Archivo mensual: febrero 2007

Los chimpancés fabrican lanzas

 

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Los primatólogos ya sabían desde hace un tiempo que los chimpancés son capaces de utilizar piedras como herramientas para abrir ciertos frutos y comerse la semilla; también era conocido que algunos chimpancés utilizan palos finos para “pescar” termitas y comérselas. Más interesante aún es el hecho de que estas pautas se transmiten por vía cultural de unos individuos a otros y son características de determinadas comunidades.

Lo que no se sabía, y ha dejado a los investigadores en estado de “shock” es que también son capaces de afilar estacas y emplearlas como armas para cazar gálagos, según el artículo publicado en el último número de la revista Current Biology. El gálago es un primate nocturno de pequeño tamaño (200-300 g), que se esconde durante el día en oquedades de los árboles. Y ahí es donde los “lancean” los chimpancés, o mejor dicho, las chimpancés –porque esta conducta de momento sólo ha sido observada en hembras. A pesar de que el método empleado para afilar las estacas –a puro mordisco- pueda parecer poco sofisticado, esta capacidad nos obliga a elevar un peldaño nuestra consideración de la capacidad cognoscitiva de nuestro pariente más próximo. Existe una diferencia crucial entre emplear un objeto –una piedra o una rama- de forma casual y realizar una acción encaminada a fabricar una herramienta.

Los investigadores de la reserva Fongoli en Senegal, han observado esta conducta un buen número de veces, aunque sólo en una ocasión fueron testigos de que se cobrase una pieza. De todas maneras, restos de gálago aparecen con frecuencia en las heces de los chimpancés, por lo que podemos suponer que el método funciona razonablemente bien.

No estamos solos

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Reseña: la lógica del titiritero

http://www.madrimasd.org Noviembre 2006

Sobre la psicología evolucionista

La “psicología evolucionista” es la cara lavada de la vieja “sociobiología”, una disciplina que, según el etólogo Frans de Waal, nace en 1893 de la mano de Thomas Henry Huxley y que alcanzó su cénit con la obra de Edward O. Wilson, La sociobiología: una nueva síntesis (1975). El lavado de cara que la psicología evolucionista supone, incluye, además, una “crema reductora”: la eliminación de los excesos biologicistas de Wilson que le llevaron a proclamar la necesidad de que la ética pasara de las sucias manos de los filósofos a las expertas manos de los biólogos. El resultado de esa “refundación”, del noble intento de aplicar nuestros cada vez mayores conocimientos biológicos a la explicación de la conducta humana, fue The Adapted Mind de Jerome Barkow, John Tooby y Leda Cosmides, libro que apareció en 1992 y en cuya estela se sitúa la obra de Rodríguez Palenzuela que ocupa esta reseña.

La lógica del titiritero trata, pues, de mantenerse entre la Scilla de la “biofobia” (una reacción frente al temor de que la colonización de la biología destierre algunos conceptos básicos de nuestra vida moral tales como la igualdad y la responsabilidad) y la Caribdis de la “biofilia”, como fue paradigmáticamente la actitud de Wilson. Para ello, nada mejor que insistir en algo que, por otro lado, Hume denunció vehementemente hace unos cuantos siglos: de la constatación de ciertos datos (en nuestro caso, hechos de la naturaleza humana, verbigracia animal, explicados por la biología) no se siguen deberes morales. Pretender derivar dichas obligaciones de conducta supone incurrir en la “falacia naturalista”, como bien se encarga de insistirnos Rodríguez Palenzuela a lo largo del texto.

El programa de Rodríguez Palenzuela en este libro es también equidistante en cuanto a la vieja disyuntiva naturaleza-crianza. Ni los genes ni la educación adquieren el protagonismo absoluto como factor más relevante en la explicación de cómo llegamos a ser como somos, aunque la interpretación de la conducta humana debe en todo caso mirarse en el espejo de la evolución de las especies e incorporar la evidencia de la que ya disponemos en cuanto a la influencia de los genes en aspectos importantes de nuestra inteligencia y personalidad. Si no he entendido mal a Rodríguez Palenzuela, los genes serían algo así como las “propiedades disposicionales” de los individuos, necesitadas de ciertas condiciones del entorno para “expresarse”, de la misma manera que la propiedad de la solubilidad del azúcar precisa del agua para manifestarse.

