Reseña: Freakonomics

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La verdad es que no había oído hablar de “Freakonomics” hasta el pasado verano, cuando me lo encontré de sopetón en la céntrica librería Waterstones en Edinburgo, Cinco horas más tarde ya lo había terminado. En definitiva, se trata de un libro muy divertido y terriblemente adictivo. Por desgracia, hay pocos así.

¿De qué va Freakonomics? Difícil de decir, porque trata de muchas cosas. De luchadores de sumo, profesores de enseñanza media, agentes inmobiliarios, el Ku-kux-klan, vendedores de droga y muchas cosas más. Sus autores (Steven Levitt y Stephen Dubner) son dos economistas jóvenes e iconoclastas que, armados de sus herramientas estadísticas, se lanzan a investigar los aspectos más sorprendentes de la conducta humana. Al parecer, su juego sólo tiene tres reglas: 1) que el tema les parezca interesante; 2) que sus conclusiones se basen en datos, y 3) que les importa un rábano lo que hayan podido opinar previamente los “expertos” en el tema. No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento. Además, pensándolo bien, las tres premisas mencionadas constituyen la base de cualquier investigación que se precie en el campo que sea. No pretendo quitarle gracia a la lectura de este libro, así que sólo mencionaré dos de las muchas historias que discurren por él: ¿qué tienen en común los luchadores de sumo con los maestros de escuela?

En 1996, la administración responsable de las escuelas públicas de Chicago empezó a hacer exámenes anuales a todos los alumnos, aunque los verdaderos examinados eran los profesores, ya que los resultados repercutían de forma considerable sobre su sueldo y sus posibilidades de promoción. Los autores se preguntaron si tal vez, algunos profesores harían trampa, ya que los incentivos eran grandes y las trampas de los profesores constituyen un fenómeno raro, pocas veces investigado (como todo el mundo sabe, son los alumnos lo que engañan) ¿cómo abordar esta cuestión? Afortunadamente para los autores, todos los resultados de los tests, entre 1996 y 2000, estaban accesibles en Internet (algo así como 100 millones de preguntas individuales), incluyendo información precisa sobre la marcha de cada alumno a lo largo de los años. Sobre esta base, los autores construyeron un algoritmo informático que identificaba bloques sospechosos, esto es, bloques de preguntas cuyo porcentaje de aciertos resultase sorprendentemente alto e incoherente con el resto del examen. De esta forma estimaron que aproximadamente un 5% de los profesores hacía trampas (una estimación conservadora, ya que el algoritmo sólo identificaba los casos más flagrantes). Después de publicado el artículo, el responsable de educación de Chicago pidió ayuda a los propios autores para identificar a los profesores tramposos, lo cual acabó con el despedido de aproximadamente una docena de ellos (sin duda una minoría, pero con un efecto ejemplarizante sobre el resto).

Este dato ni me sorprende ni me escandaliza. En realidad son buenas noticias, ya que el 95% de los profesores (probablemente) no hizo trampas, a pesar de que no parecía que hacerlas tuviera consecuencias negativas. Seguramente encontraríamos porcentajes de tramposos iguales o mayores en cualquier otro colectivo (si se trata concejales de urbanismo, mejor no hablar). Los autores no se preguntan si hacer trampas está en la naturaleza humana o no, se limitan a estudiar la conducta aquí y ahora. Pero la pregunta es muy relevante para los psicólogos evolucionistas. No voy a entrar hoy de lleno en el tema, pero conviene mencionar que la capacidad de engañar no es exclusiva de nuestra especie y seguramente es, en parte biológica y tiene un asiento en nuestros genes (aunque todavía no hayamos identificado dichos genes).

Lo que sí me sorprende (y escandaliza) es que los autores no habrían podido realizar un estudio similar en España por la sencilla razón de que no hay datos fiables y accesibles. De hecho, no ha datos en absoluto. Nuestro sistema educativo es perfectamente opaco. Me explico. Los niños empiezan el colegio a los 3 años y acaban la universidad a los 22 (o los que sea). Ese proceso educativo conlleva miles de horas de esfuerzo y grandes sumas de dinero público y privado ¿cuál es el resultado? No lo sabemos. El único dato, externo y más o menos objetivo es el examen de acceso a la universidad, que se produce una vez en la vida del estudiante (sólo de aquellos interesados en ir a la universidad). Por supuesto, los profesores evalúan a los alumnos, pero el problema es que los profesores son (somos) juez y parte. La calificación que obtienen los alumnos también es la del profesor (o debería serlo). Este problema –el de la opacidad de nuestro sistema educativo- no parece ser objeto de preocupación general, pero sin duda, se trata del asunto más importante en política educativa. El número uno. Por una razón sencilla: sin exámenes generales, externos y (en lo posible) objetivos sencillamente no podemos saber si el proceso educativo está funcionando o no (podemos especular, opinar, participar en tertulias, etc…pero no podemos saber). En los últimos años, todos los intentos de la administración por cambiar la situación en este sentido han sido combatidos con éxito por la comunidad educativa, utilizando argumentos (en mi opinión) absolutamente débiles (tal vez el tipo de prueba que se ha empleado no sea idóneo, pero ante esto cabe proponer mejoras, no oponerse al proceso).

