Archivo mensual: enero 2007

Reseña: Dawkins vs Dios

god_delusion.jpg

“The GOD Delusion” (podríamos traducirlo como “La ilusión de la Fe”), el último libro del conocido escritor británico Richard Dawkins, es básicamente una obra contra la Religión. Con el estilo brillante que le caracteriza, Dawkins hace una crítica implacable de todos y cada uno de los aspectos del hecho religioso. Aun estando de acuerdo con muchos de los argumentos esgrimidos, creo que el libro es sesgado, innecesario y equivocado en al menos un aspecto fundamental.

En la primera parte del libro (aproximadamente hasta la página 160), Dawkins se dedica a examinar la hipótesis de la existencia de Dios desde el punto de vista científico, llegando a la conclusión inapelable de que “la evidencia experimental disponible no permite afirmar la existencia de un Creador”. And so what? La religión nunca ha sido formulada como una hipótesis científica. Ni siquiera los más convencidos creyentes lo han planteado así. Y naturalmente, los científicos tampoco han pensado que la existencia de Dios fuera una hipótesis que se pudiera contrastar y, en consecuencia, no se han ocupado de ella. La refutación “científica” que hace Dawkins está completamente fuera de lugar. Para ese viaje no necesitaba alforjas.

Además, se percibe un cierto matonismo en la forma de tratar –por ejemplo- a Tomás de Aquino. Por supuesto, la refutación de los argumentos tomistas es inmediata, así que tiene muy poco mérito y está sacada de contexto. En el medio social en que se desenvolvía Tomás de Aquino nadie podía negar la existencia de Dios sin poner su vida en peligro. Al argumentar que la Razón podía servir para llegar a la Revelación, Aquino no estaba tratando de contrastar la hipótesis de si Dios existía o no, puesto que de esto no se dudaba. Lo que estaba argumentando en realidad es que la Razón no era incompatible con la Revelación y que por tanto, el escrutinio racional sobre el significado de las cosas era algo bueno y que debía ser admitido. Ahora, puede parecernos un logro insignificante, pero en la Edad Media constituía un avance nada despreciable. Pensar era aceptable. Todo un comienzo.

La parte central del libro se dedica a buscar explicaciones científicas al hecho religioso. Lo cierto es que no tenemos ninguna en la que podamos confiar plenamente, así que el autor se pasea por las diferentes hipótesis que se han planteado y el lector puede quedarse con la que más le guste. Personalmente, a mi no me gusta demasiado la hipótesis que favorece Dawkins, pero ya hablaremos otro día se eso. En cualquier caso, encuentro esta parte bastante aceptable.

Al final, el autor hace un repaso implacable a los males que nos han traído las religiones a lo largo de la Historia. Sin negar la brillantez del estilo de Dawkins y estando básicamente de acuerdo con el hecho de que la Religión organizada ha sido un instrumento de control social y opresión, pienso que los argumentos están sesgados. La Religión debe tener aspectos positivos para muchas personas. De lo contrario no tendría tantos adeptos en muchos países donde la gente tiene la opción de ser ejercer libremente su Religión o declararse atea, sin que pase nada. Contrariamente a la opinión generalizada, la pérdida de creencias religiosas es un fenómeno restringido a Europa, particularmente a los países escandinavos y del Este. En el Mundo en general, la Religión goza de buena salud, sobre todo en América. Es fácil pensar que la Religión aporta beneficios a sus practicantes: consuelo psicológico, cohesión social, dar un sentido a la propia existencia, normas de conducta a las que atenerse, etc…Los aspectos positivos de la cuestión son sistemáticamente negados o ignorados por Dawkins.

Sin embargo, creo que la mayor crítica que puede hacerse al libro es que el antagonismo entre creyentes y no-creyentes que plantea de manera implícita es equivocado. El verdadero problema no estriba en las creencias de las personas (o la ausencia de creencias). Después de todo, lo que una persona crea o deje de creer es una cuestión personal que difícilmente puede tener un valor moral. El verdadero debate es el del “laicismo” de la sociedad y en esa cuestión estamos metidos hasta las corvas. Cuestiones tales como si la enseñanza de la Religión debe estar subvencionada por el Estado, si el uso público de símbolos religiosos o tradicionales es o no aceptable. O Si todas las religiones deberían tener el mismo trato por parte de las instituciones. Y un largo etc..