El libro es finalmente reivindicativo de la libertad de los individuos – en el sentido de que no estamos absolutamente determinados-, y de nuestra especial condición como animales. Ella es producto no tanto de lo primero (la capacidad para no estar absolutamente gobernados por los instintos es lo que nos hace “agentes morales”), cuanto de la destreza lingüística de la que, según Rodríguez Palenzuela, gozamos en exclusiva dentro del reino animal.

Como libro de divulgación científica, la obra de Rodríguez Palenzuela es eficaz por varias razones. En primer lugar porque está muy bien escrito. En segundo lugar porque Rodríguez Palenzuela adereza el relato con buenas dosis de “contexto de descubrimiento”, es decir, de pormenorización sobre las bambalinas de muchos hallazgos importantes en la singladura de la psicología evolucionista. Para los expertos en la materia lo importante de dichos descubrimientos es si prueban o no algo; si justifican o no determinadas hipótesis previamente atisbadas. Para el lego, en cambio, resulta tanto o más arrebatador conocer los detalles del “fraude del caballo Hans” o los intríngulis del increíble accidente, y posterior cambio de personalidad, de Phineas Gage, episodio al que ya nos acercara magistralmente Antonio Damasio en El error de Descartes. Por último, y aunque pueda parecer paradójico, la eficacia de La lógica del titiritero como obra divulgativa radica en que Rodríguez Palenzuela no es un especialista en psicología evolucionista, pero sí una persona bien formada en el ámbito científico. Ello le permite huir de disquisiciones escolásticas, de matices sobre matices, renuncias casi siempre intolerables para quién sí es realmente experto y tiene en la retaguardia de sus pensamientos al colega de capilla académica. No por ello, sin embargo, Rodríguez Palenzuela se exime del rigor a la hora de acercar al lector a tales discusiones, de lo que da buena cuenta, por poner uno de entre varios ejemplos posibles, en la presentación que hace de la gramática generativa de Chomsky.

El libro de Rodríguez Palenzuela es sólo aparentemente modesto, como sólo aparentemente modesta es la misión de la psicología evolucionista por lo que parece. Repare si no el lector en la afirmación de la página 258: “Si desciframos la lógica del titiritero estaremos en mejor posición para cambiar lo que no nos guste”. Claro que mayor ambición, si cabe, desprende el propio título: La lógica del titiritero. ¿Existe un titiritero cuya lógica pueda desvelarse? ¿No deberíamos mantenernos más bien en la modestia de la mejor interpretación del darwinismo, aquella que nos muestra el propio autor y que no atribuye propósitos a la selección natural sino al puro azar?

Y es que entender la lógica del titiritero no solo supondría comprender las razones o raíces de nuestra conducta, sino también por qué estamos aquí. Como afirmara Jacques Monod, la humanidad lleva siglos desplegando un “[h]eroico esfuerzo… negando desesperadamente su propia contingencia”. Y es que no podemos creer que el universo no está grávido de vida ni la biosfera preñada del hombre. Mucho menos nos es dado convencernos de que nuestro número salió en la ruleta la fortuna. Rodríguez Palenzuela, comprensiblemente, se resiste a quedarse quieto. Por lo que parece, su alma de científico no le permite semejante resignación.
Pablo de Lora
Universidad Autónoma de Madrid

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Creacionismo islámico

 

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El creacionismo no es, como suele pensarse, un movimiento religioso que hace una interpretación literal de la Biblia. El creacionismo va mucho más lejos; lo que pretende es que los profesores de las escuelas subvencionadas por el Estado se vean obligados por ley a decir a sus alumnos que la teoría creacionista es una alternativa a la teoría de la evolución, en principio tan respetable y científicamente válida como ésta. La cosa tiene miga. Imaginemos que van un poco más allá y exigen a los profesores de Física que expliquen que la Tierra no se mueve alrededor del Sol.

