serio, pero esto es engañoso. Las enfermedades han sido un factor importante en la evolución de las especies y han tenido también un papel relevante en el desarrollo de la Humanidad y, de hecho siguen teniendo enorme importancia en muchos países. Tomemos como ejemplo al SIDA. En realidad este virus no produce un daño directo a la persona afectada, sino que ataca específicamente a un tipo de células necesario para combatir a los microorganismos que habitualmente se encuentran en nuestro entorno. En un mundo totalmente libre de patógenos, el virus del SIDA no causaría efectos graves; pero por desgracia, esto es imposible. Vivimos en un mundo lleno de microbios y si normalmente no nos ponemos enfermos, ello es debido a nuestra capacidad de mantenerlos a raya. El resultado de esta prolongada exposición a los agentes causantes de enfermedades, es que patógenos y hospedadores están en continua evolución. Un individuo con mayor resistencia a enfermedades tendrá mayores probabilidades de sobrevivir y dejar sus ‘buenos’ genes a la descendencia. A la inversa, los patógenos son seleccionados por su capacidad de atravesar nuestras barreras y reproducirse en el interior de nuestro organismo. Esto es lo que los expertos denominas co-evolución y se parece mucho a una carrera de armamentos.

 




[1] Van Valen, L. (1973) “A new evolutionary law” Evol. Theory 1:1-30.

[2] Bell, G. “The Masterpiece of Nature: The Evolution and Genetics of Sexuality”. University of California Press, Berkeley.1982

 

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Sexo hasta en la sopa

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Desde luego, decir que el sexo es importante equivale a hacer una afirmación poco arriesgada. Echo un vistazo alrededor y lo encuentro por todas partes, infiltrando cada minuto de la vida cotidiana. Naturalmente, el sexo (y el amor) constituyen el tema preferente de las canciones populares y de las películas. Se emplea como reclamo para vender todo tipo de productos: perfumes, coches, chocolate e incluso chicle. Doy un paseo por la ciudad y encuentro alusiones sexuales en cada esquina; en determinadas calles recibo proposiciones explícitas para intercambiar sexo por dinero; en la mayoría de las ocasiones, sin embargo, el tema no recibe un tratamiento tan directo pero está presente en la forma en que nos vestimos y arreglamos. Encuentro imágenes con con alto contenido sexual prácticamente en todos los kioscos de prensa de la ciudad, y –no tan explícitas- en la mayoría de los museos de arte. Por supuesto, no se trata de un fenómeno local. El interés por el sexo es una característica común de todas las culturas que  han sido estudiadas hasta la fecha, si bien existen considerables diferencias en cuanto a qué conductas se consideran aceptables en público. No necesitamos un estudio científico para aceptar la idea de que el sexo es importante.

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       Si nos fijamos en otras especies, la situación no es demasiado diferente. Muchas de las cosas bellas e interesantes de la Naturaleza tienen que ver con el sexo. Los vistosos colores de algunas aves no están hechos para deleitar nuestros ojos, sino los ojos de las hembras correspondientes. El ruiseñor que canta entre los árboles no lo hace por amor al arte; su canción tiene un único mensaje repetido sin cesar: “elígeme, elígeme”. Idéntico significado tiene el resplandor de la luciérnaga, los bramidos de los ciervos en otoño o el incesante sonido de la chicharra. Por supuesto, el significado de la palabra sexo varía para cada especie. Para los machos de muchos peces significa eyacular sobre una excitante y apetecible puesta de huevas. Para algunos insectos, el sexo significa depositar una bolsa con esperma en algún lugar visible, que será recogida por la hembra para fertilizar sus huevos. Para la mayoría de las plantas, el sexo implica confiar la semilla al viento o bien ‘seducir’, no a una planta de sexo contrario, sino a un insecto. Incluso las humildes bacterias practican una forma particular de sexo consistente en intercambiar fragmentos de material genético. No cabe duda de que sin sexo las cosas serían mucho menos interesantes para todos.