Sería erróneo plantear esta cuestión como una lucha entre creyentes y no-creyentes. De lo que estamos hablando es de normas de convivencia y respeto a la libertad individual y eso no tiene nada que ver –en principio- con las creencias. Por ejemplo, conozco no-creyentes que apoyan determinadas manifestaciones públicas de religiosidad por razones de tradición. Por otro lado, también conozco creyentes que opinan –como yo- que las creencias religiosas son una cuestión personal que no debe imponerse al resto de la sociedad, con independencia de qué tendencia sea mayoritaria. Es en este punto en el que considero que el libro de Dawkins puede resultar contraproducente.

16 comentarios

Archivado bajo Reseña

Ecologismo basado en la evidencia

gaia.jpg

A finales de 2001 la prestigiosa editorial Cambridge publicó la traducción al inglés del libro “The eskeptical environmentalist” (1) el cual desató una agria polémica en los medios de comunicación que todavía colea. Su autor, Bjorn Lomborg era entonces un joven Profesor Ayudante del Departamento de Estadística de la Universidad de Aarhus en Dinamarca, y un completo desconocido en círculos científicos relacionados con el medio ambiente. La polémica se debe, claro está, a que en sus 500 páginas y cerca de 3000 referencias bibliográficas, Lomborg cuestiona ferozmente muchos de los argumentos esgrimidos por los ecologistas (y algunos científicos) acerca de la gravedad de la crisis ecológica a nivel planetario. La salud del Planeta no es tan buena como debiera, dice Lomborg, pero no es tan mala como dicen. “El ecologista escéptico” es una especie de bomba en el corazón del ecologismo.
Esencialmente, el libro puede dividirse en tres partes bien definidas. En la primera el autor analiza un buen número de afirmaciones proclamadas por grupos ambientalistas (Greenpeace, Worldwatch Institute) o por científicos bien conocidos (E.O. Wilson, S. Pinn, D. Pimentel), acerca de la inminencia de la crisis ecológica global. El abanico de temas es muy amplio: la extinción de especies, la desaparición de los bosques, los efectos de la contaminación sobre la salud humana, etc. Lomborg denomina la “Letanía” a este conjunto de afirmaciones (un comentario detallado del libro de Lomborg ya se ha publicado en otra parte (2), por lo que no tiene sentido extenderse aquí). No puede negarse que el autor demuestra de forma convincente que muchas de las afirmaciones generalmente aceptadas no están fundamentadas por datos o, peor aun, son el producto del masajeo o la manipulación de los mismos. En la segunda parte, Lomborg sustenta la tesis de que la situación global ha mejorado (sin que ello quiera decir que sea buena). Una cuestión importante aquí es que el autor se centra sobre todo en indicadores del bienestar de la población, tales como la esperanza de vida, el hambre o la educación. Es cierto que en las últimas décadas el bienestar de la población ha aumentado en casi todas las regiones (excepto en Africa sub-sahariana). Por ejemplo, la esperanza de vida ha aumentado en casi todos los países (3), el hambre ha disminuido mucho en términos relativos (% de malnutridos) y algo en términos absolutos (4). Incluso, la pobreza ha disminuido a escala global según algunos estudios (5). De nuevo, los datos le dan razón, aunque es importante señalar que Lomborg se centra sobre el bienestar de los humanos, mientras que el análisis sobre la salud de los ecosistemas es casi inexistente. Lo que Lomborg quiere decir aquí es que los efectos positivos del desarrollo económico sobre el bienestar de la población han sido, hasta ahora, cuantitativamente más importantes que los efectos negativos. En la tercera parte el autor se propone contestar a una pregunta mucho más difícil: ¿es posible que la prosperidad aumente a medio o largo plazo? En definitiva, ¿es nuestra sociedad sostenible? Aquí es donde los argumentos de Lomborg resultan mucho más cuestionables. En primer lugar, simplifica mucho la situación refiriéndose sólo a tres aspectos: calentamiento global, biodiversisad y contaminación química. En segundo lugar, emplea los mismos argumentos que en la parte 2. Viene a decir, que si hemos mejorado hasta ahora probablemente mejoraremos en el futuro. Se trata de un argumento ingenuo; de la misma manera, el cerdo podría pensar que el granjero va alimentarle indefinidamente. La cuestión de la sostenibilidad no puede abordarse sólo desde la óptica de lo que ha ocurrido en los últimos años. Es innegable que el planeta está sufriendo una transformación sin precedentes, por lo que nuestra experiencia previa puede ser engañosa. Un ejemplo: el calentamiento global del planeta se predijo en los años 50 y esta predicción se basaba en el conocimiento del comportamiento de los gases en la atmósfera y no en la evidencia empírica de que la Tierra se estuviera calentando. Dicha evidencia sólo existe desde hace muy poco tiempo.