Hasta ahora, este movimiento estaba más o menos confinado a Estados Unidos, mejor dicho, a algunos estados del Sur y era exclusivamente cristiano. Sin embargo, parece que ahora tenemos creacionismo con un nuevo sabor: creacionismo islámico. La noticia ha aparecido en el último número de Science (16-2-2007). En las últimas semanas, científicos de varios países europeos han recibido (sin solicitarlo) ejemplares de un Atlas de la Creación. Un impresionante tomo de 768 páginas, editado y encuadernado a todo lujo. El autor es un tal Harem Yahya, y viene de la muy laica Turquía. Yahya culpa de casi todos los males de este mundo (incluyendo el 11S) ¡al darwinismo!

La línea de razonamiento del libro es, según parece, asombrosamente simple. Más de 500 páginas están dedicadas a mostrar fotos de fósiles, seguidas de animales actuales que albergan un cierto parecido. Ergo, la teoría de la evolución es falsa. Algunas voces indignadas piden una respuesta, aunque seguramente lo más sensato es no hacer nada. Responder implica dar más publicidad e incluso credibilidad al asunto. Personalmente, no creo que sea un delito regalar un libro (carísimo) repleto de estupideces (algunos se preguntan de dónde viene la financiación de Yahya y sus pupilos). Otros sugieren emplear el libro como pisapapeles.

Aunque pudiera tomarse a broma, parece que la iniciativa está teniendo bastante éxito en Turquía; según una encuesta, el 50% de los profesores de enseñanza media tiene ahora dudas sobre la validez de la teoría de la evolución. Si Ataturk levantara la cabeza…

 

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Comentario en eVOLUCION

La Sociedad Española de Biología Evolutiva (SESBE), ha publicado en su boletín un comentario sobre la “La lógica del titiritero”, escrito por su presidente, Manuel Soler. El comentario está disponible aquí:  opiniontitiritero.pdf   y el boletín puede consultarse aquí: evolucion_02.pdf

Además, la SESBE mantiene una interesante página web: www.sesbe.org

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Naturaleza humana

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Hola amigos,

El periodista y crítico musical (y sin embargo amigo) Ricardo Aguilera, dedicó uno de sus programas a “La lógica del titiritero”. El programa se emitió en Radio5 hace unos meses, pero hace unos días Ricardo lo colgó en su página web. Si queréis escucharlo, este es el link:

http://www.ricardoaguilera.com/naturaleza_humana.html

Y no dejéis visitar su página: www.ricardoaguilera.com Está realmente bien.

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La Declaración de Sevilla sobre la Violencia: el eterno malentendido sobre Naturaleza vs Crianza

Artículo publicado en madri+d (www.madrimasd.org)  21/11/2006

AUTOR | Pablo Rodríguez Palenzuela (ETSI Agrónomos. Universidad Politécnica de Madrid)

¿Es nuestra herencia biológica la que determina nuestras capacidades e inclinaciones o, por el contrario, éstas son productos de nuestra herencia cultural? Este debate lleva rodando -literalmente- siglos, por lo que parece difícil que a estas alturas se pueda añadir algo nuevo. Paradójicamente, dicho debate ha precedido al desarrollo de la propia biología y, por ello resultó hueco y desenfocado desde su origen.

Sólo al inicio del siglo XXI, el increíble avance de la biología molecular, la neurobiología y la genética del comportamiento (entre otras disciplinas) nos está proporcionando las herramientas necesarias para examinar el viejo debate de la naturaleza humana a la luz de la evidencia experimental. Pero empecemos por el principio. En el siglo XIX, tras la publicación de la obra de Darwin, surgió un movimiento ‘filosófico-político’ que pretendía analizar (y enmendar) los problemas sociales del momento a través de la teoría de la evolución. Dicho movimiento, denominado “darwinismo social”, que fue preconizado por figuras tales como Galton y Spencer, justificó verdaderas atrocidades, como la necesidad de “mejorar la raza” o seleccionar a los inmigrantes en función de supuestos criterios genéticos. Como consecuencia, miles de personas fueron esterilizadas contra su voluntad en Estados Unidos y el Norte de Europa. No cabe la menor duda de que el darwinismo social constituyó un desastre intelectual y moral. Además, era un movimiento puramente ideológico ya que la evidencia experimental en la que se basaba era sumamente débil o inexistente. El propio Darwin se mantuvo conspicuamente al margen. Para empeorar las cosas, durante el III Reich, Hitler empleó elementos de este movimiento para apuntalar su sistema ideológico. Así que no resulta extraño que durante la segunda mitad del siglo XX la mera alusión a la biología en el contexto de las ciencias sociales fuera considerada anatema.