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La gran paradoja consiste en que no sabemos a ciencia cierta por qué existe el sexo ni cómo surgió. Sólo muy recientemente la Biología nos ha proporcionado algunas hipótesis y no puede decirse que el tema del origen del sexo haya sido objeto de un debate general ni que haya ocupado la mente de los estudiosos, a pesar de su evidente importancia. Es necesario precisar algo esta cuestión; la pregunta de ‘para qué sirve el sexo’ tiene una respuesta trivial, que es: ‘para la perpetuación de la especie’. Se trata, en realidad de una pseudo-respuesta que no nos explica nada. Evidentemente, si no existiese algún tipo de reproducción los seres vivos habrían desaparecido, pero de esto no se deduce que tenga que haber reproducción sexual.  Detengámonos un instante a considerar lo que significa tener este modo de reproducción, frente a uno asexual. En el primer caso, un individuo que quiera reproducirse tiene que encontrar y ‘ponerse de acuerdo’ con otro de diferente sexo y de la misma especie. Para ello, ambos individuos fabrican células especiales, gametos, que contienen sólo la mitad de los cromosomas de las células normales, de modo que cuando los dos gametos se fusionan recuperan el número normal de cromosomas que corresponde a la especie. En definitiva, cuando un individuo se reproduce sexualmente, cada uno de sus hijos lleva la mitad de los genes de cada progenitor. Esto es, en principio, un mal negocio ya que la ‘inversión’ en la descendencia se reduce a la mitad. Desde un punto de vista individual sería preferible que los hijos llevasen el 100% de nuestros genes. Por otra parte, el juego de aparearse es sumamente incierto y en muchísimas ocasiones los seres vivos mueren sin dejar descendencia. A primera vista, sería mucho más conveniente un modo de reproducción de tipo asexual, que nos ahorrase todos estos avatares. Esto puede parecer una discusión absurda, ya que en nuestra especie no tenemos otra opción que la reproducción sexual (dejando de lado la posibilidad todavía remota de la clonación artificial). Ciertamente, la mayoría de las especies de vertebrados (aunque no todas) se encuentran abocadas al sexo sin que puedan escapar a este destino, pero esto no es generalizable a todas las criaturas. La reproducción asexual no es infrecuente en insectos y es bastante corriente en hongos y plantas, aunque en general, alterna con formas de reproducción sexual.

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Desde el punto de vista evolutivo, el sexo no es un imperativo, ya que formas alternativas de reproducción asexual pueden surgir a lo largo del tiempo. Por otra parte, los cambios necesarios para pasar de reproducción sexual a asexual no son demasiado grandes en teoría. El óvulo recibe señales químicas de que ha sido fecundado e inicia un programa de divisiones celulares que pone en marcha el proceso de reproducción. Bastaría con que un óvulo ignorase estas señales y realizase una replicación adicional del material genético (para compensar la ausencia de espermatozoide) y  tendríamos hembras capaces de engendrar hijas sin tener que ser inseminadas. El misterio del sexo consiste justamente en que, pese a sus aparentes desventajas, es bastante raro que una especie se reproduzca de forma exclusivamente asexual. Por razones que resultan en parte misteriosas, cuando esto ocurre y una especie abandona por completo el sexo parece estar condenada a la extinción, lo cual sugiere que el sexo confiere alguna ventaja a los seres que lo practican, pero ¿qué ventaja?

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Una gran diferencia entre reproducción sexual y asexual estriba en la cantidad de variabilidad genética que se genera en las poblaciones. El sexo fuerza la combinación de genes, de manera que cada individuo es, de hecho, único y diferente a todos los que han existido y existirán, ya que representa una combinación de genes que no van a volver a encontrarse en otro individuo  (o al menos, la probabilidad de que esto ocurra es increíblemente baja). En cambio, en una población cuyo único modo de reproducción sea asexual, podemos esperar que las diferencias genéticas entre los individuos de la población sean pequeñas; no es que no se produzcan mutaciones, éstas ocurrirán y se transmitirán a la descendencia, pero en ausencia de los mecanismos sexuales de ‘barajeo’ de genes, la cantidad de variabilidad genética que se produce por vía de las mutaciones es pequeña. Por tanto, la pregunta puede reformularse como: ¿es bueno que exista variabilidad genética en las poblaciones? Desde  un punto de vista evolutivo y considerando un plazo de tiempo bastante largo, la respuesta es ‘sí’. La variabilidad genética es buena para una especie porque aumenta las posibilidades de que ésta pueda adaptarse si las condiciones cambian. Evidentemente, si se produce un cambio brusco en el hábitat de una especie particular, la supervivencia dependerá de que existan variantes del tipo normal que resulten más ventajosas en las nuevas condiciones. Durante algún tiempo los biólogos especularon con la posibilidad de que la única función del sexo fuera incrementar la variabilidad en las poblaciones. Según esto, podríamos pensar que la reproducción sexual tiene lugar por ‘el bien de la especie’; sin embargo, esta línea de pensamiento tiene un problema serio, y es que la selección natural no funciona así. Se trata de una fuerza ciega que no puede anticiparse al futuro. Sencillamente, si un gen confiere a los que lo poseen una característica ventajosa para la supervivencia, dicho gen tiende a extenderse en la población; pero para ello la ventaja tiene que producirse ‘aquí y ahora’. Ningún gen es seleccionado ‘por si acaso las condiciones cambian y entonces resulta ventajoso’. Una explicación coherente sobre la reproducción sexual tiene que decirnos qué tipo de beneficios ‘inmediatos’ se producen como consecuencia de ella.