Las conclusiones del libro de Lomborg han sido violentamente rechazadas por grupos ecologistas y, lógicamente, por muchos de los aludidos. Réplicas y contra-réplicas han llenado las columnas de periódicos y revistas, así como foros y grupos de noticias en internet. Sin embargo, la mayoría de las críticas se basan en el “argumento de autoridad” o en el “argumento de utilización”. El argumento de autoridad se basa en que Lomborg carece de prestigio científico, es un desconocido en este campo (ni siquiera tenía una plaza fija en la universidad) por lo tanto, no se debe dar crédito a lo que dice. La falacia de este razonamiento es evidente y no necesita más comentarios. Según el argumento de utilización, habría que oponerse a estas tesis aunque fueran ciertas, ya que pueden ser utilizadas para inducir al relajamiento en la defensa del medio ambiente. Este argumento es todavía peor que el primero. Lo que nos debiera preocupar de las tesis de Lomborg es precisamente si son o no ciertas, no el hecho de que puedan ser utilizadas interesadamente. Es evidente que en un ambiente de confrontación las partes interesadas utilizarán todos los argumentos que encuentren a su alcance para apoyar sus posturas. Eso es inevitable y en todo caso, lo que debería denunciarse sería precisamente la utilización inapropiada. Por otro lado, la aceptación acrítica de enunciados falsos, aunque sea por una buena causa, constituye un modo de proceder peligroso. Que los gurús del ecologismo mientan para favorecer su propia agenda es del todo inaceptable, de la misma manera que es inaceptable que lo hagan las compañías acerca de los posibles riesgos medioambientales de sus actividades.
El último episodio de este culebrón ha sido el informe del “Comité Nacional de Etica” de Dinamarca acusando a Lomborg de no cumplir con los “estándares de buena práctica científica”, el cual ha vuelto a abrir la polémica y ha sido muy celebrado por algunos medios de comunicación . Sin embargo, dicho informe presenta numerosas lagunas. En primer lugar, no entra a discutir los puntos concretos en los que el autor está cometiendo algún tipo de falsedad, sino que se limita a dar por buenos sin más muchos de los argumentos de los críticos de Lomborg. Para ello emplea repetidas veces el argumento de autoridad. Más aun, el informe no indica en absoluto qué metodología debería emplearse en un estudio de este tipo. Por otra parte, Lomborg emplea únicamente datos publicados en la literatura científica, por lo que es imposible que haya podido falsearlos, y si no se trata de datos falsos ¿qué hace el Comité de Etica juzgando opiniones? No es extraño que muchos científicos de a pie salieran en defensa de Lomborg y hayan calificado el informe como un ejercicio de “caza de brujas”.
¿Queremos decir con esta que la Ciencia y la Tecnología son las únicas herramientas relevantes para afrontar el problema ecológico? En absoluto. La cuestión fundamental sería distinguir entre los hechos que están apoyados por la evidencia empírica y las posibles políticas diseñadas para enmendar los desaguisados ambientales. Una pregunta como, por ejemplo, cuántos recursos económicos deben sacrificarse por conservar el medio ambiente es algo que trasciende el análisis científico y no puede resolverse sin un planteamiento ideológico. Cuánto nos importa la Naturaleza y cuánto estamos dispuestos a pagar por ello es algo que debería decidir la sociedad en conjunto, no sólo los científicos (ni para el caso, los ecologistas). Una vez establecidos los parámetros básicos, la Ciencia y la Tecnología pueden sugerir alternativas sobre cómo emplear los recursos con mejores resultados para el medio ambiente. Ejemplo de buen hacer es el trabajo del IPCC (International Panel for Climate Change), el cual ha desarrollado diversos escenarios que representan alternativas a la forma en que se maneje las emisiones por CO2 (6). Dichos escenarios están bien fundamentados por los mejores modelos disponibles de predicción, pero la valoración de los beneficios y perjuicios de cada escenario no corresponde a este organismo.
En definitiva, lo que ha hecho este autor es poner en el tapete internacional una cuestión importantísima y frecuentemente ignorada: que las políticas destinadas a contrarrestar la degradación del medio ambiente tienen que estar basadas en la mejor evidencia disponible (aunque, como ocurre con frecuencia, no sea fácil sacar conclusiones) y deben estar sometidas a un análisis de coste-beneficio (como cualquier otra medida política). En este sentido, puede afirmarse que “El ecologista escéptico” contribuye positivamente al debate. Aunque personalmente discrepo de muchas de las conclusiones del autor, considero esencial que el punto de partida del debate ambiental sea la mejor evidencia científica disponible y que se exija a todas las partes (ecologistas, políticos, empresarios, ciudadanos en general) un mínimo de rigor y respeto a la verdad (aunque se trate de una verdad necesariamente incompleta y supeditada a ulteriores investigaciones). Resulta lamentable que esta postura sea minoritaria dentro del panorama del ecologismo actual, el cual parece haber sido secuestrado por fundamentalistas. Los ciudadanos preocupados por la sostenibilidad del mundo en que vivimos, y que consideren que conservar la Naturaleza es importante, pero que no estén dispuesto a pasar por una taquilla ideológica ni corear consignas construidas por gurús invisibles, deberían encontrar un cauce para su movilización social. Hace falta un Ecologismo basado en la evidencia.