Durante estos años el paradigma operante ha sido ferozmente ambientalista y se ha basado (simplificando mucho) en una idea del filósofo del siglo XVIII John Locke: la doctrina de la “tabla rasa”. Según el filósofo inglés, la mente humana al nacer es como un papel en blanco. Todas nuestras capacidades y preferencias derivan de lo que adquirimos por vía cultural, sin que los factores biológicos o innatos tengan alguna contribución en este sentido. Las diferencias entre los individuos serían el reflejo de los diferentes estilos educativos e influencias ambientales recibidas. Así pues, este modelo tiene a su favor el hecho de ser políticamente correcto. Si todos los factores relevantes fueran de naturaleza cultural, bastaría cambiar la educación de las personas para cambiar la sociedad. Por tanto, la premisa subyacente al modelo es que el ser humano es infinitamente maleable, ya que es un mero producto de su ambiente. Por el contrario, se afirma que si los factores biológicos fueran determinantes entonces sería imposible cambiarlos y, por tanto, cualquier intento de cambio social estaría condenado al fracaso. Hoy sabemos que esta afirmación no es cierta. Una cosa es reconocer que los genes contribuyen en la determinación de determinadas características y otra muy distinta pensar que dicha determinación es del 100% y no está sujeta a influencias ambientales. En todo caso, de este “miedo a la inevitabilidad” proviene en parte la hostilidad a la biología como un elemento importante para explicar la conducta humana.

A pesar de que los intentos de integración entre biología y ciencias sociales fueran políticamente incorrectos, ha habido algunas voces discrepantes, en particular la escuela de étologos europeos activos en los años sesenta-ochenta (Lorenz, Tinbergen, Eibl-Ebeisfeldt) o los psicólogos evolucionistas americanos de los noventa (Pinker, Fodor, Tooby, Cosmides). Aunque no se trata en absoluto de un movimiento homogéneo, los ‘biologicistas’ parten de que la conducta, capacidades e inclinaciones de cada individuo se encuentran en parte pre-programadas en los genes. Según esto, cada especie está sometida a “sesgos” derivados de la forma particular en que ésta percibe y procesa la información sensorial. Asimismo, existen inclinaciones y pautas motoras que son específicas de cada especie y seguramente tienen valor adaptativo. Un murciélago debe tener una idea muy diferente a la nuestra del universo que le rodea. Análogamente, un animal social está inclinado a interaccionar con otros individuos de su misma especie, mientras que un animal solitario tenderá a evitarlos. En definitiva, la posición “biologicista” no niega la importancia del medio ni de la herencia cultural, lo que sí afirma es que los humanos -como el resto de las especies- tenemos una facilidad innata para aprender determinadas cosas y realizar determinadas pautas de conducta. La “tabla” no es completamente rasa. Esta posición ha sido sustentada en varios y excelentes libros. Por ejemplo, Irenäus Eibl-Eibesfeldt realizó una magnífica exposición en “El hombre pre-programado” (1); Una obra que mantiene su vigencia pese a haber sido escrita en 1973 (excepto en su obcecada defensa de la teoría de la selección de grupo). Recientemente, el neuro-lingüista Steven Pinker hizo un brillante resumen de las posiciones de la psicología evolucionista en su libro “La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana” (2).