       

 

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La fascinante historia del pájaro mafioso

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Una típica escena de película. Un honrado comerciante está atendiendo tranquilamente a los clientes de su tienda, cuando irrumpen dos tipos mal encarados, los cuales ofrecen al dueño sus “servicios” encaminados a “proteger” su negocio de ladrones y maleantes. Ante la negativa del dueño, los tipos se ponen cada vez más agresivos, advirtiéndole del peligro en que incurre al no contratar sus servicios. Finalmente, el dueño los echa a empujones. En la siguiente escena, vemos que la tienda ha sido asaltada y el honrado comerciante tiene un ojo morado.

Aunque probablemente no estemos en contacto directo con este tipo de conductas, sin embargo, no nos resultan ajenas. Todos somos conscientes de que los humanos somos capaces de actuar así. Lo que sí resulta sorprendente es que otras especies exhiban una conducta característicamente “mafiosa”, y no se trata de parientes cercanos, como el chimpancé o el gorila, sino de criaturas muy alejadas filogenéticamente de nosotros, en concreto de aves.

El parasitismo en aves no es un hecho demasiado infrecuente. El tipo más común, aunque no demasiado conocido, es el parasitismo intra-específico, que ocurre típicamente en aves coloniales. Imaginemos una inmensa colonia de aves marinas criando en una isla remota del atlántico. El suelo está literalmente cubierto de nidos ¿Qué ocurriría si una hembra, aprovechando un descuido, pone un huevo en nido ajeno y destruye el que había? Probablemente, la infortunada vecina no se dará cuenta y criará al polluelo como si fuera suyo. Esta conducta puede ser muy rentable, en términos evolutivos, y es difícil de evitar.

Sin embargo, los casos de parasitismo más estudiados son inter-específicos, en los que una especie ha desarrollado un modo de vida genuinamente parasítico y es incapaz de criar a sus polluelos. El más famoso es el cuco europeo (Cuculus canorus) y otros miembros de la familia cuculidae. Como todo el mundo sabe, la hembra del cuco pone su huevo en el nido de otra especie. El polluelo nace antes que los otros y los arroja fuera del nido, siendo alimentado por los desgraciados “padres adoptivos”, los cuales suelen tener un tamaño considerablemente menor que el propio polluelo. Esta conducta contiene un enigma evolutivo que ha intrigado a los biólogos durante décadas. En principio, la aceptación del polluelo parásito representa un importante perjuicio reproductivo y, puesto que su aspecto es muy diferente al de los polluelos legítimos, la selección natural debería eliminar esta conducta. Se han propuesto varias hipótesis al respecto. Seguramente la más chocante es la llamada “Hipótesis de la Mafia”, propuesta por el conocido investigador israelí Amos Zahavi, en los años 70s (Zahavi, 1979). Según esta hipótesis, el parásito evitaría el rechazo por parte del ave hospedadora modulando la conducta de ésta, por el expeditivo procedimiento de destruir los nidos que hayan rechazado el huevo del parásito. En definitiva, lo que haría el parásito es ofrecer una dura disyuntiva al hospedador: o aceptas el huevo (y crías al polluelo) o te destruyo el nido ¡Exactamente igual que los mafiosos de las películas!

Reconozco que si se cuenta de esta forma la historia puede parecer increíble. Vamos a ver. El parásito no se “presenta” en el nido del hospedador y le hace una propuesta. Esta conducta debe entenderse en términos evolutivos. Simplemente, la conducta está determinada por genes y puede tener una influencia grande sobre la capacidad reproductiva de los individuos. Aquellas aves con una conducta “eficaz” dejan más descendientes. No es necesario que las aves individuales sean conscientes de que están realizando un chantaje. No tienen por qué ser conscientes da nada (sin embargo, aunque sea de forma mecánica, esta conducta sí exige una notable capacidad cognoscitiva). Ocurre que los hospedadores que aceptan el huevo parásito podrían tener mayor eficacia reproductiva que los que no lo aceptan.