(1) Bjørn Lomborg “The Skeptical Environmentalist: Measuring the real state of the world” Cambridge University Press 2001. 515 pp.
(2) Rodríguez-Palenzuela, P y García Olmedo, F (2002) “El caso Lomborg” Revista de Libros.65: 54-57.
(3) United Nations Human Development Report 2001. Making new technologies work for human development. diana.moli@undp.org
(4) FAO. “The state of Food Insecurity in the World 2001”. http://www.fao.org
(5) X. Sala-i-Martín. “The world distribution of income (estimated from Individual Country Distributions). First Draft, May 2, 2002. Columbia University/Universidad Pompeu Fab
(6) . Climate Change 2007;http://www.ipcc.ch/

1 comentario

Archivado bajo Medio Ambiente

Sexo, hormonas y sentido del humor (2)

lingerie2.jpg

Siguiendo con el tema, un artículo reciente publicado por Van den Bergh y Dewitte (1), de la Universidad de Lovaina (Bélgica), nos trae una nueva y fascinante pieza de información sobre sexo y comportamiento. Una vez más, las noticias no dejan en demasiado buen lugar a los hombres, sobre todo si son muy “machos”. La idea de este trabajo era estudiar la influencia de imágenes de contenido “sexy” sobre la capacidad de tomar decisiones. Los sujetos del experimento, en esta ocasión todos ellos del sexo masculino, participaban en varias rondas del “juego del ultimátum”.

sexy_nicole_th.jpg

Para los no iniciados, el “ultimátum” (2) es un juego de simulación que está adquiriendo mucha importancia entre psicólogos, economistas y científicos de otras disciplinas. En esencia, el juego consiste en lo siguiente: a un jugador (el proponente) se le ofrece una cierta cantidad de dinero, que deberá dividir en dos; una parte para sí mismo y otra parte que es ofrecida al segundo jugador (el decisor); éste último debe decidir si acepta o no la suma ofrecida; en el caso de que no acepte, ninguno de los jugadores recibe nada. Los jugadores son anónimos y sólo interaccionan una vez, por lo que no es posible regatear. El juego es real en el sentido de que los participantes reciben de verdad las cantidades que ganan, aunque éstas suelen ser pequeñas (la cantidad empleada es un parámetro de importancia primordial en este caso, y tiene que ser equivalente en los diferentes medios sociales en los que se realiza el experimento).

big_sexy.jpg

Este juego se ha realizado muchas veces (en condiciones rigurosamente controladas) y en diferentes ambientes sociales. La primera sorpresa fue que el comportamiento de la mayoría de los jugadores se apartaba mucho de las predicciones de la teoría económica. Según ésta, los “proponentes” deberían ofrecer cantidades muy pequeñas y los “decisores” deberían aceptarlas, ya que así maximizan su beneficio: cualquier cantidad es mayor cero. Pero no es esto lo que ocurre en realidad. En la práctica, las ofertas bajas tienden a ser rechazadas ya que son percibidas como “injustas”; la mayoría de las ofertas inferiores al 20% fueron rechazadas. Consecuentemente, la mayoría de los proponentes hacía ofertas cercanas al 50%, ante el temor (fundado) de que no fueran aceptadas.