En los últimos años, los estudios de gemelos idénticos criados aparte y los estudios de adopción han abierto una ventana que nos permite separar los efectos genéticos de los ambientales. Estos estudios, que han sido realizados varias veces en distintos países, indican claramente que los factores genéticos juegan un papel importante en la determinación de la inteligencia, la personalidad, la predisposición a contraer ciertas enfermedades e incluso, en la predisposición hacia determinadas profesiones, hobbies o ideas políticas. Se han determinado heredabilidades de alrededor del 50% para muchos de los factores mencionados, lo que nos dice que la genética no es un determinante absoluto, pero que tiene un peso considerable. Al mismo tiempo, los estudios genéticos en modelos animales -sobre todo en ratón- han permitido caracterizar el papel de muchos genes en la conducta. De esto modo se han creado estirpes de ratones más inteligentes, más agresivos o más proclives a la adicción a ciertas drogas. Aunque no es posible extrapolar directamente a la especie humana, estos resultados no pueden ser pasados por alto. En definitiva, los avances procedentes de distintas disciplinas nos indican, de forma lenta pero consistente, que los factores biológicos son relevantes para explicar muchos aspectos de la mente y la conducta humana.

Es importante señalar que este debate no se zanja en un conveniente término medio (genes y ambiente son importantes) sino que nos lleva a analizar la cuestión desde una óptica distinta. Lo que interesa es averiguar cómo se produce esta interacción entre genes y ambiente, cuáles son los genes y los circuitos cerebrales implicados y -evidentemente- qué factores ambientales son relevantes en cada caso. Claramente, distinguir entre un tipo y otro de factores no es tarea fácil, pero tampoco es imposible en principio, como demuestran los estudios de gemelos y de adopción. Con este nuevo punto de vista, es fácil reconocer que el planteamiento dicotómico -genes o ambiente- está viciado de partida. Somos humanos porque somos animales y muchas de nuestras características eminentemente humanas son un producto de la evolución. La capacidad de hablar, seguramente el rasgo que más nos distingue de las otras especies, tuvo que requerir cambios concertados en la estructura del cerebro, la laringe y otras partes del aparato fonador; es muy difícil pensar que todos estos cambios no tuvieran un valor adaptativo. Lo mismo puede decirse de muchas características psicológicas, como la tendencia a cooperar, la relativa monogamia que predomina en nuestra especie y la tendencia de los padres por preocuparse por el bienestar de sus hijos.

En 1986, un grupo de científicos de diversas disciplinas patrocinados por la UNESCO, se reunió en Sevilla para debatir el problema de la violencia en las sociedades humanas. La reunión concluyó con la famosa “Declaración de Sevilla”, que ocupó un espacio considerable en los medios y que, aún hoy sigue siendo objeto de atención. La declaración de Sevilla constituye sin duda uno de los ejemplos más notables de la confrontación entre ambientalistas y biologicistas y merece ser analizada despacio. Pero antes veamos cuáles son sus puntos más importantes:

Es científicamente incorrecto afirmar que tenemos una tendencia a la guerra heredada de nuestros ancestros animales. Aunque la lucha sea un fenómeno frecuente en el reino animal, se conocen pocos casos de lucha organizada entre grupos de la misma especie, y en ninguno de éstos se emplean herramientas como armas [...] Es científicamente incorrecto afirmar que la guerra o cualquier otra forma de conducta violenta está genéticamente programada en la naturaleza humana [...] Es científicamente incorrecto afirmar que en el curso de la evolución humana ha habido una selección hacia la conducta agresiva en mayor medida que hacia otro tipo de conducta [...] Es científicamente incorrecto afirmar que los humanos tenemos un “cerebro violento” [...] Concluimos que la biología no condena a la humanidad a la guerra, y que la humanidad puede librarse de las ataduras del pesimismo biológico y, afrontar con confianza los cambios necesarios para ello.

Lo primero que resulta extraño es el uso “literario” de la repetición “Es científicamente incorrecto afirmar…”. La corrección o incorrección científica dependen de la evidencia experimental y eso requiere un análisis mucho más profundo que el que se hace en el texto. No parece un abstract, sino más bien un mantra. Otro hecho que llama poderosamente la atención es que no va dirigida realmente contra la violencia, sino contra determinados individuos que utilizan la biología para justificarla ¿quiénes son esos malvados biólogos? No lo sabemos ¿Se refiere a Francis Galton? Si es así, tienen razón pero la declaración llega 75 años después de su muerte. Un poco a deshora. Más probablemente, los declarantes están apuntando a los etólogos europeos: Lorenz, Tinbergen y Eibl-Eibesfeldt, entre otros. En tal caso, la acusación es injusta, ya que estos investigadores siempre condenaron explícitamente la guerra y la violencia; simplemente afirmaron que reconocer el componente biológico de la conducta agresiva nos ayudaría a evitarla. El problema es que no podemos saber a quién va dirigida la famosa andanada de Sevilla.