La primera evidencia experimental sobre la hipótesis de la Mafia, la proporcionó Manuel Soler, de la Universidad de Granada (España) y sus colaboradores (Soler et al., 1995). Estos investigadores estudiaron poblaciones de urraca (Pica pica) parasitadas por el críalo (Clamator glandarius), una especie cercana al cuco, presente en el sur de la península ibérica. Lo que encontraron estos investigadores es que las urracas que aceptaron huevos de críalo no tuvieron una eficacia reproductiva menor que los que no los aceptaron. Esta es la primer condición que tiene que cumplirse para que la hipótesis de la Mafia pueda ser cierta.

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En un trabajo muy reciente publicado en los Proccedings of the Natural Academy of Science, USA, (Hoover and Robinson, 2007) los investigadores  han encontrado nuevas pruebas que están de acuerdo con la hipótesis de la Mafia, esta vez en una especie americana llamada cowbird (Molothrus aeneus), que aparece en la foto. En este caso, los huevos del cowbird no se parecen demasiado a los del hospedador. No es probable, pues, que la aceptación de huevo parásito se deba a una falta de discriminación por parte del hospedador. De nuevo, los investigadores fueron capaces de documentar que los nidos que rechazaron salieron peor librados que los no rechazaban. Además, se emplearon controles que permiten asegurar que las incursiones de castigo de las aves parásitas iban dirigidas específicamente a los nidos que habían rechazado previamente el huevo.

Es posible incluso que el hospedador obtenga una ventaja reproductiva al ser parasitado. En el trabajo de Soler y col., comentan que mientras examinaban los nidos eran “acosados” frecuentemente por los críalos parásitos y (menos frecuentemente) por las propias urracas. Aunque no haya una evidencia definitiva, los parásitos podrían contribuir a la reproducción del hospedador a base de guardar el nido y protegerlo frente a la depredación de terceros, con lo que esta asociación derivaría del parasitismo a la simbiosis (en el momento en que el coste de criar al parásito fuese menor que el beneficio de la protección del nido). Pasado el tiempo, el mafioso podría llegar a convertirse en policía.

Hoover, J., and Robinson, S. (2007). Retaliatory mafia behavior by parasitic cowbird favors host acceptance of parasitic eggs. Proc. Acad. Natl. Sci. USA.

Soler, M., Soler, J., Martinez, J., and Moller, P. (1995). Magpie host manipulation by great spotted cuckoos: evidence for an avian mafia. Evolution 49, 770-775.

Zahavi, A. (1979). Parasitism and nest predation in parasitic cuckoos. American Naturalist 113, 157-159.

 

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Patatas y falacia naturalista

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Queridos amigos,

Este post está dedicado a la “Falacia Naturalista”. El término fue acuñado por el filósofo británico George Edgard Moore, en sus “Principia Ethica”, allá por los comienzos del siglo XX. Lo que viene a decirnos es que “no es cierto que todo lo natural sea bueno”. En primer lugar, nos enfrentamos a una definición del término “natural”, lo cual no es tan fácil como parece. De hecho no lo es en absoluto. Una posibilidad sería asumir que la condición “original” de los humanos es vivir como cazadores-recolectores. Por tanto, diríamos que una cosa es natural si encaja en esta forma de vida. Todo lo que viene después: la agricultura, la ciudad, el estado de derecho, las tarjetas de crédito y los bombones de chocolate, pertenecerían a la categoría de “artificial”. Por supuesto, la forma de vida natural lleva aparejada una esperanza de vida corta, una mortalidad infantil alta y otros muchos inconvenientes.

Reconozco que no es un tema demasiado de moda en España en estos tiempos. No recuerdo haberlo visto en los titulares de los periódicos, ni en las tertulias de la radio. Sin embargo, la Falacia Naturalista está entre nosotros e influye en la consideración que damos a muchas cosas cotidianas. Particularmente influye en nuestras decisiones como consumidores, de aquí que se utilizada una y otra vez por los publicistas.
Aunque parezca un poco raro, mi ataque a la FA va empezar por un artículo de consumo bien prosaico: la patata. ¿Y a quién no le gustan? El 99,99% de los niños menores de cinco años matarían por un plato de patatas fritas, bien untadas en ketchup.