Se encontró alguna interesante excepción a esta regla. Por ejemplo, entre los Machiguenga, un pueblo agrícola que habita en la selva peruana, se hacían con frecuencia ofertas muy bajas, las cuales solían ser aceptadas alegremente. Por el contrario, entre lo Gnau de Nueva Guinea se llegaron a rechazar ofertas muy generosas, incluso del 70%. Los científicos aducen que el sistema social y económico de los Machiguenga se restringe esencialmente al ámbito familiar; por tanto, no esperan nada de un “proponente” anónimo y desconocido, de manera que cualquier cantidad –por pequeña que sea- es bienvenida. Por el contrario, entre los Gnau el estatus de un individuo depende de su capacidad de “dar”, así que ofertas muy generosas eran percibidas como “arrogantes” ¿No os ha pasado alguna vez que os invitan a una copa y os sentís humillados en vez de agradecidos? Esa parece ser la causa del extraño comportamiento de los Gnau. En conclusión, los científicos creen que la mayoría de las sociedades tiene un concepto ( ¿innato?) de que un trato justo es del 50%. Fifty-fifty. Aunque este rasgo también sería susceptible de influencia cultural, al menos en los dos casos citados.

girl.jpg

¿Qué tiene esto que ver con el sexo y las hormonas? A ello vamos. Van den Bergh y Dewitte se preguntaron si la exposición a imágenes de contenido sexy podía alterar la estrategia de los jugadores en este juego ¡Y resultó que sí! Los hombres expuestos a estas imágenes eróticas, aunque no explícitamente sexuales (chicas atractivas en ropa interior fueron suficiente) consiguieron alterar significativamente la estrategia de los hombres en el juego del ultimátum. Interesante: la mencionada exposición provocaba que el sujeto estuviera dispuesto a aceptar ofertas más pequeñas del proponente que en ausencia del provocativo estímulo.

Más interesante aún. Los hombres más “machos” (es decir, con mayores niveles de testosterona) sufrieron un efecto mucho más acusado que los hombres con menos testosterona. Los investigadores midieron la cantidad de hormona de manera indirecta, midiendo los dedos índice y anular y calculando el cociente de las longitudes. Ya se sabía que este conciente (denominado ratio 2D:4D) constituye una buena medida de la exposición del feto a la testosterona y está correlacionado con rasgos de comportamiento “masculino”, por ejemplo, mayor dominancia y tendencia a la agresividad. Cuanto menor sea el cociente del individuo, más testosterona tendrá y más macho será (bueno, la cosa no es tan meridiana, pero hay cierta correlación).
Por cierto, si queréis saber vuestro propio índice lo mejor es hacerse una fotocopia de la mano y medir sobre ella.

times_square_sexy_bodies_roca_30march03.jpg

Curiosamente, los individuos con menor índice (los auténticos “machos”) eran los menos dados a aceptar ofertas bajas en ausencia del estímulo. La conclusión de los investigadores es que éstos se “derretían” en mayor medida con la mera visión de las chicas en ropa interior y estaban mucho más predispuestos a aceptar ofertas bajas.

La verdad es que (en mi opinión) todavía es bastante prematuro el tratar de sacar conclusiones de todo esto. En cualquier caso, el dato en sí es interesante, aunque no creo que sea realmente una novedad. Lo cierto es que aunque estos datos sean nuevos para los científicos, no lo son en absoluto para los publicistas y encargados de marketing, los cuales saben desde hace mucho tiempo que las decisiones de compra de los hombres son susceptibles de ser modificadas ante determinados estímulos. De ahí que utilicen imágenes más o menos sexy para vender todo tipo de artículos, desde los coches de gama alta hasta las chocolatinas. En este caso particular, parece que los científicos han sido los últimos en enterarse.

(1) Van den Bergh, B., Dewitte, S. (2006) Digit ratio (2D:4D) moderates the impact of sexual cues on men’s decisión in ultimátum games. Proc R Soc Lond B Biol Sci 273: 2091–2095.

(2) Michael S. A. (2004) “The Ultimatum Game, Fairness, and Cooperation among Big Game Hunters.” In Henrich, Boyd, Bowles, Camerer, Fehr, and Gintis (Eds.), Foundations of Human Sociality: Economic Experiments and Ethnographic Evidence from Fifteen Small-Scale Societies (pp. 413-435), Oxford University Press

14 comentarios

Archivado bajo Sexo