La agresión entre individuos de la misma especie es un fenómeno generalizado en la naturaleza. Los animales compiten por alimento, territorio, estatus y ventajas reproductivas, por lo que es imposible que este tipo de conducta no tenga un valor adaptativo. También es muy difícil pensar que a lo largo de nuestra evolución como especie, los humanos nos hayamos visto milagrosamente sustraídos de este proceso general. Además, los científicos están empezando a identificar factores genéticos que pueden predisponer a los individuos hacia la agresión. Existen ya pocas dudas de que los factores biológicos juegan un papel importante en la conducta violenta. Es cierto que la lucha organizada entre grupos no es frecuente en el reino animal, pero una de las pocas especies en las que se ha descrito es… ¡el chimpancé! Nuestro pariente animal más cercano.

El texto de la declaración juega con los términos “agresión” y “guerra”, argumentando que una actividad organizada en la que se emplean herramientas diseñadas a tal fin es específicamente humana y por tanto, tiene que ser un producto exclusivo de la cultura. La primera parte resulta evidente, pero la deducción no es cierta, ya que los factores culturales y biológicos no son mutuamente exclusivos. Es justamente en esta falsa dicotomía donde radica el corazón malentendido.

Por otro lado, los datos indican con firmeza que los factores socio-económicos y culturales tienen una influencia fundamental en la conducta agresiva. Numerosos estudios han puesto de manifiesto la conexión entre violencia y prácticas educativas abusivas, conflicto parental y desorganización del medio social. En definitiva, la desigualdad social y sus secuelas constituyen un factor clave. Además, las sociedades varían mucho en cuanto a su grado de violencia. El antropólogo Lawrence Keeley estimó la tasas de homicidio en diferentes culturas y encontró que éstas eran muchísimo más altas entre los cazadores-recolectores que en las sociedades modernas, con tasas de homicidio entre 100 y 600 veces mayores en las primeras (3). Las diferencias sólo son achacables a factores culturales, pero el hecho de que los cazadores-recolectores resultaran consistentemente más violentos apunta a que la conducta agresiva y la guerra fueran moneda corriente entre nuestros antecesores. Los guerreros de las pinturas mesolíticas de las cuevas del levante español apuntan en la misma dirección.

Por supuesto que la Biología no nos condena a la violencia y a la guerra. Al contrario, la incorporación de la Biología Evolutiva al estudio de la conducta humana puede ayudarnos a explicar el fenómeno y a evitarlo. La condena moral a la violencia se basa en una cuestión de principio; por tanto, debemos oponernos a aquellos que la justifican, independientemente de que empleen argumentos de tipo biológico o de otro tipo. Pero, en el momento que estamos dispuestos a creer que algo es científicamente cierto por el hecho de que nos parezca moralmente correcto, hemos dado el primer paso para abandonar el espíritu crítico y la independencia de pensamiento.

(1) Irenäus Eibl-Eibesfeldt “El Hombre preprogramado” Alianza Universidad 1984.

(2) Steven Pinker “The Blank Slate” Viking 2002 (“La Tabla Rasa: la negación moderna de la naturaleza humana”. Editorial Paidós 2004)

(3) Lawrence Keeley “War before civilization”. Oxford University Press 1996.

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Reseña: Freakonomics

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La verdad es que no había oído hablar de “Freakonomics” hasta el pasado verano, cuando me lo encontré de sopetón en la céntrica librería Waterstones en Edinburgo, Cinco horas más tarde ya lo había terminado. En definitiva, se trata de un libro muy divertido y terriblemente adictivo. Por desgracia, hay pocos así.