Los incas las domesticaron allá por el siglo V a.c. y construyeron un imperio basado en este cultivo (la palabra domesticar suena un poco rara aplicada a una planta, pero el proceso es el mismo que en la domesticación de animales: un proceso de selección genética promovido por los humanos que modifica ciertas características de un ser vivo haciendo apto para su utilización). Los incas no sólo se las comían, también las adoraban y dependían de ellas. Ellos le dieron el nombre de ‘papa’.

Los españoles entendieron pronto la importancia de esta planta; Gonzalo Jiménez de Quesada la llevó a España como compensación por el oro que no pudo encontrar. En el siglo XVI, las patatas eran una comida corriente en los barcos españoles y pronto se vió que los marineros que las consumían no caían víctimas del escorbuto. Según una leyenda, las patatas llegaron a Irlanda desde un barco español hundido de la Armada Invencible.

No obstante, el crédito por haber introducido este cultivo en Europa suele atribuirse a Antoine-Agustin Parmentier, un militar francés aficionado a la botánica. Al parecer, empleó una estratagema para popularizar su uso: hizo que una guardia custodiase permanentemente su huerto de las afueras de París, aunque los soldados tenían órdenes de permitir el “robo” de los tubérculos. En efecto, las patatas fueron rápidamente robadas y sembradas en otros muchos huertos. En realidad, Permentier introdujo este cultivo en Francia.

Se preguntarán qué tiene que ver todo esto con la falacia naturalista. Ahí vamos. Posiblemente la causa de que la patata no fuera aceptada fácilmente se debe a que pertenece a la familia de las solanáceas, muchas de las cuales son extraordinariamente venenosas. Por ejemplo, la Datura stramonium, es famosa por sus efectos alucinógenos. Dicen que las brujas la empleaban para lograr la sensación de estar volando. El problema es que la dosis a la que tiene efectos alucinógenos y la dosis letal se encuentran peligrosamente cerca. Otra solanácea es Atropa belladona, cuyo alcaloide produce a bajas dosis dilatación de la pupila y que en la Edad Media empleaban las damas para aumentar su belleza (de ahí su nombre).

Nuestra vulgar patata no está exenta de peligros. Los tallos y hojas contienen el alcaloide solanina, francamente tóxico; el tubérculo no lo produce, a menos que le de la luz y empiece a brotar (recordemos que el tubérculo es en realidad un tallo). En ese caso, es posible que las patatas nos provoquen una intoxicación y se han dado casos de muerte de animales por ingesta de patatas verdes. Naturalmente, este es un riesgo razonable. La inmensa mayoría de las veces, las patatas no provocan ningún problema.

La cuestión es: las patatas son en realidad venenosas, pero hemos aprendido a manejarlas y el riesgo de envenenarnos es tolerablemente bajo. Sin embargo, nuestros criterios de seguridad no son siempre los mismos ni se aplican a todas las cosas por igual. Si la patata fuera un cultivo nuevo, obtenido mediante ingeniería genética y tratásemos de introducirlo en Europa, seguramente no sería aceptado. Pero nos hemos acostumbrado a ellas y las consideramos (con buen criterio) parte de nuestra vida cotidiana; son, por así decirlo, algo “natural”. En general, empleamos este término de forma vaga. El “yogur natural” no es menos artificial que el yogur de sabores.

El problema es un pelín más insidioso. Porque cuando decimos que una cosa es “natural” solemos dar a entender que también es “buena”. El término parece llevar los dos sentidos pegados a su espalda. Y a esto se refería George Moore cuando hablaba de la falacia naturalista. Lo que quería decir es que nunca se deben sacar conclusiones morales de simples hechos. Es cierto que los humanos originales fueron cazadores-recolectores, pero de ahí no se deduce que esta condición sea “buena”, ni moralmente correcta ni agradable de llevar a la práctica.

Esta cuestión es particularmente importante para la Psicología Evolucionista. Esta disciplina trata de interpretar la conducta humana a la luz de la teoría de la evolución. En especial, se pregunta cómo evolucionó nuestra capacidad cognoscitiva y a qué tipos de problemas respondía esta evolución. Seguramente a problemas habituales de nuestros antecesores: encontrar comida, aparearse, mantener un estatus dentro del grupo, etc…
Sea lo que sea, lo que la ciencia nos permita descubrir sobre nuestros orígenes, ello carece de valor moral. De ahí que los psicólogos evolucionistas lo repitan como un mantra. Y hacen bien.

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