Sin datos fiables, cualquier política educativa es un fiasco.

[Si alguien tiene una opinión al respecto, me gustaría que dejara un comentario. Gracias]

Pero, vayamos a la otra historia. Ya habréis adivinado que lo que tiene en común los profesores con los luchadores de sumo es que ambos hacen trampas. En el caso de estos últimos, la cosa es bastante más complicada. Los luchadores de sumo de élite se enfrentan en torneos bi-mensuales de 15 combates; un luchador necesita ganar al menos 8 para mantenerse en primera división. Por tanto, el último día del torneo, un luchador que se encuentre en la burbuja (7 ganados y 7 perdidos) tendrá mucha más motivación por ganar el último combate que un luchador que ya está salvado (al menos 8 victorias). Estas circunstancias son ideales para que los combates se arreglen. De nuevo, lo que reveló el análisis estadístico de los datos es que muchos (aunque no todos) los luchadores tenían un acuerdo tácito, mediante el cual los favores se devolvían, si se daban las circunstancias, en el plazo de unos meses. Al parecer, el acuerdo se producía no sólo entre luchadores individuales sino entre las casas (agrupaciones a las que pertenecen los combatientes). Hoy por ti, mañana por mí. En este caso, las conclusiones fueron confirmadas por luchadores arrepentidos (los cuales murieron muy pronto en extrañas circunstancias).

La historia es realmente buena y creo que puede que generalizarse a muchas esferas (si no a todas). Grupos o individuos que llegan a acuerdos tácitos de ayuda mutua; ¿a qué me suena esto? Grupos parlamentarios que condicionan su voto (independientemente de lo que se esté votando) a un intercambio de apoyos. Miembros de tribunales de oposición que pactan tácitamente el apoyo a sus candidatos ¡El comportamiento de los luchadores de sumo es la vida misma! Y conste, que el intercambio de favores no tiene por qué ser ilegal o inmoral. Puede ser una forma de cooperación perfectamente lícita. El factor clave de esta conducta es que los participantes tienen que encontrarse en el camino con relativa frecuencia (como los arrieros) y tienen que recordar el historial de pasado de ayudas de los otros. Estas condiciones no son exclusivas de nuestra especie, sino que ocurren en numerosos animales sociales. Así que no es raro que el altruísmo recíproco, como denominan los etólogos a este tipo de conducta, se haya desarrollado muchas veces. Sin ir más lejos en animales tan vilipendiados como el vampiro.

Se ha visto que entre algunas especies de vampiros sociales es normal que los individuos compartan el alimento obtenido con otros animales que no son sus parientes cercanos. Este hecho está probablemente relacionado con el incierto modo de alimentación del vampiro, el cual accede a un alimento bastante nutritivo (la sangre) pero con una frecuencia relativamente baja. Por tanto, es fácil pensar que esta conducta altruista resulta beneficiosa en conjunto, ya que compartir el alimento puede salvar la vida de aquellos animales que no hayan sido afortunados una noche, los cuales podrán, tal vez devolver el favor a sus benefactores.

Quiero acabar este post con un proverbio oriental, que para mí constituye una especie de lema:

La información es cara, la opinión es gratis

 

Freakonomics ha sido traducido al español recientemente:

http://www.freakonomics.es/freakonomics.htm

 

Un abrazo a tod@s

Pablo

 

 

 

 

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7 comentarios

Archivado bajo Reseña

7 Respuestas a “Reseña: Freakonomics

  1. Completamente de acuerdo. Para mí fue también un descubrimiento y de hecho escribí una reseña en mi blog http://factorhumano.wordpress.com.

    Si te ha gustado, un autor que descubrí el verano pasado y tiene una línea de razonamiento parecida es Thomas Sowell, especialmente en “Basic Economics”.

    En el tema del sistema educativo español ¿qué se puede decir? Hay dos libros de denuncia muy buenos, “La gran estafa” de Alicia Delibes y “Panfleto antipedagógico” de Ricardo Moreno.

    Un saludo.

  2. Gracias José, les echaré un vistazo

  3. Una excelente reseña del libro. Cuando escuché de los autores y sus hallazgos tuve que pedir el libro por internet, ya que en mi país (Colombia), no se conseguía. No me arrepentí y me parece un excelente ejercicio de relacionar a la economía con la vida diaria, sin necesidad de mostrarla como una verdad irrefutable. Recomiento también el libro “The Undercover Economist”, con una línea similar y con una característica compartida con Freakonomics y que explica parcialmente su notable éxito: el sentido del humor de los autores, que llega a cotas geniales.

    Saludos.