¿De qué va Freakonomics? Difícil de decir, porque trata de muchas cosas. De luchadores de sumo, profesores de enseñanza media, agentes inmobiliarios, el Ku-kux-klan, vendedores de droga y muchas cosas más. Sus autores (Steven Levitt y Stephen Dubner) son dos economistas jóvenes e iconoclastas que, armados de sus herramientas estadísticas, se lanzan a investigar los aspectos más sorprendentes de la conducta humana. Al parecer, su juego sólo tiene tres reglas: 1) que el tema les parezca interesante; 2) que sus conclusiones se basen en datos, y 3) que les importa un rábano lo que hayan podido opinar previamente los “expertos” en el tema. No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento. Además, pensándolo bien, las tres premisas mencionadas constituyen la base de cualquier investigación que se precie en el campo que sea. No pretendo quitarle gracia a la lectura de este libro, así que sólo mencionaré dos de las muchas historias que discurren por él: ¿qué tienen en común los luchadores de sumo con los maestros de escuela?

En 1996, la administración responsable de las escuelas públicas de Chicago empezó a hacer exámenes anuales a todos los alumnos, aunque los verdaderos examinados eran los profesores, ya que los resultados repercutían de forma considerable sobre su sueldo y sus posibilidades de promoción. Los autores se preguntaron si tal vez, algunos profesores harían trampa, ya que los incentivos eran grandes y las trampas de los profesores constituyen un fenómeno raro, pocas veces investigado (como todo el mundo sabe, son los alumnos lo que engañan) ¿cómo abordar esta cuestión? Afortunadamente para los autores, todos los resultados de los tests, entre 1996 y 2000, estaban accesibles en Internet (algo así como 100 millones de preguntas individuales), incluyendo información precisa sobre la marcha de cada alumno a lo largo de los años. Sobre esta base, los autores construyeron un algoritmo informático que identificaba bloques sospechosos, esto es, bloques de preguntas cuyo porcentaje de aciertos resultase sorprendentemente alto e incoherente con el resto del examen. De esta forma estimaron que aproximadamente un 5% de los profesores hacía trampas (una estimación conservadora, ya que el algoritmo sólo identificaba los casos más flagrantes). Después de publicado el artículo, el responsable de educación de Chicago pidió ayuda a los propios autores para identificar a los profesores tramposos, lo cual acabó con el despedido de aproximadamente una docena de ellos (sin duda una minoría, pero con un efecto ejemplarizante sobre el resto).

Este dato ni me sorprende ni me escandaliza. En realidad son buenas noticias, ya que el 95% de los profesores (probablemente) no hizo trampas, a pesar de que no parecía que hacerlas tuviera consecuencias negativas. Seguramente encontraríamos porcentajes de tramposos iguales o mayores en cualquier otro colectivo (si se trata concejales de urbanismo, mejor no hablar). Los autores no se preguntan si hacer trampas está en la naturaleza humana o no, se limitan a estudiar la conducta aquí y ahora. Pero la pregunta es muy relevante para los psicólogos evolucionistas. No voy a entrar hoy de lleno en el tema, pero conviene mencionar que la capacidad de engañar no es exclusiva de nuestra especie y seguramente es, en parte biológica y tiene un asiento en nuestros genes (aunque todavía no hayamos identificado dichos genes).

Lo que sí me sorprende (y escandaliza) es que los autores no habrían podido realizar un estudio similar en España por la sencilla razón de que no hay datos fiables y accesibles. De hecho, no ha datos en absoluto. Nuestro sistema educativo es perfectamente opaco. Me explico. Los niños empiezan el colegio a los 3 años y acaban la universidad a los 22 (o los que sea). Ese proceso educativo conlleva miles de horas de esfuerzo y grandes sumas de dinero público y privado ¿cuál es el resultado? No lo sabemos. El único dato, externo y más o menos objetivo es el examen de acceso a la universidad, que se produce una vez en la vida del estudiante (sólo de aquellos interesados en ir a la universidad). Por supuesto, los profesores evalúan a los alumnos, pero el problema es que los profesores son (somos) juez y parte. La calificación que obtienen los alumnos también es la del profesor (o debería serlo). Este problema –el de la opacidad de nuestro sistema educativo- no parece ser objeto de preocupación general, pero sin duda, se trata del asunto más importante en política educativa. El número uno. Por una razón sencilla: sin exámenes generales, externos y (en lo posible) objetivos sencillamente no podemos saber si el proceso educativo está funcionando o no (podemos especular, opinar, participar en tertulias, etc…pero no podemos saber). En los últimos años, todos los intentos de la administración por cambiar la situación en este sentido han sido combatidos con éxito por la comunidad educativa, utilizando argumentos (en mi opinión) absolutamente débiles (tal vez el tipo de prueba que se ha empleado no sea idóneo, pero ante esto cabe proponer mejoras, no oponerse al proceso).

Sin datos fiables, cualquier política educativa es un fiasco.

[Si alguien tiene una opinión al respecto, me gustaría que dejara un comentario. Gracias]

Pero, vayamos a la otra historia. Ya habréis adivinado que lo que tiene en común los profesores con los luchadores de sumo es que ambos hacen trampas. En el caso de estos últimos, la cosa es bastante más complicada. Los luchadores de sumo de élite se enfrentan en torneos bi-mensuales de 15 combates; un luchador necesita ganar al menos 8 para mantenerse en primera división. Por tanto, el último día del torneo, un luchador que se encuentre en la burbuja (7 ganados y 7 perdidos) tendrá mucha más motivación por ganar el último combate que un luchador que ya está salvado (al menos 8 victorias). Estas circunstancias son ideales para que los combates se arreglen. De nuevo, lo que reveló el análisis estadístico de los datos es que muchos (aunque no todos) los luchadores tenían un acuerdo tácito, mediante el cual los favores se devolvían, si se daban las circunstancias, en el plazo de unos meses. Al parecer, el acuerdo se producía no sólo entre luchadores individuales sino entre las casas (agrupaciones a las que pertenecen los combatientes). Hoy por ti, mañana por mí. En este caso, las conclusiones fueron confirmadas por luchadores arrepentidos (los cuales murieron muy pronto en extrañas circunstancias).

La historia es realmente buena y creo que puede que generalizarse a muchas esferas (si no a todas). Grupos o individuos que llegan a acuerdos tácitos de ayuda mutua; ¿a qué me suena esto? Grupos parlamentarios que condicionan su voto (independientemente de lo que se esté votando) a un intercambio de apoyos. Miembros de tribunales de oposición que pactan tácitamente el apoyo a sus candidatos ¡El comportamiento de los luchadores de sumo es la vida misma! Y conste, que el intercambio de favores no tiene por qué ser ilegal o inmoral. Puede ser una forma de cooperación perfectamente lícita. El factor clave de esta conducta es que los participantes tienen que encontrarse en el camino con relativa frecuencia (como los arrieros) y tienen que recordar el historial de pasado de ayudas de los otros. Estas condiciones no son exclusivas de nuestra especie, sino que ocurren en numerosos animales sociales. Así que no es raro que el altruísmo recíproco, como denominan los etólogos a este tipo de conducta, se haya desarrollado muchas veces. Sin ir más lejos en animales tan vilipendiados como el vampiro.

Se ha visto que entre algunas especies de vampiros sociales es normal que los individuos compartan el alimento obtenido con otros animales que no son sus parientes cercanos. Este hecho está probablemente relacionado con el incierto modo de alimentación del vampiro, el cual accede a un alimento bastante nutritivo (la sangre) pero con una frecuencia relativamente baja. Por tanto, es fácil pensar que esta conducta altruista resulta beneficiosa en conjunto, ya que compartir el alimento puede salvar la vida de aquellos animales que no hayan sido afortunados una noche, los cuales podrán, tal vez devolver el favor a sus benefactores.

Quiero acabar este post con un proverbio oriental, que para mí constituye una especie de lema:

La información es cara, la opinión es gratis

 

Freakonomics ha sido traducido al español recientemente:

http://www.freakonomics.es/freakonomics.htm

 

Un abrazo a tod@s

Pablo

 

 

 

 

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