  4. Dionisio Emilio

    Hola a todos. Soy argentino, he leído este libro hace algo más de un año y no deja de sorprenderme la simplicidad y contundencia con la que nos ofrece un espejo para mirarnos como individuos y como sociedad. Espejo en el que nos vemos reflejados, reprobados, reprimidos; espejo en el que nos vemos a la vez colegas, compañeros y no pocas veces cómplices. Quizás estas frases extractadas de Frikonomics den cuenta de lo que intento decir:

    Sobre Incentivos
    “Los incentivos constituyen la piedra angular de la vida moderna”
    “Existen tres tipos de incentivos: económicos, sociales y morales”

    Me gustaría que alguien intentara dar un ejemplo de alguna acción humana que esté desprovista de estos tres señuelos, léase: monedas, gratitud o cielo.

    Sobre terrorismo cognitivo, argumentación extorsiva o asimetría informativa

    “Los expertos utilizan información privilegiada en beneficio propio”

    “El arma principal del experto es la conversión de la información en miedo”
    “Ud. Ve en el experto a un aliado, él ve en ud. Un blanco”

    Estas frases combinadas resultan en un cóctel que puede hacer las delicias de Lucifer.
    Quién no esté comprendido o salpicado por alguno de estos conceptos, que tire la primera piedra…
    Podemos ver como nos engañan, como nos engañamos en fin, como necesitamos el engaño: para que un engaño sea exitoso, se requiere de alguien que arroje una mentira y de alguien que la recoja, de alguien que quiera mentir y de alguien que necesite que le mientan. De alguien que alardee de poseer una solución y de alguien que acomode a ella su problema (la inversión es deliverada: el binomio problema- solución es un híbrido)
    El engaño es como aquel animal fabuloso que cita JL Borges, la anfisbena, que es una serpiente que posee dos cabezas, una en cada extremo, de tal suerte que jamás puede retroceder, solo puede ir hacia delante: posee dos extremos frontales. Del mismo modo, es arbitrario decir que el engaño es unidireccional y cuyo sentido es del embaucador hacia la víctima. Los beneficios de uno y otro se comportan como cabezas “anfidireccionales” y estarán siempre a igual distancia.

    Sobre “Sabiduría convencional” …o ignorancia ilustrada?

    “La sabiduría convencional ha de ser simple, práctica, cómoda y reconfortante, aunque no necesariamente cierta”
    “Independientemente de cómo se cree, la sabiduría convencional puede resultar difícil de cambiar”

    Recuerdo la fábula de aquellos sastres que vistieron al rey con “telas que solo podían ser vistas por personas intelectualmente dotadas”. En este caso, los expertos (sastres) manipulaban más que la información, la ignorancia de las víctimas. Podemos ver en este relato lo difícil que es muchas veces denunciar un engaño. Sentimos que no podemos actuar por nosotros mismos, no podemos tomar la decisión de señalar el fraude sin riesgos de castigos o represalias, no solo hacia nosotros, sino también hacia nuestro entorno. Tampoco es fácil contradecir una “Sabiduría convencional” sin ser señalados como políticamente incorrectos: ¿quién podría decir a boca de jarro que la efectividad de los tratamientos homeopáticos poseen una eficacia mínima o nula sin temer un aluvión de argucias desprovistas de ciencia, y epítetos descalificadores ?. Lo mismo podría decirse (callarse) del psicoanálisis, de los signos sodiacales y otras yerbas tan incrustadas en la piel de la cultura occidental. Claro que nadie ha estudiado o puede saber a ciencia cierta que tan dañinos o beneficiosos (¡?) pueden ser tales sabidurías para la sociedad: ¿Donde está el incentivo?.

    PD: en uno de los párrafos puede leerse:
    “Un arma es una herramienta que sirve para matar…pero peor aún, constituye una enorme perturbación del orden natural de las cosas”: ¿No es esta última parte una excelente definición de Información?: La información con la que contamos ha provocado una perturbación del orden natural de las cosas” (aunque pensándolo bien, podríamos aceptar toda la definición, de comilla a comilla, con muy poco esfuerzo)
    Saludos

  5. Leí el libro y me pareció muy bueno, al igual que tu reseña. Concuerdo que sin datos que se puedan cruzar no es posible generar una política educativa coherente (tal como pasa en mi país, Argentina).
    Buen post,
    Saludos

  6. ruben

    en antropología social eso se conoce como reciprocidad y no sólo se aplica para engañar sino también es una estrategia de supervivencia, una forma de relaciones sociales equivalentes (equitativas); y en política eso sería clientelismo. No me parece algo novedoso pero su forma de presentarlo la hace interesante

  7. Sergio Martínez

    Buena reseña. El libro es entretenido, aunque, ciertamente, no tiene nada de “freak”. Las discusiones en el libro sirven de muestrario de lo que hacen muchos economistas a diario –aunque el estereotipo del economista sea el de un vigilante atento de las tasas de interés o los niveles de inflación–. Por cierto, debo hacer una corrección a tu reseña: Stephen Dubner no es economista, es periodista.

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